Aproximándonos a Proudhon

TOSHIBA CAMCORDER

Proudhon es un personaje clave a caballo entre el socialismo y el anarquismo, con planteamientos muy sugerentes y que merecen nuestra atención, especialmente los relacionadas con el mutualismo y las cooperativas. En este breve trabajo realizaremos una aproximación a sus ideas.

Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) fue un pensador autodidacta francés que planteó profundas críticas de la realidad de su momento. En París se relacionó con los socialistas utópicos de la órbita de Fourier. Entre 1840 y 1842 publicó sus conocidas Memorias sobre la propiedad. En la primera de ellas planteó la pregunta sobre qué era la propiedad, y su consideración como un “robo”. La propiedad no se basaría en el trabajo, ni en el derecho natural ni en la ley, sino en la ocupación violenta. Su existencia obligaba, por tanto, a los hombres a realizar un trabajo por el que recibían una retribución, aunque parcial. Pero Proudhon no era contrario completamente a la propiedad. Respetaba aquella que nacía del trabajo. Lo ideal era que todos tuvieran la obligación de trabajar y, de ese modo, generalizar la propiedad, dejando fuera a los perezosos.

Pero su obra fundamental es su Sistema de las contracciones económicas, o Filosofía de la miseria (1846). Se trata de un texto donde se fusionan el socialismo utópico con elementos de la economía clásica liberal. En la obra se defiende el mutualismo, un sistema donde quedaría abolido el dinero y donde se establecería un intercambio justo de los productos, medio para construir una sociedad armónica. El concepto de autoridad quedaría sustituido por el del contrato libre. No serían necesarias las leyes ni las instituciones. Proudhon aborrecía la violencia como medio para transformar el orden. En contraposición se debía establecer una etapa intermedia con el establecimiento de un sistema de crédito sin intereses y la creación de cooperativas. Todo esto provocó la condena de Marx que le acusó de defender un tipo de socialismo pequeño burgués.

Proudhon participó en el proceso revolucionario de 1848 al ser elegido diputado de la Asamblea Nacional. Napoleón III condenó a nuestro protagonista a tres años de prisión por el delito de incitación al odio.

Las ideas de Proudhon se acercan al anarquismo por su fuerte crítica al estatismo socialista marxista. También fue muy crítico con la Iglesia, defendiendo el mantenimiento del concepto de familia. Del anarquismo evolucionó hacia una especie de federalismo democrático como solución al problema del Estado. También modificó su inicial ataque a los métodos violentos, al considerar en la obra La guerra y la paz (1861) que la guerra podía ser lícita en determinadas circunstancias.

Un aspecto más polémico es el relacionado con sus ideas sobre la mujer. Proudhon mantuvo una postura antigualitaria evidente al defender la idea de que no contemplaba el destino de la mujer fuera de la familia y el hogar.

En conclusión, Proudhon influyó mucho en el movimiento obrero francés y en los anarquistas, y en los socialistas defensores de fórmulas cooperativistas.

Eduardo Montagut

 

El Presidente del Gobierno en el Ateneo

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En la foto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, con el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 19 de marzo en el Ateneo de Madrid.

El martes 19 de marzo de 2019 el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo en el Ateneo de Madrid un llamamiento a la necesidad de proteger Europa para que Europa protegiera, a su vez, a sus ciudadanos. Recordó los riesgos que acechan a la Unión y la necesidad de que los europeos tomen conciencia de ello, especialmente de proteger a la Europa Social, a la que cohesiona, a la solidaria.

Presentó el acto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, que recordó que proteger el ideal de Europa es también proteger el ideal de España, de la España progresista, avanzada e ilustrada, que siempre ha mirado hacia la Europa de los derechos y las libertades.

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Los socialistas ante el reconocimiento del sufragio femenino en la República

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El Socialista insertó un largo comentario sobre el reconocimiento del derecho del sufragio femenino en su número del 2 de octubre de 1931, y que nos permite comprobar cómo este histórico hecho influyó de forma evidente en el Partido Socialista. No podemos olvidar que el voto de la mujer suscitó un intenso debate en las izquierdas españolas entre partidarios sin fisuras de su reconocimiento y los que sin negar ese derecho no veían adecuado el momento porque pensaban que podía peligrar la República, ya que determinados sectores y personajes opinaban que sobre la mujer española pesaba el poderoso influjo de la Iglesia. El PSOE no se vio ajeno a esta polémica, aunque, al final votó a favor, un voto necesario para sacar adelante este reconocimiento en el proyecto constitucional, dado que era la principal minoría parlamentaria. En este artículo del periódico obrero podremos comprobar la ambivalente postura socialista ante el voto femenino. Por un lado, era un deber de justicia que el Partido no podía dejar de apoyar, pero se sentía que era una medida que, en un plazo no muy lejano, es decir, cuando hubiera elecciones, podría perjudicarle, y eso debía espolear al mismo porque se había duplicado el censo electoral.

La crónica comenzaba aludiendo al comentario que, al parecer, había realizado un diputado de la minoría vasco-navarra cercano al carlismo que se había dirigido a los socialistas afirmando que habían votado con ellos en relación con el sufragio femenino. El periódico se preguntaba si lo que se consideraba la “caverna” se estaba acercando a las ideas socialistas. No podía ser así. Si los socialistas habían votado a favor sin hacer cálculos sobre si esa decisión perjudicaba o no para las próximas elecciones, la minoría aludida sí habría realizado cálculos como otros grupos en las Cortes, especialmente la minoría radical. En este sentido, el periódico hablaba de cómo en el seno del Partido había habido quienes se oponían al reconocimiento de este derecho (se aludía a una “Agrupación Socialista del Norte”) porque los argumentos recordaban a los de una parte de la derecha, y tenían que ver con el poder de la Iglesia sobre las mujeres, mucho más numerosas que las mujeres trabajadoras. El propio periódico decía que, habiendo ganado en la votación, se había perdido en realidad, porque opinaba que la mujer emplearía ese derecho en contra de quienes lo habían defendido y votado en las Cortes. Había que esperar a nuevas generaciones de mujeres, con más conciencia política.

Ante el reconocimiento del voto a las mujeres, y según este análisis, los socialistas adquirían una responsabilidad política, partiendo de cierta autocrítica. El socialismo español no habría abandonado a la mujer obrera a su suerte, en alusión a la lucha a favor de todos los trabajadores, independientemente de su sexo, pero era cierto que no había desarrollado una labor de consejo a la misma, en un comentario con un evidente tono paternalista, y no lo había hecho porque no había sido necesario, ya que no había podido votar hasta entonces. Pero ahora el voto de la mujer era fundamental, era necesaria su cooperación, y que se incorporara al Partido. Este era el objetivo y lo que debía sacarse de la concesión del voto. Era un objetivo urgente para las próximas elecciones, porque había que ganarlas.

Eduardo Montagut

Hemos consultado el número 7066 de El Socialista.

Las socialistas en el primero de mayo de 1915

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En este artículo abordamos la presencia de las mujeres socialistas en la celebración del Primero de mayo de 1915, con el fin de comprobar la creciente posición femenina en esta celebración fundamental del movimiento obrero socialista en España, a pesar del protagonismo masculino evidente.

El Comité de la Agrupación Femenina Socialista Madrileña (Juana Taboada, María Ruedas, Dolores Fernández, María Rojo, Carolina Esteban, Elena Enhorabuena, Faustina García y María Merino) firmaron el 24 de abril un manifiesto, publicado en El Socialista en el número de ese mismo día, en el que se hacía un llamamiento a las mujeres para que acudieran a la manifestación en Madrid. En ese año se insistía en esta participación porque gran parte de las peticiones que se iban a elevar a las autoridades tenían mucho que ver con la carestía de la vida. La situación de profunda desigualdad existente en España debía ser motivo para que “todas las madres, todas las explotadas, todas las mujeres que sientan en su corazón las amarguras y el dolor ajeno se decidan venir a nuestro lado, cobijándose bajo nuestra roja bandera, que instaurará la paz en el mundo entero”. En el llamamiento, por tanto, se unía el problema de la elevación desmesurada de los precios que castigaba especialmente a los hogares de la clase trabajadora, con el de la guerra.

Otro aspecto fundamental del llamamiento tenía que ver con la propia emancipación de la mujer. Las socialistas madrileñas expresaban que luchaban para conseguir una sociedad donde la mujer fuese más considerada, menos explotada y escarnecida. Se recordaba el duro trabajo femenino en las minas, puertos, fábricas y en el campo. Además, muchas perdían sus hijos en la guerra (recordemos la presencia constante de la guerra de Marruecos, y no sólo la cuestión de la Gran Guerra), mientras que otras se veían abocadas a la prostitución y la miseria.

En el inicio de la manifestación madrileña las mujeres socialistas tuvieron un gran protagonismo. Mientras se iban concentrando los manifestantes, la Agrupación Femenina Socialista se dedicó a vender claveles y flores rojas a beneficio de El Socialista. Se calcula que se vendieron unos quinientos claveles rojos. Las mujeres socialistas se lamentaban porque se habían quedado muy pronto sin existencias al superarse las expectativas. El resto de flores se vendieron mientras transcurría la manifestación. Esta verdadera fiesta de la flor se convirtió en parte de las manifestaciones del Primero de Mayo en muchas localidades españolas.

Eduardo Montagut

El matrimonio según el socialismo a principios del siglo XX

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Una de las manifestaciones más evidentes del anticlericalismo del socialismo español tiene que ver con los actos y ceremonias de la vida, como los entierros y los matrimonios.

Muchos de los socialistas españoles quisieron tener sepelios no religiosos, y este hecho ocasionó no pocos conflictos con la Iglesia Católica, especialmente a fines del XIX y comienzos del XX. Pues bien, se dio el caso de socialistas que deseaban casarse solamente por lo civil, y en esa misma época tuvieron problemas para hacerlo en algunos lugares, por lo que algunos optaron por una tercera ceremonia. En El Socialista se pueden encontrar múltiples referencias, especialmente en relación con los sepelios, aunque también con algunas ceremonias de boda. En este artículo vamos a relatar una de ellas, acontecida en febrero de 1904 en Mieres, cuya crónica fue publicada en el periódico socialista en el número 938 del periódico obrero con el título de “Matrimonio popular”.

Al parecer, Martín Saénz había pretendido casarse civilmente con Pilar Álvarez, pero le pusieron muchas dificultades con el fin de que se casase por lo religioso, por lo que decidió casarse con su compañera ante el pueblo y bajo los auspicios de la Agrupación Socialista de Mieres. Tenemos que tener en cuenta que los inicios del socialismo en esta localidad asturiana no fueron fáciles por la hostilidad de las autoridades y poderes establecidos, como hemos tenido oportunidad de comprobar en un breve estudio que hemos realizado sobre la creación de dicha Agrupación, y que podemos consultar en El Obrero. La Agrupación se había creado unos pocos años antes, en 1897.

Así pues, el Centro Obrero de Mieres, el 12 de febrero de 1904, a las ocho de la tarde, se llenó de concurrentes (según el periódico había tres mil asistentes). Además de los protagonistas de la boda y sus familiares, estuvieron Manuel Vigil y Josefa Molines presidiendo la mesa, habiendo sido elegidos por los representantes de los contrayentes. Vigil fue un personaje muy importante del socialismo asturiano, como nos explica el Diccionario Biográfico del Socialismo Español, secretario de la Agrupación Socialista y del Ateneo Casino de Gijón, concejal en Oviedo, presidente de la Federación Socialista Asturiana, destacado sindicalista de la UGT, miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE, y que llegó a ser diputado en 1931. Se da la circunstancia, en relación con el tema de este trabajo, que fue condenado a prisión el año anterior a la boda que presidió en Mieres, aunque no entraría en la misma hasta agosto de 1904, por la publicación de un artículo considerado “escarnio a la religión católica”.

Vigil explicó el sentido del acto y preguntó a los contrayentes si ratificaban su deseo de contraer matrimonio, y a los padres si daban su correspondiente consentimiento. Preguntó a los asistentes sobre si había algún impedimento para que se celebrase el matrimonio. No hubo ninguno, por lo que se casaron, levantando acta de lo procedido. Pero, aunque la ceremonia se coronó con un aplauso general, el acto no terminó porque intervino el Orfeón Socialista, se leyeron versos y se hicieron algunos discursos. En este sentido destacaría el del propio Vigil porque aprovechó la ocasión para criticar el matrimonio burgués.

El Socialista opinaba que este nuevo tipo de matrimonio había producido una viva impresión entre los trabajadores de Mieres, y se esperaba que cundiera el ejemplo mientras el Juzgado Municipal siguiese poniendo tantas trabas a quiénes no querían casarse por la Iglesia.

Eduardo Montagut

La amnistía de febrero del 36

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El 19 de febrero de 1936, Portela Valladares presidía el que sería su último Consejo de Ministros. En la reunión se dio cuenta del deterioro del orden público porque se habían producido algunos motines en distintas cárceles españolas. Al parecer, en Zaragoza los disturbios en la calle habían sido de importancia. La manifestación que había ocupado unos días antes la Puerta del Sol madrileña había sido un grito por la amnistía. Portela creía que todo esto era obra de los líderes del Frente Popular, victorioso en las elecciones del 16 de febrero. Portela decidió que había que dimitir y no esperar al proceso legal, ni a los plazos para el relevo del poder. Así pues, Alcalá-Zamora se vio obligado a encargar a Azaña la formación de un nuevo Gobierno, aunque sabemos que éste hubiera preferido que se hubiera cumplido la legalidad. Era consciente de que las condiciones en las que se produjo el relevo no eran las más adecuadas.

Formado el nuevo Gobierno, se comenzó a actuar. En este trabajo nos referiremos a la amnistía aprobada a los pocos días.

La Diputación Permanente de las Cortes aprobaba el 21 de febrero de 1936 la amnistía de todos los condenados por los sucesos de la Revolución de octubre de 1934, por propuesta de Azaña, y que constituía uno de los puntos más destacados del programa político del Frente Popular para las elecciones:

“A conceder por una ley una amplia amnistía de los delitos políticos sociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933, aunque no hubieran sido considerados como tales por los Tribunales. Alcanzará también a aquellos de igual carácter no comprendidos en la ley de 24 de abril de 1934. Se revisarán, con arreglo a la ley, las sentencias pronunciadas en aplicación indebida de la de Vagos por motivos de carácter político; hasta tanto que se habiliten las instituciones que en dicha ley se prescriben, se restringirá la aplicación de la misma y se impedirá que en lo sucesivo se utilice para perseguir ideales o actuaciones políticas. “

Debe tenerse en cuenta que esta amnistía fue demandada desde la calle desde el primer momento en el que se produjo la victoria electoral de la izquierda, como hemos señalado. Era evidente que el encarcelamiento de miles de personas a raíz de aquellos hechos había generado un intenso malestar social, muy agudizado en Cataluña con el encarcelamiento de sus principales autoridades.

El Decreto-ley fue aprobado por la Diputación Permanente, presidida por Santiago Alba. Se produjo por unanimidad. Constaba de un solo artículo, y se tuvo que debatir de forma muy rápida, con una convocatoria del día anterior hecha por telegrama, provocando que no pudieran acudir todos los diputados, aunque los no asistentes mandaron votos favorables. Al final, se reunieron dieciocho diputados, cumpliendo lo exigido por la ley, ya que se necesitaba un mínimo de catorce. Los propios diputados de la CEDA votaron favorablemente, animados por la necesidad de mantener el orden público, y porque era evidente que había sido una demanda que había ganado en las elecciones.

Por su parte, también tuvo que actuar el Tribunal de Garantías para aplicar el Decreto, habida cuenta de que esta alta institución había condenado a los consejeros de la Generalitat y a otras personalidades políticas.

Se calcula que la amnistía afectó a unas treinta mil personas, una cifra muy importante.

Pero, además, en el programa del Frente Popular se planteaba en un segundo punto:

“Los funcionarios y empleados públicos que hayan sido objeto de suspensión, traslado o separación, acordada sin garantía de expediente o por medio de persecución política, serán repuestos en sus destinos.

El Gobierno tomará las medidas necesarias para que sean readmitidos en sus respectivos puestos los obreros que hubiesen sido despedidos por sus ideas o con motivo de huelgas políticas en todas las corporaciones públicas, en las empresas gestoras de servicios públicos y en todas aquellas en que el Estado tenga vínculo directo.

Por lo que se refiere a las empresas de carácter privado, el Ministerio de Trabajo adoptará las disposiciones conducentes a la discriminación de todos los casos de despido que hubieran sido fundados en un momento político social y que serán sometidos a los Jurados Mixtos para que éstos amparen en su derecho, con arreglo a la legislación anterior a noviembre de 1933 a quienes hubieren sido indebidamente eliminados.”

Así pues, los alcaldes y concejales fueron repuestos en sus cargos en los consistorios. Muchos Ayuntamientos habían sido gestionados desde finales de 1934 por gestoras administradas por ediles de la derecha. Otro tanto se hizo con los Ayuntamientos vascos.

A finales del mes de febrero el gobierno decretó la readmisión de los trabajadores despedidos por los motivos señalados, y se ordenaba a las empresas que indemnizasen a los trabajadores por los salarios no recibidos. Esta medida generó el rechazo y la preocupación de la derecha y los empresarios.

Pues bien, la última de las medidas tomadas para terminar con los efectos de la represión ejercida hacia los protagonistas de los hechos de octubre de 1934, tenía que ver con Cataluña. Después de que salieran de la cárcel los miembros del gobierno de la Generalitat, en aplicación de la amnistía aprobada, el 1 de marzo un Decreto reponía las funciones del Parlament y a Companys en su puesto de presidente, así como a sus consejeros. Debemos recordar que había sido una de las principales reivindicaciones del programa político del Front d’Esquerres, que había triunfado en las circunscripciones electorales catalanas.

Eduardo Montagut

La utopía de Tommaso de Campanella

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La utopía como género literario se desarrolló con la llegada de la edad moderna, coincidiendo con la era de los descubrimientos geográficos. Aunque las hay de muchos tipos, sin lugar a dudas, la Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Campanella no sólo son las más importantes y las que más han perdurado en la Historia, precisamente, no sólo por su calidad literaria, sino, sobre todo, porque suponen una fuerte crítica de la sociedad de su tiempo, planteando un mundo distinto donde imperarían unas nuevas relaciones sociales basadas en la igualdad y la comunidad de bienes. Ambas se inspiran en Platón, pero, mientras Moro es un claro defensor del humanismo, en línea con Erasmo de Rotterdam, Campanella tiene más conexiones religiosas medievales. En este trabajo nos acercamos a la obra del segundo.

Tommaso Campanella (1568-1639) escribió La Ciudad del Sol en 1602, aunque no viera la luz hasta el año 1623. Fue escrita en cautiverio, no siendo el primero, aunque antes por cuestiones teológicas. En 1599 se le abrió un proceso por herejía, pero también por rebelión porque fue acusado de preparar una rebelión contra el poder español en Calabria, donde se había retirado después de su experiencia con el Santo Oficio. Pretendía implantar algo parecido a lo que luego escribió. En 1602 fue condenado a cadena perpetua, y encerrado en Castel Nuovo en Nápoles, donde pasaría 27 años de su vida.

En Campanella influyeron varios factores para organizar su insurrección y su obra utópica que deben ser tenidos en cuenta. En primer lugar, es evidente la situación socioeconómica del sur italiano con un alto grado de corrupción y miseria en la segunda mitad del siglo XVI. Pero, por otro lado, esta situación caló en una sensibilidad compleja y tormentosa, en un hombre influido por la astrología, el milenarismo -llegó a predecir el fin del mundo para el año 1600-, y por un acusado misticismo. En ese sentido, como apuntábamos más arriba, su utopía no es de signo humanista, sino religioso y moral, una utopía que une el comunismo con lo teocrático, la comunidad de bienes con un tono milenarista, y hasta astrológico, como tendremos oportunidad de comprobar.

La Ciudad del Sol tendría un templo elevado y cerrado por siete círculos concéntricos con los nombres de los siete planetas. Las paredes del templo tendrían símbolos científicos, con un fin eminentemente pedagógico. En este sentido, el gobierno o el poder de la ciudad tendría un marcado carácter científico, algo que compartiría con otros utopistas, preocupados porque el gobierno no estuviera en manos del azar. El saber se asocia, por lo tanto, con el poder. Habría un jefe del Estado, el Metafísico, y tres especies de príncipes, ministros o magistrados: Pon (poder), Sin (Sabiduría) y Mor (Amor). Pero el saber debe ser enseñado, y para eso Campanella diseña un sistema educativo, donde tiene mucha importancia la experiencia, recogiendo la influencia de la filosofía antiaristotélica de Telesio. La educación y la cultura se convierten, además, en un instrumento contra los ricos, en una formulación que, sin lugar a dudas, influirá en el futuro. La ignorancia de las clases humildes es interpretada como un instrumento de la dominación de los poderosos. Pero, además, el desarrollo de la cultura sería fundamental para reducir la miseria y mejorar las condiciones de trabajo.

El régimen que se instaura en la utopía de Campanella es claramente comunista. El egoísmo particular es sustituido por un verdadero culto a la comunidad. En esta comunidad se destruye la familia, aunque no se trata de instaurar el amor libre, sino que las relaciones sexuales estarían pormenorizadamente regladas: 21 años sería la edad para poder tenerlas si se era hombre, y 19 para las mujeres, aunque habría excepciones para el caso de hombres con temperamentos muy ardientes, siempre según autorización de los más ancianos, que podrían tener relaciones sexuales con mujeres que no pudieran procrear por edad mayor o por esterilidad. Por otro lado, la castidad era considerada un valor en sí misma. El magistrado Mor era el encargado de organizar los emparejamientos donde ni el amor ni los afectos tuvieran nada que ver. Tampoco se pretendían uniones de larga duración. Lo que se busca es la multiplicación y propagación de la especie, por lo que las mujeres estériles o sin hijos no tendrían la misma posición que las mujeres con hijos. En realidad, estas ideas de Campanella prefiguran la futura eugenesia porque se quejaba de que el hombre ponía mucho interés en mejorar las razas de los animales domésticos y no ponía ninguno para su propia especie. Los solarianos aceptarían este sistema porque se basaría en la razón y la ciencia, principios fundamentales de la utopía.

Una vez establecida esta organización de las relaciones sexuales se podía montar la economía sobre el principio de la comunidad de bienes. Los solarianos tendrían todo en común. Los magistrados serían los encargados de reasignar el domicilio de cada habitante cada seis meses. La propiedad privada engendraba egoísmo y era la fuente de todos los conflictos.

Todo estaría minuciosamente organizado. La reglamentación es casi un principio universal de las utopías. La jornada laboral del trabajo colectivo sería de cuatro horas. También estaba muy regulada la educación en común, y los juegos. Los hombres y mujeres irían desnudos, intentando imitar el ideal espartano. Campanella pretendía acabar con la ociosidad, unos de los males endémicos del sur italiano. Pero también se conseguiría evitar el delito de todo tipo porque reinaría la virtud. Es evidente que estas reglas tenían un aire religioso. No olvidemos que, en esta utopía, además, se implantaría un sistema de confesión, medio para que el jefe del estado supiera conocer lo que ocurría en la ciudad. Pero en otros aspectos Campanella se aleja de la religión y moral religiosas: defiende el placer sexual, por ejemplo. En esta utopía sí habría religión, una suerte de deísmo, que no exigiría un culto muy exhaustivo al Creador.

Campanella fue un hombre complejo, porque al final de sus días, intentando conciliarse con el poder redactó algunos escritos que entraban en contradicción con su utopía, como su Monarquía del Mesías, donde defiende la teocracia pontificia, entre otras cosas. Pero, no cabe duda que, a pesar de varias cuestiones que nos crean confusión o alarma como la eugenesia o la confesión al jefe del estado, quizás en una suerte de “pre-gran hermano”, debemos contemplar la obra de este religioso italiano, que acabó sus días en París, como un intento de ordenar el caos de un sistema económico y social profundamente injusto, bajo principios racionales y de justicia en favor de los oprimidos.

En castellano contamos con ediciones de la utopía de Campanela: en Fondo de Cultura Económica, en Biblioteca Nueva, Tecnos, Akal, etc. En relación con su interpretación en la historia de las ideas socialistas, es imprescindible el trabajo clásico de Jacques Droz, “Las utopías socialistas en el albor de los tiempos modernos”, en el primer tomo de la Historia del Socialismo que dirigió, y que en España tradujo DestinoLibro en 1976, aunque nosotros empleamos la edición de 1984.

Eduardo Montagut

Cuando los socialistas condenaron la pena de muerte

rosa rojaEn el Congreso de la Segunda Internacional, que se celebró en el año 1910 en Copenhague se aprobó una resolución contra la pena de muerte.

Los socialistas votaron contra la pena de muerte apelando a una serie de principios, empleando un repaso histórico reciente sobre esta cuestión desde el triunfo de las revoluciones liberal-burguesas.

Los socialistas constataban que la burguesía había condenado la pena de muerte como una herencia bárbara del pasado. Podríamos interpretar esta apreciación como una de las facetas de las revoluciones que terminaron con las monarquías absolutas y el Antiguo Régimen donde la pena de muerte era una práctica común, y donde había comenzado a ser cuestionada por la Ilustración. Pero, una vez conquistado el poder, y en la época del enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado, la posición de la primera había cambiado sustancialmente.

La burguesía había abandonado la lucha contra la pena de muerte, en línea con su olvido por la democracia, según la interpretación socialista. La burguesía empleaba la pena de muerte para luchar contra el proletariado y evitar el final del capitalismo. En ese momento, se constataba un aumento de declaraciones de personalidades en Alemania que justificaban la existencia de la pena de muerte. En el parlamento francés se había votado contra un proyecto de ley que abolía la pena de muerte. En Estados Unidos se empleaba la pena de muerte para combatir al movimiento obrero, aludiendo a los mártires de Chicago. También se reflejaba el uso de la pena de muerte en España por un régimen, calificado por los socialistas, como “caduco y reaccionario”. En España se aplicaba, según la resolución de la Internacional, el “asesinato jurídico”. Finalmente, se aludía al uso de la pena de muerte en Rusia contra los revolucionarios, provocando un verdadero “reguero de sangre”. No olvidemos que después de la Revolución de 1905 se acrecentaron las políticas represivas por parte de Stolypin, que combinaba con un evidente programa modernizador en lo económico.

Por fin, los socialistas condenaban la hipocresía de la burguesía occidental, horrorizada por la ejecución de Ferrer i Guardia, pero indiferente hacia las verdaderas matanzas perpetradas por el gobierno ruso. Recordemos, en este sentido, la enorme campaña internacional para evitar la ejecución del pedagogo y anarquista de la Escuela Moderna.

El Congreso afirmó que los representantes del proletariado, es decir, los socialistas reunidos en la Internacional, eran los únicos adversarios reales de la pena de muerte. Consideraban que solamente con la llegada al poder y la extensión de la cultura de las masas obreras por la acción política y sindical, se podría luchar eficazmente contra la pena de muerte.

Así pues, se tomó una resolución por la que se invitaba a los representantes políticos de la clase obrera a exigir la abolición de la pena de muerte en sus respectivos países. Los mecanismos para hacerlo se encontrarían en el trabajo parlamentario y la propaganda política, especialmente a través de la prensa socialista y obrera.

Eduardo Montagut