El regalismo

DSC03924

El regalismo fue una teoría y una práctica política ejercida por las Monarquías católicas en la Edad Moderna en su relación con la Iglesia Católica, que debe ser tenida en cuenta para entender parte de la historia de la formación de los Estados modernos, así como la relacionada con las relaciones entre el poder político y el religioso.

El término de regalismo procede de regalía. Por regalías se entendían los derechos, propiedades y prerrogativas de la Corona. En la Edad Media aparecen como derechos económicos o financieros exclusivos de la Monarquía. Al final de dicha época se terminaron por consolidarse, pero ya referidas a todas las cuestiones de las actividades del rey frente a los derechos o jurisdicciones de otras autoridades, como la Iglesia y la nobleza. En el Fuero Viejo de Castilla se consideraban regalías las funciones que iban unidas esencialmente a la soberanía de la Corona: administración de justicia, acuñación de moneda, levas militares y determinadas rentas como la de la sal.

En la Edad Moderna el concepto de regalía se enriqueció. Por un lado, se mantuvo el que había nacido en el Medievo, pero adquirió un nuevo significado, y que tenía que ver con las prerrogativas del monarca en determinados asuntos religiosos y eclesiásticos. En la época de los Austrias se produjo un conflicto de índole regalista en el año 1632 cuando la Junta Grande Especial elaboró un listado de las quejas y “discordias” de la Corona con Roma. Al año siguiente, se redactó un famoso Memorial que se presentó al papa Urbano VIII.

Después de la Guerra de Sucesión y con la llegada de los Borbones el conflicto entre la Corona y el Papado creció de forma evidente por dos razones. Por un lado, Roma había apoyado al candidato austriaco, y, por otro lado, la Corona francesa se había destacado por arrancar competencias de la Iglesia en Francia, desde su más acusado absolutismo. El nuncio papal llegó a ser expulsado de España.

En tiempos de Fernando VI se firmó, después de complejas negociaciones, en el año 1753 el Concordato con Roma. Por el mismo, la Corona adquiría el Patronato Universal. El Patronato Regio era una concesión papal a la Corona española para la designación y presentación de los beneficios eclesiásticos, y que terminó por convertirse en una regalía. La historia del Patronato Regio es larga. En el siglo XV, con los Reyes Católicos, el papa Inocencio VIII que necesitaba la ayuda de Fernando para defender sus intereses en Italia, le concedió el derecho de presentación de todos los beneficios mayores en el reino de Granada. Este primer paso fue aprovechado por los monarcas para extender su poder y para establecer un modelo a aplicar en América. En 1508, Julio II otorgó a la Monarquía Española el Patronato en toda la Iglesia americana. El Concordato de 1753, como hemos visto, ampliaba este derecho al resto de la Iglesia española, con algunas excepciones. Se trataba de un extraordinario incremento del poder real, ya que los monarcas eran los que nombraban los cargos, y controlaban, indirectamente, sus ingresos, además de obtener algunos de ellos procedentes de los beneficios vacantes mientras no se cubrían.

Eduardo Montagut

La aprobación del sufragio universal en la Restauración

sag

Sagasta

La llegada del sufragio universal en la España de la Restauración se produjo de la mano de Sagasta cuando se hizo cargo de las responsabilidades de gobierno en la Regencia de María Cristina, dentro de un programa político de signo liberal que se aprobó en el denominado Parlamento Largo. Sagasta sacó adelante algunas importantes reformas como la supresión de la esclavitud en Cuba, la Ley de asociaciones de 1887, la Ley del jurado de 1888 y la aprobación del Código Civil en 1889. La discusión sobre el sufragio universal fue, sin lugar a dudas, la que más controversia generó en las Cortes. El proyecto comenzó su andadura con su lectura por parte de Moret en el Congreso a comienzos del mes de diciembre de 1888. La polémica estaba servida, aunque tardaría en producirse la discusión parlamentaria propiamente dicha hasta mayo del año siguiente. El 23 de mayo de 1889 cargó contra el proyecto el diputado conservador Lorenzo Domínguez, pero se quedó allí. La discusión quedó aplazada hasta enero de 1890 cuando Sagasta presentó un nuevo gobierno a las Cortes. Como vemos pasó más de un año hasta que se puso en marcha realmente el proceso parlamentario, pero, como decíamos al principio, la polémica se desató desde el primer momento dentro y fuera del Congreso.

Los partidarios del sufragio universal se basaban en que era necesario por su íntima relación con el principio de la soberanía nacional, aunque la Constitución de 1876 establecía el principio de la soberanía compartida entre la nación y el rey. Los liberales defendían el sufragio universal porque era un compromiso político que habían adquirido, aunque, en realidad, Sagasta no era un fanático del mismo, pero era consciente que su aprobación asentaría más a la Monarquía, le daría una mayor legitimidad con el fin de intentar restar argumentos a los republicanos, que defendían claramente el sufragio universal. Este mismo argumento era aplicado por Sagasta para el caso de la Ley del jurado. Al aprobar las dos disposiciones legislativas consiguió el apoyo del republicanismo posibilista que terminó ingresando en su partido, el representado por Castelar y sus seguidores. Un joven Canalejas se destacó en esta misma tesis cuando asoció la Monarquía con el sufragio. Aquella se fortalecería si podían participar más ciudadanos en el juego político. Otros liberales consideraban que el sufragio universal domesticaría a los obreros, apaciguaría el conflicto social. Este argumento iba más encaminado a convencer a los conservadores, siempre obsesionados con el orden, ya que no estaban interesados en ensanchar el derecho al voto.

Al final la Ley se promulgó el 26 de junio de 1890. Aunque, en principio parecía una victoria de la democracia, aunque las mujeres no pudieran votar, en realidad no supuso una clara democratización del sistema de la Restauración. El sufragio universal no alteró sustancialmente el fraude institucionalizado organizado desde el Ministerio de la Gobernación con el encasillado, pasando por los gobernadores civiles y llegando hasta los caciques. Las mayorías, en cada caso, se construían así, o falseando los resultados, reservando una parte para la oposición, según el turno de partidos.

La principal reforma de este sistema se dio en tiempos del gobierno largo de Antonio Maura con la Ley de 1907 que pretendía avanzar en la democracia, aunque, en realidad, no supuso ningún cambio sustancial. Ha pasado a la Historia por su famoso artículo 29, que determinaba que donde no hubiera más un candidato, quedaría nombrado automáticamente.

Eduardo Montagut

La cuestión ibérica en Portugal a la falta de un rey en España

descarga (1)

La búsqueda de un rey en España al triunfar la Revolución Gloriosa en 1868 y proclamarse en la Constitución de 1869 que el régimen político sería una Monarquía generó en Portugal la denominada “cuestión ibérica”. Intentemos plantear algunas claves de esta cuestión que provocó tensiones en el país vecino.

Entre los candidatos al trono español estaba Fernando de Saxe-Coburgo, viudo de la reina María II y padre del rey de Portugal, Luis I. Fernando se negó a acceder a la propuesta española por su estrecha vinculación con el duque de Montpensier, al que consideraba mejor candidato, aunque estuviera vetado por el emperador francés por ser un Orleáns, y por Bismarck también. Pero esta negativa de Fernando ha sido interpretada por algunos historiadores desde otra perspectiva. El rechazo al trono español se debería, en este caso, al interés del rey Luis I por coronarse también como rey español. Al parecer, el monarca fue consultado en secreto pero la noticia se filtró a la prensa y generó una posición contraria de gran parte de la opinión pública portuguesa. Al final, Fernando de Saxe-Coburgo aceptó la propuesta, aunque con condiciones. Su mujer, al no ser de condición nobiliaria, estaría excluida de la vida oficial aunque se le reconocería como esposa del rey en la vida privada. Otra de las condiciones era que dos tercios de las Cortes españolas debían estar de acuerdo con su nombramiento para asegurar un apoyo sólido al nuevo monarca. La tercera condición era que las dos Coronas nunca podían estar unidas en una misma persona, cuestión que era considerada fundamental por parte de la mayoría de la opinión pública portuguesa. Los portugueses tenían una secular prevención hacia España y temían que una Corona común convertiría a Portugal en una simple provincia española.

Por fin,  el acuerdo era bien visto por británicos y franceses pero, por otra serie de circunstancias, la Corona española no recayó en Fernando sino en Amadeo de Saboya.

 

Eduardo Montagut

Doctor en Historia

La primera escuela franquista

IMG_20150813_131752

La nueva educación impuesta por el franquismo debía borrar todos los aspectos de renovación y avance educativos, además de formar leales y entregados súbditos de la nueva España que se estaba construyendo. La escuela debía inculcar una serie de valores que se pueden resumir en un exaltado patriotismo españolista, obediencia a Franco y a las autoridades. Todas las asignaturas tendrían un marcado cariz ideológico en este sentido. El segundo pilar ideológico sería el de la defensa de los valores católicos en su versión más integrista o nacional-católica. La Iglesia recuperó el protagonismo en la educación que había perdido con la Segunda República: la religión católica volvió a ser una asignatura obligatoria en todos los niveles y la institución retornó a ejercer la inspección moral de las escuelas.

Curiosamente, el franquismo no consideró nunca que la educación debía ser responsabilidad exclusiva del Estado. Las nuevas leyes educativas dejaban esta responsabilidad a la sociedad, con la ayuda del Estado. Lo que ocurrió fue la Iglesia era la única fuerza social con posibilidades para asumir la tarea docente. El Estado se desatendió y la Iglesia alcanzó un poder educativo muchísimo mayor que el que había tenido antes de la Segunda República. Esta característica fue muy particular del franquismo a pesar de su clara vinculación con el fascismo, un sistema político totalitario que hizo de la educación un pilar fundamental del control de la población. Pero el franquismo tenía un componente religioso muy acusado y, en ese sentido, cedió el protagonismo a la Iglesia Católica en el terreno educativo, siempre y cuando se inculcase el ideario del nuevo régimen en la escuela. Por su parte, la Iglesia no tuvo ningún problema en aceptar esta condición.

En plena guerra civil se promulgó la Ley de Reforma de la Enseñanza Media de 1938, que pretendía diseñar la educación de las élites y clases medias españolas, y que estuvo en vigor hasta 1953. En el bachillerato se ingresaba con diez años, duraba siete cursos, teniendo el alumno que pasar un examen de estado para ingresar en la Universidad.

La siguiente ley del primer franquismo se aprobó el 29 de julio de 1943 y afectaba a la Universidad, considerada como católica. El rector debía ser miembro de la FET y de las JONS y los profesores universitarios necesitaban para ejercer una certificación de la Secretaría General del Movimiento que acreditase su adhesión a los principios del Estado.

La enseñanza primaria fue la última en ser reformada y lo fue por una Ley de 1945. Esta disposición otorgó un poder casi omnímodo a la Iglesia Católica. El nivel de primaria se dividía en dos etapas: la general de 6 a 10 años, y una especial de 10 a 12 años. Esta disposición estableció una rígida segregación, ya que, habría alumnos que con diez años, al terminar la etapa general, pasarían al bachillerato, mientras que otros, cursarían la etapa especial para terminar su vida escolar e ingresar en el mercado laboral, siendo obligación de la escuela orientar en un sentido u otro a los alumnos. Esta Ley es importante, además, porque dejó muy claro el derecho de la familia en relación con la educación, ya que afectaba a toda la población, al ser el único nivel obligatorio. Además, la familia tenía el deber de proporcionar esa educación a los hijos. Para ello, la familia podría elegir las personas o centros donde los niños y niñas recibirían su educación primaria. La escuela era definida como una comunidad activa de maestros y escolares, instituida por la familia, la Iglesia o el Estado, “como órganos de la educación primaria para la formación cristiana, patriótica e intelectual de la niñez española”. Habría tres tipos de escuelas: las públicas nacionales, las de la Iglesia y las privadas.

Por fin, en 1949 entró en vigor la Ley de Formación Profesional, que recogía parte del ideario en esta materia de una disposición de la época de la Dictadura de Primo de Rivera. Esta ley consagraba las tradicionales escuelas de artes y oficios, acorde con la situación económica española todavía lejos de la industrialización y de la necesidad de formar trabajadores cualificados y especializados.

Eduardo Montagut

Cánovas y la construcción de un sistema político

roji

Antonio Cánovas del Castillo es un personaje fundamental en la historia contemporánea española, ya que diseñó, en gran medida, el sistema político que existió en España en el último cuarto del siglo XIX y que continuó, aunque en crisis permanente, hasta el año 1923. En este breve trabajo intentaremos plantear las líneas maestras del pensamiento de Cánovas a la hora de crear el sistema político de la Restauración.

Cánovas respondió a los deseos de la oligarquía política española por encontrar un sistema político estable frente a las alternativas democráticas que supusieron la monarquía de Amadeo de Saboya y la I República. Pero Cánovas era consciente que volver al sistema político de Isabel II no era la solución, especialmente, en lo concerniente al cuasi monopolio en el poder de los liberales moderados que provocaba periódicos intentos de alcanzar el gobierno por parte de los progresistas a través de pronunciamientos militares. Aún así, como buen conservador que era, recogió parte de dicho sistema político en el nuevo, como tendremos oportunidad de ver.

Cánovas era conocedor de los sistemas políticos europeos y, como muchos políticos del siglo XIX, sentía predilección por el británico, tan estable frente a los profundos cambios que se daban en el resto de Europa. A Cánovas le gustaban tres elementos del sistema político liberal británico: la Monarquía, el Parlamento y la alternancia en el poder de dos partidos sin pronunciamientos, violencias, respetándose entre sí, así como, la obra política de cada uno cuando el otro accedía al poder. Cánovas quería aplicar en España la doctrina inglesa de la balanza de poderes entre la Corona y el Parlamento y elaborar una constitución moderada.

En primer lugar, rescató el concepto de soberanía compartida, propio del liberalismo moderado español, abandonando la soberanía nacional alcanzada en el Sexenio Democrático. La soberanía compartida partía de la concepción que tenía Cánovas de la nación y de la Corona. La primera sería una creación histórica configurada en el tiempo. De su larga e intensa experiencia histórica surgiría una constitución interna, propia y particular para cada nación. La nación española estaría representada, históricamente, en las Cortes. La historia también era protagonista a la hora de defender el principio monárquico, ya que la española habría convertido al rey en una institución fundamental. Así pues, las Cortes y la Corona debían ejercer la soberanía conjuntamente.

El siguiente punto era el concerniente a los partidos. Siguiendo el modelo bipartidista británico, Cánovas pretendía que la labor del gobierno recayese en exclusiva en dos partidos, alternándose en el poder y en la oposición. De esta manera, se evitaba el monopolio del poder ejercido por los moderados en tiempos de Isabel II, como hemos señalado anteriormente. Para ello, era fundamental el compromiso de los dos partidos en mantener el sistema político y de respetar la obra de cada uno cuando tenía la responsabilidad gubernamental, además de ejercer una leal oposición cuando tocaba estar en ese lugar.

El Partido Conservador surgió en el Sexenio, integrando a los moderados isabelinos, la Unión Católica de Pidal y los alfonsinos del propio Cánovas del Castillo. Pero era necesaria otra formación. La solución fue brindada por la colaboración de Práxedes Mateo Sagasta. Este político había tenido un claro protagonismo en el Sexenio en el Partido Constitucionalista. Sagasta consiguió atraer a un sector de los demócratas, algunos grupos menores y hasta a republicanos posibilistas y creó el Partido Liberal.

Estos partidos eran típicamente decimonónicos, es decir, de cuadros, de élites, no de masas.

La Constitución que se debía elaborar tenía que recoger todos estos principios políticos, como tuvo lugar con la de 1876, como la soberanía compartida y, sobre todo, tener un carácter elástico, es decir, aunque muy moderada, desde una perspectiva democrática, no debía ser monolítica ni excesivamente precisa, sino elástica, es decir, permitir interpretaciones diversas por parte de los gobiernos, como se vio en la cuestión de los derechos. Los conservadores siempre hicieron lecturas restrictivas sobre los mismos, primando el orden sobre las libertades, frente a los liberales, más proclives a garantizar dichas libertades y ampliar los derechos.

Eduardo Montagut

ELOGIO DE LO FEMENINO

IMG-20180308-WA0018

Quiero comenzar con dos citas. Una de Vittorio Gassman en el diario “Clarín”:

Mi experiencia, amores a parte, me lleva a concluir que la mujer es muy superior a nosotros: superior físicamente, más sensible, con más capacidad de afecto y amor. Según me parece, las mujeres deberían gobernar, y el mundo andaría mejor. Las que ya gobernaron, sin embargo, eran más hombres en faldas que mujeres, piénsese en Tatcher o Golda Meir. Pero yo hablo de mujeres que gobiernen desde su condición de mujeres”.

 Y otra cita de George Duby: “Sí, nosotros hombres, debemos volvernos mujeres, cultivar en nosotros lo que hay de femenino para amar plenamente como es preciso”.

 El enigma femenino, el no saber qué quieren las mujeres, cómo gozan, le hace decir a Freud que lo femenino es lo el “continente negro” y apela a las psicoanalistas mujeres para que respondan de ello. Rastreando en la bibliografía y ante esta demanda de saber, encontramos algunas respuestas:

Helen Deutch, psicoanalista y mujer, a la que se reconocía como discípula y analizante predilecta de Freud, respondió a la demanda de su maestro ocupándose de la psicología femenina e incluyendo la sexualidad.

Esta mujer se declara feminista y opina que la insatisfacción femenina se debe a que la mujer al tener más de un órgano sexual (clítoris y vagina) queda indecisa no sabiendo cuál utilizar. Lo llamativo es que la respuesta viene dada en el mismo sentido que la propuesta por el hombre, como si la feminidad dependiera del órgano sexual.

n Marie Bonaparte, es contemporánea de Helen Deutch y también próxima a Freud y escribe “Consideraciones sobre las causas de la frigidez en la mujer”. Es un libro que firma con un pseudónimo, A. E. Narjani, en el que habla de los méritos de una operación quirúrgica en boga en aquella época que consistía en el acercamiento del clítoris a la vagina como un método para evitar la frigidez, que como se insinúa, ella misma padecía.

¿No les parece que está diciendo con esto, que en lo que se refiere al sexo femenino, hay algo que arreglar, algo insuficiente anatómicamente?

Lou Andreas Salomé, es una psicoanalista alemana a la que se consideró en su tiempo como una figura emblemática de la feminidad y concebía dos clases de amor: el sexual, del cual se dice que es sólo pasión física y se acaba cuando el deseo se desvanece, y el amor intelectual fundado en una absoluta fidelidad como único capaz de resistir el paso del tiempo. Este último probablemente se lo profesara al mismo Freud. Su propuesta no parece estar lejos de la relación con la mujer que tienen muchos hombres, los cuales separan la mujer a la que aman de la mujer con la que gozan, la una objeto de amor y otra objeto de deseo.

Karenn Horney, psiquiatra y psicoanalista americana conoce a Karl Abraham en Berlín con quien más tarde se analiza. En un momento de su análisis, este le interpreta que las mujeres quieren inconscientemente ser hombres, porque en su infancia han sentido envidia del pene. También le dice que, toda mujer, también ha deseado tener un hijo con su padre. Ella se enfada y abandona el análisis. Se aparta del psicoanálisis Freudiano y considera un insulto las propuestas de Freud sobre la sexualidad femenina.

Estas mujeres psicoanalistas contemporáneas de Freud, algunas de ellas discípulas y a las que debemos reconocer su labor, en un punto parecen haber desviado el camino, ya que es en la anatomía donde buscan la respuesta o para decirlo mejor, el hombre es el referente y es comparándose con él cómo responden. Es verdad que tanto social como estructuralmente que lo fálico prevalece, pero lo fálico no es el continente negro por el que fueron interrogadas.

Por eso nos preguntamos ¿no responden todas ellas renunciando a su saber?, ¿No se quedan atrapadas en la comparación de los atributos masculinos y femeninos?, ¿No responden al hombre sin escucharse, incluso, por qué no, para decir que de eso no saben o que por lo menos, no hay palabras para nombrarlo?

Estas mujeres influidas por la época, por sus propios prejuicios inclusive siendo liberales y feministas, nos hablan de algún modo del inconsciente que está en juego en ellas mismas, es decir, de cómo se posiciona cada una de ellas frente a la feminidad y al goce de la mujer.

¿Por qué esa rivalidad? ¿Por qué otorgarle al órgano masculino todo ese poder? ¿No es eso lo que se filtra en algunos discursos de las mujeres? Que en lugar de hablar desde la diferencia, hablan desde la comparación.

La cuestión femenina, es por tanto, espinosa para el psicoanálisis e interroga los límites mismos del saber analítico. El debate sobre la discordancia de los sexos está presente en la escena actual, especialmente durante los últimos 50 años. Bajo el empuje de los movimientos feministas se han desarrollado múltiples estudios en torno a la sexualidad, sus interpretaciones y modalidades. La relación entre el psicoanálisis y el campo de dichos estudios y del feminismo en particular es diverso y complejo con muchos mal entendidos, existiendo, en mi opinión un malentendido central, respecto al concepto psicoanalítico de falo interpretado por los otros discursos como significante del poder. Curiosamente, para el psicoanálisis, la diferencias de los sexos, no es un dato de entrada. Tanto para Freud, como para Lacan y esto es lo importante, no hay dos representaciones en el inconsciente de la diferencia de los sexos. No hay un representante de lo masculino y un representante de lo femenino.

Hay un solo significante que va a distinguir el reparto entre masculino y femenino. Este operador estructural a nivel inconsciente de la diferencia de los sexos es el falo, concepto que produce muchos enfrentamientos y más particularmente cuando se establece un debate con los movimientos feministas. Es un concepto que requiere una transmisión muy fina, porque es un término que ha pasado al uso público. En lo público, insisto, se le ve como significante de poder, nosotros los psicoanalistas lo entendemos como un operador estructural de la castración en el sentido que Lacan le dio: No como complejo de castración en el imaginario en el sentido de la amenaza “te lo vamos a cortar” sino como un efecto de vaciamiento de goce para el ser humano insertado en el aparato del lenguaje. Entonces el falo no tiene que ver con la dominación masculina en nuestra manera de entenderlo ya que lo vemos como un operador dentro del inconsciente, así fueron las construcciones hechas por Freud y Lacan. Para Freud opera no desde el comienzo de la historia infantil sino a partir de un momento en que se inscribe la castración materna a partir de la cual el niño o niña construirán su interpretación sobre la diferencia anatómica de los sexos.

En mi opinión la propuesta innovadora de Lacan es pensar lo femenino y masculino no como dos universales opuestos, sino pensarlos en otro tipo de lógica, a partir de las fórmulas de la sexuación, distinto a las identificaciones sexuales.

Los debates sobre la diferencia sexual han ocupado los primeros planos en los movimientos feministas. Los psicoanalistas debemos situarnos en el debate de una manera clara diferenciando tres conceptos dentro de nuestra práctica clínica: El sexo, el género, y la sexuación. El sexo tiene que ver con la diferencia puramente anatómica: Macho o hembra.

Con el género, nos referimos a una construcción social de lo que es masculino y femenino, los ideales, modelos sociales, normas, etc.. sobre lo que debe ser un hombre y una mujer. Sobre la masculinidad y feminidad no simplemente como datos anatómicos.

En la sexuación, Lacan, se refiere a la especificidad de la relación del sujeto con su goce y es el producto de una elección perteneciente al inconsciente.

El debate está servido con las corrientes feministas. Es un punto dificultoso, sin duda, porque insiste en señalar algo así como “estas afirmaciones que provienen del campo del psicoanálisis ¿no son una simple reconducción de un prejuicio que proviene del discurso dominante, en definitiva de la dominación masculina sobre la sexualidad? ¿Por qué tal predominio del atributo masculino en la organización inconsciente de la diferencia de los sexos?”.

La contestación desde el psicoanálisis, en ciertas ocasiones invoca a las propiedades del órgano desde el defecto más que por su potencia. Tampoco vale la diferencia entre separar la función y el órgano.

Tampoco vale que es un proceso del inconsciente que es un operador estructural precisamente en la medida que simboliza una ausencia o falla (pensemos en la detumescencia).

En mi opinión, este debate es prácticamente un imposible. Sería como aplicar los principios de la ley de gravitación universal de Newton para explicar los fenómenos de la física cuántica.

Por tanto, mi posición, no es la de convencerles ni persuadirles. Sólo decirles que es algo que pertenece a la experiencia analítica, que es muy difícil de argumentar fuera de esa experiencia. Que les invito al viaje analítico personal pero que en cualquier caso, yo como psicoanalista me veo en la posición desde mi ética a formularles.

Es verdad que los movimientos feministas nos obligan a afinar nuestros conceptos y teorizaciones lo cual es de agradecer. He llegado a escuchar la pregunta de por qué no habría alguna parte del cuerpo femenino que pudiera también ser llevado a simbolizar una representación sexual de la mujer en el inconsciente. Algunos psicoanalistas han ido por el camino de intentar hacer de lo hueco, del agujero, del vacío un representante de lo femenino en el inconsciente. (María Torok). Pero en cualquier caso, serían propuestas que remitirían de nuevo a una construcción binaria y complementaria de la diferencia de los sexos y una concepción naturalista del tipo agujero-hilo, tapón-agujero, una lógica que correspondería al funcionamiento del sujeto con el objeto en la construcción del fantasma donde el objeto a pulsional se bastase como recuperación del goce. Como aquello que taponaría la falta del sujeto.

Lacan llegó a afirmar lo siguiente: “La mujer no existe”, lo cual generó gran desconcierto y revuelo, generando comentarios de toda índole entre las mujeres, provocación, prejuicios, ramalazo de machismo. Decir que la mujer no existe es ir muy lejos y merece ser tratado con mucha cautela  a fin de entender a donde nos lleva esta proposición ya que precisamente la lucha de la mujer por existir ha sido y sigue siendo demasiado compleja como para que venga alguien y de un plumazo borre aunque sea en apariencia lo que ella ha construido. Claro, pero esta afirmación, no hay que tomarla ni desde el escenario consciente ni desde el escenario social, sino desde que en el inconsciente no hay un significante de la mujer, quedando el único significante, el significante fálico y que explicará las fantasías de ese sujeto tanto hombre como mujer en torno a ese significante como metáfora de totalidad. Podríamos desvelar el malentendido y completar el párrafo “la mujer” como totalidad,  como ideal, como perfección, como un todo es esa la que no existe ya que se trata de un mito, de un ideal que en uno de sus seminarios compara con Dios. Claro, ahí sí podemos estar de acuerdo, es verdad, la mujer no existe, existirían las mujeres una por una y Lacan lo escribe con el artículo la tachado. Escribimos entonces el plural mujeres en minúscula para dar cuenta de esos ideales que muchas veces las llevan a incontables sufrimientos  a fin de alcanzar esa meta, ese lugar que es inalcanzable ya que se trata de una fantasía, de una suposición. Decimos existen las mujeres una a una con sus particularidades, con sus diferencias, sus virtudes, sus defectos, sus logros, sus fracasos.

A partir de las fórmulas de la sexuación de Lacan podemos plantear lo que concierne al goce como goce fálico y goce otro suplementario.

En el hombre, el goce esta localizado y se ve, es un goce de órgano (erección, eyaculación, detumescencia), en tanto que en la mujer aparece mas expandido y no se centra en un órgano visible. El goce de la mujer es particular y puede ir mas allá del órgano sexual (no siempre desde luego es así). Decimos que es un goce suplementario (llamado también goce Otro) a diferencia del goce fálico más centrado en el órgano y del cual también puede participar la mujer.

Del goce suplementario femenino cuesta dar razón. Es un goce enigmático, diferente. Podemos leer a Lacan en su seminario nº XX (“Aún”) suplicar de rodillas a las mujeres psicoanalistas que trataran de decírnoslo.

En los trabajos que he podido estudiar y en los casos clínicos revisados de distintos autores sobre este goce femenino, en general la mujer se interroga a sí misma y se dirige a otros demandando un saber. Pero precisamente al no localizarse en un órgano concreto hace de este goce algo más temible y sin límites, temor de la mujer a diluirse en él. Parece ser un goce más allá de las palabras. Recojo algunas expresiones de mujeres en análisis: “Es como una ola”; “Es como si levitara”; “Como si perdiera la conciencia”; “Como si me volviera loca”; “Como si me muriera allí mismo”. Me interesa recalcar que el goce fálico puntual no le está vedado a la mujer, pero en palabras de Alcira Mariam:

“Ahora bien, limitar el placer femenino a esa forma implica dejar de lado un abanico muy grande de fenómenos erógeno afectivos cruciales en el despliegue de su potencial erótico. La mujer puede conocer delicias erógenas independientes de la discriminación topológica”.

Lacan conceptualiza este goce femenino y transcribo sus palabras:

“Hay un goce de ella, a este ella que no existe y que nada significa. Hay un goce en ella del cual quizá ella tampoco sepa nada –eso, ella lo sabe. Lo sabe, por supuesto, cuando eso le sucede. Eso no les sucede a todas”.

Pueden aparecer expresiones de miedo al descontrol o la locura. Dice M. (paciente de Alcira Mariam): “Si durara mucho tiempo, creo que una podría volverse loca”.

Otra paciente expresa: “Temblaba toda hasta el pelo”. El cuerpo entero se había estremecido ante el contacto deseante del cuerpo de un hombre.  Ahora bien, existe temor a este tan enigmático goce femenino y eso puede producir síntomas para no ir mas allá, síntomas que actuarían a modo de límite.

Ejemplo de otra paciente: “Cuando me comienza la jaqueca, me viene un calor como si la cabeza se hinchara, continua con latidos como el latir de la sangre, como si toda la sangre se me fuera de la cabeza, luego el vómito, después el alivio, me entra un sueño, casi un sopor” Aquí se leería en la somatización del síntoma un goce sexual sin acto.

Por tanto vemos una forma de goce en el hombre, goce fálico, que también comparte la mujer. Sería en ese caso una forma viril de gozar con el clítoris, la vagina, concentrada en un órgano único investido libidinalmente. La sexología clasifica muchas veces las mujeres en clitorideas o vaginales, según obtengan placer a través del clítoris o por la penetración vaginal. Sería, en mi opinión, un reduccionismo a lo orgánico. El placer del órgano clitoridiano sitúa a la mujer en el goce fálico, no diferenciado del placer masculino. El psicoanálisis  no acepta que los problemas sexuales sean tomados literalmente. Desde la sexología a veces se oye decir: “No se preocupe, la penetración no es lo importante, se pude disfrutar de otra manera”. El sujeto se desvía del problema y queda condenado a un tipo de sexualidad infantilizada. Problemas de la mujer como la frigidez, anorgasmia, dispareunia (dolor en el coito) y del hombre como eyaculación precoz, falta de erección, falta de eyaculación se producen porque en el sexo es donde se ha ubicado el síntoma. Pero hay que leer detrás del síntoma, buscando el fantasma (fantasía inconsciente) que sostiene ese síntoma. Una cosa es que el sujeto decida que tipo de sexualidad va a llevar de un modo libre y otra es que esté limitado en las posibilidades de elección por el sometimiento a un síntoma.

En el seminario XX (“Aún) Lacan habla del hombre y dice:

“El goce fálico es el obstáculo por el cual el hombre no llega, diría yo, a gozar del cuerpo de una mujer, precisamente porque de lo que goza es del goce del órgano”.

Es decir, el hombre insiste en soñar lo bello que sería alcanzar el goce absoluto en el cuerpo desnudo de una mujer. Un hombre sueña con desnudar a una mujer porque piensa que la orgía comienza cuando la mujer está desnuda. Pero el goce nos acerca tanto a la angustia como a la orgía. El goce es inolvidable precisamente porque tiene lazos cercanos también con la angustia. Eso le hace también fuente de riesgos. El hombre puede descubrir que al ir hacia la mujer desnuda se angustia. Esa mujer asusta, tal vez por la fantasía del cuerpo de una mujer que se desata y entra en estado de goce. Asoma la bruja, el aquelarre de los sentidos, el desorden pulsional, el éxtasis. La carne está revuelta, desordenada. Algunos textos de psicoanálisis nos hablan de los genitales femeninos como un agujero al desnudo que causa un sentimiento siniestro. El hombre lucha e insiste en soñar con la vagina e imagina lo bello que sería. Puede ser que su pene se turbe, cuando debería estar erecto ante algo tan deseado. ¡Maldita turbación!. Lo que debiera pasar no pasa. ¡Él, que quería alcanzar el goce absoluto!. Se detiene cerca del goce fálico. A lo sumo, y si se puede, solo se llegaría a este nivel. Surgen dudas de su pene. Pienso que la mujer puede sacar ganancias de ese saber que posee con respecto a la naturaleza del goce. Ella sabe de la angustia de los hombres que aparece ante el temor de la capacidad erógena femenina en la medida que implica desorden pulsional. Existe el fantasma de orgasmo infinito de la mujer y los temores que esto suscita en el hombre al acercar a la mujer al status de bruja. El hombre observa aterrado la travesía del goce sobre un cuerpo de mujer.

Hay hombres en los que lo femenino evoca de este modo un terror. Hay horror desde el inconsciente a los genitales sin pene, esa herida abierta a la castración. Les hace emprender la fuga cuando la mujer les muestra su vulva. Es tal el temor a asistir al desborde erógeno de la mujer. En palabras de Alcira Mariam:

“Defensivamente, tal vez extreme el control de la sexualidad de su compañera o aporte cierta violencia por donde su masculinidad quede reasegurada. La mujer frígida puede calmar el miedo de la castración de un hombre garantizando la integridad narcisista de éste”.

En general he intentado dejar constancia de que el goce implica complicación. Su imperativo se opone a nuestra propensión a la felicidad que reside en la descarga de la tensión. A veces el goce puede estar muy cerca del horror. Es cierto que el goce femenino es en cierta medida transgresor de la ley. El goce absoluto está prohibido para el sujeto, pero las mujeres es como si tuvieran la posibilidad de saltarse la ley al menos en parte y lograr un goce externo a la palabra, gozando de forma silenciosa y muda. En cualquier caso el absoluto de goce sería un horizonte inaccesible.

Goce suplementario, goce de mujer, estamos hablando de una recuperación urgente de la feminidad.

Maryse Choisy, psicoanalista francesa escribe a comienzos del siglo XX:

“Es falso decir que la mujer ha obtenido su emancipación en el siglo XX, solamente porque vota y tiene como el hombre el derecho de “ganarse el pan con el sudor de su frente” mientras que la Biblia la condenó a “tener hijos con dolor”. En realidad, estamos pasando por el periodo más masculino que haya existido, considerando que el imperialismo masculino ha invadido la cabeza de las mujeres hasta el punto que ellas mismas se han hecho semejantes a los hombres. Se mide el triunfo por el número de imitadores. Las mujeres han reprimido tan profundamente su femineidad que ni siquiera notan que están viviendo en una verdadera falocracia”.

En definitiva que pueda escucharse el orden femenino en el dominio público. No existe superioridad femenina pero si condiciones diferentes de esta en la vida. Mujeres que habéis llegado a esta posición, os pedimos transmitáis vuestro saber a las fuerzas de la cultura.

Ciertos elementos socioculturales retrasan el ejercicio pleno de la femineidad siendo este un atributo pleno de misterio, coagulado en su significación: seducción, amabilidad, suavidad, privacidad. En la aparente debilidad de la femineidad reside una fuerza poderosa.

La palabra poder automáticamente alude a la noción convencional de ideas de grandeza, obtención de bienes de dominio sobre los semejantes, sometimiento, triunfo victorioso.

El poder femenino sería el poder del “no poder”. Es conocer lo más cercano a los límites, el más allá del falo, el goce femenino.

La omnipotencia humana genera locura y destructividad. El poder femenino linda con la sabiduría. Es un poder inefable, invisible que recibe el adjetivo de femenino para contraponerlo al masculino invasor y guerrero. Lo femenino habita en cualquier ser humano independiente del género, igual que lo masculino. Lo femenino, refugio secreto de un saber que escapa de las trampas del poder convencional. Las riquezas no logran comprar los valiosos bienes terrenales sin precio, tales como el amor de un semejante, la armonía en la vida, la facultad de hacer frente a los contratiempos con sabiduría. En mi vida de pareja, ella mi compañera de viaje tiene el poder de dirigir los movimientos de vida y ayudar a sortear escollos inevitables. Mujer femenina que ha aprendido a amar. Que me enseña a amar, que describe aspectos de la femineidad, que acepta los defectos del hombre. Al no creer ya en la superioridad del trabajo del hombre o en el famoso sometimiento de la mujer, puede ejercer este poder de orden femenino y ganar batallas sin pelear. Desarmar al hombre si presenta aun guerras machistas viriles con otras armas, armas de mujer sutiles y seguras.

Un no a aquellas mujeres que imitan a los hombres en su poder agresivo y guerrero y que se convierten en mujeres destructivas y masculinas. Son tan capaces como el hombre de sembrar el horror en la sociedad. Sofocada la femineidad buscan adueñarse de un poder masculino con violencia. Antimujeres hiperpoderosas enemigas de la vida y del amor.

¡Pasen al frente las mujeres! Si hay optimismo para el futuro requerirá de altas dosis de femineidad en la cultura.

Si retomamos lo dicho con relación al goce y relacionándolo con esto último habría un “más acá del falo” y lo que Lacan propone como “más allá del falo” que no quiere decir “sin falo”, sin referencia a la función fálica (castración). Hay quienes tienden a posicionar el goce femenino en el “mas acá del falo” como Julia Kristeva. Para ella y muchas feministas el goce femenino no tiene que ver con el falo. Lo sitúan en un aspecto presimbólico, una función semiótica en estrecha relación con el cuerpo de la madre. En cambio Lacan al situarlo “más allá del falo” sitúa ese goce fuera del lugar de lo ligado a la naturaleza. Lacan plantea el goce suplementario como aquello que tiene que ver con los bordes, con los límites mismos de lo simbólico. Como un más allá de lo simbólico. Para ejemplificarlo imaginen un vaso. Si se llena el vaso con agua puede desbordarsae un poco que no es lo mismo que no hay recipiente ninguno. Es cierto que es un ejemplo muy imaginario, pero creo puede servir para transmitir de un modo sencillo entre “el más acá” y el “mas allá”. Ese goce otro femenino se encuentra cerca de un fenómeno de des-borde, no en el sentido de la mujer desbordada por la crisis histérica como refleja el cineasta Almodovar, sino un desborde en el sentido que la condición de ese acceso al goce suplementario es un pasaje al límite del goce fálico.

Contra esta postura estaban las feministas de la década de los 70 en posiciones de “más acá del falo”. Son feministas influidas por el psicoanálisis y a las que Lacan se refiere en el seminario donde presenta las fórmulas de la sexuación, el seminario 20. Líderes del Movimiento de Liberación de la Mujer como Luce Irigaray postulaban la existencia de una libido específicamente femenina, un inconsciente específicamente femenino, una escritura específicamente femenina rompiendo la hipótesis de una libido única. Esta libido correspondería a una inscripción anterior a la marca del falo que consideraban un resultado del dominio masculino.

En cualquier caso podemos hablar de “liberación de la mujer” como sujeto social, como sujeto político, como sujeto con derechos jurídicos semejantes a los de los hombres. La mujer se ha desprendido de las exigencias de la maternidad, pueden elegirla o rechazarla, no se les impone.

Hay una modificación respecto a los bienes fálicos. Pueden optar o no por la solución del bien fálico hijo o pueden adquirir bienes fálicos en el intercambio económico, pueden acceder a la maternidad sin necesidad del hombre gracias a los avances de la medicina y los procesos de fecundación asistida.

Es un cambio muy importante para las mujeres que puede traer felicidad o más preocupaciones

En cualquier caso en este inicio del siglo XXI ¿qué podemos decir de ese goce suplementario del que hablaba Lacan para constatar la especificidad del goce femenino que seguimos esperando como más frecuente del lado de las mujeres?. No podemos decir que la civilización actual haya facilitado un acceso a ese goce suplementario porque mas bien introduce a las mujeres en una mayor adquisición de bienes, en una mayor libertad, en un mayor acceso a los bienes fálicos y en eso consiste su liberación bien ganada y merecida. Eso no es una desgracia, pero es verdad que limita las preguntas sobre ese otro goce. Del lado de las mujeres no les resuelve mucho su relación con ese goce suplementario ni con las exigencias del amor. Más aun si pensamos en las leyes del discurso capitalista como condición de esa liberación, se nos plantean interrogantes, porque el discurso capitalista promueve fundamentalmente el goce fálico, en tanto goce de la posesión de bienes que promueve el empuje consumista del capitalismo. Es consumo de bienes rentables, contables. El discurso capitalista no se lleva bien con el discurso del amor y del goce no fálico donde no hay rentabilidad para el capitalismo. A lo mas crea objetos de pacotilla- gadgets ofrecidos por el mercado capitalista en su empuje al consumo y promoción de goces que se taponarían con ellos. Lacan los llamaba objetos “plus de gozar” que ahorraban el pasaje por el Otro del inconsciente, el Otro del sexo y el Otro del amor.

El discurso capitalista como ven no es nada favorable a esta posición femenina tal como se la intento transmitir y a su eventual relación indisociable con las exigencias del amor.

Es altamente beneficioso en el sujeto humano integrar feminidad y masculinidad.

La mujer es obvio que ha sido objeto de una injusticia social a lo largo de nuestra historia, pero que esa situación que se va tratando de superar no las ancle y fije en un combate reivindicativo que se transforme en devoción ideológica y que las privara de cultivar en todo su esplendor el campo femenino. Liberadas de los conflictos con el hombre, las mujeres puedan mirar hacia dentro y se redescubra una y otra vez su feminidad. Es maravilloso escuchar a las mujeres y en mi escucha como psicoanalista descubrir con fascinación la maravilla de ser mujer y deleitarme junto a ellas en la aventura de la auténtica femineidad.

He dejado, lo sé, detrás de mi ideas polémicas pero siempre luchando porque lo femenino tenga un derecho a existir con plenitud. Invoco a las mujeres para que puedan hablar de ello como las invocaron también nuestros maestros Freud y Lacan. El mundo necesita de la mujer femenina y autónoma. La mujer siempre ha tenido y tendrá una misma historia debido a su magnífica polifuncionalidad. La mujer hoy en día debe dejar de llorar su pasado. Ella es el hoy, el presente, la esperanza. Como por partenogénesis se ha gestado a sí misma. Se yergue digna y nueva, promesa de metamorfosis positiva por los tiempos que a la humanidad aun le faltan por transitar. Nada que temer, simplemente avanzar.

Madrid 8 de Marzo de 2018

Alfonso Gómez Prieto

Director de Arco de estudios psicoanalíticos de AEP

Los Defensores del Pueblo

defensor_pueblo-620x250

El defensor del pueblo –Ombudsman– es una figura que aparece por vez primera en la Constitución de Suecia de 1809. El artículo 96 de dicho texto constitucional establecía que el parlamento designaría en cada legislatura un individuo destacado por su saber y probidad, para que, en calidad de mandatario de dicho poder, y con arreglo a una serie de instrucciones, cuidara de que los jueces y funcionarios se ajustasen a las leyes y persiguiese ante los tribunales a los que en el ejercicio de su cargo cometiesen ilegalidades.

En un sistema político como el liberal, basado en el reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, aparecieron varios mecanismos y procedimientos en las constituciones para garantizar el cumplimiento y ejercicio de los mismos. Entre ellos, se encontraría la magistratura del defensor del pueblo. Su función fundamental sería la de controlar las posibles arbitrariedades cometidas por los poderes públicos. Sería una especie de “tramitador de las quejas” ante actuaciones de la administración, consideradas como no ortodoxas, ya que no tendría potestad para solucionar la queja formulada por el ciudadano.

Los defensores del pueblo son siempre instituciones personales, aunque con oficina propia compuesta de asistentes y funcionarios. Deben ser independientes y son nombrados por el parlamento para controlar la correcta aplicación de las leyes y para ser garantes de los derechos fundamentales, especialmente en su contacto con las distintas administraciones. Sus dictámenes tienen un carácter disuasorio, pero sin consecuencias jurídicas, algo distinto de lo que vimos en el origen del defensor sueco de 1809. Hace denuncias públicas y elabora informes públicos periódicos sobre los abusos cometidos por la administración o por su inactividad. Los defensores del pueblo actúan a partir de la formulación de una queja que se debe investigar.

La institución del defensor del pueblo terminó por generalizarse en el siglo XX en casi todas las democracias y ha tenido mucho prestigio, especialmente gracias a que ha sido ocupada por personajes públicos reconocidos, a pesar de que los gobiernos suelen ser muy reacios a hacer caso de los dictámenes e informes emitidos. En España hemos contado con algunos muy destacados y otros de perfil más bajo. Puede que ahí esté el problema. Al tratarse de una institución cuya actuación no tiene carácter vinculante, su importancia puede depender mucho de la personalidad de cada defensor del pueblo, de su mayor o menor compromiso con la denuncia de los recortes, abusos e irregularidades.

Eduardo Montagut

El Regeneracionismo y sus límites

primo de rivera

En este artículo nos acercamos al regeneracionismo que analizó la crisis de otro sistema político español de nuestro pasado no tan lejano, influyó en las fuerzas políticas y sociales de su momento y terminó fracasando.

El regeneracionismo fue una corriente o movimiento de pensamiento que, muy a finales del siglo XIX y comienzos del XX, pretendía una “regeneración” de la vida política y económica de España, partiendo de la convicción de su agotamiento. Para los regeneracionistas, como para casi todas las fuerzas políticas y sociales al margen del sistema, la Restauración estaba agotada y se sustentaba en la corrupción.

Esta corriente fue protagonizada por diversos sectores de la clase media y de un grupo de intelectuales, que pretendían la movilización política para salir del estancamiento en que el país se encontraba, dentro del contexto del Desastre del 98. El regeneracionismo tenía el precedente de la corriente de reformismo social que nació en la década de los años ochenta del siglo XIX. El modelo liberal del Estado no atendía o no podía atender a los retos de la modernización en muchos aspectos: la universalización de la educación, la necesidad de encarar grandes obras de infraestructuras, la promoción de reformas sociales importantes previas a la formación de un Estado del bienestar (seguros sociales), y, por tanto, un Estado que interviniera en la economía y en la sociedad. Estas ideas fueron recogidas por el regeneracionismo, y se planteaban como en consonancia a los cambios que algunos países europeos occidentales estaban realizando en el cambio de siglo. El regeneracionismo imprimió en sus teorías y planteamientos una sensación de urgencia para que se realizaran los cambios.

Pero una de las características del regeneracionismo fue su ambigüedad a la hora de establecer que sistema político debía encarar estos cambios, cuestión ésta, por otro lado, que luego serviría a distintas fuerzas políticas para incorporar parte de sus planteamientos. En el regeneracionismo cabían desde planteamientos republicanos y democráticos, muy críticos con el anquilosado bipartidismo y turnismo de la Restauración, hasta un fuerte antiparlamentarismo, tendente al autoritarismo; de hecho, en alguna medida, Primo de Rivera, recogería aspectos del Regeneracionismo, como es la idea del “cirujano de hierro”, o su política de obras públicas. Pero, también influyó en los partidos dinásticos. Por eso, se habla de que Maura intentó plantear desde el Partido Conservador un programa de reformas regeneracionista desde arriba y, por otro lado, Canalejas interpretó el regeneracionismo en una clave más liberal.

El regeneracionismo no terminaría de cuajar organizativamente.

Eduardo Montagut

El sistema de partidos en la España liberal

ISABEL

Durante el reinado de Isabel II, y con el consiguiente establecimiento del Estado liberal, se conformaron las dos grandes familias liberales españolas, es decir, la moderada y la progresista, herederas, en cierta medida, de la división ya iniciada en el Trienio Liberal, y que se fueron convirtiendo en partidos políticos más o menos organizados, aunque muy distintos a las organizaciones de masas del siglo XX, ya que eran partidos de cuadros. También aparecieron otros partidos, como el Demócrata y la Unión Liberal, aunque ésta última sería una combinación de moderados y progresistas.

El Partido Moderado estaba compuesto por políticos seguidores del liberalismo doctrinario francés. Sus miembros defendían la soberanía compartida entre la Corona y las Cortes, que la Corona tuviese el derecho de veto, la capacidad para nombrar y separar el gobierno y el poder de disolver las Cortes. El mantenimiento del orden público era una de sus principales objetivos, por lo que tendieron a restringir los derechos. Aplicaron el sufragio censitario más restrictivo. Su base social estaba compuesta por la aristocracia, la burguesía financiera y comercial y los altos cargos del Estado, la Iglesia y del Ejército. Contaron siempre con el apoyo de la Corona. Fue el partido político que más tiempo estuvo en el poder durante el reinado isabelino. Su época de mayor poder se dio en la Década Moderada (1844-1854). En ese momento la figura clave fue el general Narváez.

El Partido Progresista estaba integrado por los defensores de la soberanía nacional, el sufragio censitario, pero más amplio que el defendido por los moderados para atender a su base social, la milicia nacional y la extensión de los derechos individuales. Deseaban una Corona con un poder limitado aunque se le reconocía su facultad de disolver las Cortes. Los progresistas consiguieron apoyos entre la pequeña burguesía de comerciantes, artesanos y oficiales militares de baja graduación. Ejercieron la oposición en el Congreso y en la prensa, y dadas sus dificultades para acceder al poder por el monopolio moderado del mismo emplearon los pronunciamientos para poder acceder al mismo, destacando la Vicalvarada en 1854, que abrió el Bienio Progresista.

El Partido Demócrata surgió en 1849 como una escisión del ala radical del progresismo. Persiguió la instauración del sufragio universal, la extensión de los derechos y la intervención del Estado en algunas cuestiones, como la instrucción pública. Un sector importante de los demócratas derivaría hacia el republicanismo.

La Unión Liberal nació en 1854, y estuvo dirigida por el general O’Donnell. Aglutinó a sectores moderados y progresistas, en una especie de centro político. Pretendía armonizar el orden con la libertad con el objetivo de renovar el sistema político, aunque tendió hacia el moderantismo. Dominó la escena política entre 1858 y 1863.

Al margen del liberalismo seguirían los carlistas que, con el tiempo, organizarían sus propias formaciones políticas.

Pero estos partidos, organizados desde arriba, apenas tenían contacto con la realidad social. La escasa participación electoral hacía del pueblo un mero espectador de la vida política. Tenemos que tener en cuenta que el sufragio era censitario y que el porcentaje de votantes osciló entre el 0’1% y el 25% de los españoles de sexo masculino entre 1834 y 1868. Además, la maquinaria electoral estuvo siempre al servicio de los intereses del gobierno, gracias a las leyes electorales de 1837 y 1846, que daban mucho poder a los jefes políticos y a los notables locales, los conocidos en la época posterior de la Restauración como caciques, que organizaban y negociaban los resultados gracias a una amplia red clientelar de fidelidades, sin olvidar otras medidas de presión.

Por último, debemos insistir en la constante presencia de los militares en la política española isabelina. Los pronunciamientos continuaron y, en ocasiones, sustituyeron a la mecánica electoral para asegurar cambios políticos, como hemos apuntado anteriormente.

Eduardo Montagut

El Fabianismo

Eduardo Montagut

En este trabajo nos acercamos a la importancia histórica de los fabianos en el seno de la izquierda británica y europea por su especial aportación ideológica en la construcción de uno de los modelos de Estado del Bienestar.

La Sociedad Fabiana se creó en enero de 1884. Estaba integrada por intelectuales británicos de clase media. Los fabianos eligieron para denominarse el nombre del general romano Quinto Fabio Máximo, famoso por intentar debilitar a Aníbal en las Guerras Púnicas, mediante maniobras de hostigamiento pero evitando la lucha frontal. Así se trató de simbolizar el rechazo al método revolucionario marxista, defendiendo que el sufragio universal llevaría, inevitablemente, a la implantación del socialismo, tras un proceso educativo y legislativo de reformas, pero sin enfrentamientos frontales ni violentos. La economía debía estar centralizada y administrada por un grupo de dirigentes con un marcado carácter racional. Había que superar las deficiencias propias del capitalismo porque se había demostrado que generaba paro y pobreza. En este sentido, algunos autores han calificado al fabianismo de una especie de “socialismo administrativo”.

Los fabianos defendían la extensión de la educación y la sanidad a toda la población. Las condiciones laborales debían estar reguladas para evitar abusos y atender a los riesgos de la vida laboral, así como para impedir la explotación infantil. Todos estos controles tenían que ser compatibles con la democracia y el parlamentarismo, ya que la democracia era un principio irrenunciable.

Los fabianos más destacados fueron Sidney y Beatrice Webb, Annie Besant y George Bernard Shaw, autor del más importante programa del grupo, publicado en 1889 con el título de Fabian Ensays in Socialism. Muchos dirigentes, diputados y ministros del futuro Partido Laborista serían fabianos.

La Sociedad colaboró en el proceso de creación del Partido Laborista, al participar en el Comité de Representación Laborista en el Memorial Hall de Farrington Street de Londres del año 1900.

La Sociedad entró en declive en la segunda mitad de los años treinta por las disensiones internas en torno a la experiencia de la URSS y porque su peso en el seno del Partido Laborista comenzó a disminuir frente al protagonismo de los sindicatos. La Sociedad siguió existiendo, aunque sin el peso de antaño. Pero, indudablemente, gran parte de los fundamentos ideológicos del Estado del Bienestar británico, levantado por el laborismo después de la Segunda Guerra Mundial, debe mucho a los fabianos y sus ideas.

Eduardo Montagut