El Discurso de la Corona en las Cortes liberales

ISABEL

La apertura de las legislaturas anuales de las Cortes en la España liberal hasta el final del sistema de la Restauración se producía con la lectura de un Discurso que realizaba el monarca ante las Cortes donde se explicaba el programa político del gobierno, y se exponía a la consideración parlamentaria el comportamiento del mismo durante el período interparlamentario. Las Constituciones liberales disponían que correspondía al rey abrir las Cortes en persona o a través de sus ministros.

El Discurso era contestado por escrito en cada cámara legislativa por separado, es decir, Congreso de los Diputados y Senado, generándose un debate con aprobación en su caso.

Esta práctica parlamentaria servía para que el parlamento hiciera una valoración política del gobierno. En ocasiones podía servir para emitir un voto de censura a los ministros. Este debate también era utilizado por los ministros para tantear el posible apoyo parlamentario a políticas y medidas que el gobierno estudiaba o barajaba.

La existencia de este Discurso debe entenderse por la forma en la que estaban diseñados los distintos poderes y sus relaciones entre sí en el Estado liberal, ejecutivo y legislativo. En el Estado liberal español de la época de Isabel II y de la Restauración la soberanía era compartida, es decir, residía en la nación representada en Cortes y en la Corona española. Las consecuencias de este tipo de soberanía eran varias. En primer lugar, la potestad de hacer las leyes correspondía a las Cortes con el Rey. Las Cortes eran convocadas, suspendidas o cerradas por el monarca, lo que demuestra su poder, aunque el liberalismo debía poner freno a este poder real, obligándole a convocar unas nuevas Cortes en un plazo determinado de tiempo. El poder del monarca en relación con el Senado era evidente porque nombraba una parte de sus miembros. No olvidemos, por fin, la cuestión del veto real, aunque fuera suspensivo. La importancia del rey residía, además y fundamentalmente, en que a él le correspondía el poder ejecutivo con muchas facultades, y nombraba a los ministros.

Si en nuestro sistema político los jefes de los gobiernos son elegidos en el parlamento (Congreso de los Diputados) en función de las mayorías elegidas por los ciudadanos a través del sufragio universal, algo común en todas las monarquías parlamentarias, en la época liberal era el rey el que nombraba un gobierno y luego se convocaban elecciones, generalmente con sufragio censitario o el universal trucado por el fraude electoral, para formar las Cortes. En realidad, se fabricaban parlamentos a medida de los gobiernos nombrados, pero también es verdad que se produjeron intensos debates, aprovechando, por ejemplo, el generado por el Discurso de la Corona, ya que no se puede afirmar tampoco que las mayorías que respaldaban a los gobiernos fueran monolíticas, y siempre había cuestiones que podían generar distintas posiciones; de ahí el tanteo que aprovechaban los ministros para saber si una política determinada iba a ser respaldada o no. Los partidos políticos de la época liberal no conocían disciplina de partido, ya que estaban formados por personalidades con matices y discrepancias importantes.

En la monarquía parlamentaria española actual el discurso de la Corona es puramente institucional y netamente diferenciado del discurso de investidura del candidato a presidente de gobierno que es fundamental por razones obvias.

Eduardo Montagut

Carta de la candidata al Ateneo Belén Rico

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Estimados ateneístas:

El próximo 30 de mayo volveremos a celebrar elecciones en nuestra Docta Casa con el propósito de llevar a buen fin todos los proyectos que tenemos en perspectiva y otros que, sin duda, irán surgiendo. Con este fin y plena de ilusiones, me presento como candidata a Secretaria Tercera de la Junta de Gobierno por la lista de Red Ateneísta, una candidatura que trae aire fresco, personas con formación y espíritu de diálogo.

Precisamente un grupo de ateneístas y de amigos del ateneo, que nos integramos en el colectivo Arco Ateneo, hace tiempo que entendimos imprescindible el conseguir un clima que permita llegar a acuerdos, que deje atrás las descalificaciones, la agresividad y los disparates que tan frecuentes han sido en los últimos años.

Y en esta línea de gestos positivos, se decidió que alguno de nosotros compartiera lista electoral con otros ateneístas que coincidieran en este propósito. Y afortunadamente esto ha sido posible con los compañeros con los que integro la lista de Red Ateneísta.

Por ello, os pido vuestro apoyo para todos los que integramos esta candidatura.

A continuación, os traslado unas palabras que le he pedido al actual Vicepresidente Segundo del Ateneo, José Antonio García Regueiro, amigo y compañero de Arco Ateneo, cuyo apoyo siempre he tenido para embarcarme en esta loable empresa.

Belén Rico García, candidata a Secretaria Tercera

Estimados ateneístas,

Le agradezco a Belén Rico que quiera que os transmita mi opinión, lo que, por supuesto, hago con especial agrado.

Como sabéis, salí elegido Vicepresidente Segundo del Ateneo en junio de 2017, por lo que ya llevo casi un año conociendo nuestra noble Casa desde la perspectiva de su Gobierno, lo que implica estar más cerca de sus problemas y tener una mayor responsabilidad.

Y el grado máximo de responsabilidad exige contribuir a que el Ateneo siga desempeñando un papel relevante en la formación de valores éticos en nuestro país y en la difusión literaria, científica y cultural, cometidos que viene cumpliendo, a pesar de todas las dificultades, desde hace ya casi doscientos años. Conozco a Belén desde hace más de 30 años por lo que sé con certeza que junto a su sólida formación, es Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas, hay también una plena integridad ética y una relevante preocupación por la difusión de la cultura.

Por otra parte, estoy seguro que coincidiréis conmigo en que es imposible realizar satisfactoriamente esta tarea y proyectarla fuera de nuestros muros, si no nos respetamos dentro del propio Ateneo, si no hay patrones constantes de conducta que se traduzcan en diálogo, en acuerdos, en no rebasar la libertad del otro, en cumplir las normas y, en definitiva, en el cumplimiento del bien común. Y para que esto sea posible necesitamos en la Junta de Gobierno a personas como Belén.

Y con satisfacción he podido constatar que ética y formación están también sólidamente presentes en el resto de los integrantes de la candidatura de Red Ateneísta.

En consecuencia, el próximo 30 de mayo Belén y los demás integrantes de Red Ateneísta tendrán mi voto.

José Antonio García Regueiro

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La Segunda Internacional y el colonialismo

TOSHIBA CAMCORDER

 La discusión sobre el colonialismo en la Segunda Internacional refleja claramente la división en el seno del socialismo a principios del siglo XX entre las dos grandes posturas del mismo: la reformista y la revolucionaria.

La cuestión colonial apareció en el Congreso de París del año 1900 con la ponencia del socialista holandés Van Kol, bien conocedor de las colonias holandesas, donde defendió una política colonial positiva. En esta línea estarían tres grandes socialistas reformistas o revisionistas, el alemán Bernstein, el francés Jaurès y el belga Vandervelde. Pero la mayoría votó en contra del colonialismo de forma contundente. Tenemos que tener en cuenta que se acababan de vivir los acontecimientos del 98, de Fachoda, la revuelta de los Boxers y la durísima y sangrienta guerra de los Boers.

La postura más favorable al colonialismo se basaba, como se puede comprobar en la moción de Van Kol en el Congreso de 1904 de Ámsterdam, en cuestiones económicas, en que era inevitable en una sociedad en expansión. La postura anticolonial fue defendida por el británico Hyndman.

Los conflictos en el norte de África, en Marruecos, en los años 1905 y 1906, así como en el Congo y en África central, y los levantamientos en el Sureste Asiático convirtieron la cuestión colonial en un tema de intenso debate en la opinión pública y en el seno de la Internacional, especialmente en el Congreso de Stuttgart de 1907. En esta reunión aparecieron tres posturas. En el extremo más favorable al colonialismo destacó David, miembro de lo que se conoce como la corriente imperialista del SPD. Europa tenía necesidad de las colonias; es más, necesitaría seguir aumentándolas, ya que sin ellas el continente sería como China desde el punto de vista económico. En este sentido, el francés Rouanet defendió que era falso considerar la colonización como un fenómeno puramente capitalista, ya que era también un hecho histórico. Había que obtener en las colonias mejoras considerables. Ante inmensos territorios, los países civilizados europeos y norteamericanos debían utilizar esos espacios para mejorar sus propias existencias.

Una visión más moderada, menos extremista, era la defendida por Van Kol, en la misma línea que venía planteando en los últimos Congresos, es decir, la inevitabilidad del hecho colonial y cómo la política colonial se podría reconducir en un sistema socialista en un sentido civilizador y no explotador.  Esta postura se basaría en el carácter humanista del socialismo. Se criticaba la brutalidad seguida por las potencias coloniales pero no la existencia de colonias en sí. El sistema colonial, sin esa explotación y brutalidad, podría ser positivo para otros pueblos. Bernstein y Vandervelde seguían defendiendo esta postura. Bernstein no quería que los socialistas mantuvieran un criterio puramente negativo ante esta materia. Había que rechazar por utópica la idea de abandonar las colonias. Como existían había que ocuparse de ellas. Una cierta tutela de los pueblos civilizados sobre el resto de los pueblos era una necesidad. Sin lugar a dudas, había una evidente carga paternalista en esta postura.

Kautsky reaccionó con dureza ante la moción de Van Kol. Por una estrecha mayoría se aprobó la condena a todo tipo de colonialismo. La misión civilizadora que se asignaba a la sociedad capitalista no era más que un pretexto para encubrir la sed de explotación y de conquista. Solamente la sociedad socialista podría ofrecer a todos los pueblos la posibilidad de desarrollar plenamente su civilización.

Eduardo Montagut

Reflexiones sobre los nacionalismos liberal y esencialista en el siglo XIX

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Fichte

En este artículo nos acercamos a las dos grandes concepciones del nacionalismo nacidas en el siglo XIX, ahora que vivimos un resurgir de esta compleja corriente ideológica y con el ánimo de aportar materiales para el debate.

El concepto moderno de nación nace en el tránsito del siglo XVIII al XIX, cuando estallan las revoluciones liberales-burguesas. El término no era nuevo en la Historia, pero el nacimiento de la soberanía nacional provoca que la nación se convierta en el resultado del contrato social por el que la sociedad poseedora de la soberanía hace depositaria de la misma al Estado. Dicho Estado sería la institucionalización de la nación; se trataría, pues, del Estado-nación. La nación, por lo tanto, surge de un acto de voluntad política, de la libre determinación de la sociedad civil y de cada uno de los individuos que la componen. De ese modo, los individuos se convierten en ciudadanos. Nacía, de ese modo, el nacionalismo liberal.

Según este modelo de nacionalismo la nación no existiría desde un pasado inmemorial, sino que surgiría de un acto de voluntad colectivo. Las naciones serían producto de un acto político, no existirían per se, por naturaleza. Se configurarían por la adhesión voluntaria a una serie de principios plasmados en sus constituciones y ordenamientos legales. De la misma forma, los límites de la nación no responderían a criterios geográficos ni humanos como la etnia, la historia, la cultura o la religión, sino a los del territorio donde se aceptan y se aplican los principios insertos en la constitución. Por consiguiente, la pertenencia a una nación surgiría de un acto de aceptación voluntario al contrato social establecido. Los vínculos de otro tipo, como hemos expresado, quedarían en un segundo plano frente al acto voluntario de adhesión a la constitución. De la misma manera, la nacionalidad podría perderse desde el momento en el que el ciudadano hace una renuncia pública a aceptar los principios recogidos en la constitución.

Este tipo de nacionalismo defendía el derecho de los pueblos a liberarse de tiranías extranjeras y la necesidad de la solidaridad de unos pueblos con otros en sus liberaciones nacionales. Para este nacionalismo cualquier comunidad podía convertirse en una nación si así lo deseaba y buscar los medios para emanciparse y formar un Estado o unirse a otro ya existente para crear uno nuevo. Es evidente la importancia de la voluntad en el nacionalismo liberal. Este nacionalismo fue defendido por los liberales franceses e italianos, como Giuseppe Mazzini.

El segundo modelo de nacionalismo nace en el primer tercio del siglo XIX del pensamiento alemán, con vinculaciones con el Romanticismo, como reacción a lo que dicha corriente consideraba los “abusos de la razón” del pensamiento ilustrado y liberal de Francia. Los principales teóricos de este nuevo nacionalismo serían, entre otros, Fichte y, especialmente Herder. La nación se convierte en una realidad independiente de los individuos, sería una realidad objetiva ineludible, todo lo contrario de lo defendido por el nacionalismo liberal voluntarista.

Frente a la soberanía nacional se contrapone el espíritu del pueblo o Volkgeist, que alentaría la vida propia de la nación que, como hemos señalado, sería una entidad autónoma con destino propio y, por ello, completamente distinto al de otras naciones. Se identifica la comunidad política como una totalidad cultural, que a su vez tiene una esencia ancestral imperecedera. No es fruto de un acto de voluntad, sino que existe per se, por la tradición, por la Historia, con un pasado intemporal de una comunidad de lengua y religión comunes. Así pues, se remarca el hecho diferencial de una nación hacia las demás en función de su cultura, idioma, y hasta por la etnia, que eleva el particularismo a categoría biológica.

La pertenencia a una nación no se basaría en la razón, en un acto voluntario de aceptación de principios constitucionales, sino al nacimiento.

En todo caso, fue muy fácil que en los distintos nacionalismos que se desarrollaron en el siglo XIX y posteriormente, hubiera elementos de ambos tipos de nacionalismo.

Eduardo Montagut

Las marchas del hambre

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En este trabajo nos acercamos a distintos períodos de crisis del pasado siglo XX cuando el hambre movilizó a muchas personas. Nos referimos a las conocidas como “marchas del hambre”, que fueron muy importantes en el Reino Unido, con ejemplos en otros lugares.

Las “marchas del hambre” fueron manifestaciones donde se protestaba porque el paro impedía a muchas personas comer porque no contaban con recursos con los que poder comprar alimentos. Estas protestas surgieron en el Reino Unido en los años veinte. En el año 1922, la crisis post-bélica castigó a Escocia intensamente, ya que afectó a la industria pesada y a los astilleros, que ocupaban a muchos trabajadores. En octubre de ese año un grupo de socialistas y comunistas de Glasgow organizó la primera “marcha del hambre” hacia Londres. En enero de 1929 tuvo lugar otra aún mayor en relación con el número de manifestantes.

Ya en los años treinta, en octubre de 1932, cuando el paro superaba los dos millones y medio de personas, como consecuencia de la Gran Depresión, el Movimiento Nacional de Obreros Parados organizó una “marcha del hambre” con tres mil personas. La marcha comenzó en tres zonas: Glasgow, el sur de Gales y el norte de Inglaterra, y terminó en la capital británica. En Hyde Park se desarrolló una manifestación. Posteriormente se presentó en el Parlamento una petición con un millón de firmas.

En octubre de 1936 se produjo otra importante “marcha del hambre”, la conocida como “Cruzada de Jarrow”, protagonizada por dos centenares de obreros de los astilleros de Jarrow, y que marchó hacia Londres.

Fuera del Reino Unido se puede aludir al caso chileno. Al terminar la Primera Guerra Mundial se produjeron marchas del hambre entre los años 1918 y 1919, asociadas a la crisis de la industria salitrera.

Eduardo Montagut

El regalismo

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El regalismo fue una teoría y una práctica política ejercida por las Monarquías católicas en la Edad Moderna en su relación con la Iglesia Católica, que debe ser tenida en cuenta para entender parte de la historia de la formación de los Estados modernos, así como la relacionada con las relaciones entre el poder político y el religioso.

El término de regalismo procede de regalía. Por regalías se entendían los derechos, propiedades y prerrogativas de la Corona. En la Edad Media aparecen como derechos económicos o financieros exclusivos de la Monarquía. Al final de dicha época se terminaron por consolidarse, pero ya referidas a todas las cuestiones de las actividades del rey frente a los derechos o jurisdicciones de otras autoridades, como la Iglesia y la nobleza. En el Fuero Viejo de Castilla se consideraban regalías las funciones que iban unidas esencialmente a la soberanía de la Corona: administración de justicia, acuñación de moneda, levas militares y determinadas rentas como la de la sal.

En la Edad Moderna el concepto de regalía se enriqueció. Por un lado, se mantuvo el que había nacido en el Medievo, pero adquirió un nuevo significado, y que tenía que ver con las prerrogativas del monarca en determinados asuntos religiosos y eclesiásticos. En la época de los Austrias se produjo un conflicto de índole regalista en el año 1632 cuando la Junta Grande Especial elaboró un listado de las quejas y “discordias” de la Corona con Roma. Al año siguiente, se redactó un famoso Memorial que se presentó al papa Urbano VIII.

Después de la Guerra de Sucesión y con la llegada de los Borbones el conflicto entre la Corona y el Papado creció de forma evidente por dos razones. Por un lado, Roma había apoyado al candidato austriaco, y, por otro lado, la Corona francesa se había destacado por arrancar competencias de la Iglesia en Francia, desde su más acusado absolutismo. El nuncio papal llegó a ser expulsado de España.

En tiempos de Fernando VI se firmó, después de complejas negociaciones, en el año 1753 el Concordato con Roma. Por el mismo, la Corona adquiría el Patronato Universal. El Patronato Regio era una concesión papal a la Corona española para la designación y presentación de los beneficios eclesiásticos, y que terminó por convertirse en una regalía. La historia del Patronato Regio es larga. En el siglo XV, con los Reyes Católicos, el papa Inocencio VIII que necesitaba la ayuda de Fernando para defender sus intereses en Italia, le concedió el derecho de presentación de todos los beneficios mayores en el reino de Granada. Este primer paso fue aprovechado por los monarcas para extender su poder y para establecer un modelo a aplicar en América. En 1508, Julio II otorgó a la Monarquía Española el Patronato en toda la Iglesia americana. El Concordato de 1753, como hemos visto, ampliaba este derecho al resto de la Iglesia española, con algunas excepciones. Se trataba de un extraordinario incremento del poder real, ya que los monarcas eran los que nombraban los cargos, y controlaban, indirectamente, sus ingresos, además de obtener algunos de ellos procedentes de los beneficios vacantes mientras no se cubrían.

Eduardo Montagut

La aprobación del sufragio universal en la Restauración

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Sagasta

La llegada del sufragio universal en la España de la Restauración se produjo de la mano de Sagasta cuando se hizo cargo de las responsabilidades de gobierno en la Regencia de María Cristina, dentro de un programa político de signo liberal que se aprobó en el denominado Parlamento Largo. Sagasta sacó adelante algunas importantes reformas como la supresión de la esclavitud en Cuba, la Ley de asociaciones de 1887, la Ley del jurado de 1888 y la aprobación del Código Civil en 1889. La discusión sobre el sufragio universal fue, sin lugar a dudas, la que más controversia generó en las Cortes. El proyecto comenzó su andadura con su lectura por parte de Moret en el Congreso a comienzos del mes de diciembre de 1888. La polémica estaba servida, aunque tardaría en producirse la discusión parlamentaria propiamente dicha hasta mayo del año siguiente. El 23 de mayo de 1889 cargó contra el proyecto el diputado conservador Lorenzo Domínguez, pero se quedó allí. La discusión quedó aplazada hasta enero de 1890 cuando Sagasta presentó un nuevo gobierno a las Cortes. Como vemos pasó más de un año hasta que se puso en marcha realmente el proceso parlamentario, pero, como decíamos al principio, la polémica se desató desde el primer momento dentro y fuera del Congreso.

Los partidarios del sufragio universal se basaban en que era necesario por su íntima relación con el principio de la soberanía nacional, aunque la Constitución de 1876 establecía el principio de la soberanía compartida entre la nación y el rey. Los liberales defendían el sufragio universal porque era un compromiso político que habían adquirido, aunque, en realidad, Sagasta no era un fanático del mismo, pero era consciente que su aprobación asentaría más a la Monarquía, le daría una mayor legitimidad con el fin de intentar restar argumentos a los republicanos, que defendían claramente el sufragio universal. Este mismo argumento era aplicado por Sagasta para el caso de la Ley del jurado. Al aprobar las dos disposiciones legislativas consiguió el apoyo del republicanismo posibilista que terminó ingresando en su partido, el representado por Castelar y sus seguidores. Un joven Canalejas se destacó en esta misma tesis cuando asoció la Monarquía con el sufragio. Aquella se fortalecería si podían participar más ciudadanos en el juego político. Otros liberales consideraban que el sufragio universal domesticaría a los obreros, apaciguaría el conflicto social. Este argumento iba más encaminado a convencer a los conservadores, siempre obsesionados con el orden, ya que no estaban interesados en ensanchar el derecho al voto.

Al final la Ley se promulgó el 26 de junio de 1890. Aunque, en principio parecía una victoria de la democracia, aunque las mujeres no pudieran votar, en realidad no supuso una clara democratización del sistema de la Restauración. El sufragio universal no alteró sustancialmente el fraude institucionalizado organizado desde el Ministerio de la Gobernación con el encasillado, pasando por los gobernadores civiles y llegando hasta los caciques. Las mayorías, en cada caso, se construían así, o falseando los resultados, reservando una parte para la oposición, según el turno de partidos.

La principal reforma de este sistema se dio en tiempos del gobierno largo de Antonio Maura con la Ley de 1907 que pretendía avanzar en la democracia, aunque, en realidad, no supuso ningún cambio sustancial. Ha pasado a la Historia por su famoso artículo 29, que determinaba que donde no hubiera más un candidato, quedaría nombrado automáticamente.

Eduardo Montagut

Manuel Azaña en el Partido Reformista

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En este artículo pretendemos acercarnos al primer Azaña político que se desarrolló en paralelo a su intensísima actividad intelectual, y que comienza a ser activo en el reformismo en la segunda década del siglo XX

Las intensas preocupaciones intelectuales de Azaña le condujeron al compromiso político. En su tesis doctoral sobre la responsabilidad de las multitudes, presentada en 1900,  realizó una defensa del derecho de las mismas a alzar la voz para reclamar, ya que, solía basarse en algo que en justicia se le debía, un aspecto harto interesante en el momento en el que las masas comenzaban a reclamar un lugar en el sistema político liberal, además de las crecientes reivindicaciones obreras.

Azaña pertenecía al Ateneo desde el año 1900. En la institución se destacó en varias ocasiones por enfrentarse a la Generación del 98 y al regeneracionismo, criticando la inoperancia de ambos al no comprometerse clara y firmemente con los cambios políticos que necesitaba España. Posteriormente, insistiría en esta crítica en unos artículos de “La Correspondencia de España”. Azaña estaba defendiendo que había que actuar, que no bastaba con el ejercicio intelectual. Dos años después disertó sobre la libertad de asociación en la Academia de Jurisprudencia, en la que ya planteó la necesidad de que el Estado regulase las órdenes y congregaciones religiosas, respetando siempre el derecho a la libertad de enseñanza. Pero, además, Azaña se destacó en esta institución por debatir sobre la legitimidad de los sistemas políticos, defendiendo que solamente lo eran si contaban con un alto grado aceptación. Azaña defendió profundos principios democráticos como el sufragio universal, la soberanía nacional, algo que, en realidad no existía en su época, ya que la Constitución de 1876 consagraba la compartida entre la Corona y la Nación, las instituciones verdaderamente representativas, la libertad de mercado y el derecho de asociación de los obreros. Precisamente, esta idea entroncaría con la parte más social de su ya creciente compromiso político. Nos referimos a sus relaciones con los socialistas de Alcalá de Henares en aquella época y luego en 1911 cuando dio una conferencia titulada El problema español en la Casa del Pueblo, y donde intentaba vincular o articular la cultura con la política. Sin negar que la educación era importante, Azaña quería una reforma profunda del Estado para que fuera realmente democrático, requisito imprescindible para coinicidir con Europa. Esto solamente se podía hacer si los ciudadanos actuaban, conscientes de sus derechos pero, sobre todo, de sus deberes, frente a los poderes sociales que controlaban o mediatizaban a España. Sin lugar a dudas, todas estas ideas y actuaciones de Azaña planteaban claramente la imperiosa necesidad de transformar un ya obsoleto Estado liberal en otro plenamente democrático. Azaña, fiel y consecuente con lo que defendía, daría el salto a la política, a la actuación práctica. Eso llegaría dos años después, en 1913.

Efectivamente, ese año fue clave en la vida de Azaña. Por un lado, fue elegido secretario del Ateneo de Madrid en una candidatura que presidía Romanones, un cargo en el que estaría hasta 1920. Pero en ese año, sobre todo, es fundamental su ingreso en la política al entrar a formar parte del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, fundado el año anterior. El nuevo partido político nació como una formación con vocación ideológica democrática, laica y gradualista. Agrupaba a republicanos que no estaban adscritos a ningún partido concreto, profesionales liberales, muchos de ellos ligados a la Institución Libre de Enseñanza y al krausismo. Las ideas del reformismo se manifestaron en la revista España. En 1913 se publicó el “Prospecto de la Liga de la Educación Política de España”, manifiesto impulsado entre otros por Ortega y Gasset y Azaña, a favor de crear una élite que fomentase el avance del verdadero liberalismo y la democracia. Era, en realidad, un texto que apoyaba el programa del Partido Reformista.

Ya dentro del Partido Reformista Azaña pronunció un discurso en el mes de diciembre de 1913 en el que reafirmó sus ideas sobre la democracia parlamentaria, el laicismo, la importancia de emprender activas políticas sociales y culturales y la necesidad de combatir el caciquismo. Azaña quiso presentarse por Alcalá en las elecciones de 1914, pero al final desistió. En ese momento estalló la Gran Guerra, y Azaña se posicionó claramente a favor de la causa aliadófila, entrando en las intensas polémicas que se generaron en España. Pero lo más interesante de esta polémica es que sirvió a Azaña para seguir reafirmando sus ideas. La resistencia francesa ante el casi arrollador avance alemán estaría vinculada, según su opinión, a que el patriotismo estaba estrechamente relacionado con la virtud cívica. Visitó los frentes de guerra en Francia, y posteriormente, en Italia. En la Primera Guerra Mundial comenzó su interés por los temas militares, de tan hondas repercusiones posteriores e inmediatas, porque le sirvió para dictar una serie de conferencias en el Ateneo y preparar un proyecto de publicaciones al respecto, además de ser encargado por el Partido Reformista para la elaboración del programa de reforma militar en España.

Azaña no tuvo éxito electoral con el Partido Reformista. En 1918 fracasó en su pretensión de salir diputado por el distrito electoral de Puente del Arzobispo. Anteriormente, había desistido de presentarse por su localidad natal, Alcalá de Henares. Tampoco consiguió ser elegido en 1923, en una elección especialmente conflictiva.

Eduardo Montagut

Los orígenes del antimilitarismo en España

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La oposición al ejército ha adoptado diversas formas a lo largo de la Historia española. En este artículo nos centraremos en la oposición que en amplias capas populares generó el reclutamiento y el servicio militar en la crisis del Antiguo Régimen y en la época liberal.

Al parecer, se puede detectar un claro rechazo a servir al rey en las armas ya en el Antiguo Régimen. Algunos textos del siglo XVIII nos informan de este rechazo, que pudo darse de forma paralela al descontento fiscal o ante la escasez y subida del precio del pan y otros víveres. La desconfianza popular hacia el ejército se sustentaba en las experiencias que se vivían a causa de los desmanes y daños económicos que las tropas ocasionaban cuando se alojaban en los pueblos y aldeas camino de alguna campaña militar.

Pero la cuestión se complicó cuando se produjo el cambio del sistema de reclutamiento en tiempos del rey Carlos III, el gran reformador del ejército, ya que se transformó en un sistema regular anual. Eso provocó un evidente rechazo. Al igual que existieron motines provocados por las crisis de subsistencia y/o por la presión fiscal, también los hubo contra las quintas, como el acontecido en Barcelona en 1773. Los territorios forales, por su parte, también experimentaron protestas porque, además, allí se aludía a que las quintas iban contra los fueros y costumbres propias. Es significativo que entre uno de los diversos factores que propiciaron el triunfo del pronunciamiento de Riego en 1820 estaría el del rechazo de la tropa a marchar a América a luchar contra los insurgentes, habida cuenta del peligro del viaje y, sobre todo, de lo penoso del servicio tan lejos, lleno de riesgos frente a quiénes luchaban por su independencia.

El Estado liberal introdujo, por su parte, novedades en relación con el reclutamiento que generarían un nuevo motivo de protesta. Aunque el liberalismo había promulgado el derecho y deber de todos los españoles de defender a la patria, en consonancia con lo que se venía defendiendo desde la Revolución Francesa, muy pronto se conculcó este principio. La Ley de Quintas del Trienio Liberal abrió la puerta a las excepciones, ya que establecía que el servicio militar podía ser desempeñado mediante sustitutos. La Ordenanza de 1837 creó la fórmula de la redención en metálico para librarse del servicio bajo pago de una cantidad, y la figura de la sustitución, por la que también mediante pago, un quinto prestaba servicio por otro. Era evidente que solamente los hijos de las clases elevadas podían afrontar estos desembolsos, por lo que casi exclusivamente prestaban el servicio militar los hijos de los obreros y campesinos. Tenemos que tener en cuenta que el servicio militar era muy largo, impidiendo poder trabajar y desarrollar una vida propia, y con unas condiciones nada prometedoras y sí muy degradantes. Para rematar lo poco atractivo del servicio estaba el largo tiempo en el que un soldado licenciado seguía a disposición de las autoridades militares para ser llamado a filas ante el estallido de un conflicto. Pensemos en la dureza de las guerras carlistas, especialmente de la primera, o después de las guerras en Cuba y Filipinas donde, por lo demás, era casi más fácil morir de una enfermedad que en combate.

Muchos motines del siglo XIX combinaron la protesta fiscal contra los consumos, los odiados impuestos indirectos sobre productos de primera necesidad con la protesta contra las quintas. El apoyo popular a la Revolución de 1868 que derribó el sistema liberal isabelino y que pretendió construir uno mucho más democrático se basó en las supuestas promesas de abolición de las quintas. Pero el Gobierno Provisional optó por un reformismo más político que social frenando todos los impulsos radicales. El caso de las quintas, en este sentido, es significativo, porque se mantuvieron. Este hecho desencadenó protestas y revueltas. Importantes fueron las que se dieron en Cataluña y Andalucía exigiendo el fin de las mismas. Los republicanos federalistas prometieron, establecida la Primera República, su abolición, pero, como es sabido, dicho proyecto político duró muy poco tiempo.

A finales del siglo XIX, el antimilitarismo creció y se hizo más sofisticado, ya que recibió la influencia del movimiento obrero, por lo que se planteó desde diversos puntos de vista y de forma más global, atacando al ejército de forma contundente. Famoso fue el periódico El Globo, a mediados de la última década del siglo, con sus artículos demoledores sobre la vida de los oficiales y la hipocresía del valor patriótico. El socialismo español desarrolló una intensa campaña contra la redención planteando que atacaba la igualdad cuando estalló la Guerra de Cuba, aunque el conflicto fue criticado en su totalidad por más razones.

El Desastre del 98 abriría una nueva etapa en la Historia del antimilitarismo en España, a las puertas del intenso siglo XX.

Eduardo Montagut. Doctor en Historia.

Los inicios del catalanismo

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El centralismo del Estado liberal frustró las aspiraciones de los catalanes en la compleja Revolución Liberal española. En las décadas centrales del siglo XIX surgió el fenómeno cultural de la Renaixença, produciéndose una clara recuperación de la lengua y cultura catalanas. Era el primer paso para el nacimiento del catalanismo político.

Durante el Sexenio Democrático (1868-1874) comenzó a plantearse que Cataluña tenía una personalidad específica. A través del republicanismo federal se aspiraba a contar con instituciones políticas y administrativas propias, pero la Restauración frustró esta aspiración aunque, no cabe duda, que gran parte de la burguesía catalana apoyó el regreso de los Borbones y el establecimiento de un sistema político muy conservador y centralista. Primaban más sus intereses económicos que los catalanistas.

Al final de la década de los años setenta del siglo XIX comenzaron a surgir personalidades, asociaciones y grupos defensores de los derechos específicos de Cataluña. En 1879, el antaño republicano federalista Valentí Almirall sacó el Diari Català, primer periódico en catalán, e intervino en la creación del Centre Català, una entidad que se encargó de defender los intereses económicos y culturales de Cataluña y que convocó varios congresos catalanistas. En 1885 redactó el Memorial de Greuges, que fue entregado al rey Alfonso XII. En 1886 publicó Lo catalanisme, donde se establecían los acontecimientos históricos catalanes y se sentaban las bases del catalanismo. Almirall fue uno de los más encendidos críticos de la celebración de la Exposición Universal de Barcelona de 1888 por considerarla un escaparate de la Monarquía borbónica centralista.

En el sector conservador y burgués aparecieron las figuras de Joan Mañé i Flaquer, Enric Prat de la Riba, Duran i Ventosa, y Puig i Cadafalch, además de asociaciones como la Lliga de Catalunya de 1887 y la Unió Catalanista de 1891. Esta última redactó las importantísimas Bases de Manresa de 1892.

Entre los días 25 y 27 de marzo de 1892 en Manresa, la Unió Catalanista organizó una asamblea de delegados con el fin de elaborar el programa político de la entidad. El resultado fueron las Bases per la Constitució Regional Catalana, más conocidas como las Bases de Manresa. El presidente de la asamblea fue Lluís Domènech i Montaner, actuando como secretarios Enric Prat de la Riba y Josep Soler i Palet. Las Bases tenían una inspiración federal y apelaban a las antiguas leyes o libertades catalanas previas a 1714.

Al finalizar el siglo XIX, el catalanismo se encontraba muy desarrollado. Se trataba de un sentimiento arraigado que defendía la existencia de una identidad lingüística y cultural propias y que generó un sentimiento de orgullo. Este catalanismo era aún regionalista, aceptando la pertenencia a España, ya que en las Bases de Manresa se reivindicaba el poder político para Cataluña pero dentro del Estado español.

El desastre de 1898 provocó una situación de enfrentamiento entre el poder central y los nacientes regionalismos no españolistas, que pasaron a ser nacionalistas. En este sentido es muy interesante la Carta de Duran i Bas a Francisco Silvela del 5 de enero de 1899:

“Va acentuándose aquí la creencia de que dentro de breves años sufrirá España una desmembración; este peligro comienza a mirarse como natural y, lo que es más triste, con indiferencia. Se reconoce que Cataluña podrá ser absorbida por Francia, pero lo más alarmante del hecho es que la contestación que se da a los que hacen tal advertencia es la siguiente: peor gobernados que por la gente de Madrid no lo podemos estar. Usted, conociendo ahora estos hechos, apreciará si en su próximo discurso le conviene apoderarse de algunas de las afirmaciones del general Polavieja que más entusiasmo han producido aquí, en Zaragoza y algunos otros puntos, y si le conviene, como yo creo, ser explícito, tanto para inspirar a las clases neutras como para calmar la excitación de los regionalistas de Cataluña, Vascongadas y Galicia, los más peligrosos por su proximidad a Francia y a Portugal”.

El catalanismo adquirió fuerza política con las aspiraciones de Polavieja, que presentó un manifiesto el primero de septiembre de 1898 donde, además de criticar el caciquismo, la corrupción administrativa, y plantear la necesidad de reformas educativas y hacendísticas, hizo una defensa de la descentralización. Para este militar era una necesidad imperiosa que la vida económica del país se desenvolviera sin las trabas de la centralización que ya levantaba protestas alarmantes.

El catalanismo siguió sin ser segregacionista, pretendiendo regenerar desde la periferia el desastre en el que se había precipitado España.

La burguesía catalana implicada e integrada en el sistema político optó, ante la situación de crisis general, por aliarse con los defensores del catalanismo en una coalición electoral que triunfaría en las elecciones de 1901. Estaríamos en el inicio de la creación del primer partido catalán conservador, la Lliga Regionalista de Francesc Cambó y Prat de la Riba. El principal objetivo del partido sería lograr la autonomía dentro del Estado español. Por fin, el catalanismo conservador basculó entre su deseo autonómico y su preocupación por el auge del movimiento obrero anarcosindicalista en Cataluña.

Eduardo Montagut. Doctor en Historia.