Reflexiones sobre el surgimiento del fascismo italiano

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En este artículo realizamos algunas reflexiones sobre las causas o factores que propiciaron el surgimiento y triunfo del fascismo en Italia.

La Gran Guerra debe ser considerada un factor fundamental a la hora de entender el ascenso del fascismo y por varias razones. En primer lugar, porque generó un grupo social nuevo, el de los combatientes, que tuvieron serias dificultades para reintegrarse a la vida civil, al mundo cotidiano por las dificultades económicas de la posguerra, pero también por razones ideológicas y hasta psicológicas. Los combatientes habían sufrido una guerra muy dura, sentían nostalgia de la acción, del combate, de la camaradería de las trincheras y no entendían la vida burguesa y cotidiana. Estaban acostumbrados a las órdenes, a la disciplina, a mandar y obedecer, a lucir uniforme y a desfilar. Los combatientes se organizaron en milicias, en tropas de choque, en escuadras. El escuadrismo es un fenómeno muy importante para entender lo que estaba ocurriendo en Italia. Si los escuadristas no entendían la vida cotidiana burguesa tampoco comulgaban con la vida y la lucha de socialistas y anarquistas. Los escuadristas combaten las huelgas, participan en verdaderas batallas urbanas contra los miembros del movimiento obrero, suplantan, en fin al Estado en la conservación del orden y pueden, de ese modo, recuperar algunos elementos de su vida militar con sus acciones. Están desclasados y emplean la violencia para participar en la vida política y social italianas. A partir de 1922 serán muy fuertes, y las autoridades no sólo no les combaten, sino que les toleran y hasta alientan.

El auge de la violencia en la posguerra, consecuencia de la propia contienda y del desclasamiento social tiene, además, un apoyo en cierta intelectualidad y hasta en la vanguardia artística del futurismo. Se plantean nuevos valores que pasan por la demolición de los valores burgueses de la paz, la vida familiar, el afán del ahorro y de la adquisición de bienes y propiedades, pero sin optar por los valores del movimiento obrero porque se considera que sus reivindicaciones buscaban solamente el progreso material, un egoísmo de clase, que les alejaba del patriotismo. Deben plantearse nuevos valores, basados en la acción, la fuerza, la jerarquía y la obediencia.

El resultado de la guerra generó una sensación de frustración. Las promesas de la Entente para que Italia entrara en la guerra no se habían cumplido. Italia se siente la perdedora de los vencedores. Se genera un claro rencor fundamentalmente contra Francia y también contra la nueva Yugoslavia porque ocupa alguno de los territorios irredentos. En este clima se producirá la ocupación del Fiume por D’Annunzio, uno de los intelectuales más destacados del momento y que ejemplifica ese apoyo al uso de la acción y la violencia que hemos planteado anteriormente.

La economía es el otro gran factor explicativo. En realidad, la crisis económica es determinante, ya que empobrece a las clases medias y hunde en la miseria a los campesinos. En este universo medio social hay que encontrar los primeros apoyos al fascismo. Ya no sirven los partidos tradicionales que habían dominado el sistema político italiano desde la unificación, y esta pequeña burguesía no iba a abrazar la causa de socialistas y anarquistas. El miedo al desclasamiento entrega en brazos del fascismo a estos grupos sociales. Por su parte, el movimiento obrero se desarrolla con fuerza con un auge de las huelgas en respuesta a la crisis. Esta lucha obrera indigna a la pequeña burguesía que potencia un mayor sentimiento de frustración porque piensa que los obreros consiguen más del Estado y del poder que ella. Esa indignación también lleva a esa burguesía hacia el fascismo.

La industria italiana había experimentado un importante auge en la guerra por el considerable aumento de la demanda de productos. Los beneficios empresariales subieron de forma considerable, pero al terminar la contienda disminuyeron muy rápidamente por una crisis de superproducción, ya que la demanda se contrajo considerablemente. Para evitar los efectos de la crisis los patronos quieren frenar a los obreros, al potente movimiento obrero italiano, que como hemos visto desarrolla toda su actividad, espoleado, además, por el ejemplo de la Revolución Rusa, un fantasma que asusta al capital europeo y, por supuesto, al italiano. Para combatir al movimiento obrero ya no eran suficientes los instrumentos del Estado. Es el momento de recurrir a las milicias, a los escuadristas, a los fascios, en suma. En un primer momento se les financia, después se les entregará el poder.

Por fin, el aumento del paro generó otro grupo social, un proletariado o infraproletariado que creía que los partidos obreros y los sindicatos no atendían sus demandas. El fascismo les ofrece una alternativa porque les une, les ofrece un sueldo y, por fin, un sentido en la vida, un objetivo por el que luchar.

Eduardo Montagut

Marruecos a comienzos del siglo XX

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Marruecos representaba un territorio muy atractivo para las potencias coloniales por distintos motivos al comenzar el siglo XX, aspecto que iba unido a una situación interna de intensa inestabilidad política. Marruecos se encuentra en una posición estratégica muy importante, frontera norte de África con Europa y en el lado sur del Estrecho de Gibraltar, además de contar con recursos mineros en el Rif, es decir, en su zona norte, y ser un territorio donde se podían canalizar importantes inversiones de capital para montar las infraestructuras, como el ferrocarril, y emprender muchas obras públicas. España y Francia eran las potencias directamente interesadas. España tenía una larga relación tanto amistosa como bélica con Marruecos desde finales del siglo XV, y contaba con ciudades y plazas en el norte de África. Francia tenía importantes intereses en el norte de África, ya que dominaba Túnez y Argelia y le interesaba la salida hacia el océano Atlántico, dentro de su eje colonial africano este-oeste. Aunque Alemania no tenía intereses concretos en la zona, Marruecos se convirtió en una de las bazas de su estrategia de desgaste hacia Francia. Por su parte, los británicos decidieron ceder la zona a los franceses y españoles a cambio de que París les dejara las manos libres en Egipto.

El tratado hispano-francés de 1904 reparte la influencia de ambos países sobre Marruecos, pero Alemania no está dispuesta a aceptar la situación y el propio káiser Guillermo II desembarca en Tánger en 1905 para manifestar su apoyo a la independencia de Marruecos, frente a los intereses franceses en la zona. Ante la gravedad de la situación se convocó la Conferencia de Algeciras al año siguiente, celebrándose entre enero y abril. Gran Bretaña defendió los intereses franceses y españoles en la zona, pero también Italia, miembro de la Triple Alianza, ya que Roma y París habían acordado unos años antes un pacto por el que Francia no interferiría en los intereses italianos en Libia. Alemania quedó aislada y terminó por aceptar los planteamientos británicos de mantener Marruecos independiente, pero con varios puertos abiertos al comercio exterior bajo tutela franco-española, además de que ambos países adquirían el compromiso de ejercer un protectorado. Posteriormente, según los acuerdos firmados en noviembre de 1912 por Francia y España, Marruecos quedó dividido en dos protectorados, uno francés al sur y otro español en la zona del Rif y la Yebala.

La tensión internacional regresó a Marruecos en 1911. El sultán llamó a los franceses para que sofocaran unas revueltas internas, ocasión aprovechada para ocupar la ciudad de Fez. Esto conculcaba lo estipulado en Algeciras y Alemania expresó su disconformidad enviando un barco de guerra, el navío cañonero Panther, a Agadir, el principal puerto atlántico de Marruecos, con el pretexto de proteger a los comerciantes alemanes de la zona. Gran Bretaña apoyó a Francia y los alemanes tuvieron que retirarse y aceptar el poder francés sobre Marruecos, aunque consiguieron territorios en África como compensación. La alianza entre el Reino Unido y Francia se fortaleció, aspecto muy importante en el proceso hacia la Gran Guerra.

A partir de 1912 desaparecen los problemas diplomáticos en relación con Marruecos, pero se agudizan los militares internos en la zona del Rif, recrudeciéndose la denominada guerra de Marruecos, que tanta importancia tiene para entender parte de la crisis de la Monarquía de Alfonso XIII. Entre los episodios más terribles destacará el Desastre de Annual en 1921. Cuando el líder de los rifeños, Abd-el-Krim cometió el error de atacar a los franceses, la suerte de los insurrectos se selló, ya que Primo de Rivera, desde una íntima convicción de que había que terminar la guerra rápidamente, consiguió establecer una alianza militar con Francia que, a partir del Desembarco de Alhucemas en 1925, permitió terminar con el conflicto.

 

Eduardo Montagut

El reparto de África

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El continente africano fue ocupado y repartido entre las potencias europeas en el siglo XIX. A principios de dicho siglo los europeos solamente poseían factorías costeras o pequeñas colonias. Pero en la segunda mitad del siglo, exploradores y misioneros recorrieron África, aprovechando el curso de los grandes ríos: Níger, Nilo, Congo, Zambeze y se aventuraron por el Sahara.

A partir de 1870, las expediciones se multiplicaron y las potencias europeas se lanzaron a una verdadera carrera de conquista y colonización de territorios. Los británicos deseaban establecer un imperio de norte a sur, vertebrado por el ferrocarril El Cairo-El Cabo, dominando, a su vez, la fachada oriental del continente con vistas a controlar el Océano Índico. Gran Bretaña obtuvo territorios muy ricos en minerales (oro y diamantes), así como de gran valor estratégico, como el Canal de Suez, por el que controlaban el paso entre el Mediterráneo y el Mar Rojo hacia el Océano Índico.

Por su parte, los franceses pretendían levantar un imperio de este a oeste del continente africano. Comenzaron por dominar Argelia y desde allí fueron dominando gran parte del norte de África (Marruecos y Túnez), la costa occidental del continente y se extendieron hacia Sudán, punto de fricción con los británicos, ya que era la zona de choque con la línea norte-sur británica.

El rey de los belgas -Leopoldo II- encargó la exploración de la zona del Congo para levantar un imperio propio. Los alemanes se establecieron en África central. Así pues, muy pronto comenzaron a entrar en colisión los intereses de las grandes potencias. Ante esta situación, en el año 1885, Bismarck convocó una Conferencia Internacional en Berlín.

En la Conferencia se tomaron una serie de decisiones sobre la colonización de África: garantía de libre navegación por los ríos Níger y Congo, establecimiento de unos principios para ocupar los territorios por parte de las metrópolis, basados en el dominio efectivo con notificación diplomática al resto de las potencias del establecimiento de la nueva colonia. Pero la Conferencia no terminó con los enfrentamientos entre las potencias coloniales.

Posteriormente, los alemanes se establecieron en Togo, Camerún, África suroccidental y Tanganica, mientras que los portugueses se hacían con Angola, Mozambique y Guinea-Bissau. Italia estableció su imperio en Libia y Somalia. Por fin, España se estableció en lo que luego fue Guinea Ecuatorial, y el Sahara Occidental (Río de Oro).

 

En el sur de África dos pequeñas repúblicas vecinas –Transvaal y Orange- estaban en manos de los holandeses nacidos en el continente africano y conocidos como bóers, después de haberse marchado de la zona de El Cabo (habían llegado en el siglo XVII), huyendo de la expansión británica en la zona. Pero la noticia del descubrimiento de importantes minas en Transvaal motivó a los ingleses a invadir los territorios de los bóers, provocando el estallido de una guerra, que duró tres años, con un alto coste en vidas humanas. Al final, esos territorios fueron anexionados al Imperio británico.

 

Eduardo Montagut

 

 

Mau Mau

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Los Mau Mau fueron un movimiento terrorista secreto contrario a los británicos, y que surge entre los miembros de la tribu kikuyu de Kenia, surgiendo entre los años 1948 y 1952. Su objetivo era expulsar a los colonos blancos de las tierras tradicionales de los kikuyu. Sus métodos eran expeditivos: asesinatos e incendios. La violencia comenzó el 20 de octubre de 1952 y las autoridades del país reaccionaron con la detención de Jomo Kenyatta, acusándole de liderar el movimiento. También decretaron el estado de emergencia.

En marzo de 1953, los Mau Mau perpetraron una matanza en Lari al asesinar a ochenta personas, casi todos africanos. Este hecho provocó el rechazo en la misma tribu de los kikuyu, y supuso el principio del fin del movimiento. Al terminar el año siguiente, las autoridades habían casi eliminado a los Mau Mau, empleando al ejército y a la aviación. En todo caso, hasta el año 1959 duró el estado de emergencia. Kenyatta terminó su condena en ese mismo año, aunque se le confinó a una región apartada hasta el año 1961.

El balance de toda esta violencia es impresionante: Mau Mau mató a unas dos mil personas, y murieron unos once mil miembros del movimiento.

En el pasado año de 2011 tuvo lugar en Londres un juicio, promovido por las denuncias de cinco ancianos en el año 2009, que ha sacado a luz los excesos que el Reino Unido cometió en Kenia en la represión del movimiento independentista Mau Mau.

Las denuncias de los ancianos tienen que ver con las vejaciones que padecieron por parte de las autoridades británicas. En el proceso estuvieron los cuatro supervivientes. Paulo Nzili fue castrado con unas tenazas por pertenecer al movimiento, aunque, al parecer, su única conexión con el mismo fue el de ayudar a activistas del mismo suministrándoles comida. Ndiku Mutua también fue castrado. Por su parte, Wambugu Wa Nyingi estuvo encerrado en varios campos de internamiento sin que se le formulara acusación alguna. En una ocasión tuvo que pasar tres días junto con los cadáveres de once personas que no habían conseguido resistir, como él, las palizas que recibieron. Jane Muthoni Mara fue detenida con 17 años y brutalmente torturada, además de ser violada.

Estas brutalidades no fueron conocidas en su día porque los británicos decidieron esconder todos los documentos relativos a las mismas. Es muy significativo lo que expresó el fiscal general que fue destacado en Kenia en la época de la insurrección de los Mau Mau: “si tenemos que pecar, pequemos en voz baja”. Pero los documentos han terminado por salir en el proceso gracias a un funcionario.

Los ancianos reclamaban al gobierno británico que pida perdón y que constituya un fondo de ayuda a los supervivientes de la represión. Pero Londres respondió que había pasado ya mucho tiempo y que sus responsabilidades o culpas habrían terminado cuando Kenia accedió a su independencia, acontecida en 1963. Un ejemplo más de los problemas de la memoria.

Eduardo Montagut

La personalidad política de Napoleón III

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Uno de los principales personajes del tramo central del siglo XIX fue Luis Napoleón, primero como presidente de la II República francesa y después, como emperador del Segundo Imperio. En este trabajo nos acercamos a una personalidad ambivalente, llena de facetas y que ha generado no pocas polémicas entre los historiadores.

Carlos Luis Napoleón Bonaparte nació en 1808, hijo de Luis Napoleón, hermano del emperador y rey de Holanda. En 1815, con el triunfo de la Restauración, tuvo que marchar a Suiza. El ímpetu juvenil le hizo entrar en la sociedad secreta de los carbonarios, iniciando una etapa de intenso conspirador. En 1832, su vida comenzó a cambiar. En ese año fallecía el conocido como Napoleón II, es decir, el hijo que el emperador había tenido con María Luisa de Habsburgo, por lo que heredaba los supuestos derechos sucesorios napoleónicos, aunque por el momento al joven Luis Napoleón solamente le interesaban las conspiraciones. En 1836 tuvo que exiliarse y en 1840 ingresó en prisión. En 1846 se fugó de la cárcel. Luis Napoleón se convirtió en un personaje propio del Romanticismo.

Al estallar la revolución de 1848 en Francia regresó y consiguió ser elegido diputado gracias a su fama de revolucionario. En contraposición, Luis Napoleón no parece que tuviera una gran preparación intelectual y política. Esta cuestión ha generado un cierto debate por parte de los historiadores. Si para Tocqueville era un mediocre, para Thiers era un cretino. También Zola expresó que su inteligencia era mediocre y en otra ocasión insistió en que era un introvertido. Guizot consideraba a Napoleón III como un iluso. Por fin, Marx llegó a pensar que era una especie de monstruo de la ignominia. Pero conviene matizar esta colección de descalificaciones, ya que hay que tener en cuenta que sí tuvo alguna formación, como lo demuestra su asistencia a la Academia Militar de Suiza, además de que se sabe que dominaba, en cierta medida, la economía política, siendo un decidido defensor del librecambismo, y llegó a escribir un libro, La extinción del pauperismo, con resonancias del socialismo utópico.

Si en economía defendía el librecambismo, en política su liberalismo se diluyó por la defensa de lo que algún historiador ha denominado el “autoritarismo democrático”, como un instrumento para implantar la igualdad frente al supuesto egoísmo burgués, aunque esto lo desmentiría el propio desarrollo del Segundo Imperio. El autoritarismo sería su baza fundamental para hacerse con el poder, ya que, ante el cariz radical del 48, la propia burguesía y los sectores más conservadores de Francia le apoyaron para que accediera a la presidencia de la República y para la reconversión de ésta en Imperio.

El bonapartismo, aunque se basaría en la forma de gobernar de Napoleón, se cristalizó con su sobrino Napoleón III. Se trataría, en consonancia con lo que estamos diciendo, de una especie de sistema de dictadura popular. No sería una monarquía absoluta, sino una especie de monarquía donde se reconocería la soberanía del pueblo, aunque no se tratase de una monarquía constitucional y, ni mucho menos, parlamentaria. Se invocaba, constantemente, al pueblo, a la voluntad popular, a través de los plebiscitos, fácilmente manipulables.

Pero en política exterior, Napoleón fue un férreo enemigo de la Europa de la Restauración y de la Santa Alianza, erigiéndose en defensor de los pueblos oprimidos, como el italiano, aunque luego abandonara a su suerte a los nacionalistas italianos. De nuevo, su ambivalencia. Así pues, fue un conservador defensor del orden en el interior de Francia, y fuera desató su pasión romántica revolucionaria juvenil, aunque no hasta las últimas consecuencias.

Esta ambivalencia también se puede observar en la evolución política del Segundo Imperio francés. Algunos historiadores dividen la historia del mismo en dos: en una primera etapa, el gobierno imperial tendría un carácter claramente autoritario y, a partir de 1859, el signo político sería más liberal, aunque, para otros historiadores solamente sería liberal muy al final.

En conclusión, lo que sí parece claro es que se trató de un político titubeante que cambió sus políticas con cierta frecuencia y que se caracterizó por tres aspectos: su autoridad nació de la usurpación, siguió una política exterior de prestigio y, por último, siempre fue receloso de las asambleas y parlamentos.

Eduardo Montagut

Arabia Saudí e Irán en Oriente Medio. Introducción

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Comenzamos hoy en el Blog La mirada a Oriente una serie de artículos bajo el título de “Arabia Saudí e Irán en Oriente Medio con la que pretendemos analizar el presente, pasado y futuro de las relaciones entre estas dos potencias de Oriente Medio.

Irán y Arabia Saudí se erigen, junto con Turquía e Israel,  en potencias regionales, en términos de tamaño de su economía, dotación de recursos, dimensión de población y territorio, poder militar – gasto en defensa, y estabilidad política.

Desde hace años Riad y Teherán compiten por influencia en la política interna de los Estados débiles de la región, procurando situar a sus clientes en la situación óptima para imponerse en los conflictos locales. Libran una guerra indirecta o por delegación a través de actores estatales y no estatales, una “Guerra Fría” como la han denominado muchos. La rivalidad y desconfianza creciente entre ellos promueven más conflictos y competición económica, según la prestigiosa revista Strategic Survey (2017). En los últimos años sus relaciones bilaterales se han deteriorado tanto que Riad y Teherán rompieron relaciones diplomática en enero de 2016.

La relación ha conocido tiempos mejores en los que la cooperación ha sido el elemento predominante. Antes de la Revolución Islámica de 1979, las dinastías Saud de Arabia Saudí y Pahlevi de Irán se unieron para combatir los movimientos radicales, nacionalistas y socialistas, garantizar el flujo estable de petróleo a Occidente y aumentar su riqueza; antes de 1979, Riad y Teherán eran aliados estratégicos EE.UU en Oriente Medio.

Arabia Saudí e Irán comparten geografía, historia y religión. La meseta iraní frente a la península arábiga, bañadas ambas por el Golfo Pérsico, han sido testigos de siglos de convivencia, coexistencia y conflicto. El Islam juega un papel clave en estas dos sociedades, y sus dirigentes son maestros en el uso estratégico de la religión dentro y fuera de sus fronteras.

Desde 2003 un rosario de cambios geopolíticos han afectado notablemente Oriente Medio, la relación entre estas dos potencias y las costuras de la Monarquía Saudí y de la República Islámica: la intervención norteamericana en Iraq y la Primavera árabe  nos han dejado un Estado árabe debilitado, la autosuficiencia energética de EE.UU y su retirada parcial de la región ha creado un vacío de poder, el descenso de los precios del petróleo, y finalmente el Pacto Nuclear de 2015 entre Irán y la comunidad internacional.

En el plano externo Irán ha sido el gran beneficiadoHa superado parcialmente el aislamiento internacional al que ha estado sometido durante décadas, en los últimos años a raíz de su programa nuclear. El punto de inflexión fue la rúbrica del Pacto Nuclear en 2015, que le ha permitido mejorar su posición internacional, éxito diplomático que unido a los triunfos militares y de sus clientes en Estados árabes debilitados, ha alarmado a la Monarquía saudí. La Casa de Saud, que percibe la República Islámica como una amenaza existencial desde 1979, ha reaccionado sustituyendo la diplomacia conservadora y predecible que fiaba su seguridad a EE.UU (hoy en retirada) por una estrategia de seguridad más autónoma, nacionalista, asertiva y ofensiva, basada en el rearme y encaminada a contener a Irán.  No obstante, la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump ha envalentonado a la Monarquía saudí y ha puesto en guardia a Irán.

En un post de esta serie examinaremos los vectores del conflicto y las razones que subyacen a la escalada reciente. Será el momento de examinar las diferencias político-ideológicas de estos dos regímenes, sus concepciones del papel del Islam en la sociedad y sus ambiciones de hegemonía regional enraizadas en el pasado imperial de ambos. En ese post nos detendremos en el cisma dentro del Islam entre la corriente suní, la mayoritaria en el Islam, que pretende liderar Arabia Saudí y la corriente chií, predominante en Irán desde principios del siglo XVI; intentaremos dilucidar si las tensiones sectarias son la causa o la consecuencia del choque entre estos dos colosos regionales.

En el plano interno, estas dos economías rentistas dependientes de los ingresos de la exportación de hidrocarburos muestran signos de agotamiento después de tres años de precios bajos. A pesar de las diferencias de renta per cápita (4.862$ en Irán frente a 20.653$ en A. Saudí, en 2015), algunos retos a los que se enfrentan son muy similares. En aras de la contención del déficit el Estado saudí se ha visto obligado a recortar sus generosas prestaciones sociales. El contrato social árabe, que ha permitido a la Monarquía saudí mantener un férreo control de todo el poder a cambio de garantizar el bienestar social, está en un brete.

Por su parte, los presidentes iraníes Ahmadinejad (2005-2013) y Rohani (2013-) recortaron subsidios en un escenario de recesión económica y sanciones internacionales contra el programa nuclear iraní. El régimen iraní es consciente del distanciamiento creciente con el pueblo, en particular, después de las revueltas multitudinarias de 2009 (las más numerosas después de 1979) cuando el Movimiento Verde, reformista, sacó a cientos de miles de iraníes a las calles para protestar contra la reelección fraudulenta del presidente Ahmadinejad, y fue aplastado por el régimen.

Ambos países se enfrentan a esos desafíos con dos regímenes inmersos en un cambio generacional de su clase dirigente. Mohamed Bin Salman (32 años), el príncipe heredero saudí que ha adelantado en la línea sucesoria a sus tíos, los hermanos del Rey Abdulaziz Ibn Saud (fundador del Reino de Arabia Saudí en 1932), rompe con la gerontocracia que ha controlado Arabia Saudí hasta ahora. Ya ha asumido las riendas del poder y necesita afianzar su liderazgo interno. La sucesión del Ayatolá Ali Jamenei (78), Líder Supremo de la Revolución Islámica, una vez desaparecido Hashemi Rafsanjaní a principios de 2017, liquidará la generación del Imán Jomeini. El actual presidente, el centrista Hassan Rouhani, se encuentra bien posicionado para la carrera sucesoria.

Tanto la Monarquía saudí como la República Islámica han respondido a estos retos con ambiciosos proyectos modernizadores de sus estructuras económicas y sociales. Ambas cuentan con programas reformistas encaminados a diversificar y ensanchar su base económica con el fin último de proporcionar oportunidades laborales a unas poblaciones mayoritariamente jóvenes (con el 60% por debajo de 30 años), y así asegurar la viabilidad de sus modelos. La relajación de las costumbres y la carta nacionalista también se encuentran muy presentes en las estrategias de la monarquía saudí y del régimen iraní.

Estos factores internos y su incidencia en la Guerra Fría entre Irán y Arabia Saudí serán el objeto de otro post de esta serie.

Por último, dedicaremos un post a analizar los múltiples escenarios y planos en los que pelean Arabia Saudí e Irán: las guerras en Siria, Iraq, y Yemen, el conflicto político en el Líbano,  el bloqueo diplomático de Qatar o la división de la OPEC en torno al precio del petróleo. Uno de esos escenarios es Yemen en el que una coalición liderada por A. Saudí, que incluye los países más ricos y con las FF.AA mejor equipadas de la región, se revela incapaz de imponerse a los hutíes en el país más pobre de Oriente Medio. Por tanto, la eficacia de la política exterior y de seguridad trasciende el poder económico y militar, si éste se mide con los parámetros clásicos de PÌB, gasto en defensa, y equipamiento de FF.AA convencionales. Es la paradoja del poder que veremos en otro post.

Una advertencia antes de terminar esta introducción al tema. El enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí, siendo imprescindible para entender las dinámicas y tendencias dominantes en la región, no es la única fractura de la región. Por un lado, existe una pugna en el mundo suní sobre cuál debe ser el papel del Islam en la política: Turquía, Qatar, Arabia Saudí, los Hermanos Musulmanes, Egipto y las organizaciones terroristas DAESH y Al-qaeda son sus principales actores. El bloqueo diplomático de Qatar por una coalición de países encabezada por Riad se comprende mejor si tenemos en cuenta este enfoque adicional.

Por otro, las guerras civiles y los conflictos políticos en los Estados árabes debilitados (Yemen, Líbano, Iraq, Siria, Palestina) no arrancan con el enfrentamiento entre Riad y A. Saud. Pero una vez iniciados, los actores estatales y no estatales en esos conflictos (los Hutíes en Yemen, el régimen de Bashar el-Asad y las milicias islamistas en Siria, Hezbollah en el Líbano, los Hermanos Musulmanes en Egipto, HAMAS o al-Fatah en Palestina) compiten por el favor de Riad y Teherán, y de otros países como Rusia, y su ayuda militar, económica y diplomática. Las interferencias de las potencias regionales acaban exacerbando todavía más las tensiones internas y dando lugar a una espiral de tensión creciente en la región.

@lamiradaaoriente

 

La crisis de entreguerras de la democracia europea oriental

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A pesar del aparente triunfo de la democracia por el desenlace de la Gran Guerra, en los años veinte y comienzo de los treinta sufrió un serio retroceso en muchos países europeos, estableciéndose sistemas autoritarios, dictatoriales o totalitarios, fruto de la combinación de las crisis económicas y sociales postbélicas y del Crack 1929, que incidieron sobre Estados con estructuras e instituciones políticas no muy estables o consolidadas, junto con el miedo de la  burguesía a que cundiera el ejemplo revolucionario ruso. La opción autoritaria y/o totalitaria se convirtió en una tentación a la que no pudieron resistirse las clases medias. En este trabajo estudiamos la situación en la Europa central y oriental, aunque también se establecieran regímenes dictatoriales y totalitarios en la Europa meridional: Italia, España y Portugal, resaltando, como es bien sabido, que el segundo de los países mencionados superó la dictadura para implantar una de las democracias más avanzadas de la época, aunque ahogada en sangre a partir de 1936.

En Polonia, la guerra con Rusia tendría evidentes consecuencias, entre ellas que el mariscal Józef Pilsudski, héroe nacional, adquiriese un papel preponderante en la vida política. La nueva Constitución no consiguió estabilizar la estructura parlamentaria polaca. La crisis financiera de 1925-1926 afectó claramente a la labor gubernamental. Pilsudski se presentó como el salvador de Polonia. La “marcha sobre Varsovia” le permitió tomar el poder en 1926. Hasta 1935 ejerció una verdadera dictadura. La revisión constitucional de ese año posibilitó un giro aún más autoritario al régimen político polaco, ya que se potenció la figura del presidente de la República, que no era controlada ni debía responder a institución alguna.

Más al sur, en Hungría la situación de la posguerra era explosiva. Antes de abdicar y dejar de pertenecer a la monarquía dual del Imperio austro-húngaro, el rey Carlos entregó el poder al conde Karolyi, que fue proclamado presidente de la República, pero no duraría mucho en el poder. Hungría entró en una verdadera revolución. Se estableció un gobierno de los soviets con Bela Kun como hombre fuerte, pero las fuerzas contrarrevolucionarias acabaron con la experiencia comunista para establecer un régimen monárquico en 1920, aunque nunca hubo un monarca al frente del país, ya que Horthy, como regente, ocuparía la máxima magistratura. Se restableció el orden y se impuso la represión, el “terror blanco”.

La vecina Yugoslavia vivió importantes tensiones nacionalistas. En el mes de junio de 1921 se proclamó la denominada Constitución del Reino de los serbios, croatas y eslovenos, pero esta unión era más ficticia que real, dada disparidad entre estos pueblos, sus características, lenguas y religiones, además de la existencia de otras minorías que complicaban aún más la situación. Los serbios y los croatas estaban claramente enfrentados y el regente Alejandro tuvo que empeñarse en estabilizar el sistema a través de la creación de una monarquía constitucional que permitía al rey tener amplios poderes, como en las monarquías del siglo XIX. Pero la Constitución se suspendió en 1929, instaurándose una dictadura personal. Alejandro fue asesinado en 1934 en un viaje a Francia. El regente Pablo promulgó una nueva Constitución algo más plural.

En Rumanía el rey Carol I estableció un régimen dictatorial tras un golpe de Estado en 1930. Bulgaria desembocó en otro régimen parecido tras otro golpe en el año 1932.

En Austria sobrevivió la democracia hasta 1933 cuando el canciller Dollfuss implantó un régimen personal. Aprobó una Constitución filofascista, pero se enfrentó a los deseos de Hitler sobre el país, lo que le llevará a la muerte al ser asesinado por los nazis austriacos. La Constitución no llegó a entrar en vigor. Su sucesor sería Schuschinigg.

Por fin, Grecia también caerá en la deriva autoritaria. Venizelos ejerció el poder de forma dictatorial, aunque se respetase la institución parlamentaria. El retorno al trono de Jorge II en 1933 no significó una transición hacia una democracia, ya que a partir de entonces sería el general Metaxas quien desde el gobierno ejercería el poder autoritario.

Entre este mar de regímenes dictatoriales sobrevivirá un oasis democrático en Checoslovaquia, gracias a una mayor solidez de las instituciones democráticas, a una mayor cultura política tolerante y a la figura de Masayrk, sin negar los grandes problemas a los que tendría que hacer frente el país cuando Alemania decidiera intervenir en la zona.

Eduardo Montagut.- Doctor en Historia

 

Los refugiados: ayer y hoy

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Los Estados no consiguen o no desean acabar con la existencia de los refugiados. Los conflictos de todo tipo que saltan en cualquier lugar, siguen generando refugiados, miles, decenas de miles de refugiados. En este trabajo pretendemos realizar algunas reflexiones sobre estas personas que huyen de la persecución, del hambre, de las guerras, del horror, incidiendo en la prevalencia en el tiempo de este terrible fenómeno de sufrimiento humano.

Un refugiado es la persona que, a causa de una guerra, conflicto, revolución, golpe de estado o persecución se ve obligada a huir de su país e intentar trasladarse a otro. Un refugiado vive en la inseguridad jurídica porque no tiene la protección de su país de origen y, al carecer de la nacionalidad de su país de acogida, solamente posee un estatuto legal distinto al de la población autóctona.

En el siglo XX, las dos grandes guerras mundiales, especialmente la segunda, junto con otros conflictos más locales, pero no menos intensos, generaron millones de refugiados. El siglo XXI no ha comenzado mucho mejor.

En el período de entreguerras la Sociedad de Naciones abordó la cuestión creando en 1921 la Oficina Nansen, atendiendo con prioridad a los refugiados rusos que huían de la Revolución y la Guerra Civil y a los armenios. En este sentido, se creó el denominado Pasaporte Nansen, un documento o cédula personal, debidos al explorador y diplomático noruego Fridjof Nansen en 1922, y que permitía trasladarse al refugiado. Pero este período de gran inestabilidad política, salpicado de durísimos enfrentamientos, como el de la guerra civil española, trajo nuevos y más refugiados. El triunfo del totalitarismo fascista provocó otro aluvión de personas que intentaban escapar. En 1938 se fundó la Organización Internacional para los Refugiados, un hecho capital en la historia porque generó la creación de la figura jurídica del refugiado, que pretendía acabar o mitigar la indefensión legal de la persona que tenía que huir para salvar la vida. Era el primer paso para crear un estatuto.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial y crearse la ONU la cuestión de los refugiados se hizo prioritaria porque se calcula que había que atender a unos sesenta millones de refugiados. Hasta 1951 no se pudo reorganizar esta situación de forma global con la creación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Este organismo se cuida de la protección, asentamiento, repatriación voluntaria, y todo lo relacionado con el refugiado.

La figura del refugiado ha adquirido nuevas dimensiones desde mediados del pasado siglo porque también ha terminado por aceptarse bajo esta condición a quienes huyen de catástrofes naturales de todo tipo, como las sequías, por ejemplo.

La dimensión de la cuestión de los refugiados, que no mengua con el tiempo, crea nuevos problemas a los países de acogida. Parte de las poblaciones huéspedes generan rechazo ante los refugiados y más en tiempos de crisis porque consideran que compiten por recursos escasos, como el trabajo o los servicios. Pero también es cierto que provocan efectos positivos relacionados con el crecimiento económico y hasta en la demografía. En los países de acogida se generan intensos debates y hasta conflictos entre los defensores de la solidaridad, apelando a los sentimientos de empatía, y los sectores contarios a la llegada de alto número de personas que huyen, jaleados, por su parte por el auge de los sentimientos xenófobos y de extrema derecha, parecidos a los que se suscitan con la inmigración extranjera. El terrorismo actual alimenta estos miedos con un discurso harto manipulador, no sustentado nunca en hechos reales relevantes.

Eduardo Montagut.-Doctor en Historia.

La discriminación positiva en los Estados Unidos: historia y comentarios

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La discriminación positiva, conocida en los Estados Unidos como “affirmative action”, se refiere a un programa federal que se puso en marcha con la Administración demócrata del presidente Johnson, uno de los presidentes más comprometidos con las políticas sociales de la historia norteamericana y los derechos civiles, aspectos que han quedado eclipsado por la Guerra de Vietnam. Comenzó en el año 1968. El objetivo de esta política consistía en reducir las desigualdades sociales en el país. Se instaba a las instituciones públicas federales y a los contratistas del Gobierno federal a tener una especial consideración con las minorías étnicas en el momento de las contrataciones laborales. Este plan terminaría extendiéndose a las mujeres a comienzos de la década de los años setenta. La discriminación positiva nacía en el contexto de una década de intensas luchas por los derechos civiles.

Pero esta política suscitó en diversos sectores políticos y sociales norteamericanos una clara oposición. En el año 1978, el Tribunal Supremo emitió un veredicto a propósito del Caso Bakke. Por un lado, esta alta institución que vela por el cumplimiento de la Constitución norteamericana, confirmó que la “affirmative action” era constitucional, pero el empleo de cuotas para favorecer a las minorías violaba la decimocuarta enmienda de la Constitución, relativa a la igualdad. Por lo tanto, era una sentencia un tanto ambigua, que podía interpretarse en un sentido u otro.

La polémica continuó. Al año siguiente se dio otra sentencia relativa a este asunto. El Tribunal Supremo, en un caso de la Unión de Trabajadores Americanos del Acero contra Weber, dictaminó que dar preferencia a los negros en los programas de formación no perjudicaba la promoción profesional de los blancos. En este caso parecía clara que la sentencia era favorable a la discriminación positiva. Las dos sentencias confirmaban la complejidad del asunto y cómo había argumentos constitucionales y legales a favor de una postura o de la otra.

En las dos últimas décadas del pasado siglo aumentó la opinión contraria a la discriminación positiva al interpretar que vulneraba la igualdad, frente a los que consideraban que esta política favorecía, precisamente, la igualdad al apoyar a quienes no partían de las mismas condiciones. Dado el cariz conservador de la época, el Tribunal Supremo fue emitiendo una serie de sentencias que fueron limitando la aplicación y extensión de esta política.

Las políticas de discriminación positiva también son discutidas desde otro punto de vista, porque aunque sean calificadas de positivas no evita que siga presente el concepto de discriminación y su significación negativa. Así pues, hay sociólogos que cuestionan la discriminación positiva por lo que exponemos, porque mantiene en la sociedad la idea de la discriminación.

Eduardo Montagut, Doctor en Historia

¿Por qué matan? Sobre el proceso de radicalización

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Si bien los procesos de radicalización yihadista constituyen un asunto en los márgenes de este Blog, todos estamos conmocionados por el atentado de Barcelona que sesgó las vidas de 15 personas el pasado jueves 17 de agosto y a muchos de nosotros nos asalta una pregunta: ¿qué les ha ocurrido a este grupo de jóvenes para matar de forma indiscriminada y querer incluso cometer una salvajada mayor? La respuesta que trasladan instituciones, medios de comunicación, think-tank y líderes de opinión es que estos jóvenes se han radicalizado.

En las próximas líneas recogeré una serie de teorías que aportan algo de luz sobre este fenómeno. Dos advertencias previas, el fenómeno de la radicalización es complejo y exige huir de los clichés y de las simplificaciones. Y una crítica al enfoque que asumo en este artículo: la mayor parte de los modelos abundan en los factores explicativos de la radicalización; no obstante, la inmensa mayoría de los individuos pertenecientes a las colectividades afectadas no están radicalizados – en Europa viven más de 20 millones de  musulmanes.  Algunos autores sostienen que quizás convendría poner el acento en el otro lado de la moneda y preguntarse por qué muchísimos jóvenes musulmanes no han sido seducidos por la retórica de la radicalización.

Cuando hablamos de radicalización nos referimos a una senda que una persona recorre para convertirse en un extremista. Por su parte, la radicalización yihadista se define, siguiendo a  Fernando Reinares y Carola García-Calvo del Real Instituto Elcano, como un proceso a través del cual un individuo adopta actitudes y creencias que justifican el terrorismo inspirado en una versión salafista y a la vez belicosa del credo islámico.

A la hora de explicar qué razones llevan a los individuos a adoptar esas creencias y actitudes, Bruce Hoffman, director del curso online Terrorismo y Contraterrorismo de la Universidad de Georgetown, advierte que no existe un perfil único del terrorista o un camino exclusivo hacia la radicalización. Los motivos que alientan a cada terrorista son personales y únicos. Algunas personas muy radicalizadas son a su vez muy devotas pero también hay conversos que intentan demostrar al resto de la comunidad, mediante la comisión de atentados, el compromiso adquirido con su nueva fe. Una buena parte viven en barrios marginales, muchos tienen antecedentes por tráfico de estupefacientes, pero también nos encontramos con individuos integrados en sus comunidades, como afirmaba en su cuenta de twitter Fernando Reinares hace unos días, e incluso algunos proceden de familias acomodas y de clase media alta. En 2002 Daniel Pearl, un periodista del Wall Street Journal, fue convocado a una entrevista por un terrorista de Al-qaeda y posteriormente secuestrado y decapitado; el terrorista en cuestión había sido educado en la London School of Economics (graduado en matemáticas puras y física) y pertenecía a una familia de clase media alta de Londres (citado por Hoffman).

Peter Neumann, Director del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización en el King’s College de Londres concurre con Hoffman  en la ausencia de un un patrón único pero sugiere tres ingredientes comunes a las principales teorías sobre los procesos de radicalización:

  1. El descontento, la frustración, los agravios, la percepción de una injusticia, que motivan las crisis personales y constituyen el caldo de cultivo para la recepción de nuevas ideas.
  2. Unas creencias o ideología que dan sentido a esos agravios y los canalizan hacia una dirección u otra. Donde nosotros vemos fanáticos, locos o criminales, los terroristas piensan estar librando una “guerra justa” que legitima su recurso a la violencia, a pesar de las víctimas colaterales. Se han convertido en extremistas con una visión maniquea del mundo, sin zonas grises, una realidad simplificada en una parte buena y en otra mala.
  3. La movilización o la pertenencia a un grupo. La radicalización es un proceso grupal vertebrado en torno a la familia, los compañeros de la escuela, del trabajo o los lugares de culto.

La pregunta que intentan responder los expertos es por qué en contextos sociales similares, con perfiles familiares muy parecidos y con trayectorias vitales condicionadas por entornos de exclusión, unos individuos se radicalizan y otros no.

El psicólogo Fathali Moghaddam ha explicado con su metáfora de la Escalera al terrorismo la índole progresiva de la radicalización. Moghaddam sostiene que los individuos van ascendiendo en un edificio de cinco plantas hasta convertirse en extremistas violentos o terroristas al alcanzar el último piso, una planta a la que solo llegan unos pocos (se acompaña una síntesis de su teoría). Este psicólogo pone el acento en los factores situacionales, un contexto adverso que cataliza el proceso de conversión de los individuos en terroristas. Dos de los ejemplos que él trae a colación son los siguientes:

  • El 60% de la población de los países árabes es menor de 25 años y la competencia para encontrar trabajo es durísima -la población ocupada representa menos del 45%-.
  • Los millones de musulmanes de Europa Occidental también soportan una competencia feroz para acceder a las oportunidades que existen en los ámbitos de la educación y el trabajo y así escalar socialmente.

No obstante, la inmensa mayoría de los individuos susceptibles de radicalización se quedan en la planta baja o en la primera planta y no se pueden considerar terroristas. Como indica Moghaddam hay colaboradores comprometidos -técnicos que proporcionan know how,  informadores que aportan información- que se quedan en plantas intermedias. Según él, sin perjuicio de la gravedad de las actuaciones de estos últimos, esta distinción entre colaboradores y autores materiales no es baladí y debería tener un reflejo no solamente a nivel penal sino también en las políticas de prevención y en las políticas antiterroristas.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) también insiste en la naturaleza progresiva de la radicalización y parece ir más allá cuando sostiene que la radicalización no es necesariamente el problema: en realidad el problema emerge cuando los extremistas comienzan a utilizar el miedo y la violencia como canales de expresión. Me parece como mínimo llamativo este principio, que recuerda el enfoque de “Prevent”, un programa muy polémico de lucha contra la radicalización del gobierno británico a través del cual se financiaron muchos grupos salafistas (citado en la conferencia de Neumann).

La mayoría de la doctrina incide en la frustración de estos individuos con su realidad como factor causal. Salvando las diferencias innegables entre Europa Occidental y los países de origen, la existencia de bolsas de personas frustradas e inquietas acerca las dos orillas del Mediterráneo. El problema es esencialmente el mismo. El Islamólogo francés Oliver Roy abunda en esta idea de la desesperanza, de la ruptura profunda con la sociedad. Y defiende que asistimos a una “islamización de la radicalización de los jóvenes”: no son islamistas radicales sino jóvenes radicales que se hacen islamistas.

Merece la pena reproducir alguno de los párrafos de una entrevista que concedió a La Vanguardia en 2015:

¿Qué quiere decir con que no asistimos una radicalización del islam en sí mismo sino, más bien, a una islamización de la radicalización de los jóvenes?

La mayor parte de los jóvenes que se radicalizan hacia la yihad y el terrorismo no tiene previamente un recorrido religioso importante. Al contrario, casi todos tienen un pasado no religioso. A veces hay un pasaje por la delincuencia, pero, en general, llevan las vidas típicas de los jóvenes europeos: beben alcohol, salen con chicas, fuman hachís, no van a la mezquita, no rezan… No son para nada barbudos. Esto es todavía más cierto en los conversos, que por definición no vienen de un ambiente musulmán en el que pueda haber un proceso de radicalización religiosa. Lo que fascina a estos jóvenes es el radicalismo en sí.

El radicalismo de los jóvenes les coloca en contra de sus padres, a los que consideran unos perdedores, según apunta Oliver Roy. Se trata también de una revuelta generacional.

Oliver Roy añade que aunque el Islam no es su punto de partida sí tiene un papel relevante.

Por supuesto, no hay que olvidar ese segundo punto, la dimensión espiritual. En el salafismo encuentran el gran relato en que inscribir su rebelión personal. No lo eligen por azar. La primera razón es que, hoy en día, el terrorismo islámico acapara las portadas. La segunda es que el salafismo es la religión de la tabula rasa, de la ruptura total con el pasado, la reconstrucción del individuo a través de unas normas estrictas. Esto les convierte en maestros de la verdad. Contestan a sus padres que tengan razón. Para ellos son unos perdedores, no un modelo. Ahora son ellos los que llaman al orden a sus padres y les piden que se conviertan al verdadero islam. Dan la vuelta a la relación padre hijo. Esa es la ruptura generacional a la que me refiero. Además, el salafismo les atrae porque está construido sobre el relato de la yihad, de los primeros tiempos del profeta, la gloria, la salvación… No les atrae el repertorio religioso del islam sino el del salafismo. Porque son todos salafistas. Pocos lo son antes de pasar al radicalismo, pero una vez que se radicalizan, todos son salafistas.

En este sentido también se manifiesta Mark Juergensmeyer, de la Universidad de California, que sostiene que aunque la religión no es el problema sí puede resultar problemática. Mogghadam elabora esta idea como sigue: cuando las religiones se transforman en ideologías y van más allá de la esfera espiritual se convierten en dogmas rígidos y poderosos que no admiten compromiso porque son la voluntad de Dios. Pero no se trata solo del peligro que supone esto asimilación para la legitimación de la violencia más allá de los cauces legal-racionales que sustentan las democracias liberales; la diferencia entre una ideología y una religión es que la segunda promete la salvación, una recompensa divina que puede facilitar la inmolación.

Por tanto, la frustración, la percepción de una injusticia no son suficientes para explicar la radicalización de los individuos. Defender lo contrario es una simplificación.  Si fuera suficiente tendríamos millones de individuos radicalizados e integrantes de células terroristas en Europa y en el Norte de África y Oriente Medio, y no es el caso -los terroristas representan una minoría de los 21 millones de personas que profesan la religión de Mahoma residentes en Europa y de los 1600 millones de musulmanes en el mundo. El proceso de radicalización implica algo más como apuntaba Neumann.

Un estudio reciente de Fernando Reinares y Carlota García-Calvo sobre los factores que explican la radicalización yihadista en España, basado en un estudio cuantitativo sobre 178 individuos detenidos en España entre 2013 y 2016 por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista, indica que el 86,9% se radicalizó en compañía de otros. Un fenómeno grupal.

Reinares y García-Calvo hilan fino a la hora de discernir por qué unos individuos se radicalizan y otros no, y singularizan dos factores cruciales para entender la radicalización: por una parte, el contacto cara a cara o también online con algún agente de radicalización, por ejemplo, un combatiente terrorista extranjero o una  figura religiosa.

Por otra parte, los procesos de radicalización están asociados a la existencia de vínculos sociales previos con otros individuos implicados en actividades de terrorismo yihadista, principalmente lazos de vecindad, amistad o parentesco. En cuanto a este último, Reinares y García-Calvo singularizan a los hermanos.

Por último, Reinares y García-Calvo indican una caracterización sociodemográfica de los 178 detenidos que sintetizo a continuación:

  • La gran mayoría son varones,
  • Tres cuartas partes de ellos de entre 18 y 38 años en el momento de su detención,
  • Más frecuentemente casados que solteros;
  • En proporciones muy similares, sobre todo de nacionalidad marroquí y española.
  • Alrededor de la mitad son segundas generaciones descendientes de inmigrantes procedentes de países mayoritariamente musulmanes y, en un porcentaje algo menor, se trata de inmigrantes de primera generación con ese mismo origen.
  • Uno de cada 10 de los detenidos es converso.
  • Quienes han cursado estudios de educación secundaria triplican a los que, sin embargo, no pasaron de una escolarización primaria.
  • Trabajan principalmente en el sector servicios o como obreros no especializados, están desempleados o carecen de ocupación conocida, lo que a menudo significa que combinan actividades yihadistas y pequeña criminalidad.
  • Al menos una cuarta parte contaba con antecedentes penales por delitos de delincuencia común.
  • Su radicalización yihadista se inició a partir de 2011 o 2012 en la mayor parte de los casos.
  • La edad media al comienzo del proceso de radicalización fue de 25,9 años en el caso de los hombres y de 20,7 años en el de las mujeres.
  • La radicalización yihadista de los detenidos objeto de ese estudio ha tendido a concentrarse –a la manera de clusterspockets o hubs, a los que nos referimos como bolsas– en cuatro demarcaciones administrativas: por este orden, la provincia de Barcelona (23,2%), la ciudad autónoma de Ceuta (22,2%), Madrid con su área metropolitana (19,2%) y, finalmente, el otro enclave español rodeado por territorio marroquí, Melilla (12,1%).

De la exposición anterior sobre las teorías de la radicalización me quedo con las siguientes características: se trata de un proceso, requiere el transcurso de un tiempo -no es algo inmediato-, un proceso complejo en el que no existe un patrón único pero sí una serie de factores causales comunes de naturaleza doble:

  • individual y psicológica (percepción de una injusticia, frustración con una situación precaria), y
  • socialización (una oferta de una versión rigorista de la religión, especialmente a través de los llamados agentes de radicalización, y el grupo con el que interaccionan, los vínculos sociales previos, las relaciones de amistad, el lugar de culto o la familia).

Espero que esta exposición sirva para responder alguna de las preguntas que nos hacemos cada vez que sufrimos un atentado terrorista, especialmente tan cercano como el ocurrido hace justamente una semana en Barcelona, aunque yo, después de recuperar y volver a leer materiales, me quedo con muchas preguntas de las que lanzo tres:

  • Si como dice uno de los expertos más reputados en terrorismo, Fernando Reinares,  integración social y radicalización yihadista son compatibles ¿debemos darle una vuelta a la integración como política destinada a mejorar la convivencia entre autóctonos e inmigrantes?
  •  ¿La radicalización solamente se convierte en un problema cuando los extremistas utilizan la violencia y el miedo como sugiere el PNUD? ¿Hasta qué punto son compatibles el salafismo y las democracias liberales, y hasta dónde puede llegar aquel en nombre de la libertad religiosa, un pilar de nuestros sistemas políticos?
  • La islamización de la radicalización de los jóvenes, que apunta Oliver Roy, ¿comparte raíces con la violencia y matanzas perpetradas por individuos, muchos de ellos jóvenes, en escuelas de EE.UU? Las matanzas allí también son indiscriminadas.  ¿Por qué afecta más a las sociedades europeas?

@lamiradaaoriente