La crisis de entreguerras de la democracia europea oriental

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A pesar del aparente triunfo de la democracia por el desenlace de la Gran Guerra, en los años veinte y comienzo de los treinta sufrió un serio retroceso en muchos países europeos, estableciéndose sistemas autoritarios, dictatoriales o totalitarios, fruto de la combinación de las crisis económicas y sociales postbélicas y del Crack 1929, que incidieron sobre Estados con estructuras e instituciones políticas no muy estables o consolidadas, junto con el miedo de la  burguesía a que cundiera el ejemplo revolucionario ruso. La opción autoritaria y/o totalitaria se convirtió en una tentación a la que no pudieron resistirse las clases medias. En este trabajo estudiamos la situación en la Europa central y oriental, aunque también se establecieran regímenes dictatoriales y totalitarios en la Europa meridional: Italia, España y Portugal, resaltando, como es bien sabido, que el segundo de los países mencionados superó la dictadura para implantar una de las democracias más avanzadas de la época, aunque ahogada en sangre a partir de 1936.

En Polonia, la guerra con Rusia tendría evidentes consecuencias, entre ellas que el mariscal Józef Pilsudski, héroe nacional, adquiriese un papel preponderante en la vida política. La nueva Constitución no consiguió estabilizar la estructura parlamentaria polaca. La crisis financiera de 1925-1926 afectó claramente a la labor gubernamental. Pilsudski se presentó como el salvador de Polonia. La “marcha sobre Varsovia” le permitió tomar el poder en 1926. Hasta 1935 ejerció una verdadera dictadura. La revisión constitucional de ese año posibilitó un giro aún más autoritario al régimen político polaco, ya que se potenció la figura del presidente de la República, que no era controlada ni debía responder a institución alguna.

Más al sur, en Hungría la situación de la posguerra era explosiva. Antes de abdicar y dejar de pertenecer a la monarquía dual del Imperio austro-húngaro, el rey Carlos entregó el poder al conde Karolyi, que fue proclamado presidente de la República, pero no duraría mucho en el poder. Hungría entró en una verdadera revolución. Se estableció un gobierno de los soviets con Bela Kun como hombre fuerte, pero las fuerzas contrarrevolucionarias acabaron con la experiencia comunista para establecer un régimen monárquico en 1920, aunque nunca hubo un monarca al frente del país, ya que Horthy, como regente, ocuparía la máxima magistratura. Se restableció el orden y se impuso la represión, el “terror blanco”.

La vecina Yugoslavia vivió importantes tensiones nacionalistas. En el mes de junio de 1921 se proclamó la denominada Constitución del Reino de los serbios, croatas y eslovenos, pero esta unión era más ficticia que real, dada disparidad entre estos pueblos, sus características, lenguas y religiones, además de la existencia de otras minorías que complicaban aún más la situación. Los serbios y los croatas estaban claramente enfrentados y el regente Alejandro tuvo que empeñarse en estabilizar el sistema a través de la creación de una monarquía constitucional que permitía al rey tener amplios poderes, como en las monarquías del siglo XIX. Pero la Constitución se suspendió en 1929, instaurándose una dictadura personal. Alejandro fue asesinado en 1934 en un viaje a Francia. El regente Pablo promulgó una nueva Constitución algo más plural.

En Rumanía el rey Carol I estableció un régimen dictatorial tras un golpe de Estado en 1930. Bulgaria desembocó en otro régimen parecido tras otro golpe en el año 1932.

En Austria sobrevivió la democracia hasta 1933 cuando el canciller Dollfuss implantó un régimen personal. Aprobó una Constitución filofascista, pero se enfrentó a los deseos de Hitler sobre el país, lo que le llevará a la muerte al ser asesinado por los nazis austriacos. La Constitución no llegó a entrar en vigor. Su sucesor sería Schuschinigg.

Por fin, Grecia también caerá en la deriva autoritaria. Venizelos ejerció el poder de forma dictatorial, aunque se respetase la institución parlamentaria. El retorno al trono de Jorge II en 1933 no significó una transición hacia una democracia, ya que a partir de entonces sería el general Metaxas quien desde el gobierno ejercería el poder autoritario.

Entre este mar de regímenes dictatoriales sobrevivirá un oasis democrático en Checoslovaquia, gracias a una mayor solidez de las instituciones democráticas, a una mayor cultura política tolerante y a la figura de Masayrk, sin negar los grandes problemas a los que tendría que hacer frente el país cuando Alemania decidiera intervenir en la zona.

Eduardo Montagut.- Doctor en Historia

 

Los refugiados: ayer y hoy

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Los Estados no consiguen o no desean acabar con la existencia de los refugiados. Los conflictos de todo tipo que saltan en cualquier lugar, siguen generando refugiados, miles, decenas de miles de refugiados. En este trabajo pretendemos realizar algunas reflexiones sobre estas personas que huyen de la persecución, del hambre, de las guerras, del horror, incidiendo en la prevalencia en el tiempo de este terrible fenómeno de sufrimiento humano.

Un refugiado es la persona que, a causa de una guerra, conflicto, revolución, golpe de estado o persecución se ve obligada a huir de su país e intentar trasladarse a otro. Un refugiado vive en la inseguridad jurídica porque no tiene la protección de su país de origen y, al carecer de la nacionalidad de su país de acogida, solamente posee un estatuto legal distinto al de la población autóctona.

En el siglo XX, las dos grandes guerras mundiales, especialmente la segunda, junto con otros conflictos más locales, pero no menos intensos, generaron millones de refugiados. El siglo XXI no ha comenzado mucho mejor.

En el período de entreguerras la Sociedad de Naciones abordó la cuestión creando en 1921 la Oficina Nansen, atendiendo con prioridad a los refugiados rusos que huían de la Revolución y la Guerra Civil y a los armenios. En este sentido, se creó el denominado Pasaporte Nansen, un documento o cédula personal, debidos al explorador y diplomático noruego Fridjof Nansen en 1922, y que permitía trasladarse al refugiado. Pero este período de gran inestabilidad política, salpicado de durísimos enfrentamientos, como el de la guerra civil española, trajo nuevos y más refugiados. El triunfo del totalitarismo fascista provocó otro aluvión de personas que intentaban escapar. En 1938 se fundó la Organización Internacional para los Refugiados, un hecho capital en la historia porque generó la creación de la figura jurídica del refugiado, que pretendía acabar o mitigar la indefensión legal de la persona que tenía que huir para salvar la vida. Era el primer paso para crear un estatuto.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial y crearse la ONU la cuestión de los refugiados se hizo prioritaria porque se calcula que había que atender a unos sesenta millones de refugiados. Hasta 1951 no se pudo reorganizar esta situación de forma global con la creación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Este organismo se cuida de la protección, asentamiento, repatriación voluntaria, y todo lo relacionado con el refugiado.

La figura del refugiado ha adquirido nuevas dimensiones desde mediados del pasado siglo porque también ha terminado por aceptarse bajo esta condición a quienes huyen de catástrofes naturales de todo tipo, como las sequías, por ejemplo.

La dimensión de la cuestión de los refugiados, que no mengua con el tiempo, crea nuevos problemas a los países de acogida. Parte de las poblaciones huéspedes generan rechazo ante los refugiados y más en tiempos de crisis porque consideran que compiten por recursos escasos, como el trabajo o los servicios. Pero también es cierto que provocan efectos positivos relacionados con el crecimiento económico y hasta en la demografía. En los países de acogida se generan intensos debates y hasta conflictos entre los defensores de la solidaridad, apelando a los sentimientos de empatía, y los sectores contarios a la llegada de alto número de personas que huyen, jaleados, por su parte por el auge de los sentimientos xenófobos y de extrema derecha, parecidos a los que se suscitan con la inmigración extranjera. El terrorismo actual alimenta estos miedos con un discurso harto manipulador, no sustentado nunca en hechos reales relevantes.

Eduardo Montagut.-Doctor en Historia.

La discriminación positiva en los Estados Unidos: historia y comentarios

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La discriminación positiva, conocida en los Estados Unidos como “affirmative action”, se refiere a un programa federal que se puso en marcha con la Administración demócrata del presidente Johnson, uno de los presidentes más comprometidos con las políticas sociales de la historia norteamericana y los derechos civiles, aspectos que han quedado eclipsado por la Guerra de Vietnam. Comenzó en el año 1968. El objetivo de esta política consistía en reducir las desigualdades sociales en el país. Se instaba a las instituciones públicas federales y a los contratistas del Gobierno federal a tener una especial consideración con las minorías étnicas en el momento de las contrataciones laborales. Este plan terminaría extendiéndose a las mujeres a comienzos de la década de los años setenta. La discriminación positiva nacía en el contexto de una década de intensas luchas por los derechos civiles.

Pero esta política suscitó en diversos sectores políticos y sociales norteamericanos una clara oposición. En el año 1978, el Tribunal Supremo emitió un veredicto a propósito del Caso Bakke. Por un lado, esta alta institución que vela por el cumplimiento de la Constitución norteamericana, confirmó que la “affirmative action” era constitucional, pero el empleo de cuotas para favorecer a las minorías violaba la decimocuarta enmienda de la Constitución, relativa a la igualdad. Por lo tanto, era una sentencia un tanto ambigua, que podía interpretarse en un sentido u otro.

La polémica continuó. Al año siguiente se dio otra sentencia relativa a este asunto. El Tribunal Supremo, en un caso de la Unión de Trabajadores Americanos del Acero contra Weber, dictaminó que dar preferencia a los negros en los programas de formación no perjudicaba la promoción profesional de los blancos. En este caso parecía clara que la sentencia era favorable a la discriminación positiva. Las dos sentencias confirmaban la complejidad del asunto y cómo había argumentos constitucionales y legales a favor de una postura o de la otra.

En las dos últimas décadas del pasado siglo aumentó la opinión contraria a la discriminación positiva al interpretar que vulneraba la igualdad, frente a los que consideraban que esta política favorecía, precisamente, la igualdad al apoyar a quienes no partían de las mismas condiciones. Dado el cariz conservador de la época, el Tribunal Supremo fue emitiendo una serie de sentencias que fueron limitando la aplicación y extensión de esta política.

Las políticas de discriminación positiva también son discutidas desde otro punto de vista, porque aunque sean calificadas de positivas no evita que siga presente el concepto de discriminación y su significación negativa. Así pues, hay sociólogos que cuestionan la discriminación positiva por lo que exponemos, porque mantiene en la sociedad la idea de la discriminación.

Eduardo Montagut, Doctor en Historia

¿Por qué matan? Sobre el proceso de radicalización

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Si bien los procesos de radicalización yihadista constituyen un asunto en los márgenes de este Blog, todos estamos conmocionados por el atentado de Barcelona que sesgó las vidas de 15 personas el pasado jueves 17 de agosto y a muchos de nosotros nos asalta una pregunta: ¿qué les ha ocurrido a este grupo de jóvenes para matar de forma indiscriminada y querer incluso cometer una salvajada mayor? La respuesta que trasladan instituciones, medios de comunicación, think-tank y líderes de opinión es que estos jóvenes se han radicalizado.

En las próximas líneas recogeré una serie de teorías que aportan algo de luz sobre este fenómeno. Dos advertencias previas, el fenómeno de la radicalización es complejo y exige huir de los clichés y de las simplificaciones. Y una crítica al enfoque que asumo en este artículo: la mayor parte de los modelos abundan en los factores explicativos de la radicalización; no obstante, la inmensa mayoría de los individuos pertenecientes a las colectividades afectadas no están radicalizados – en Europa viven más de 20 millones de  musulmanes.  Algunos autores sostienen que quizás convendría poner el acento en el otro lado de la moneda y preguntarse por qué muchísimos jóvenes musulmanes no han sido seducidos por la retórica de la radicalización.

Cuando hablamos de radicalización nos referimos a una senda que una persona recorre para convertirse en un extremista. Por su parte, la radicalización yihadista se define, siguiendo a  Fernando Reinares y Carola García-Calvo del Real Instituto Elcano, como un proceso a través del cual un individuo adopta actitudes y creencias que justifican el terrorismo inspirado en una versión salafista y a la vez belicosa del credo islámico.

A la hora de explicar qué razones llevan a los individuos a adoptar esas creencias y actitudes, Bruce Hoffman, director del curso online Terrorismo y Contraterrorismo de la Universidad de Georgetown, advierte que no existe un perfil único del terrorista o un camino exclusivo hacia la radicalización. Los motivos que alientan a cada terrorista son personales y únicos. Algunas personas muy radicalizadas son a su vez muy devotas pero también hay conversos que intentan demostrar al resto de la comunidad, mediante la comisión de atentados, el compromiso adquirido con su nueva fe. Una buena parte viven en barrios marginales, muchos tienen antecedentes por tráfico de estupefacientes, pero también nos encontramos con individuos integrados en sus comunidades, como afirmaba en su cuenta de twitter Fernando Reinares hace unos días, e incluso algunos proceden de familias acomodas y de clase media alta. En 2002 Daniel Pearl, un periodista del Wall Street Journal, fue convocado a una entrevista por un terrorista de Al-qaeda y posteriormente secuestrado y decapitado; el terrorista en cuestión había sido educado en la London School of Economics (graduado en matemáticas puras y física) y pertenecía a una familia de clase media alta de Londres (citado por Hoffman).

Peter Neumann, Director del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización en el King’s College de Londres concurre con Hoffman  en la ausencia de un un patrón único pero sugiere tres ingredientes comunes a las principales teorías sobre los procesos de radicalización:

  1. El descontento, la frustración, los agravios, la percepción de una injusticia, que motivan las crisis personales y constituyen el caldo de cultivo para la recepción de nuevas ideas.
  2. Unas creencias o ideología que dan sentido a esos agravios y los canalizan hacia una dirección u otra. Donde nosotros vemos fanáticos, locos o criminales, los terroristas piensan estar librando una “guerra justa” que legitima su recurso a la violencia, a pesar de las víctimas colaterales. Se han convertido en extremistas con una visión maniquea del mundo, sin zonas grises, una realidad simplificada en una parte buena y en otra mala.
  3. La movilización o la pertenencia a un grupo. La radicalización es un proceso grupal vertebrado en torno a la familia, los compañeros de la escuela, del trabajo o los lugares de culto.

La pregunta que intentan responder los expertos es por qué en contextos sociales similares, con perfiles familiares muy parecidos y con trayectorias vitales condicionadas por entornos de exclusión, unos individuos se radicalizan y otros no.

El psicólogo Fathali Moghaddam ha explicado con su metáfora de la Escalera al terrorismo la índole progresiva de la radicalización. Moghaddam sostiene que los individuos van ascendiendo en un edificio de cinco plantas hasta convertirse en extremistas violentos o terroristas al alcanzar el último piso, una planta a la que solo llegan unos pocos (se acompaña una síntesis de su teoría). Este psicólogo pone el acento en los factores situacionales, un contexto adverso que cataliza el proceso de conversión de los individuos en terroristas. Dos de los ejemplos que él trae a colación son los siguientes:

  • El 60% de la población de los países árabes es menor de 25 años y la competencia para encontrar trabajo es durísima -la población ocupada representa menos del 45%-.
  • Los millones de musulmanes de Europa Occidental también soportan una competencia feroz para acceder a las oportunidades que existen en los ámbitos de la educación y el trabajo y así escalar socialmente.

No obstante, la inmensa mayoría de los individuos susceptibles de radicalización se quedan en la planta baja o en la primera planta y no se pueden considerar terroristas. Como indica Moghaddam hay colaboradores comprometidos -técnicos que proporcionan know how,  informadores que aportan información- que se quedan en plantas intermedias. Según él, sin perjuicio de la gravedad de las actuaciones de estos últimos, esta distinción entre colaboradores y autores materiales no es baladí y debería tener un reflejo no solamente a nivel penal sino también en las políticas de prevención y en las políticas antiterroristas.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) también insiste en la naturaleza progresiva de la radicalización y parece ir más allá cuando sostiene que la radicalización no es necesariamente el problema: en realidad el problema emerge cuando los extremistas comienzan a utilizar el miedo y la violencia como canales de expresión. Me parece como mínimo llamativo este principio, que recuerda el enfoque de “Prevent”, un programa muy polémico de lucha contra la radicalización del gobierno británico a través del cual se financiaron muchos grupos salafistas (citado en la conferencia de Neumann).

La mayoría de la doctrina incide en la frustración de estos individuos con su realidad como factor causal. Salvando las diferencias innegables entre Europa Occidental y los países de origen, la existencia de bolsas de personas frustradas e inquietas acerca las dos orillas del Mediterráneo. El problema es esencialmente el mismo. El Islamólogo francés Oliver Roy abunda en esta idea de la desesperanza, de la ruptura profunda con la sociedad. Y defiende que asistimos a una “islamización de la radicalización de los jóvenes”: no son islamistas radicales sino jóvenes radicales que se hacen islamistas.

Merece la pena reproducir alguno de los párrafos de una entrevista que concedió a La Vanguardia en 2015:

¿Qué quiere decir con que no asistimos una radicalización del islam en sí mismo sino, más bien, a una islamización de la radicalización de los jóvenes?

La mayor parte de los jóvenes que se radicalizan hacia la yihad y el terrorismo no tiene previamente un recorrido religioso importante. Al contrario, casi todos tienen un pasado no religioso. A veces hay un pasaje por la delincuencia, pero, en general, llevan las vidas típicas de los jóvenes europeos: beben alcohol, salen con chicas, fuman hachís, no van a la mezquita, no rezan… No son para nada barbudos. Esto es todavía más cierto en los conversos, que por definición no vienen de un ambiente musulmán en el que pueda haber un proceso de radicalización religiosa. Lo que fascina a estos jóvenes es el radicalismo en sí.

El radicalismo de los jóvenes les coloca en contra de sus padres, a los que consideran unos perdedores, según apunta Oliver Roy. Se trata también de una revuelta generacional.

Oliver Roy añade que aunque el Islam no es su punto de partida sí tiene un papel relevante.

Por supuesto, no hay que olvidar ese segundo punto, la dimensión espiritual. En el salafismo encuentran el gran relato en que inscribir su rebelión personal. No lo eligen por azar. La primera razón es que, hoy en día, el terrorismo islámico acapara las portadas. La segunda es que el salafismo es la religión de la tabula rasa, de la ruptura total con el pasado, la reconstrucción del individuo a través de unas normas estrictas. Esto les convierte en maestros de la verdad. Contestan a sus padres que tengan razón. Para ellos son unos perdedores, no un modelo. Ahora son ellos los que llaman al orden a sus padres y les piden que se conviertan al verdadero islam. Dan la vuelta a la relación padre hijo. Esa es la ruptura generacional a la que me refiero. Además, el salafismo les atrae porque está construido sobre el relato de la yihad, de los primeros tiempos del profeta, la gloria, la salvación… No les atrae el repertorio religioso del islam sino el del salafismo. Porque son todos salafistas. Pocos lo son antes de pasar al radicalismo, pero una vez que se radicalizan, todos son salafistas.

En este sentido también se manifiesta Mark Juergensmeyer, de la Universidad de California, que sostiene que aunque la religión no es el problema sí puede resultar problemática. Mogghadam elabora esta idea como sigue: cuando las religiones se transforman en ideologías y van más allá de la esfera espiritual se convierten en dogmas rígidos y poderosos que no admiten compromiso porque son la voluntad de Dios. Pero no se trata solo del peligro que supone esto asimilación para la legitimación de la violencia más allá de los cauces legal-racionales que sustentan las democracias liberales; la diferencia entre una ideología y una religión es que la segunda promete la salvación, una recompensa divina que puede facilitar la inmolación.

Por tanto, la frustración, la percepción de una injusticia no son suficientes para explicar la radicalización de los individuos. Defender lo contrario es una simplificación.  Si fuera suficiente tendríamos millones de individuos radicalizados e integrantes de células terroristas en Europa y en el Norte de África y Oriente Medio, y no es el caso -los terroristas representan una minoría de los 21 millones de personas que profesan la religión de Mahoma residentes en Europa y de los 1600 millones de musulmanes en el mundo. El proceso de radicalización implica algo más como apuntaba Neumann.

Un estudio reciente de Fernando Reinares y Carlota García-Calvo sobre los factores que explican la radicalización yihadista en España, basado en un estudio cuantitativo sobre 178 individuos detenidos en España entre 2013 y 2016 por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista, indica que el 86,9% se radicalizó en compañía de otros. Un fenómeno grupal.

Reinares y García-Calvo hilan fino a la hora de discernir por qué unos individuos se radicalizan y otros no, y singularizan dos factores cruciales para entender la radicalización: por una parte, el contacto cara a cara o también online con algún agente de radicalización, por ejemplo, un combatiente terrorista extranjero o una  figura religiosa.

Por otra parte, los procesos de radicalización están asociados a la existencia de vínculos sociales previos con otros individuos implicados en actividades de terrorismo yihadista, principalmente lazos de vecindad, amistad o parentesco. En cuanto a este último, Reinares y García-Calvo singularizan a los hermanos.

Por último, Reinares y García-Calvo indican una caracterización sociodemográfica de los 178 detenidos que sintetizo a continuación:

  • La gran mayoría son varones,
  • Tres cuartas partes de ellos de entre 18 y 38 años en el momento de su detención,
  • Más frecuentemente casados que solteros;
  • En proporciones muy similares, sobre todo de nacionalidad marroquí y española.
  • Alrededor de la mitad son segundas generaciones descendientes de inmigrantes procedentes de países mayoritariamente musulmanes y, en un porcentaje algo menor, se trata de inmigrantes de primera generación con ese mismo origen.
  • Uno de cada 10 de los detenidos es converso.
  • Quienes han cursado estudios de educación secundaria triplican a los que, sin embargo, no pasaron de una escolarización primaria.
  • Trabajan principalmente en el sector servicios o como obreros no especializados, están desempleados o carecen de ocupación conocida, lo que a menudo significa que combinan actividades yihadistas y pequeña criminalidad.
  • Al menos una cuarta parte contaba con antecedentes penales por delitos de delincuencia común.
  • Su radicalización yihadista se inició a partir de 2011 o 2012 en la mayor parte de los casos.
  • La edad media al comienzo del proceso de radicalización fue de 25,9 años en el caso de los hombres y de 20,7 años en el de las mujeres.
  • La radicalización yihadista de los detenidos objeto de ese estudio ha tendido a concentrarse –a la manera de clusterspockets o hubs, a los que nos referimos como bolsas– en cuatro demarcaciones administrativas: por este orden, la provincia de Barcelona (23,2%), la ciudad autónoma de Ceuta (22,2%), Madrid con su área metropolitana (19,2%) y, finalmente, el otro enclave español rodeado por territorio marroquí, Melilla (12,1%).

De la exposición anterior sobre las teorías de la radicalización me quedo con las siguientes características: se trata de un proceso, requiere el transcurso de un tiempo -no es algo inmediato-, un proceso complejo en el que no existe un patrón único pero sí una serie de factores causales comunes de naturaleza doble:

  • individual y psicológica (percepción de una injusticia, frustración con una situación precaria), y
  • socialización (una oferta de una versión rigorista de la religión, especialmente a través de los llamados agentes de radicalización, y el grupo con el que interaccionan, los vínculos sociales previos, las relaciones de amistad, el lugar de culto o la familia).

Espero que esta exposición sirva para responder alguna de las preguntas que nos hacemos cada vez que sufrimos un atentado terrorista, especialmente tan cercano como el ocurrido hace justamente una semana en Barcelona, aunque yo, después de recuperar y volver a leer materiales, me quedo con muchas preguntas de las que lanzo tres:

  • Si como dice uno de los expertos más reputados en terrorismo, Fernando Reinares,  integración social y radicalización yihadista son compatibles ¿debemos darle una vuelta a la integración como política destinada a mejorar la convivencia entre autóctonos e inmigrantes?
  •  ¿La radicalización solamente se convierte en un problema cuando los extremistas utilizan la violencia y el miedo como sugiere el PNUD? ¿Hasta qué punto son compatibles el salafismo y las democracias liberales, y hasta dónde puede llegar aquel en nombre de la libertad religiosa, un pilar de nuestros sistemas políticos?
  • La islamización de la radicalización de los jóvenes, que apunta Oliver Roy, ¿comparte raíces con la violencia y matanzas perpetradas por individuos, muchos de ellos jóvenes, en escuelas de EE.UU? Las matanzas allí también son indiscriminadas.  ¿Por qué afecta más a las sociedades europeas?

@lamiradaaoriente

 

Clinton vs Trump: política exterior y seguridad nacional en el primer debate presidencial

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El presidente de EE.UU que salga de las elecciones del próximo 8 de noviembre tendrá que lidiar con un contexto internacional complejo y resbaladizo. Un Oriente Medio en transformación e inmerso en una Guerra de los Treinta Años (Haass), una Europa que atraviesa una crisis profunda y se revela incapaz de contener la oleada terrorista, dos “patios traseros” que invitan a una Rusia envalentonada a intervenir mediante acciones que recuerdan cada vez más a la Guerra Fría, y una China que está mostrando músculo militar en el Sudeste Asiático.

Los candidatos presidenciales, Donald Trump (Partido Republicano) y Hilary Clinton (Partido Demócrata), acudieron a su primer debate presidencial el 26 de septiembre de 2016 y tuvieron ocasión de dedicar unos minutos a política exterior y seguridad nacional.

Donald Trump se presentó como el candidato que va a impedir que el mundo siga robando a EE.UU, que pierde miles de empleos que terminan en México. Denunció los acuerdos comerciales que tanto daño han hecho a las empresas y al empleo en EE.UU, por ejemplo, el NAFTA negociado por el presidente Bill Clinton. Acusó a China de manipular su moneda para inundar EE.UU de productos baratos. Sus inclinaciones aislacionistas salieron a la superficie cuando indicó que no quiere que EE.UU sea el policía del mundo: “No podemos proteger a todos los países del mundo” espetó Trump a Clinton.

Por su parte, Hilary Clinton defendió los beneficios económicos que ha reportado el libre comercio para EE.UU y reivindicó el valor de los compromisos adquiridos por Washington con sus aliados. Pretendía mandar un mensaje de tranquilidad a los socios tradicionales de EE.UU en Europa, Oriente Medio y Asia.

La candidata demócrata señaló que los ataques cibernéticos contra empresas, partidos políticos y administraciones de EE.UU representan una amenaza in crescendo para la seguridad nacional y denunció que sus principales artífices son Rusia y grupos independientes de hackers. Donald Trump cuestionó los indicios que vinculan a Rusia con los ciberataques. En el pasado Donald Trump se ha mostrado conciliador con Rusia, incluso ha llegado a proponer una alianza con el presidente Vladimir Putin para rebajar tensiones en Siria y en el resto del mundo. De hecho, Trump es favorable a dar rienda suelta a una mayor implicación de Moscú en la estabilización de Oriente Medio al considerarla mejor posicionada para influir en los actores principales de la región.

Clinton, por su parte, que ya intentó en 2009 recomponer las relaciones con Moscú y  ha llamado “bully” (matón) a Putin,  señaló  en el debate que urge hacer frente a sus amenazas. En otros foros ha señalado tres vías para contener a Rusia: más sanciones, el reforzamiento del escudo antimisiles en Europa del Este y librar a Europa de su dependencia energética de Rusia.

En relación con la Alianza Atlántica, Donald Trump insistió en reclamar a los países europeos una compensación económica por el paraguas de seguridad que les proporciona Washington. Si no es así EE.UU debería abandonar la alianza. El candidato republicano también ha defendido que la Alianza debe implicarse más en la estabilización de Oriente Medio. Clinton y Trump coincidieron en exigir a la OTAN que dedique más recursos a la guerra contra el terrorismo.

Hilary Clinton señaló dos elementos de su plan para combatir a DAESH, que recibieron el asentimiento del candidato republicano, aunque éste culpó a la administración Obama del caos que sufre Oriente Medio. Por un lado, la intensificación de los bombardeos contra DAESH y el reforzamiento de la alianza con las facciones kurdas y árabes que combaten al Estado Islámico en el terreno. Por otro, la guerra online contra DAESH, un grupo yihadista que ha alcanzado un notable éxito en la utilización de las redes sociales como vehículos de radicalización. Para combatir esta amenaza Clinton pretende cooperar estrechamente con las grandes empresas tecnológicas.

Por su parte Donald Trump ha propuesto en otros foros prohibir la entrada de musulmanes a EE.UU, una medida que Clinton considera no solo inconstitucional sino contraproducente y perjudicial para los relaciones de EE.UU con sus aliados árabes. También ha sugerido la eliminación de familiares de terroristas y una utilización menos restrictiva de la tortura en la guerra contra el terrorismo. La catástrofe siria fue la gran ausente del debate. En este asunto ambos candidatos han defendido una zona de exclusión área en Siria, una medida que chocaría con la estrategia rusa de apoyo al régimen de Bachar al-Asad.

Por último, Trump señaló que el Pacto Nuclear de julio de 2015 entre Irán y las grandes potencias es un mal acuerdo. Los iraníes solamente tienen que esperar diez años y se convertirán en una potencia nuclear. En otras ocasiones Trump ha amenazado con renegociar el acuerdo nuclear con Irán porque permite a los iraníes acceder a 150 billones de euros que serán trascendentales para aumentar su influencia en la región. Clinton fue la madre de la criatura y defendió la oportunidad y la utilidad del acuerdo nuclear con Irán. La candidata demócrata ha prometido compensar a Israel garantizando su superioridad militar en la región.

Hilary Clinton y Donald Trump se verán de nuevo las caras en dos debates presidenciales que tendrán lugar el 9 de octubre en St. Louis y el 19 de octubre en Las Vegas.

José Luis Masegosa / Blog La mirada a Oriente / @lamiradaaoriente

¿Qué hay de nuevo en Libia?

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El 17 de diciembre pasado los representantes de las autoridades de Trípoli y Tobruk, que se han disputado el poder en Libia desde las malogradas elecciones de junio de 2014, firmaron un acuerdo político en la bonita ciudad marroquí de Skhirat, a orillas del Atlántico. También acudieron representantes de los partidos políticos, sociedad civil,  y municipios del país norteafricano. La clave de bóveda del “Acuerdo Político Libio”, negociado con la mediación de Naciones Unidas y refrendado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas mediante la Resolución 2259, se encuentra en la formación de un Gobierno de Unidad Nacional (GUN) negociado por la ONU. Además, prevé un Parlamento bicameral que integre las instituciones legislativas de Trípoli y Tobruk  (1).

El Acuerdo Político Libio pretende poner fin a dos guerras que se libran en paralelo desde hace años. Por un lado, la guerra civil que se inició a raíz de las controvertidas elecciones legislativas de junio de 2014 que perdieron los partidos Islamistas. Estos se aferraron al poder e instauraron un Gobierno de Salvación en Trípoli con la ayuda de las milicias islamistas y de la milicia de Misrata, la tercera ciudad del país. La Cámara de Representantes de Tobruk, surgida de esas elecciones y reconocida por la comunidad internacional, recibió la adhesión de la Coalición “Dignidad” liderada por el general retirado Jalifa Hafter. Esta coalición reúne entre sus filas a una Brigada de Fuerzas Especiales y los restos de las FF.AA. libias. Ha contado con el beneplácito de Egipto y Emiratos Árabes Unidos.

Por otro, la lucha contra DAESH (el acrónimo en árabe del Estado Islámico de Irak y Levante). La fragmentación de la gobernanza libia favoreció la instalación de esta organización yihadista en Derna a finales de 2014 y su avance hacia el centro del país. Las milicias islamistas y la coalición Dignidad han combatido por separado a DAESH  pero no han conseguido frenarlo. La milicia de Misrata, la más poderosa del país según The Military Balance 2016 (página 313), se retiró de Sirte ante el empuje del Califato en agosto de 2015. En la actualidad, DAESH, con más de 5000 efectivos en sus filas en Libia, se extiende 200 kilómetros a lo largo de la costa alrededor de Sirte y controla muchos pozos e instalaciones de petróleo aunque se desconoce si comercia con el petróleo para financiarse como hace en Irak y Siria.

La descomposición interna no es el único catalizador del crecimiento de DAESH en el país sahariano. Jason Pack, investigador de Oriente Medio en la Universidad de Cambridge, asegura que a medida que su Califato en Siria e Irak se ha visto más golpeado por tierra y aire, significándole la pérdida de un 22% del territorio que controlaban, se han visto forzados a un progresivo traslado de sus combatientes a la ciudad libia de Sirte. DAESH demuestra, en definitiva, resiliencia y capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.

Hace dos semanas el primer ministro del Gobierno de Unidad Nacional, Fayez Serraj, llegó a Trípoli acompañado de seis ministros para hacerse cargo de la situación. Para sorpresa de muchos, el Gobierno de Salvación transfirió pacíficamente el poder, una vez que las milicias dejaron de apoyarle.

El primer ministro Serraj se ha rodeado de tecnócratas alejados del primer plano de la política libia de los últimos años. Sus principales valedores en el exterior se encuentran en Naciones Unidas y la UE. Francia, Italia, Alemania y R.U.  han enviado a sus ministros de Asuntos Exteriores para mostrarle su apoyo. Nuestro país ha anunciado una visita del ministro Margallo para la semana próxima: la presencia de DAESH en Libia también amenaza España. Dentro de Libia Serraj ha recibido el aval de las instituciones centrales: el Banco Central que paga los salarios de las Fuerzas Armadas de los dos Gobiernos y de muchas de las milicias, la Empresa Nacional del Petróleo que gestiona la principal fuente de ingresos del país y la Autoridad Libia de Inversiones. No obstante, el primer ministro Serraj carece de capacidades militares de envergadura para imponer su autoridad más allá de la lealtad interesada de algunas milicias.

Menos suerte ha tenido Fayez Serraj con el otro bando del conflicto armado, el Parlamento y el Gobierno de Tobruk, que se ha partido en dos facciones enfrentadas en torno a la adhesión o no al acuerdo político de Skhirat y la aprobación del Gobierno de Unidad Nacional. Un obstáculo principal radica en el futuro político del general Jalifa Hafter, Jefe de las FF.AA. del gobierno de Tobruk, que no tiene demasiados amigos en el gobierno de Serraj pero es muy popular en la Cámara de Representantes.

Una tarea de titanes aguarda al gobierno del primer ministro Serraj. Su supervivencia dependerá de su pericia a la hora de superar los siguientes desafíos:

  1. El refuerzo de la legitimidad del Gobierno de Unidad Nacional requiere que la Cámara de Representantes ratifique el Acuerdo Político Libio, toda vez que solo lo aprobó en principio hace unos meses.Esta semana la facción contraria al acuerdo encabezada por el presidente de la Cámara de Representantes impidió la votación del acuerdo y del Gobierno de Unidad Nacional.  Para conseguir el aval de Tobruk, el primer ministro tendrá que encontrar  un acomodoal General Jalifa Hafter, muy popular entre los parlamentarios. Además, Serraj necesitará ensanchar la base de apoyo de ese acuerdo, en particular, entre los líderes tribales, municipios, jóvenes, y sociedad civil.
  2. La integración de los grupos armados y milicias en el ejército y la policía se encuentra pendiente y resulta necesaria para centralizar el uso legítimo de la violencia en suelo libio. Muchas de las más de 1500 milicias y grupos armados
    actuales adquirieron legitimidad en la lucha contra Gadafi y han asumido desde entonces las tareas de seguridad y orden en el vacío de poder que dejó tras de sí el derrumbamiento del régimen anterior.
  3. La contención de DAESH solamente es posible con un gobierno legítimo con capacidad militar y policial unificada.La batalla contra DAESH dependerá, a su vez, de dos factores externos.
    1. Un Gobierno que goce de legitimidad interna estará en disposición de solicitar ayuda internacional. De hecho, EE.UU., Italia, Francia y R.U. esperan la invitación del primer ministro Serraj para poner en marcha unos planes militares para desplegar una misión de estabilización de 6.000 soldadosy, además, impulsar una campaña más enérgica contra el grupo yihadista en Libia.
    2. Y la resistencia de DAESH en Siria e Irak.Jason Pack (citado más arriba) observa que si Rakka y Mosul siguen siendo hostigadas, Sirte podría convertirse en un centro de mando del “Califato”.
  4. La mejora de la situación socioeconómica, muy  precaria actualmente. La economía se contrajo en 2015 un 10% y la producción de petróleo descendió a su mínimo histórico, 400.000 barriles de petróleo diarios. Solamente prospera un sector, desgraciadamente, el tráfico ilegal de personas hacia las costas de Italia y Grecia en condiciones infrahumanas. Así las cosas, una quinta parte de los libios sufren malnutrición. El Banco Mundial proyecta un crecimiento del 22% y 45% para 2016 y 2017, siempre que la Cámara de Representantes de Tobruk ratifique el Acuerdo Político Libio y se estabilice la situación.

Se antojan muchos condicionantes para un Gobierno de Unidad Nacional que se ha limitado, por el momento, a sustituir al Gobierno de  Salvación de Trípoli, un ejecutivo carente de toda legitimidad internacional desde junio de 2014.  Toda una paradoja que ahora nos encontremos con dos autoridades, ambas dotadas de cierta legitimidad: el Gobierno de Unidad Nacional negociado por la ONU y fruto del Acuerdo Político Libio, y el de la Cámara de Representantes de Tobruk surgida de las elecciones generales de junio de 2014.

Con este choque de legitimidades pendiente de resolver y DAESH sólido en Sirte, la inestabilidad y el caos continuarán en Libia por algún tiempo, favoreciendo las oleadas de inmigrantes ilegales que salen de los puertos libios a tan solo 350 kilómetros de la isla italiana de Lampedusa.

Por último, no olvidemos que las vicisitudes del entorno regional también afectarán el devenir del país sahariano. El Norte de África y Oriente Medio es una región convulsa sacudida en los últimos años por una serie de terremotos políticos y geopolíticos de magnitud siete: la Primavera Árabe, las embestidas del DAESH y el extremismo,  la multiplicación de los Estados fallidos, el desplome de los precios del petróleo, el descuido negligente de los europeos o el creciente desinterés estratégico de EE.UU.

José Luis Masegosa, analista de temas internacionales de Arco Europeo Progresista

/ @joseluismase @lamiradaoriente / Blog: La Mirada a Oriente

 

LOS PELIGROS DE GENERALIZAR

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LOS PELIGROS DE GENERALIZAR: ¿TODOS TERRORISTAS?

Cuando todavía estaba en boca de todos la terrible realidad de los refugiados sirios, mujeres y niños huérfanos de la guerra concentrados  el campos como el de Zaatari, en Jordania, considerado como el segundo campo de refugiados más grande del mundo, donde malviven hacinadas alrededor de 85.000 personas a apenas 12 kilómetros de la frontera con Síria, cuando todavía asombra la trágica muerte de niños, cuando todavía hay países discrepantes sobre permitir la entrada masiva, cuando todavía hay voces racistas y xenófobas de extrema derecha alimentando el sentimiento antiinmigrante, cuando todavía sigue la gente huyendo de la terrible realidad de Siria, sucede la masacre de Paris, masacre brutal e indiscriminada  y a partir de ahí, personas que usan todo tipo de recursos  y que no dudan en tirar de falsedades, convierten en chivos expiatorios a los refugiados sirios aprovechando el miedo y la frustración de la ciudadanía ante el peligro que suponen los terroristas suicidas.

A raíz del ataque no solo en Europa hay  políticos que pidan cerrar el paso a los refugiados sino también políticos estadounidenses atacan el plan de Obama de abrir el paso a 10.000, otros dicen  que la ayuda debería basarse en la religión, cristiana por supuesto, otros han propuesto prohibición de la entrada y algunos incluso tildan la idea de lunática.

Donald Trump no solo ataca el plan de Obama, inflando la cifra de inmigrantes que quiere aceptar, 250.000 en lugar de los 10.000 que se tiene previsto. Y digo yo, ¿Qué más da la cifra? ¿Hablamos de cifras o de personas? y si uno de los terroristas era de siria, ¿vamos a culpar a los otros miles de sirios? Si uno era francés ¿van a expulsar a todos los franceses? O español ¿Qué van a hacer?

No solo eso, Trump dice que el que nadie tenga armas excepto los malos  en su opinión es determinante en el desenlace.

Si todos tuviéramos armas  la situación hubiera sido distinta, dice Trump,  de eso estoy más que segura, pero no ese día, todos los días  ¿alguien se imagina a gente armada en una sala de fiestas un viernes por la noche como algo normal?

Yo no me lo imagino, ni me imagino en la frontera cortándoles el paso a los refugiados

Ni me imagino negándoles el derecho a sobrevivir huyendo de la guerra

Ni me imagino poniendo pegatinas que muestran el dibujo de un cerdo, acompañado de la bandera de España, y con el mensaje de “Refugiados no bienvenidos’’, tal y como ha pasado en una localidad española.

Todo esto no me hace olvidar el drama palestino, el drama de la violencia de género ni todos los dramas humanos que hay, y en todos y cada uno de ellos hay opiniones de desalmados egoístas que no tienen empatía ni son capaces de entender que cualquiera de ellos es un ser humano y no un número entre los cientos de miles que tienen necesidades básicas para sobrevivir y en su país no pueden acceder a ellas.

No voy a analizar los motivos que iniciaron el conflicto en los países árabes, no voy a justificar actuaciones injustificables en nombre de la religión, de la moralidad, de los intereses económicos, ni causas ni soluciones, solo voy a comentar la deleznable actitud de una parte de la ciudadanía que generaliza las actuaciones de unos terroristas, vengan de donde vengan, que en principio, lo hacen por la creencia de estar cumpliendo con un mandato divino o no, respaldados e idolatrados por grupos fanáticos que les animan a actuar sometiéndose totalmente a los objetivos colectivos  y que supera con creces el precio que deben pagar, el suicidio, al menos para ellos.

¿De verdad somos humanos? He oído a alguien decir que si mataran a su hijo en unas circunstancias similares, dedicaría el resto de su vida a matar moros, moros, no miembros de ISIS, moros.

Entiendo la frustración y el deseo de venganza, entiendo el deseo de ver pagar al responsable pero no en contra de los que no son culpables sino también, victimas.

Por favor, luchemos contra el fanatismo en todo su significado,  no contra nosotros.

Aniria García

Directora de Relaciones Socio Políticas de AEP

Conferencia de Delia Blanco: “Refugiados del siglo XXI”

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Arco Europeo Progresista

Se complace en invitaros a la conferencia que impartirá Delia Blanco, Diputada por Madrid en el Congreso y ex Presidenta de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), sobre los “Refugiados del siglo XXI”.

Será en la sede de Arco Hagión a las 18.30 horas (c/ Alfonso Gómez 42, 3ª planta) el próximo viernes 13 de noviembre. Moderará el Presidente de Phoenix Unum.

Por favor, confirmar en arcohagion@gmail.com

Europa y Occidente con los refugiados sirios

TOSHIBA CAMCORDER

La guerra civil siria se cuela de nuevo en las agendas de las cancillerías de Estados Unidos, Rusia y Europa merced al éxodo masivo de refugiados sirios que llegan a Europa después de recorrer miles de kilómetros en condiciones precarias y de riesgo altísimo para sus vidas. Una imagen vale más que mil palabras y la escena del niño Aylan muerto en la orilla turca del Mediterráneo despertó la conciencia de Europa a principios de septiembre.

Así surgieron corrientes de opinión pública favorables a los refugiados, un cuarto poder que presiona desde entonces a los gobiernos occidentales para que hagan algo. Estos han respondido de dos formas: han revisado sus opciones para resolver el origen de la crisis, la guerra civil siria, o/y se han centrado en aliviar sus efectos, el drama de los miles de refugiados que llegan a Europa.

Los gobiernos han reaccionado sin concierto. EEUUs ha reanudado los contactos militares con Rusia para coordinar sus acciones militares contra el Estado Islámico y evitar un choque accidental. Rusia refuerza con soldados, aviones y armamento a su aliado, al régimen sirio. Aviones franceses han iniciado operaciones militares contra el Estado Islámico de Irak y Levante (DAESH) en Siria. Alemania se ha erigido en el campeón de la causa de los refugiados sirios. Y Reino Unido y España se han se han comprometido a aceptar más refugiados.

La guerra civil siria 

Siria ha explotado en mil pedazos en los últimos cuatro años de guerra civil. El conflicto armado se ha cobrado más de 240.000 vidas y un millón de heridos. La guerra ha desplazado internamente a 8 millones de personas y ha expulsado a más de cuatro millones de refugiados a  los países vecinos (Turquía, Líbano, Jordania, Irak y Egipto).

Poco o nada queda de los movimientos sociales que se manifestaron de forma pacífica contra el presidente Bachar al Asad durante la mal llamada Primavera Árabe en 2011. El objeto del enfado popular con esta autocracia árabe no se limitaba a la ausencia de libertades y oportunidades laborales. Protestaban igualmente contra una estructura de dominación heredada de la época colonial en la que la mayoría sunita (alrededor del 65% de la población) se encontraba bajo el yugo de la minoría alauita (una secta próxima a la rama chií del Islam que representa algo más de un 10% de la población).  Bachar al Asad, que pertenece a la minoría alauita,  sofocó violentamente la protesta y la otrora revuelta pacífica se transformó en una rebelión militar de la mayoría sunita.

Cuatro años de guerra civil han convertido Siria en un Estado fallido en el que tres actores clave se disputan el territorio: el régimen sirio de Bachar al Asad y dos organizaciones terroristas de signo yihadista, el Frente al Nusra y el Estado Islámico de Irak y Levante (DAESH). Estas dos últimas combaten al ejército sirio y, al mismo tiempo, pelean entre ellas.

El régimen sirio del presidente Asad resiste con muchas dificultades en Damasco, en el bastión alauita de Latakia y en la frontera con el Líbano, en este última gracias a la ayuda de la milicia libanesa Hezbollah (alrededor del 20% del territorio sirio). Sus principales apoyos internos se encuentran entre los alauitas y la minoría cristiana. Rusia, Irán y Hezbollah constituyen sus principales pilares externos. Meses de derrotas militares han colocado al régimen sirio a la defensiva, en una situación tan precaria que Rusia ha incrementado considerablemente su asistencia militar en las últimas semanas para evitar su colapso.

Desde finales de 2013 el islamismo radical violento ha ido progresivamente desplazando a los moderados sirios del liderazgo de la lucha contra el régimen sirio. La renuncia del presidente Obama a castigar al régimen sirio cuando éste gaseó y mató a más de 1500 personas en agosto de 2013 fue un punto de inflexión en el proceso de radicalización de la oposición. Desacreditó a la oposición moderada y su brazo armado, el Ejército Libre Sirio, que hasta entonces había movilizado buena parte del apoyo occidental.

Dos organizaciones terroristas compiten actualmente por el liderazgo del campo contrario al régimen sirio, DAESH o Estado Islámico y el Frente al-Nusra. Se financian vía exportaciones clandestinas de petróleo, tráfico de arte, secuestros y donaciones externas. El Estado Islámico, una escisión de Al-Qaeda, es la más fuerte. Su estrategia no es solo militar, es sobre todo política. El Califato declarado el año pasado actúa como un auténtico protoestado en los territorios que controla en Irak y Siria, principalmente a lo largo del Río Éufrates. Allí aplica la Sharia, presta servicios sociales, exporta el petróleo y cobra impuestos

El Frente al Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, constituye el segundo grupo armado más fuerte. A diferencia de DAESH, el Frente al Nusra coordina actividades con el resto de la oposición en la que ha ganado peso. Y participa con otras milicias islamistas en una coalición conocida con el nombre del “Ejército de la Conquista” que hoy amenaza el bastión alauita de Bachar al Asad en la costa mediterránea después de echar al régimen sirio de Idlib.

Un actor menor del rompecabezas sirio es la entidad kurda independiente de facto, Rojava o Kurdistán occidental, en la frontera de Siria con Turquía, que resiste la embestida del Estado Islámico con la ayuda de los bombardeos de los aviones de la Coalición internacional que lidera Estados Unidos contra el Estado Islámico.

Contradicciones, limitaciones y dilemas morales de Occidente en Siria

Las perspectivas de una solución al conflicto no son nada halagüeñas para los próximos meses. Las dificultades son proporcionales a la complejidad que rodea esta guerra civil. La realidad ha superado el carácter sectario que tuvo en sus primeros años y la violencia desatada entre organizaciones suníes ha ganado intensidad, especialmente entre el Ejército de la Conquista, en el que se integra el Frente al Nusra, y DAESH. Esta tendencia no es pasajera. El Institute for the Study of War pronostica que el escenario más probable en los próximos tres meses es una escalada del conflicto entre esas dos organizaciones terroristas.

No es solamente una guerra entre sirios, es también una guerra indirecta patrocinada por potencias extranjeras que proyectan en Siria las tensiones regionales y también globales. Siria forma parte de un teatro de operaciones  más amplio (Líbano, Yemen, Irak, Bahrein) en el que Arabia Saudí resiste el ascenso imparable de Irán y éste intenta salvar al régimen de Bachar al Asad para asegurar el corredor de aprovisionamiento de la milicia libanesa Hezbollah.

No son estas las únicas derivadas del conflicto. La cuestión kurda y la lucha entre DAESH y Al-qaeda por el liderazgo global del yihadismo también despliegan sus tentáculos en suelo sirio.

Las derivadas regionales complican la labor de las instituciones internacionales. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el foro encargado de garantizar la paz y la seguridad internacional, se encuentra bloqueado por las divergencias entre Rusia y Estados Unidos.

Sin probabilidad de acuerdo en la ONU, Washington lidera desde septiembre de 2014 una coalición de estados que bombardean al Estado Islámico en Irak y Siria. Sus resultados no son alentadores, las preferencias contradictorias en el seno de la coalición le restan eficacia. La estrategia americana ha logrado solo en parte contener a DAESH pero ha tenido el efecto contraproducente de beneficiar al primer responsable del conflicto sirio, el  presidente Asad, tal como advertimos en estas mismas páginas en septiembre de 2014. Esta es una de las razones por la que la estrategia americana no ha logrado implicar de forma satisfactoria a las potencias suníes del Golfo Pérsico en la guerra contra DAESH.

La incorporación de Turquía en agosto pasado a la Coalición contra DAESH evidencia aún más esas contradicciones. Desde entonces el ejército turco golpea con muchísima más fuerza a la guerrilla kurda del Partido Kurdo de los Trabajadores (PKK) que al Estado Islámico. No importa que los kurdos iraquíes, sirios y turcos hayan sido la infantería que ha combatido eficazmente a DAESH en el norte de Irak y Siria.

Esta guerra civil suscita dilemas morales mayúsculos a la comunidad internacional. En 2013 las cosas estaban claras, los buenos eran el Ejército Libre Sirio que había empuñado las armas para defenderse del tirano. Hoy en día, no hay buenos ni malos, salvo los millones de civiles refugiados e internamente desplazados que huyen de la guerra. El ejército sirio y el Estado Islámico martirizan a la población civil por igual. DAESH constituye un mal mayor para Occidente porque atenta en suelo europeo y americano. El régimen sirio es ahora un mal menor y su supervivencia deseable para Occidente: su colapso empeoraría el vacío de poder en Siria y dejaría vía libre al Estado Islámico hasta Israel y el Mar Mediterráneo.

Existen no menos obstáculos para encauzar el conflicto por la vía diplomáticaEl comunicado de 30 de junio de 2012 de Ginebra I ya no sirve para sentar a las partes en torno a unos principios de acuerdo consensuados. Difícilmente podemos imaginar un gobierno de transición y unidad nacional con miembros del régimen sirio y de la oposición para pilotar la transición a la democracia cuando los pesos pesados de esta última son dos organizaciones terroristas. Ese comunicado tenía sentido cuando el bando rebelde se encontraba en manos de los moderados sirios pero carece de toda lógica en la actualidad.

El futuro de Siria no se encuentra en manos de los sirios y sí, al menos en parte, en las cancillerías de las potencias regionales y de Estados Unidos y Rusia. La resolución del conflicto requiere negociaciones paralelas entre las potencias extranjeras que han metido la cuchara en Siria: Estados Unidos, Rusia, Irán, Turquía, Catar y Arabia Saudí. La otra parte corresponde al yihadismo global, DAESH y el Frente al-Nusra, con los que nadie se sentaría a negociar.

Así las cosas, la guerra civil siria continuará en los próximos meses e incluso años y la prolongación de las hostilidades y la inusitada violencia que emplean las partes agravarán la crisis de refugiados de este verano.

Los refugiados, el bando bueno merecedor de protección. 

Ante el dilema moral que plantea la guerra civil siria, la comunidad internacional debe proteger a los millones de refugiados que se apiñan en los países limítrofes y huyen a Occidente. La inmensa mayoría de los sirios, afganos, somalíes o iraquíes que llegan a Europa huyen de sus casas para conservar su vida o preservar su libertad y, como tal, la comunidad internacional debe velar por la salvaguardia de los derechos fundamentales que el país de origen ha dejado de proteger. Son obligaciones derivadas de la Convención que regula el Estatuto del Refugiado de 1951 y del resto del derecho internacional.

Sin embargo, Europa no solo rehúye el cumplimiento de sus obligaciones, también se distancia de los valores de la solidaridad de los que tanto alardea. Al igual que EEUUs. Llama la atención la cicatería de los gobiernos europeos a la hora de asumir cuotas de refugiados en comparación con las cifras desorbitadas que albergan los países vecinos de Siria, que son a su vez mucho más pobres que Occidente: casi dos millones en Turquía, uno en el Líbano y más de medio millón en Jordania. Es peor aún. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la inmensa mayoría de esos refugiados viven fuera de los  campamentos y en la más absoluta pobreza, entre otras cosas, debido a los problemas de financiación de los programas de refugiados de la ONU.

Y, por último, Europa desaprovecha una oportunidad como apuntaba la OCDE hace unos días. Si las oleadas de recién llegados son bien gestionadas aportarán beneficios económicos y sociales a los países de acogida. Entre el 30 y 40% de los sirios que llegan a Europa tienen carrera universitaria. Y esos refugiados (y también los inmigrantes) pueden cubrir los huecos que la baja natalidad no hace con el fin de aumentar la población activa para pagar las pensiones del futuro en un continente aquejado de un problema muy grave de envejecimiento.

José Luis Masegosa Carrillo,

Analista de política internacional  de Arco Europeo Progresista, septiembre de 2015

@joseluismase / Blog La mirada a Oriente

Oriente Próximo por Masegosa Carrillo

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PUNTO DE VISTA entrevista al analista político internacional de Arco Europeo Progresista y del Instituto Internacional de Ciencias Políticas, José Luis  Masegosa Carrillo, quien ha contestado a las preguntas sobre la compleja situación que están viviendo diversos países de Oriente Próximo.

Actualmente asistimos ante una pacto entre las potencias occidentales e Irán…¿En qué contexto se produce esto? ¿verdaderamente puede ser un pacto duradero, u obedece a cuestiones coyunturales?

 Efectivamente el pasado 14 de julio, Irán, Estados Unidos y el resto de las grandes potencias alcanzaron un acuerdo para resolver el conflicto en torno a la naturaleza, pacífica o militar, del programa nuclear iraní. A este pacto se llega en un contexto distinto al de los primeros años del siglo XXI en los que el mundo conoció las instalaciones secretas de enriquecimiento de uranio que ocultaba el régimen iraní de los Ayatolás. Eran los años inmediatamente posteriores a los atentados de las Torres Gemelas de 2001 en los que Estados Unidos aplicó sus tesis de la guerra preventiva. La idea era que las intervenciones militares en Irak y Afganistán implantarían la democracia en Oriente Medio y lograrían estabilizar la región para garantizar el suministro regular de petróleo.

El contexto actual es ciertamente distinto. En los últimos años contemplamos varios cambios geopolíticos de gran envergadura y para nada coyunturales que promueven el afán de Estados Unidos en replegarse de Oriente Medio y centrarse en Asia / Pacífico (la iniciativa de Obama conocida como “Pivot to Asia”). Oriente Medio ha perdido parte del valor estratégico que tuvo para el gigante americano hasta hace poco tiempo. En los últimos siete años Estados Unidos casi ha doblado su producción de crudo gracias al “fracking”, la técnica de fracturación hidráulica que permite extraer hidrocarburos atrapados en rocas, y se encamina a la autosuficiencia energética.

Al tiempo que Oriente Medio perdía peso en el interés nacional, la región Asia / Pacífico se convertía en el centro de gravedad del planeta merced a la transferencia histórica de riqueza y poder a Oriente que ya inició la Globalización y se aceleró con la Gran Recesión de 2008 que golpeó especialmente a Occidente.

Y luego está la política interna norteamericana. No olvidemos que el presidente Obama llegó al poder en 2008 después de prometer que terminaría las guerras del Gran Oriente Medio. Se retiró de Irak y lo hará también de Afganistán. La sociedad norteamericana se encuentra cansada de unas intervenciones militares que se han cobrado miles de vidas estadounidenses y han costado billones de dólares al erario público sin que hayan logrado pacificar, mucho menos instaurar la democracia.

Estos tres cambios geopolíticos y de política interna ayudan a entender mejor la apuesta decidida del Presidente Obama por la diplomacia en lugar de las armas para superar el conflicto nuclear con Irán, o sus reticencias para embarcarse en una nueva guerra en Siria en 2013.

Para el Ayatolá Ali Jamenei, que ocupa la más alta magistratura de Irán y ha dado luz verde a este acuerdo, la supervivencia del régimen islámico instaurado en 1979 se encontraba en entredicho. Dicho de otra forma, Teherán ha aceptado las limitaciones temporales (10-­‐15 años) de su programa nuclear a cambio del levantamiento de unas sanciones económicas que durante los últimos 7 u 8 años han hundido en la pobreza a miles de iraníes y deteriorado el nivel de vida del resto. El régimen iraní ha cedido para conjurar un escenario de revueltas populares. Están muy presentes en la memoria de sus dirigentes las manifestaciones multitudinarias de 2008 contra la reelección fraudulenta del presidente Ahmadinejad y el terremoto social y político de la Primavera Árabe en sus vecinos árabes.

Los dirigentes iraníes anticipan que EE.UU. y Occidente desbloquearán unos activos iraníes, congelados hasta ahora, de alrededor de 100.000 millones de dólares, y el levantamiento de sanciones multiplicará las inversiones en su principal industria, los hidrocarburos.

Pero no se trata solamente de recuperar el favor del pueblo. La prosperidad económica también permitirá al régimen movilizar más recursos para luchar contra el Estado Islámico de Irak y Levante y sostener a sus principales aliados en la región a los que aquel amenaza (Hezbollah, el régimen sirio y el gobierno chiita en Irak). Estas aventuras exteriores son necesarias para mantener las credenciales revolucionarias del régimen de los Ayatolás y perseverar en sus ambiciones de convertir a Irán en una potencia regional.

Con este acuerdo Irán normalizará relaciones diplomáticas con occidente y regresará a la comunidad internacional. Es un lavado de imagen de un régimen hasta ahora aislado y acusado de formar parte del “eje del mal” y financiar al terrorismo internacional.

En definitiva, hay algo más que razones coyunturales detrás de este acuerdo. Nos encontramos ante un compromiso histórico que desactivará, al menos de forma temporal y para tranquilidad de Occidente, la carga explosiva que ha acompañado a este foco de tensión, al tiempo que afectará al reparto de poder en Oriente Medio en beneficio de Irán. Un quid pro quo.

Por cierto que el pacto muestra el camino para resolver otros conflictos que desangran a la región como la guerra civil siria: reivindica las virtudes del poder blando de las sanciones económicas y de la diplomacia, frente al poder duro de las intervenciones militares extranjeras que ha obtenido un sonoro fracaso en Oriente Medio.

Se han producido revoluciones o revueltas en varios países con mayorías sociales de musulmanes. Tal es el caso de Siria. ¿Es una crisis de origen social pidiendo más pan y derechos? O es una carencia de estructuras políticas e ideológicas en torno a un ideario que facilite la convivencia? es decir, ¿está acabado el nacionalismo árabe? ¿es el islamismo o el islam político suficiente para articular un gobierno serio y responsable?

En el caso de Siria, yo diría que ambas cosas. El impulso de la mal llamada Primavera Árabe en Siria y también en Túnez, Egipto o Libia procedía del paro juvenil que dobla la media mundial, de la explosión demográfica, de esa mitad de la población que tiene entre 15 y 24 años, y de la desigualdad de oportunidades en el campo de la educación. Una penetración de Internet del 40%, 6 puntos por encima de la media mundial, fue el factor catalizador de un proceso de movilización colectiva sin parangón en la historia de la región.

Pero el enfado popular contra el régimen sirio de Bachar al Asad también se dirigía contra una estructura de dominación heredada de la época colonial francesa en la que la mayoría sunita se encontraba bajo el yugo de la minoría alauita (una secta próxima a la rama chiita del Islam y a la que pertenece el clan de los Asad).

El presidente sirio Bachar al Asad sofocó violentamente las revueltas pacíficas y pronto estalló una rebelión militar contra el régimen sirio que desembocó en una guerra  civil  de  carácter  sectario  que  se  ha  cobrado  en  casi  cinco  años  más   de 250.000 vidas y ha desplazado a la mitad de su población, provocando un éxodo de miles de refugiados a Europa este verano.

Bachar el Asad resiste con el apoyo de los alauitas y la minoría cristiana y la ayuda militar de Hezbollah, Irán y Rusia. Aunque me aventuraría a decir que su baza principal para resistir descansa en las divisiones de sus oponentes y el miedo de las cancillerías occidentales a su caída y a una victoria de las milicias islamistas.

Los rebeldes pertenecen mayoritariamente a la rama sunita del Islam. No están unidos. Desde 2012 se han disputado el liderazgo de la revuelta militar el Ejército Libre Siria de tendencia moderada, hoy casi desaparecido, y las milicias islamistas que reciben ayuda de Turquía y de los países del Golfo Pérsico. Las milicias islamistas se han impuesto desde 2014, principalmente el Estado Islámico de Irak y Levante, una escisión de Al-­‐Qaeda que proclamó el Califato en la ciudad siria de Raqqa en el verano de 2014 y controla actualmente una buena parte de Siria e Irak. El Frente Al-­‐ Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, y las milicias kurdas, que resisten la embestida del Estado Islámico en el norte, constituyen los otros grupos armados más potentes del bando rebelde.

Poco queda ya de las protestas de 2011 pidiendo pan y derechos. La Primavera Árabe ha dado paso en Siria a una guerra civil de todos contra todos, una guerra indirecta en el que el futuro de Siria no lo deciden los sirios sino las cancillerías de las potencias regionales y de Estados Unidos y Rusia. Y aunque se quisiera contar con los representantes del pueblo sirio en una futura negociación, la dificultad sería mayor porque difícilmente se le puede atribuir esa representación a los grupos armados en el terreno o a la Coalición Nacional Siria sita en Estambul.

En relación con la capacidad del Islamismo para articular gobiernos serios y responsables, no se puede generalizar. En principio, el islamismo, como expresión política de una ideología inspirada en la moral y los principios del Islam, puede ser democrático. No es el caso, evidentemente, de las milicias islamistas a las que acabamos de referirnos. Pero sí es el caso del Partido de Justicia y Desarrollo que gobierna en Marruecos o de “Ennahda” en Túnez que recientemente ha entregado el poder de forma pacífica al partido Nidaa Tounes del presidente Beji Caid Essebsi. No se les puede meter a todos los islamistas en el mismo saco.

Sin duda es Turquía y el Partido de Justicia y Desarrollo (AKP) del presidente Recep Tayyip Erdogan el mejor ejemplo de integración de islamismo y democracia, aunque crecen la críticas de deriva autoritaria dirigidas contra el presidente Erdogan.

Turquía y Siria tienen una relación, como mínimo, conflictiva…¿a qué se debe esto? ¿Cómo observa la actualidad en Turquía?

No siempre fue una historia conflictiva. Erdogan, al frente del Partido de Justicia y Desarrollo (AKP), llegó al poder en Turquía en 2002. Su gobierno islamista aplicó una política exterior de “Cero Problemas con los Vecinos” y buscó una alianza estratégica con el Presidente Bachar al Asad que acababa de suceder a su padre. Los dos países zanjaron los contenciosos tradicionales que los han dividido durante décadas: desacuerdos en torno al trazado de la frontera de más de 900 kilómetros que comparten, el reparto del agua del Éufrates y la cuestión kurda.

Esta luna de miel terminó con el estadillo en 2011 de las revueltas populares y pacíficas contra el régimen de Bachar al Asad. Erdogan defendió la democratización de su vecino y su apoyo a la oposición política y a la rebelión militar  contra el régimen sirio se hizo cada vez más sonoro. Eso le costó la amistad de Bachar al Asad (y de Irak e Irán) que acusó a Ankara de práctica una política imperialista y neo-­‐ otomana ambiciones. La peor pesadilla del gobierno turco, una guerra civil en su frontera sur y una entidad kurda autónoma de facto en el país vecino, se han hecho realidad en los últimos años.

Hace unas semanas el ejecutivo turco movió ficha para enfrentar su entorno regional de una forma más firme. Después de casi un año de resistencia, Ankara firmó un acuerdo técnico con los EE.UU. para unirse a la Coalición que Washington lidera para contener al Estado Islámico. Turquía también emprendió una campaña de castigo contra la guerrilla kurda del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, rompiendo así casi dos años de negociaciones y el alto el fuego con los separatistas kurdos. Desde entonces las fuerzas armadas turcas han golpeado mucho más fuerte a la guerrilla kurda que al Estado Islámico.

Este giro inesperado en política exterior coincide precisamente con las dificultades del  partido  islamista  para  formar  gobierno  después  de  las  últimas   elecciones legislativas. Y es que el proyecto islamista de Erdogan para Turquía muestra signos de agotamiento. Después de tres mayorías absolutas consecutivas el partido islamista de Erdogan derrapó en las últimas legislativas de junio pasado y se quedó a las puertas de la mayoría absoluta. Una complicación severa para el presidente Erdogan que aunque no se presentaba a las elecciones parlamentarias se jugaba mucho en ellas. Solamente una mayoría absoluta habría permitido al partido islamista reformar la Constitución de 1980 y transformar el régimen parlamentario en una república presidencialista que dotase a Erdogan (presidente desde 2014) de plenos poderes ejecutivos. Ante las dificultades para formar un gobierno de coalición, el presidente Erdogan convocó elecciones anticipadas, previsiblemente para noviembre.

Para la oposición y para muchos analistas, la campaña militar del ejército turco contra la guerrilla kurda será la principal baza electoral de los Islamistas del AKP de aquí a noviembre. Erdogan confía en que el ímpetu nacionalista y el miedo a la inestabilidad devuelva la mayoría absoluta a su partido.

¿ A qué se debe el aumento del radicalismo conocido como islámico?

 

¿Cómo surge y hacia dónde se dirige?

 La forma más radical que puede adoptar el Islamismo es el terrorismo a través de organizaciones de signo yihadista que luchan contra la injerencia extranjera en el Norte de África y Oriente Medio. Este islamismo radical se da a conocer en la década de los años 1980 cuando combate con éxito a los soviéticos en Afganistán. Allí se funda la organización terrorista Al-­‐Qaeda, con Osama Bin Laden al frente, que proclama que su primer objetivo es matar americanos para oponer la presencia e influencia de Estados Unidos en Arabia Saudí y Oriente Medio. Esta organización alcanza el zenit de su fama con los atentados de las Torres Gemelas en 2001, cuatro ataques simultáneos contra el corazón del poder económico y militar norteamericano. Las intervenciones militares en Afganistán e Irak tuvieron un efecto contraproducente, reforzaron la narrativa yihadista de resistencia a la opresión extranjera.

Estos procesos de radicalización violenta se basan en tres elementos interrelacionados: los agravios e injusticias sociales, una ideología que canaliza ese enfado en una dirección particular y la movilización colectiva de grupo. Los agravios e injusticias sociales están omnipresentes en la región. Y el islamismo radical, en todas sus formas, nutre sus filas de una juventud urbana, alfabetizada en masa, con un alto índice de paro, y una población mayoritariamente joven sin posibilidad de movilidad social por la carencia de oportunidades de educación.

La Primavera Árabe presentó una alternativa movilizadora al islamismo violento por un breve espacio de tiempo. Sin embargo, la marea yihadista ha vuelto. Encuentra su impulso en el inmovilismo político de las autocracias árabes, la contrarrevolución en Egipto, los conflictos internos que se han desatado, la inseguridad y la descomposición de las instituciones estatales, y los bajos niveles de identificación nacional (Irak, Siria, Yemen, Libia).

En la vanguardia del yihadismo ya no se encuentra Al-­‐Qaeda sino el Estado Islámico de Irak y Levante, una escisión de aquélla que ha hecho realidad una de sus grandes aspiraciones: un dominio en el que imponer una versión rigorista del Islam. En junio de 2014 esta antigua marca de Al-­‐Qaeda en Mesopotamia proclamó un califato para gobernar los territorios conquistados en el noroeste de Irak y el este de Siria. Allí aplica la Sharia, presta servicios sociales, exporta el petróleo y cobra impuestos. La proclamación del califato recuerda al gobierno de los Talibanes de Afganistán. Es un “protoestado” en toda regla. Y éste es un aspecto novedoso del islamismo radical violento, su capacidad para construir una entidad política duradera con un territorio, una población y un gobierno.

16 de septiembre de 2015, José Luis Masegosa Carrillo