Los socialistas contra la Guerra de Libia

IMG-20190320-WA0036

En el centro de la foto el historiador Eduardo Montagut en una conferencia en el Ateneo de Madrid. A su lado Belén Rico, Vocal de la Junta de Gobierno del Ateneo,  y Manuel Según, Vicepresidente de la Agrupación Ateneísta Agustín Argüelles.

El siglo XX trajo cambios importantes en la política imperialista italiana. La tensión con Francia en el Mediterráneo terminó cuando Italia consiguió el apoyo de su poderosa vecina para hacerse con Trípoli y la Cirenaica. Los italianos ofrecerían, a cambio, un acercamiento a Francia, tan aislada, y el reconocimiento de sus intereses en el norte de África, especialmente en Marruecos. Ambas potencias firmaron un acuerdo secreto en 1902, que establecía la mutua neutralidad en caso de agresión. Tenemos que tener en cuenta que Italia pertenecía a la Triple Alianza, uno de cuyos objetivos era seguir manteniendo a Francia aislada, según lo diseñado en su día por Bismarck. Francia conseguía abrir brecha en su aislamiento a cambio de ser generosa con Italia en Libia. Así pues, en 1911 los italianos decidieron actuar. En el mes de septiembre se publicó un “estado de quejas” contra Turquía, dueña del territorio y se declaró la guerra, a pesar de que el sultán estaba dispuesto a negociar. En noviembre se proclamó la soberanía italiana sobre la Tripolitana y la Cirenaica. Pero Italia se animó a seguir expandiéndose a costa del enfermo y decadente Imperio turco. Ocupó la isla de Rodas y el Dodecaneso en 1912. Al final, en el otoño se firmaron una convención y un tratado entre ambos estados por el que Turquía reconocía todas las anexiones italianas.

El PSOE publicó en su número 1337 (24 de noviembre) de El Socialista la declaración de la Segunda Internacional contra la guerra de Libia, que emitió el Comité ejecutivo de la Oficina Socialista Internacional en Zurich. En la noche entre el 26 y 27 de septiembre el Gobierno italiano había enviado un ultimátum al turco, y cuarenta y ocho horas después se había producido la declaración de guerra. La Internacional protestaba en nombre de todos los trabajadores contra la que se consideraba una empresa colonial “loca” y desastrosa para ambas partes porque podía provocar una guerra general, ya que, no nos olvidemos el mundo se encontraba en plena paz armada con tensiones permanentes, pero, además de abrir “un abismo entre Europa y el nuevo mundo islámico”, además de servir de pretexto a las grandes potencias para hacer más pesada la carga de los armamentos. La Internacional animaba, en virtud de los acuerdos tomados en los Congresos de Stuttgart y Copenhague, así como por la resolución de Zurich de 25 de septiembre de 1911, a organizar actos en las ciudades europeas contra el golpe de fuerza de Trípoli y contra la guerra en general. Los socialistas afirmaban que esta acción en Trípoli era una más de las que se estaban produciendo en aquel momento, aludiendo a cómo Inglaterra se había apoderado de Egipto, Francia y España se repartían Marruecos, Alemania había protagonizado el episodio de Agadir, y el Imperio de Austria-Hungría se había apoderado de Bosnia y Herzegovina. Así pues, no sólo era la política italiana el problema sino la de todas las potencias, algo que el socialismo internacional debía denunciar. Recordemos, además, que en 1911 se reanudó el interés del gobierno español de Canalejas por Marruecos y comenzaron las negociaciones con Francia para establecer sendos protectorados. El PSOE continuó con la denuncia de la situación en Marruecos, como lo pone de manifiesto el espacio creciente que esta cuestión ocupaba en El Socialista.

En la denuncia de esta guerra, además, y como hemos apuntado más arriba al aludir al posible resentimiento musulmán, se aludía a las consecuencias que podía acarrear en Turquía y el resto del mundo musulmán, justo cuando se estaba intentando introducir en esa parte del mundo las libertades conquistadas en Occidente, proporcionando a los sectores más reaccionarios argumentos contra la penetración de la “civilización europea”.

Eduardo Montagut

El Presidente del Gobierno en el Ateneo

A9

En la foto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, con el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 19 de marzo en el Ateneo de Madrid.

El martes 19 de marzo de 2019 el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo en el Ateneo de Madrid un llamamiento a la necesidad de proteger Europa para que Europa protegiera, a su vez, a sus ciudadanos. Recordó los riesgos que acechan a la Unión y la necesidad de que los europeos tomen conciencia de ello, especialmente de proteger a la Europa Social, a la que cohesiona, a la solidaria.

Presentó el acto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, que recordó que proteger el ideal de Europa es también proteger el ideal de España, de la España progresista, avanzada e ilustrada, que siempre ha mirado hacia la Europa de los derechos y las libertades.

IMG_8439

A3

A2A7

A1

image006 image007

Socialismo y estética: William Morris

 William_Morris

La figura del británico William Morris (1834-1896) supone una figura fascinante por sus múltiples facetas, especialmente en el campo de la arquitectura y del diseño, al fundar el movimiento Arts and Crafts, que propugnaba la vuelta a la manufactura artesanal frente a la producción industrial despersonalizada. Desde el año 1861 se dedicó a diseñar y fabricar objetos decorativos, muebles y papeles pintados con una inigualable calidad estética. Sus ideas en este campo tendrían una clara influencia en el Modernismo y el diseño posterior. Pero, además, Morris fue un socialista convencido y entregado ferviente a la causa. En este trabajo hablaremos de sus ideas, que pueden definirse desde una especie de socialismo estético.

Para entender la figura de Morris en la historia del socialismo británico debemos comenzar por la fundación en 1881 de la Democratic Federation por parte de Henry Hyndman, aunque con el tiempo cambiaría su denominación por la de Social Democratic Federation Esta organización editaba Justice, el que puede ser considerado el primer periódico socialista británico. En la organización destacaron también sindicalistas muy activos, como Ton Mann y John Burns, que hicieron que se vinculara hacia el sindicalismo. Otra de sus características fue que se trató de la organización británica más cercana a las ideas marxistas. En el S.D.F. militó William Morris.

Pero en 1884 surgió una nueva organización la Socialist League, porque un grupo de militantes estaba descontento por el autoritarismo de Hyndman y por la estrategia seguida por la organización. El grupo estaba compuesto por el propio Morris, además de su amigo Walter Crane, el periodista Belfort Bax, con formación alemana y que aspiraba a liderar el grupo, Andres Scheu, Eleonor Marx Aveling, la hija menor de Marx y su compañero Eward Aveling. La nueva organización tenía un acusado sentido revolucionario. Editaron The Conmmonweal. El primer problema del grupo fue su heterogeneidad porque unos eran marxistas y otros tendían hacia el anarquismo, aunque, sin lugar a dudas, la figura más intensa era Morris. Se puede decir que insufló en ese momento en el socialismo británico una fuerte dosis de vuelta a la utopía, con idealismo e intenso humanismo. Pero, a diferencia de los anteriores utópicos, Morris estaba muy apegado a la realidad. El socialismo de Morris es peculiar porque parte de sus ideas estéticas vinculadas a la moral. Morris pertenecía a los hombres que detestaban la sucia realidad industrial de su país, y aborrecía el imperio del dinero que había corrompido a la sociedad. Había que construir una alternativa basada en la belleza. Morris unió, como ningún otro personaje, el arte con el socialismo. La sociedad futura debía conciliar la libertad, el bienestar y la belleza. Su defensa de la igualdad, como socialista que fue, iba pareja a la de la fraternidad, aunque con unos tintes estéticos medievalizantes por evidente influencia de Ruskin. Y a esta causa dedicó sus energías, siendo un personaje que se caracterizó por su entrega y su apelación a las masas, como atestigua sus Chants for Socialists, que publicó en The Commonweal. El texto aludía poéticamente al despertar del pueblo. Además, Morris impartió conferencias, organizó reuniones y comités, y elaboró discursos para difundir sus ideas socialistas.

Es evidente que esa sociedad futura con tintes comunistas y libertarios entroncaba con la utopía a la que hacíamos referencia anteriormente, pero también es cierto, y en la misma línea de lo que expresamos después, que Morris no era desconocedor de la realidad económica. Estudió las obras de Marx, aunque Engels fue muy crítico con los socialistas de la Liga al acusarlos de sentimentalismo. Morris intentó, pues, combinar lo utópico con lo científico. En este sentido es fundamental su obra News from Nowhere, del año 1890, donde realiza una profunda crítica del capitalismo industrial desde sus posiciones estéticas y antropológicas. Se trata de una novela utópica en donde se describe la sociedad futura del año 2000, cuando se ha llegado a la era comunista. Relata la vida en un Londres sin miseria y sin fealdad, las dos lacras de su tiempo, según el autor. Londres era una ciudad limpia y bella con excelentes edificios y campos. Se trataría de un nuevo urbanismo vinculado a la naturaleza, marco excelente para el trabajo alegre de todos, sin presiones y sin desigualdades de clase; en fin, estética y socialismo.

La Liga Socialista no terminó por cuajar claramente. Quedó muy vinculada exclusivamente a la ciudad de Londres y otras zonas en Escocia. Su capacidad de movilización no fue muy alta. Pero el principal problema, que ya intuíamos anteriormente, tendría que ver con la desunión interna. El propio Morris fue consciente del fracaso de la organización y en 1890 se retiró.

Un aspecto final a tener en cuenta en Morris es la contradicción que terminó por generarse entre sus ideas estéticas, muy importantes, sin lugar a dudas, en la Historia del arte y del diseño, con sus planteamientos socialistas. Los productos que diseñaba y realizaba, dados los meticulosos y creativos procedimientos de trabajo empleados y de su exquisita calidad, solamente podían ser adquiridos por una minoría de alto poder adquisitivo y no por los trabajadores.

Eduardo Montagut

Gibraltar en el siglo XX hasta 1985

europa-1919 (1)

La historia de Gibraltar en el siglo XX comienza con la visita que el joven Alfonso XIII realizó al Reino Unido en 1905 en relación con su boda con la princesa Victoria Eugenia. En ese contexto, el gobierno británico solicitó a España que renunciase a los derechos que el Tratado de Utrecht le otorgaba en relación con Gibraltar, pretensión que no fue atendida. Pero el hecho capital de este principio de siglo fue la construcción de la verja en el año 1908. Las autoridades británicas justificaron la existencia de la verja como un medio para evitar el contrabando y facilitar las labores de vigilancia. Dentro de este límite quedaba englobado el antiguo “campo neutral”, que se había ido anexionando Gran Bretaña a lo largo del siglo anterior.

En 1921, Gibraltar pasó a tener un ayuntamiento propio, hecho trascendental en la historia de la formación de la identidad gibraltareña.

En plena guerra civil española, en el año 1938, se proyectó un aeropuerto para Gibraltar, diseño que fue aprobado en el año 1941, en el terreno anexionado en el siglo XIX. Además, la pista tuvo que introducirse unos ochocientos metros en la bahía de Algeciras. Gibraltar fue uno de los elementos fundamentales en las negociaciones entre los gobiernos franquista y nazi en relación con la participación española en la Segunda Guerra Mundial.

La dictadura franquista reivindicó continuamente la soberanía española sobre Gibraltar. Una vez que el régimen fue reconocido en la ONU, Madrid exigió la aplicación de la resolución de Naciones Unidas del año 1960 sobre la descolonización. Cuando los británicos tomaron la decisión de promulgar la Constitución de Gibraltar, en mayo de 1969, España adoptó varias medidas muy contundentes. En el terreno diplomático, denunció el Tratado de Utrecht y el incumplimiento de la resolución de la ONU. Pero, la medida más importante fue el cierre de la frontera el día 8 de junio de 1969. Las comunicaciones por tierra quedaron interrumpidas. Londres siguió, por su parte, con su política de estabilización de la situación internacional de la colonia. Cuando el Reino Unido ingresó en el Mercado Común en el año 1973, obtuvo una victoria diplomática, ya que se reconoció a Gibraltar como miembro de la Comunidad Europea con un estatus especial.

Llegada la democracia a nuestro país, se renovaron las reivindicaciones españolas sobre Gibraltar. El propio rey aludió a la cuestión en su discurso de jura ante las Cortes. Pero Adolfo Suárez intentó abordar el contencioso desde una fórmula nueva. Pensó que Gibraltar podía reincorporarse a España aprovechando la construcción del Estado de las autonomías. El gobierno español potenció las conversaciones con el británico. En abril de 1980, Marcelino Oreja y lord Carrington firmaron la Declaración de Madrid, que abría un proceso de negociaciones, aunque muy pronto se estancaron.

Los socialistas volvieron a reclamar la soberanía de Gibraltar. Los ministros Morán y Howe firmaron la Declaración de Bruselas de 1984 que, al menos, consiguió que Londres aceptara incluir en las negociaciones la cuestión de la soberanía, algo que nunca había ocurrido. La concesión española fue la apertura de la verja en febrero de 1985.

Eduardo Montagut

Gibraltar durante el siglo XIX

Gibraltar

En el presente trabajo abordamos la situación de Gibraltar en el siglo XIX, marcada por la debilidad de España y la importancia estratégica que el Peñón adquirió para los británicos dentro de su organización imperial. Por último, comprobaremos el origen de la identidad gibraltareña al calor de la conversión del Peñón en colonia.

El siglo XIX comenzó para Gibraltar con más guerra. El Peñón se convirtió en un elemento fundamental para que Inglaterra asentase su dominio definitivo en el mar sobre Francia y España, como se puso de manifiesto con la victoria de Trafalgar en 1805, ya que la plaza jugó un papel clave. La inmediata guerra de la Independencia tuvo, por su parte, consecuencias fundamentales para la historia de Gibraltar y para España.  La línea de muralla que se había construido casi un siglo antes frente al Peñón fue derribada en el año 1810 por los zapadores ingleses, con el permiso de las autoridades españolas, para que no fuera utilizada por los franceses cuando llegaran a la zona.

El derribo de la línea defensiva permitió a los ingleses iniciar un proceso de expansión territorial ante la debilidad de España. Para ello, se emplearon siempre excusas sanitarias. A causa de las epidemias de 1814-15, 1829 y 1854, las autoridades españolas permitieron que se instalasen barracones e infraestructuras sanitarias en la zona denominada “campo neutral”, pero, una vez pasado el peligro, esas instalaciones pasaron a ser militares, con lo que, a mediados del siglo, Inglaterra ya había ocupado todo el istmo. España protestó por cauces diplomáticos ante estos abusos evidentes, pero con nulo éxito.

En el mar pasó algo parecido. Hasta los años veinte del siglo XIX, existía una especie de acuerdo tácito entre los dos países por el que se aceptaba la distancia de 400 metros como límite de las aguas gibraltareñas. Pero el naufragio de dos buques ingleses el 7 de diciembre de 1825 cambió radicalmente la situación. Londres declaró que las aguas jurisdiccionales gibraltareñas pasarían, a partir de entonces, a ser las comprendidas entre el puerto de Gibraltar y Punta Mala. España protestó, pero no consiguió revertir la situación. Unos años después, Palmerston, a la sazón secretario de Asuntos Exteriores, afirmó que eran los cañones de Gibraltar los que le otorgaban el dominio de sus puertos, plasmación muy gráfica del poder británico frente a una potencia de segundo orden. En 1865 se firmó una declaración sobre navegación en las aguas del Estrecho, pero muy favorable a los intereses de los contrabandistas gibraltareños frente a los posibles apresamientos por parte de los españoles. En 1880 se llegó a un acuerdo que permitió cierta convivencia en la bahía de Algeciras. Gibraltar se convirtió para Londres en un punto fundamental en su estrategia de control del Mediterráneo, gracias a una serie de enclaves que formaban una línea que iba desde el Peñón, pasaba por Malta y Chipre y llegaba hasta el Canal de Suez. Gibraltar abrió una estación carbonera para abastecer a los barcos británicos, siendo muy importante en la Primera Guerra Mundial. En 1894 se empezó la construcción de unos astilleros.

La situación jurídica de Gibraltar cambió en el año 1830 cuando los británicos decidieron otorgarle el estatuto de colonia. Ya no sería “ciudad y guarnición de Gibraltar en el Reino de España” sino que pasaba a ser “colonia de la Corona de Gibraltar”. La Carta concedida a Gibraltar permitió la creación de un Tribunal Supremo y de una policía civil. Se pretendía establecer una división de poderes entre el ejecutivo, en manos del gobernador, y el poder judicial. Por otra parte, Gibraltar ya no dependería de las autoridades militares sino del Ministerio de las Colonias. Los cambios jurídicos no fueron muy bien aceptados por los militares. En los años cuarenta del siglo XIX, el gobernador Gardiner se empeñó en mantener la condición militar de la plaza y se enfrentó a la población civil, especialmente en la cuestión del contrabando, la principal fuente de riqueza de la colonia. Gardiner consideraba un escándalo el volumen de este negocio fraudulento porque enturbiaba las relaciones con España y generaba serios problemas con la tropa por la cuestión de los sobornos. Durante toda la segunda mitad del siglo XIX continuó el intenso debate sobre el carácter jurídico de la plaza, pero no se varió su condición establecida en 1830. La creación de la colonia tiene una importancia histórica capital porque es el origen de la identidad gibraltareña, ya que la población civil fue consciente de su creciente poder e influencia y permitió que se consolidasen sus derechos.

Eduardo Montagut

Gibraltar en manos inglesas

IMG-20181206-WA0009

Gibraltar desde Ceuta

En la Guerra de Sucesión española la escuadra anglo-holandesa al mando del almirante sir George Rooke llegó a Gibraltar en 1704, sitiando la plaza por tierra y por mar. La guarnición era muy escasa, y el día 4 de agosto de ese año se rindió. Los ingleses izaron su bandera en nombre de la reina Ana. Felipe V se apresuró a intentar recuperar una plaza tan estratégica. El encargado de la tarea sería el marqués de Villadarias, pero la expedición no se coronó con el éxito, a pesar de contar con nueve mil soldados españoles más tres mil franceses, así como con el apoyo de la flota del conde de Tolosa. Los factores que explicarían este fracaso serían, por un lado, el dominio marítimo inglés, pero, por otro, las lluvias y enfermedades que asolaron al ejército hispano-francés. Desde el primer momento, se puede comprobar que la clave militar que ha permitido siempre a Inglaterra mantener Gibraltar en su poder ha sido su dominio del mar, que facilitaría el abastecimiento de hombres, armas y víveres a la plaza. Villadarias fue relevado por el mariscal Tessé, que intentó un nuevo asalto por tierra, fracasando de nuevo.

El Tratado de Utrecht de 1713 ratificó el dominio perpetuo inglés sobre Gibraltar:

“El rey católico, por sí y por sus herederos, y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno. Pero para evitar cualesquiera abusos y fraudes en la introducción de mercancías […] la dicha propiedad se cede a la Gran Bretaña si jurisdicción alguna territorial y sin comunicación abierta con el país circunvecino por parte de tierra […]”

Los Borbones consideraron la recuperación de Gibraltar como una de sus máximas prioridades en el siglo XVIII, pero con nula fortuna, aunque no siempre el fracaso debe ser achacado al poderío británico, ya que, como veremos a continuación, otros intereses diplomáticos se interpusieron y fueron considerados más importantes en determinados momentos, especialmente los vinculados a Italia

Jorge I ofreció Gibraltar a Felipe V en el año 1718 si éste se incorporaba a la Cuádruple Alianza y abandonaba sus pretensiones de recuperar los territorios italianos perdidos al terminar la Guerra de Sucesión. Pero ese momento coincidió con varios triunfos militares españoles en Cerdeña y Sicilia y se declinó el ofrecimiento. Cuando la situación militar cambió y los ingleses ocuparon Vigo, se impuso una reflexión en la corte madrileña. El monarca fue manipulado por la diplomacia británica con una táctica dilatoria, ya que el embajador Stanhope aseguraba a la corte española que el rey Jorge deseaba un acuerdo con el rey Felipe pero que la opinión pública y el Parlamento se lo impedían. Esta política permitió ganar tiempo a los ingleses, aunque terminó por cansar a las autoridades españolas, que comprobaron que era imposible obtener la plaza por medios diplomáticos.

La guerra se declaró en 1727 y se inició un segundo sitio con veinticinco mil soldados, al mando del conde las Torres. Pero la falta de una poderosa flota frente a la británica volvió a ser determinante y se fracasó. El sitio fue levantado después de la firma del Acta de El Pardo del 6 de marzo de 1728. Por este acuerdo, España aceptaba lo estipulado en su día en Utrecht, a la espera de las decisiones que se tomaran en el Congreso de Soissons. De nuevo, la diplomacia británica supo imponerse.  Al constatar el empeño de la reina Isabel de Farnesio por conseguir un trono italiano para su hijo el infante Carlos, futuro Carlos III, los británicos apoyaron ese deseo y consiguieron que el problema de Gibraltar dejara de ser una prioridad española durante mucho tiempo.

Durante la Guerra de los Siete Años, los franceses y los británicos intentaron atraerse a Fernando VI, y se llegó a ofrecer la plaza de Gibraltar, pero ni esa promesa consiguió cambiar la política oficial de neutralidad practicada durante dicho reinado.

Los intentos de recuperar Gibraltar se revitalizaron con el rey Carlos III. El tercer sitio se estableció en el marco de la participación española en la Guerra de la Independencia norteamericana. El general Álvarez de Sotomayor con catorce mil hombres y la flota de Antonio Barceló generaron un serio problema para Inglaterra en Gibraltar. En la plaza había unos dos mil hombres al mando de Elliot pero, de nuevo, el poderío naval inglés se impuso, ya que el 16 de febrero de 1780, el almirante Rodney derrotó a la flota española.

Carlos III no se rindió y, una vez que hubo conseguido recuperar Menorca en febrero de 1782, decidió bloquear Gibraltar con las tropas victoriosas que habían participado en Mahón, comandadas por el duque de Crillon. La operación que se preparó fue de una gran envergadura: cuarenta mil hombres e importantes obras de ingeniería militar. Fue el conocido como “gran sitio”. Pero, una vez más, España fracasó cuando las “baterías flotantes”, inventadas por un ingeniero francés, se incendiaron. Por el Tratado de Versalles, del 3 de septiembre de 1783, se confirmó la recuperación de Menorca, el dominio sobre Florida y Honduras, aspectos muy positivos para los intereses españoles, pero Gibraltar quedó en manos británicas, a pesar del empeño diplomático español. Los ingleses eran conscientes de la importancia estratégica de la plaza y el nuevo siglo se lo confirmaría.

Eduardo Montagut

La crisis del zarismo a partir de la Revolución de 1905

IMG_20150510_123244[1]

La Revolución de 1905 provocó que en el seno del zarismo surgiera una tendencia que optó por emprender algunas reformas para evitar que volviera a estallar una revolución. Stolypin, ministro del zar entre 1906 y 1911, es el personaje clave en este momento, promoviendo una política que mezclaba signos de modernización con la represión de cualquier contestación, empleando con profusión la pena de muerte y el control de la Duma, disolviéndola cuando consideraba oportuno.

Stolypin buscó crear una clase de campesinos acomodados que sostuviesen el zarismo en el campo, por lo que emprendió una especie de reforma agraria. Dividió las tierras de las comunidades campesinas (mir) para que fueran compradas por los campesinos más acomodados, los conocidos como kulaks. Esta medida, además, debía provocar un éxodo rural del resto de campesinos para favorecer la industrialización al proporcionar una masiva mano de obra.

Stolypin ideó más reformas pero que no cuajaron realmente porque no tuvo tiempo para emprender su proyecto de veinte años de tranquilidad: quiso aumentar el presupuesto imperial y pensó en una fuerte subida de impuestos sobre el alcohol y los bienes inmuebles. La idea era emplear el presupuesto en modernizar la industria y emprender una política de infraestructuras para mejorar las comunicaciones. Tenía en mente una especie de código laboral para crear un seguro social obrero. Otro proyecto iba encaminado a suavizar la política religiosa sobre las minorías no ortodoxas. También pensó en que debía arbitrase algún tipo de autonomía para Finlandia y Polonia.

Por otro lado, amplió los poderes de los zemstvos, es decir, de las asambleas locales para que se encauzara algún tipo de representación, aunque muy controlada. Pero esta medida, aunque muy tímida, resultó demasiado avanzada para los sectores más reaccionarios del zarismo. Stolypin terminó por ser un político que no contentaba a los poderes que sostenían el zarismo, pero sin ganarse la simpatía de la oposición por su implacable represión. En 1911 fue asesinado en Kiev. La autoría de su muerte ha generado polémica: ¿fue la policía o un socialrevolucionario? Su asesinato, en todo caso, es simbólico, ya que representa el fracaso de los intentos modernizadores en el seno del zarismo.

Para sostener el sistema se optó por la represión y la manipulación del patriotismo. En 1913 se celebró el centenario de la victoria rusa sobre Napoleón y el tricentenario de la subida al trono de los Romanov. El estallido de la guerra en 1914 también fue explotado por la propaganda nacionalista. Pero el zarismo estaba muerto ya. Los desastres militares y las penurias de la retaguardia precipitarían el final en 1917.

Eduardo Montagut

El Zollverein

IMG_20180508_155509

El Zollverein o Unión Aduanera de los Estados Alemanes es una organización fundamental en la historia económica no sólo de Alemania, sino de Europa porque, en realidad, fue una especie de primer mercado común en el corazón del continente.

La creación de un mercado de libre comercio entre los Estados alemanes comenzó a fraguarse al terminar las guerras napoleónicas. En 1819, la Asociación Comercial Alemana reclamó la necesidad de que se constituyera. Por su parte, el principal economista alemán de la época, Friedrich List, denunció la existencia de hasta treinta y ocho aduanas interiores, y que para comerciar en el interior de Alemania había que conocer y estudiar distintos reglamentos aduaneros y afrontar infinidad de derechos de pago. Defendía, en consecuencia, la necesidad de que se unificaran los aranceles para toda Alemania con el fin de proteger su naciente industria frente a la Inglaterra, que inundaba los mercados europeos con sus productos, que eran elaborados por una industria muy moderna, y por lo tanto, a menor coste, en plena expansión de su Revolución Industrial.

Los primeros que comenzaron a tener en cuenta estas ideas y ponerlas en práctica fueron los prusianos. Ya en 1818 unificaron su política arancelaria para todos los territorios que consiguieron en el Congreso de Viena.  Recordemos que tenían posesiones en el este y en el oeste, separadas por otros Estados. En la década de los veinte intentaron convencer al resto de Estados alemanes para unificar criterios económicos, pero no tuvieron éxito. A finales de dicha década la situación económica alemana era compleja. La Confederación Germánica contaba con tres grandes áreas arancelarias, sin contar la situación especial de Austria. El área más importante era la que tenía como núcleo central a Prusia. En su interior estaban sus territorios orientales, con un claro predominio de las explotaciones agrícolas latifundistas controladas por la nobleza de los junkers y el mantenimiento de la servidumbre entre el campesinado. Pero, por otro lado, sus territorios occidentales se habían diversificado mucho. La estructura agraria no era latifundista y, sobre todo, comenzaba el despegue industrial, además de contar con una mentalidad más moderna, más burguesa, por su vecindad con Francia.

Los Estados del sur alemán estaban en la órbita del Reino bávaro con su propia unión aduanera y económica. Los estados del noroeste y centro de Alemania no llegaron a conseguir formar una unión aduanera y económica plena. Por fin, había otros Estados alemanes pequeños que no estaban integrados en ninguna unidad o estaban vinculados a otras áreas económicas.

A principios de la década de los años treinta se habían tejido ya muchos compromisos y acuerdos entre las áreas económicas y este hecho facilitó que en enero de 1834 naciera oficialmente el Zollverein. La Unión Aduanera y Arancelaria incluía a veinticinco estados con un total de veintiséis millones de habitantes. Se decretó la libertad de comercio en su interior, al quedar abolidas las aduanas interiores. Aún así, quedaron fuera estados como Baden, Holstein o las ciudades libres de Bremen y Hamburgo. Este caso era importante porque el Zollverein no tenía salida al mar del Norte. Toda esta zona, incluyendo las ciudades hanseáticas, prefirió seguir vinculada comercialmente a Gran Bretaña.

El primer efecto positivo para la economía de los Estados alemanes pertenecientes al Zollverein se vio en sus arcas públicas porque el gasto de mantenimiento de las fronteras se redujo de forma considerable.

La unión arancelaria no se vio acompañada por la adopción de una política económica común. Los estados siguieron políticas económicas autónomas. No se consiguió tampoco una plena unificación monetaria. A lo sumo se estableció una paridad entre el tálero prusiano y una moneda creada para el Zollverein, el florín. Solamente la Unificación posterior conseguiría con el tiempo el establecimiento de una moneda común, el marco.

El principal beneficio económico del Zollverein fue que creó un mercado de grandes dimensiones por el número de habitantes. Ese hecho facilitó la inversión en la actividad industrial y la creación de una extensa red ferroviaria.

Fuera de todos estos procesos económicos se quedó Austria, que siempre tuvo lazos económicos muy fuertes no sólo con el resto de Estados alemanes sino, sobre todo, con sus posesiones territoriales orientales y en la zona balcánica. Austria contratacó con la Unidad Tributaria, pero nunca pudo ser una competencia seria al Zollverein. Los austriacos siempre miraron con mucho recelo y se enfrentaron a cualquier iniciativa que tuviera a los prusianos como protagonistas Sin lugar a dudas, que Austria se quedara fuera del Zollverein facilitó que, al final, prosperase el proyecto unificador político dirigido por Prusia.

Eduardo Montagut

El fenómeno de la concentración económica a fines del XIX

europa-1919 (1)

La primera gran crisis del capitalismo estalló en 1876 y no se llegó a superar, realmente, hasta la segunda mitad de la década de los años noventa de dicho siglo. Esta Gran Depresión fomentó el proteccionismo frente al librecambismo anterior y, sobre todo, un proceso de concentración industrial y financiera con el objetivo de eliminar la competencia, crear monopolios e intentar controlar los mercados. El proceso de concentración traspasó las fronteras nacionales y constituyó uno de los primeros capítulos de la Historia de la globalización de la economía.

La concentración empresarial se produjo de diversas maneras. El cartel era un acuerdo o convenio entre empresas que fabricaban un mismo producto o prestaban un mismo servicio, con el fin de reducir o eliminar la competencia. Este objetivo se conseguía repartiendo los mercados o la clientela, o fijando un mismo precio. El trust constituía un paso más en la concentración porque suponía una fusión de diversas empresas. La fusión o concentración horizontal se producía entre empresas que fabricaban un mismo producto. Si la fusión se daba entre empresas que participaban en un mismo proceso productivo era de tipo vertical. Por fin, estaba el holding, una concentración más sofisticada, ya que se trataría de una sociedad financiera que invertiría en distintas empresas de variados sectores para controlarlas. Los bancos emplearon este sistema para participar en los consejos de administración de las empresas al hacerse con paquetes importantes de sus acciones.

Estados Unidos y Alemania, las dos nuevas grandes potencias económicas de la Segunda Revolución Industrial, fueron los países donde más se dio este fenómeno de concentración económica. Existen ejemplos característicos: la Standard Oil Company se hizo con el 90% del control de todo lo relacionado con el petróleo en Norteamérica en diez años. El naciente y potente mercado eléctrico mundial se repartió entre la norteamericana General Electrics y la alemana AEG. En el campo financiero, destacó la Banca Morgan. Fuera de estas dos potencias habría que destacar el grupo suizo Ritz que casi monopolizó el sector hotelero mundial de lujo. Muy pronto despegarían los gigantes de la industria automovilística, como Ford, Benz, Renault, Citroën, etc…

Estas concentraciones empresariales y financieras generaron tanto poder que podían dominar económicamente a Estados no muy desarrollados, además de ser perjudiciales para los consumidores. En Estados Unidos comenzaron a darse leyes contra estas concentraciones. La primera de ellas fue promovida por el senador Sherman en 1890, llevando su nombre. El gobierno federal consideraba que los trusts eran nocivos para el desarrollo del comercio internacional. En 1914, en tiempos de la administración de Wilson, se aprobó una ley federal, la Clayton Act, promovida por el senador Clayton para solucionar las deficiencias de la ley anterior y combatir las prácticas y monopolios que perjudicaban a los consumidores.

Eduardo Montagut

Reflexiones sobre el surgimiento del fascismo italiano

IMG_20150402_185423

En este artículo realizamos algunas reflexiones sobre las causas o factores que propiciaron el surgimiento y triunfo del fascismo en Italia.

La Gran Guerra debe ser considerada un factor fundamental a la hora de entender el ascenso del fascismo y por varias razones. En primer lugar, porque generó un grupo social nuevo, el de los combatientes, que tuvieron serias dificultades para reintegrarse a la vida civil, al mundo cotidiano por las dificultades económicas de la posguerra, pero también por razones ideológicas y hasta psicológicas. Los combatientes habían sufrido una guerra muy dura, sentían nostalgia de la acción, del combate, de la camaradería de las trincheras y no entendían la vida burguesa y cotidiana. Estaban acostumbrados a las órdenes, a la disciplina, a mandar y obedecer, a lucir uniforme y a desfilar. Los combatientes se organizaron en milicias, en tropas de choque, en escuadras. El escuadrismo es un fenómeno muy importante para entender lo que estaba ocurriendo en Italia. Si los escuadristas no entendían la vida cotidiana burguesa tampoco comulgaban con la vida y la lucha de socialistas y anarquistas. Los escuadristas combaten las huelgas, participan en verdaderas batallas urbanas contra los miembros del movimiento obrero, suplantan, en fin al Estado en la conservación del orden y pueden, de ese modo, recuperar algunos elementos de su vida militar con sus acciones. Están desclasados y emplean la violencia para participar en la vida política y social italianas. A partir de 1922 serán muy fuertes, y las autoridades no sólo no les combaten, sino que les toleran y hasta alientan.

El auge de la violencia en la posguerra, consecuencia de la propia contienda y del desclasamiento social tiene, además, un apoyo en cierta intelectualidad y hasta en la vanguardia artística del futurismo. Se plantean nuevos valores que pasan por la demolición de los valores burgueses de la paz, la vida familiar, el afán del ahorro y de la adquisición de bienes y propiedades, pero sin optar por los valores del movimiento obrero porque se considera que sus reivindicaciones buscaban solamente el progreso material, un egoísmo de clase, que les alejaba del patriotismo. Deben plantearse nuevos valores, basados en la acción, la fuerza, la jerarquía y la obediencia.

El resultado de la guerra generó una sensación de frustración. Las promesas de la Entente para que Italia entrara en la guerra no se habían cumplido. Italia se siente la perdedora de los vencedores. Se genera un claro rencor fundamentalmente contra Francia y también contra la nueva Yugoslavia porque ocupa alguno de los territorios irredentos. En este clima se producirá la ocupación del Fiume por D’Annunzio, uno de los intelectuales más destacados del momento y que ejemplifica ese apoyo al uso de la acción y la violencia que hemos planteado anteriormente.

La economía es el otro gran factor explicativo. En realidad, la crisis económica es determinante, ya que empobrece a las clases medias y hunde en la miseria a los campesinos. En este universo medio social hay que encontrar los primeros apoyos al fascismo. Ya no sirven los partidos tradicionales que habían dominado el sistema político italiano desde la unificación, y esta pequeña burguesía no iba a abrazar la causa de socialistas y anarquistas. El miedo al desclasamiento entrega en brazos del fascismo a estos grupos sociales. Por su parte, el movimiento obrero se desarrolla con fuerza con un auge de las huelgas en respuesta a la crisis. Esta lucha obrera indigna a la pequeña burguesía que potencia un mayor sentimiento de frustración porque piensa que los obreros consiguen más del Estado y del poder que ella. Esa indignación también lleva a esa burguesía hacia el fascismo.

La industria italiana había experimentado un importante auge en la guerra por el considerable aumento de la demanda de productos. Los beneficios empresariales subieron de forma considerable, pero al terminar la contienda disminuyeron muy rápidamente por una crisis de superproducción, ya que la demanda se contrajo considerablemente. Para evitar los efectos de la crisis los patronos quieren frenar a los obreros, al potente movimiento obrero italiano, que como hemos visto desarrolla toda su actividad, espoleado, además, por el ejemplo de la Revolución Rusa, un fantasma que asusta al capital europeo y, por supuesto, al italiano. Para combatir al movimiento obrero ya no eran suficientes los instrumentos del Estado. Es el momento de recurrir a las milicias, a los escuadristas, a los fascios, en suma. En un primer momento se les financia, después se les entregará el poder.

Por fin, el aumento del paro generó otro grupo social, un proletariado o infraproletariado que creía que los partidos obreros y los sindicatos no atendían sus demandas. El fascismo les ofrece una alternativa porque les une, les ofrece un sueldo y, por fin, un sentido en la vida, un objetivo por el que luchar.

Eduardo Montagut