ELOGIO DE LO FEMENINO

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Quiero comenzar con dos citas. Una de Vittorio Gassman en el diario “Clarín”:

Mi experiencia, amores a parte, me lleva a concluir que la mujer es muy superior a nosotros: superior físicamente, más sensible, con más capacidad de afecto y amor. Según me parece, las mujeres deberían gobernar, y el mundo andaría mejor. Las que ya gobernaron, sin embargo, eran más hombres en faldas que mujeres, piénsese en Tatcher o Golda Meir. Pero yo hablo de mujeres que gobiernen desde su condición de mujeres”.

 Y otra cita de George Duby: “Sí, nosotros hombres, debemos volvernos mujeres, cultivar en nosotros lo que hay de femenino para amar plenamente como es preciso”.

 El enigma femenino, el no saber qué quieren las mujeres, cómo gozan, le hace decir a Freud que lo femenino es lo el “continente negro” y apela a las psicoanalistas mujeres para que respondan de ello. Rastreando en la bibliografía y ante esta demanda de saber, encontramos algunas respuestas:

Helen Deutch, psicoanalista y mujer, a la que se reconocía como discípula y analizante predilecta de Freud, respondió a la demanda de su maestro ocupándose de la psicología femenina e incluyendo la sexualidad.

Esta mujer se declara feminista y opina que la insatisfacción femenina se debe a que la mujer al tener más de un órgano sexual (clítoris y vagina) queda indecisa no sabiendo cuál utilizar. Lo llamativo es que la respuesta viene dada en el mismo sentido que la propuesta por el hombre, como si la feminidad dependiera del órgano sexual.

n Marie Bonaparte, es contemporánea de Helen Deutch y también próxima a Freud y escribe “Consideraciones sobre las causas de la frigidez en la mujer”. Es un libro que firma con un pseudónimo, A. E. Narjani, en el que habla de los méritos de una operación quirúrgica en boga en aquella época que consistía en el acercamiento del clítoris a la vagina como un método para evitar la frigidez, que como se insinúa, ella misma padecía.

¿No les parece que está diciendo con esto, que en lo que se refiere al sexo femenino, hay algo que arreglar, algo insuficiente anatómicamente?

Lou Andreas Salomé, es una psicoanalista alemana a la que se consideró en su tiempo como una figura emblemática de la feminidad y concebía dos clases de amor: el sexual, del cual se dice que es sólo pasión física y se acaba cuando el deseo se desvanece, y el amor intelectual fundado en una absoluta fidelidad como único capaz de resistir el paso del tiempo. Este último probablemente se lo profesara al mismo Freud. Su propuesta no parece estar lejos de la relación con la mujer que tienen muchos hombres, los cuales separan la mujer a la que aman de la mujer con la que gozan, la una objeto de amor y otra objeto de deseo.

Karenn Horney, psiquiatra y psicoanalista americana conoce a Karl Abraham en Berlín con quien más tarde se analiza. En un momento de su análisis, este le interpreta que las mujeres quieren inconscientemente ser hombres, porque en su infancia han sentido envidia del pene. También le dice que, toda mujer, también ha deseado tener un hijo con su padre. Ella se enfada y abandona el análisis. Se aparta del psicoanálisis Freudiano y considera un insulto las propuestas de Freud sobre la sexualidad femenina.

Estas mujeres psicoanalistas contemporáneas de Freud, algunas de ellas discípulas y a las que debemos reconocer su labor, en un punto parecen haber desviado el camino, ya que es en la anatomía donde buscan la respuesta o para decirlo mejor, el hombre es el referente y es comparándose con él cómo responden. Es verdad que tanto social como estructuralmente que lo fálico prevalece, pero lo fálico no es el continente negro por el que fueron interrogadas.

Por eso nos preguntamos ¿no responden todas ellas renunciando a su saber?, ¿No se quedan atrapadas en la comparación de los atributos masculinos y femeninos?, ¿No responden al hombre sin escucharse, incluso, por qué no, para decir que de eso no saben o que por lo menos, no hay palabras para nombrarlo?

Estas mujeres influidas por la época, por sus propios prejuicios inclusive siendo liberales y feministas, nos hablan de algún modo del inconsciente que está en juego en ellas mismas, es decir, de cómo se posiciona cada una de ellas frente a la feminidad y al goce de la mujer.

¿Por qué esa rivalidad? ¿Por qué otorgarle al órgano masculino todo ese poder? ¿No es eso lo que se filtra en algunos discursos de las mujeres? Que en lugar de hablar desde la diferencia, hablan desde la comparación.

La cuestión femenina, es por tanto, espinosa para el psicoanálisis e interroga los límites mismos del saber analítico. El debate sobre la discordancia de los sexos está presente en la escena actual, especialmente durante los últimos 50 años. Bajo el empuje de los movimientos feministas se han desarrollado múltiples estudios en torno a la sexualidad, sus interpretaciones y modalidades. La relación entre el psicoanálisis y el campo de dichos estudios y del feminismo en particular es diverso y complejo con muchos mal entendidos, existiendo, en mi opinión un malentendido central, respecto al concepto psicoanalítico de falo interpretado por los otros discursos como significante del poder. Curiosamente, para el psicoanálisis, la diferencias de los sexos, no es un dato de entrada. Tanto para Freud, como para Lacan y esto es lo importante, no hay dos representaciones en el inconsciente de la diferencia de los sexos. No hay un representante de lo masculino y un representante de lo femenino.

Hay un solo significante que va a distinguir el reparto entre masculino y femenino. Este operador estructural a nivel inconsciente de la diferencia de los sexos es el falo, concepto que produce muchos enfrentamientos y más particularmente cuando se establece un debate con los movimientos feministas. Es un concepto que requiere una transmisión muy fina, porque es un término que ha pasado al uso público. En lo público, insisto, se le ve como significante de poder, nosotros los psicoanalistas lo entendemos como un operador estructural de la castración en el sentido que Lacan le dio: No como complejo de castración en el imaginario en el sentido de la amenaza “te lo vamos a cortar” sino como un efecto de vaciamiento de goce para el ser humano insertado en el aparato del lenguaje. Entonces el falo no tiene que ver con la dominación masculina en nuestra manera de entenderlo ya que lo vemos como un operador dentro del inconsciente, así fueron las construcciones hechas por Freud y Lacan. Para Freud opera no desde el comienzo de la historia infantil sino a partir de un momento en que se inscribe la castración materna a partir de la cual el niño o niña construirán su interpretación sobre la diferencia anatómica de los sexos.

En mi opinión la propuesta innovadora de Lacan es pensar lo femenino y masculino no como dos universales opuestos, sino pensarlos en otro tipo de lógica, a partir de las fórmulas de la sexuación, distinto a las identificaciones sexuales.

Los debates sobre la diferencia sexual han ocupado los primeros planos en los movimientos feministas. Los psicoanalistas debemos situarnos en el debate de una manera clara diferenciando tres conceptos dentro de nuestra práctica clínica: El sexo, el género, y la sexuación. El sexo tiene que ver con la diferencia puramente anatómica: Macho o hembra.

Con el género, nos referimos a una construcción social de lo que es masculino y femenino, los ideales, modelos sociales, normas, etc.. sobre lo que debe ser un hombre y una mujer. Sobre la masculinidad y feminidad no simplemente como datos anatómicos.

En la sexuación, Lacan, se refiere a la especificidad de la relación del sujeto con su goce y es el producto de una elección perteneciente al inconsciente.

El debate está servido con las corrientes feministas. Es un punto dificultoso, sin duda, porque insiste en señalar algo así como “estas afirmaciones que provienen del campo del psicoanálisis ¿no son una simple reconducción de un prejuicio que proviene del discurso dominante, en definitiva de la dominación masculina sobre la sexualidad? ¿Por qué tal predominio del atributo masculino en la organización inconsciente de la diferencia de los sexos?”.

La contestación desde el psicoanálisis, en ciertas ocasiones invoca a las propiedades del órgano desde el defecto más que por su potencia. Tampoco vale la diferencia entre separar la función y el órgano.

Tampoco vale que es un proceso del inconsciente que es un operador estructural precisamente en la medida que simboliza una ausencia o falla (pensemos en la detumescencia).

En mi opinión, este debate es prácticamente un imposible. Sería como aplicar los principios de la ley de gravitación universal de Newton para explicar los fenómenos de la física cuántica.

Por tanto, mi posición, no es la de convencerles ni persuadirles. Sólo decirles que es algo que pertenece a la experiencia analítica, que es muy difícil de argumentar fuera de esa experiencia. Que les invito al viaje analítico personal pero que en cualquier caso, yo como psicoanalista me veo en la posición desde mi ética a formularles.

Es verdad que los movimientos feministas nos obligan a afinar nuestros conceptos y teorizaciones lo cual es de agradecer. He llegado a escuchar la pregunta de por qué no habría alguna parte del cuerpo femenino que pudiera también ser llevado a simbolizar una representación sexual de la mujer en el inconsciente. Algunos psicoanalistas han ido por el camino de intentar hacer de lo hueco, del agujero, del vacío un representante de lo femenino en el inconsciente. (María Torok). Pero en cualquier caso, serían propuestas que remitirían de nuevo a una construcción binaria y complementaria de la diferencia de los sexos y una concepción naturalista del tipo agujero-hilo, tapón-agujero, una lógica que correspondería al funcionamiento del sujeto con el objeto en la construcción del fantasma donde el objeto a pulsional se bastase como recuperación del goce. Como aquello que taponaría la falta del sujeto.

Lacan llegó a afirmar lo siguiente: “La mujer no existe”, lo cual generó gran desconcierto y revuelo, generando comentarios de toda índole entre las mujeres, provocación, prejuicios, ramalazo de machismo. Decir que la mujer no existe es ir muy lejos y merece ser tratado con mucha cautela  a fin de entender a donde nos lleva esta proposición ya que precisamente la lucha de la mujer por existir ha sido y sigue siendo demasiado compleja como para que venga alguien y de un plumazo borre aunque sea en apariencia lo que ella ha construido. Claro, pero esta afirmación, no hay que tomarla ni desde el escenario consciente ni desde el escenario social, sino desde que en el inconsciente no hay un significante de la mujer, quedando el único significante, el significante fálico y que explicará las fantasías de ese sujeto tanto hombre como mujer en torno a ese significante como metáfora de totalidad. Podríamos desvelar el malentendido y completar el párrafo “la mujer” como totalidad,  como ideal, como perfección, como un todo es esa la que no existe ya que se trata de un mito, de un ideal que en uno de sus seminarios compara con Dios. Claro, ahí sí podemos estar de acuerdo, es verdad, la mujer no existe, existirían las mujeres una por una y Lacan lo escribe con el artículo la tachado. Escribimos entonces el plural mujeres en minúscula para dar cuenta de esos ideales que muchas veces las llevan a incontables sufrimientos  a fin de alcanzar esa meta, ese lugar que es inalcanzable ya que se trata de una fantasía, de una suposición. Decimos existen las mujeres una a una con sus particularidades, con sus diferencias, sus virtudes, sus defectos, sus logros, sus fracasos.

A partir de las fórmulas de la sexuación de Lacan podemos plantear lo que concierne al goce como goce fálico y goce otro suplementario.

En el hombre, el goce esta localizado y se ve, es un goce de órgano (erección, eyaculación, detumescencia), en tanto que en la mujer aparece mas expandido y no se centra en un órgano visible. El goce de la mujer es particular y puede ir mas allá del órgano sexual (no siempre desde luego es así). Decimos que es un goce suplementario (llamado también goce Otro) a diferencia del goce fálico más centrado en el órgano y del cual también puede participar la mujer.

Del goce suplementario femenino cuesta dar razón. Es un goce enigmático, diferente. Podemos leer a Lacan en su seminario nº XX (“Aún”) suplicar de rodillas a las mujeres psicoanalistas que trataran de decírnoslo.

En los trabajos que he podido estudiar y en los casos clínicos revisados de distintos autores sobre este goce femenino, en general la mujer se interroga a sí misma y se dirige a otros demandando un saber. Pero precisamente al no localizarse en un órgano concreto hace de este goce algo más temible y sin límites, temor de la mujer a diluirse en él. Parece ser un goce más allá de las palabras. Recojo algunas expresiones de mujeres en análisis: “Es como una ola”; “Es como si levitara”; “Como si perdiera la conciencia”; “Como si me volviera loca”; “Como si me muriera allí mismo”. Me interesa recalcar que el goce fálico puntual no le está vedado a la mujer, pero en palabras de Alcira Mariam:

“Ahora bien, limitar el placer femenino a esa forma implica dejar de lado un abanico muy grande de fenómenos erógeno afectivos cruciales en el despliegue de su potencial erótico. La mujer puede conocer delicias erógenas independientes de la discriminación topológica”.

Lacan conceptualiza este goce femenino y transcribo sus palabras:

“Hay un goce de ella, a este ella que no existe y que nada significa. Hay un goce en ella del cual quizá ella tampoco sepa nada –eso, ella lo sabe. Lo sabe, por supuesto, cuando eso le sucede. Eso no les sucede a todas”.

Pueden aparecer expresiones de miedo al descontrol o la locura. Dice M. (paciente de Alcira Mariam): “Si durara mucho tiempo, creo que una podría volverse loca”.

Otra paciente expresa: “Temblaba toda hasta el pelo”. El cuerpo entero se había estremecido ante el contacto deseante del cuerpo de un hombre.  Ahora bien, existe temor a este tan enigmático goce femenino y eso puede producir síntomas para no ir mas allá, síntomas que actuarían a modo de límite.

Ejemplo de otra paciente: “Cuando me comienza la jaqueca, me viene un calor como si la cabeza se hinchara, continua con latidos como el latir de la sangre, como si toda la sangre se me fuera de la cabeza, luego el vómito, después el alivio, me entra un sueño, casi un sopor” Aquí se leería en la somatización del síntoma un goce sexual sin acto.

Por tanto vemos una forma de goce en el hombre, goce fálico, que también comparte la mujer. Sería en ese caso una forma viril de gozar con el clítoris, la vagina, concentrada en un órgano único investido libidinalmente. La sexología clasifica muchas veces las mujeres en clitorideas o vaginales, según obtengan placer a través del clítoris o por la penetración vaginal. Sería, en mi opinión, un reduccionismo a lo orgánico. El placer del órgano clitoridiano sitúa a la mujer en el goce fálico, no diferenciado del placer masculino. El psicoanálisis  no acepta que los problemas sexuales sean tomados literalmente. Desde la sexología a veces se oye decir: “No se preocupe, la penetración no es lo importante, se pude disfrutar de otra manera”. El sujeto se desvía del problema y queda condenado a un tipo de sexualidad infantilizada. Problemas de la mujer como la frigidez, anorgasmia, dispareunia (dolor en el coito) y del hombre como eyaculación precoz, falta de erección, falta de eyaculación se producen porque en el sexo es donde se ha ubicado el síntoma. Pero hay que leer detrás del síntoma, buscando el fantasma (fantasía inconsciente) que sostiene ese síntoma. Una cosa es que el sujeto decida que tipo de sexualidad va a llevar de un modo libre y otra es que esté limitado en las posibilidades de elección por el sometimiento a un síntoma.

En el seminario XX (“Aún) Lacan habla del hombre y dice:

“El goce fálico es el obstáculo por el cual el hombre no llega, diría yo, a gozar del cuerpo de una mujer, precisamente porque de lo que goza es del goce del órgano”.

Es decir, el hombre insiste en soñar lo bello que sería alcanzar el goce absoluto en el cuerpo desnudo de una mujer. Un hombre sueña con desnudar a una mujer porque piensa que la orgía comienza cuando la mujer está desnuda. Pero el goce nos acerca tanto a la angustia como a la orgía. El goce es inolvidable precisamente porque tiene lazos cercanos también con la angustia. Eso le hace también fuente de riesgos. El hombre puede descubrir que al ir hacia la mujer desnuda se angustia. Esa mujer asusta, tal vez por la fantasía del cuerpo de una mujer que se desata y entra en estado de goce. Asoma la bruja, el aquelarre de los sentidos, el desorden pulsional, el éxtasis. La carne está revuelta, desordenada. Algunos textos de psicoanálisis nos hablan de los genitales femeninos como un agujero al desnudo que causa un sentimiento siniestro. El hombre lucha e insiste en soñar con la vagina e imagina lo bello que sería. Puede ser que su pene se turbe, cuando debería estar erecto ante algo tan deseado. ¡Maldita turbación!. Lo que debiera pasar no pasa. ¡Él, que quería alcanzar el goce absoluto!. Se detiene cerca del goce fálico. A lo sumo, y si se puede, solo se llegaría a este nivel. Surgen dudas de su pene. Pienso que la mujer puede sacar ganancias de ese saber que posee con respecto a la naturaleza del goce. Ella sabe de la angustia de los hombres que aparece ante el temor de la capacidad erógena femenina en la medida que implica desorden pulsional. Existe el fantasma de orgasmo infinito de la mujer y los temores que esto suscita en el hombre al acercar a la mujer al status de bruja. El hombre observa aterrado la travesía del goce sobre un cuerpo de mujer.

Hay hombres en los que lo femenino evoca de este modo un terror. Hay horror desde el inconsciente a los genitales sin pene, esa herida abierta a la castración. Les hace emprender la fuga cuando la mujer les muestra su vulva. Es tal el temor a asistir al desborde erógeno de la mujer. En palabras de Alcira Mariam:

“Defensivamente, tal vez extreme el control de la sexualidad de su compañera o aporte cierta violencia por donde su masculinidad quede reasegurada. La mujer frígida puede calmar el miedo de la castración de un hombre garantizando la integridad narcisista de éste”.

En general he intentado dejar constancia de que el goce implica complicación. Su imperativo se opone a nuestra propensión a la felicidad que reside en la descarga de la tensión. A veces el goce puede estar muy cerca del horror. Es cierto que el goce femenino es en cierta medida transgresor de la ley. El goce absoluto está prohibido para el sujeto, pero las mujeres es como si tuvieran la posibilidad de saltarse la ley al menos en parte y lograr un goce externo a la palabra, gozando de forma silenciosa y muda. En cualquier caso el absoluto de goce sería un horizonte inaccesible.

Goce suplementario, goce de mujer, estamos hablando de una recuperación urgente de la feminidad.

Maryse Choisy, psicoanalista francesa escribe a comienzos del siglo XX:

“Es falso decir que la mujer ha obtenido su emancipación en el siglo XX, solamente porque vota y tiene como el hombre el derecho de “ganarse el pan con el sudor de su frente” mientras que la Biblia la condenó a “tener hijos con dolor”. En realidad, estamos pasando por el periodo más masculino que haya existido, considerando que el imperialismo masculino ha invadido la cabeza de las mujeres hasta el punto que ellas mismas se han hecho semejantes a los hombres. Se mide el triunfo por el número de imitadores. Las mujeres han reprimido tan profundamente su femineidad que ni siquiera notan que están viviendo en una verdadera falocracia”.

En definitiva que pueda escucharse el orden femenino en el dominio público. No existe superioridad femenina pero si condiciones diferentes de esta en la vida. Mujeres que habéis llegado a esta posición, os pedimos transmitáis vuestro saber a las fuerzas de la cultura.

Ciertos elementos socioculturales retrasan el ejercicio pleno de la femineidad siendo este un atributo pleno de misterio, coagulado en su significación: seducción, amabilidad, suavidad, privacidad. En la aparente debilidad de la femineidad reside una fuerza poderosa.

La palabra poder automáticamente alude a la noción convencional de ideas de grandeza, obtención de bienes de dominio sobre los semejantes, sometimiento, triunfo victorioso.

El poder femenino sería el poder del “no poder”. Es conocer lo más cercano a los límites, el más allá del falo, el goce femenino.

La omnipotencia humana genera locura y destructividad. El poder femenino linda con la sabiduría. Es un poder inefable, invisible que recibe el adjetivo de femenino para contraponerlo al masculino invasor y guerrero. Lo femenino habita en cualquier ser humano independiente del género, igual que lo masculino. Lo femenino, refugio secreto de un saber que escapa de las trampas del poder convencional. Las riquezas no logran comprar los valiosos bienes terrenales sin precio, tales como el amor de un semejante, la armonía en la vida, la facultad de hacer frente a los contratiempos con sabiduría. En mi vida de pareja, ella mi compañera de viaje tiene el poder de dirigir los movimientos de vida y ayudar a sortear escollos inevitables. Mujer femenina que ha aprendido a amar. Que me enseña a amar, que describe aspectos de la femineidad, que acepta los defectos del hombre. Al no creer ya en la superioridad del trabajo del hombre o en el famoso sometimiento de la mujer, puede ejercer este poder de orden femenino y ganar batallas sin pelear. Desarmar al hombre si presenta aun guerras machistas viriles con otras armas, armas de mujer sutiles y seguras.

Un no a aquellas mujeres que imitan a los hombres en su poder agresivo y guerrero y que se convierten en mujeres destructivas y masculinas. Son tan capaces como el hombre de sembrar el horror en la sociedad. Sofocada la femineidad buscan adueñarse de un poder masculino con violencia. Antimujeres hiperpoderosas enemigas de la vida y del amor.

¡Pasen al frente las mujeres! Si hay optimismo para el futuro requerirá de altas dosis de femineidad en la cultura.

Si retomamos lo dicho con relación al goce y relacionándolo con esto último habría un “más acá del falo” y lo que Lacan propone como “más allá del falo” que no quiere decir “sin falo”, sin referencia a la función fálica (castración). Hay quienes tienden a posicionar el goce femenino en el “mas acá del falo” como Julia Kristeva. Para ella y muchas feministas el goce femenino no tiene que ver con el falo. Lo sitúan en un aspecto presimbólico, una función semiótica en estrecha relación con el cuerpo de la madre. En cambio Lacan al situarlo “más allá del falo” sitúa ese goce fuera del lugar de lo ligado a la naturaleza. Lacan plantea el goce suplementario como aquello que tiene que ver con los bordes, con los límites mismos de lo simbólico. Como un más allá de lo simbólico. Para ejemplificarlo imaginen un vaso. Si se llena el vaso con agua puede desbordarsae un poco que no es lo mismo que no hay recipiente ninguno. Es cierto que es un ejemplo muy imaginario, pero creo puede servir para transmitir de un modo sencillo entre “el más acá” y el “mas allá”. Ese goce otro femenino se encuentra cerca de un fenómeno de des-borde, no en el sentido de la mujer desbordada por la crisis histérica como refleja el cineasta Almodovar, sino un desborde en el sentido que la condición de ese acceso al goce suplementario es un pasaje al límite del goce fálico.

Contra esta postura estaban las feministas de la década de los 70 en posiciones de “más acá del falo”. Son feministas influidas por el psicoanálisis y a las que Lacan se refiere en el seminario donde presenta las fórmulas de la sexuación, el seminario 20. Líderes del Movimiento de Liberación de la Mujer como Luce Irigaray postulaban la existencia de una libido específicamente femenina, un inconsciente específicamente femenino, una escritura específicamente femenina rompiendo la hipótesis de una libido única. Esta libido correspondería a una inscripción anterior a la marca del falo que consideraban un resultado del dominio masculino.

En cualquier caso podemos hablar de “liberación de la mujer” como sujeto social, como sujeto político, como sujeto con derechos jurídicos semejantes a los de los hombres. La mujer se ha desprendido de las exigencias de la maternidad, pueden elegirla o rechazarla, no se les impone.

Hay una modificación respecto a los bienes fálicos. Pueden optar o no por la solución del bien fálico hijo o pueden adquirir bienes fálicos en el intercambio económico, pueden acceder a la maternidad sin necesidad del hombre gracias a los avances de la medicina y los procesos de fecundación asistida.

Es un cambio muy importante para las mujeres que puede traer felicidad o más preocupaciones

En cualquier caso en este inicio del siglo XXI ¿qué podemos decir de ese goce suplementario del que hablaba Lacan para constatar la especificidad del goce femenino que seguimos esperando como más frecuente del lado de las mujeres?. No podemos decir que la civilización actual haya facilitado un acceso a ese goce suplementario porque mas bien introduce a las mujeres en una mayor adquisición de bienes, en una mayor libertad, en un mayor acceso a los bienes fálicos y en eso consiste su liberación bien ganada y merecida. Eso no es una desgracia, pero es verdad que limita las preguntas sobre ese otro goce. Del lado de las mujeres no les resuelve mucho su relación con ese goce suplementario ni con las exigencias del amor. Más aun si pensamos en las leyes del discurso capitalista como condición de esa liberación, se nos plantean interrogantes, porque el discurso capitalista promueve fundamentalmente el goce fálico, en tanto goce de la posesión de bienes que promueve el empuje consumista del capitalismo. Es consumo de bienes rentables, contables. El discurso capitalista no se lleva bien con el discurso del amor y del goce no fálico donde no hay rentabilidad para el capitalismo. A lo mas crea objetos de pacotilla- gadgets ofrecidos por el mercado capitalista en su empuje al consumo y promoción de goces que se taponarían con ellos. Lacan los llamaba objetos “plus de gozar” que ahorraban el pasaje por el Otro del inconsciente, el Otro del sexo y el Otro del amor.

El discurso capitalista como ven no es nada favorable a esta posición femenina tal como se la intento transmitir y a su eventual relación indisociable con las exigencias del amor.

Es altamente beneficioso en el sujeto humano integrar feminidad y masculinidad.

La mujer es obvio que ha sido objeto de una injusticia social a lo largo de nuestra historia, pero que esa situación que se va tratando de superar no las ancle y fije en un combate reivindicativo que se transforme en devoción ideológica y que las privara de cultivar en todo su esplendor el campo femenino. Liberadas de los conflictos con el hombre, las mujeres puedan mirar hacia dentro y se redescubra una y otra vez su feminidad. Es maravilloso escuchar a las mujeres y en mi escucha como psicoanalista descubrir con fascinación la maravilla de ser mujer y deleitarme junto a ellas en la aventura de la auténtica femineidad.

He dejado, lo sé, detrás de mi ideas polémicas pero siempre luchando porque lo femenino tenga un derecho a existir con plenitud. Invoco a las mujeres para que puedan hablar de ello como las invocaron también nuestros maestros Freud y Lacan. El mundo necesita de la mujer femenina y autónoma. La mujer siempre ha tenido y tendrá una misma historia debido a su magnífica polifuncionalidad. La mujer hoy en día debe dejar de llorar su pasado. Ella es el hoy, el presente, la esperanza. Como por partenogénesis se ha gestado a sí misma. Se yergue digna y nueva, promesa de metamorfosis positiva por los tiempos que a la humanidad aun le faltan por transitar. Nada que temer, simplemente avanzar.

Madrid 8 de Marzo de 2018

Alfonso Gómez Prieto

Director de Arco de estudios psicoanalíticos de AEP

Psicoanálisis y religión

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Cristina Jarque en el centro[1]

A partir de la escucha de sus pacientes, Freud descubrió que la religión tenía un papel primordial a la hora de apaciguar las angustias del alma humana. El descubrimiento del inconsciente permitió comprender que la figura de Dios (como un gran Padre Divino) ayudaba psíquicamente a los sujetos; sobre todo a aquellos sujetos que no encontraban en el padre terrenal la solución al desamparo y al abandono existencial al que nos enfrentamos todos los sujetos humanos. Sabemos que esas primeras frustraciones de desamparo y abandono se viven primero en la infancia pero después, en la edad adulta, continúan sintiéndose porque el sujeto necesita tener una imagen simbólica de la paternidad y una sensación de amparo y protección. Es comprensible entender que debido a que todos los padres terrenales tienen falla, el sujeto necesite sustituir esos padres terrenales por figuras más poderosas, completas, sin falla y así aparece entonces el nombre de Dios, es decir: como una necesidad de la naturaleza psíquica del ser humano.

Esa omnipotencia divina ese gran Dios es lo que Lacan más adelante llamará el Gran Otro. Freud escribe en Tótem y Tabú que la religión aparece causada por la culpa de los hijos, asesinos del padre. La gran angustia por la culpabilidad del parricidio se va a apaciguar por una sumisión obediente. El parricidio da lugar a la neurosis que se funda en un miedo atroz que siente el sujeto por ese parricidio, la salida entonces es una neurosis obsesiva donde la religión tiene prioridad para que el sujeto pueda evadirse de una realidad que lo llena de una culpabilidad ansiosa y donde el superyo se instala como heredero del Complejo de Edipo para mortificar al sujeto por su acto infame (el parricidio). Por eso se dice que la religión es producto de una gran neurosis obsesiva, colectiva. Los rituales, el culto, la piedad, se convierten en el ceremonial sustitutivo y perseverante de los neuróticos obsesivos. Todo esto es muy patológico, así que cabe preguntarse ¿por qué siguen vigentes las religiones? La respuesta que encuentro tiene que ver con las psicosis. La religión y las obsesiones religiosas son muchas veces mecanismos de defensa para que el sujeto no caiga en la psicosis que ocurre cuando el Nombre del Padre es forcluído, cuando la función paterna no se logra instalar en la psique del sujeto. Por eso muchos sujetos siguen devotamente los mandatos religiosos en los que se han educado.

En relación a esos sujetos tan fanáticamente religiosos, el psicoanálisis tiene poco valor porque esos sujetos necesitan promesas de felicidad eterna y el psicoanálisis no promete la felicidad y mucho menos la eterna. Freud mostró en su texto del Moisés que el cielo está vacío, se postuló entonces que Dios es inconsciente y esta verdad fue reanudada por Lacan a través de su declaración: El Otro no existe. Estas afirmaciones colocan al psicoanálisis como una práctica del ateísmo, pero muchos sujetos no logran sostenerse en el ateísmo, necesitan creer que el Otro si existe para dar sentido a sus vidas y no caer en el sin sentido o en la angustia existencial causada por la radical soledad ante la ausencia de Dios. Todo… menos eso. Por ello vemos cómo hoy en día el mundo entero se estremece ante los atentados terroristas, las catástrofes originadas por sujetos que creen que deben hacerlo para después tener una recompensa… allá en el cielo, donde los espera su gran Dios para recompensarlos.

“Nos encontramos en un régimen donde reina el terror, cuando lo peor puede producirse en cualquier momento y dondequiera. Este terror hunde al sujeto en el pavor. El pavor se produce en un momento en el que el sujeto es introducido sin advertencia simbólica en lo real de su cuerpo por un acto de violencia. Esta ausencia de señal de un peligro es la causa mayor del traumatismo que se vinculó con un traumatismo de guerra, sin tener los beneficios de un reconocimiento simbólico”[2].

Para mí, es un mundo donde la palabra no logra controlar eso que Lacan llamó Lo Real.

Lo Real dice Lacan es del orden de lo imposible, es decir, del orden de lo misterioso, lo enigmático, lo obscuro, porque está del lado de algo negro que angustia y que confronta al sujeto al vacío, al hueco profundo, a la angustia existencial, al sin sentido, al profundo pavor de la verdad, a La Cosa (Das-ding). Esto Real tiene relación con la violencia, porque la violencia surge de la rebeldía del sujeto ante la frustración de no encontrar respuestas a sus preguntas. Esa rebeldía está causada por la impotencia ante todas aquellas injusticias que no comprendemos, pero en algunos sujetos se radicaliza de tal manera que no encuentran otra salida que la violencia radical y extrema por la imposibilidad de encontrar un ideal de funcionamiento puro, un sistema de gobierno perfecto. Estamos por ello en un mundo donde ya se ha cruzado el límite porque la palabra ya no es suficiente para lograr el vínculo social y el intercambio. No obstante, el psicoanálisis no claudica y por ello, mientras los psicoanalistas tengamos voz, seguiremos promoviendo el poder de la palabra como portadora del vínculo social y del intercambio para lograr dar lugar al deseo del sujeto. Porque nuestra apuesta es que este deseo que surge de la escucha psicoanalítica, sostenido siempre por el amor, logre triunfar sobre la patología del goce devorador, de la violencia y de la destrucción que, lamentablemente imperan hoy en día, en la sociedad en la que vivimos.

Cristina Jarque

[1] Cristina Jarque es psicoanalista en Toledo, fundadora de Lapsus de Toledo, Vicepresidenta de la Fundación Europea para el psicoanálisis, presidenta de la coordinación de los libros de psicoanálisis Lapsus de Toledo, creadora de los monólogos femeninos, miembro de Arco Europeo Progresista[2] Texto del coloquio de la FEP en Santiago de Compostela “El psicoanálisis y lo sagrado”, titulado: ¿Para qué sirve la religión hoy en día? Christian Hoffmann, psicoanalista en París, director de psicoanálisis en Universidad Paris-Diderot

 

 

 

REFLEXIONES PSICOANALÍTICAS SOBRE RELIGIÓN Y CRISTIANISMO

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Vivimos tiempos caracterizados por una doble vertiente con relación a la religión. Por una parte un abandono progresivo de la religiosidad original y un desarrollo muy fuerte de la ciencia que desacredita a la teología, pero al mismo tiempo existe un refuerzo de las religiones tradicionales en sus formas más fundamentalistas. Rolan Chemama nos recuerda la previsión de Lacan de que la religión triunfaría. Parece ser que este enunciado de Lacan, más que una tesis, fue un comentario en una conferencia de prensa en el año 1974.

En un mundo demasiado objetivizado por la ciencia parece ofrecer para muchos como único refugio un tipo de goce que pasaría por la religión. Los analistas no pretendemos aportar verdades universales. Solo quedamos autorizados en el  discurso de nuestros pacientes y en este discurso de ellos pueden aparecer fuertes convicciones religiosas, que nosotros escuchamos y en esa escucha a veces descubrimos, más que interrogaciones racionales sobre los objetivos divinos, dudas o cuestionamientos, un tipo de religiosidad caracterizada por una entrega absoluta a la voluntad divina, sacrificando cualquier otra aspiración personal. Me pregunto si estos sacrificios tan intensos no representarían más bien una forma de anulación del deseo.

Por otro lado y si nos detenemos en el caso del cristianismo vemos que el contendido de la doctrina cristiana está basado en la muerte de Cristo, dónde Cristo es un hombre expuesto como cualquier otro. La muerte adquiere una fuerza de negatividad porque afecta a un ser particular. Pero, perteneciendo la muerte a la doctrina, el contenido de la fe cristiana va mas allá, formando parte esto ya plenamente de la creencia, y este contenido, base de la fe cristiana, es el ascenso de Cristo a los cielos y la salvación realizada por el propio Cristo al asumir los pecados de la humanidad, pero muriendo en la Cruz como un mortal mas. Es necesario el paso por esa muerte. Esto se incluye plenamente  en el terreno de la Fe y la creencia y declarar “Creo en…” significa no estar ya solo sino unido a una comunidad de creyentes, tranquilizando al individuo sobre el valor de su existencia.

Existe actualmente, dentro de las religiones más tradicionales, como el cristianismo, un discurso de algunos creyentes muy descalificador ante los que ofrecen opiniones distintas a las suyas o incluso quieren abrir un campo de debate y reflexión. En sus decires no domina la teología como un discurso organizado, a partir del cual sería lícito para el sujeto situarse y opinar, incluso construir. Existe más bien una exaltación del sentimiento y un abandono exclusivo a la voluntad de Dios. Sienten que la única verdad es la suya. Parecen olvidar, y me refiero en este caso al cristianismo, que la identificación con el Cristo de la Cruz que dijo “Padre, ¿por qué me has abandonado?” entraña una desesperación radical del sujeto y una consecuente duda y pérdida de  completud con relación a la fe. Es la soledad extrema y el abandono máximo para un creyente. Es una soledad muda y abismal. Es un espacio donde se navega con una angustia sin nombre y donde no hay envoltura psíquica protectora. Se requiere un sufrimiento fértil en esta profunda vulnerabilidad, pero sobre todo la presencia de un otro sostenedor. Y por eso la necesidad en los cristianos del ritual, en el que el Espíritu Santo, como unión del hombre y Dios resucita en forma de Espíritu para una comunidad de creyentes.

Lo llamativo y la dificultad en una cura psicoanalítica donde el sujeto tiene unas convicciones religiosas que antes que autorizar el deseo lo sofocan, es que en la transferencia con el psicoanalista esta religiosidad se rearma. Estos sujetos, del mismo modo que esperan todo de su análisis, también sacrifican todo por él, existiendo incluso a veces la confusión de la cura con una nueva religiosidad donde intentan ofrecer todo a su analista, del mismo modo que intentaban ofrecer todo a Dios. Pero lo que se observa es que ese otro al que se dirigen y que no puede faltar, siempre debe estar presente, del mismo modo que en una ceremonia religiosa Dios siempre estará presente y por otro lado ese analista-ser supremo deberá estar completo y sin falta. En el plano imaginario ese sujeto obtendría un tipo especial de goce al compartir la plenitud de ponerse en el mismo lugar en la transferencia que el que ocupa el analista como ser completo y sin falta. Es una situación compleja en una cura y donde el psicoanalista debe realizar movimientos adecuados para descentralizarse de ese lugar donde es ubicado y posibilitar el advenimiento del deseo del sujeto y no quede anclado en un goce Otro que pasara solo por la religión y el Padre Divino.

Madrid, agosto de 2017

Alfonso A. Gómez Prieto

Director del Arco de Estudios Psicoanalíticos de AEP

e-mail: alfonso.gomezprieto@yahoo.es

 

 

LA SOCIEDAD MONOSINTOMÁTICA DE SUJETOS DOPADOS

evitar-el-consumismo-en-navidadEn la sociedad de consumo, nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de ser un artículo vendible. Esta es la materia de la que están hechos los sueños y los cuentos de hadas de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado.

Se conforman así individuos malcriados por el facilismo del mercado de consumo, donde de cada elección se hace una transacción única, sin obligaciones a futuro, un gesto no vinculante, riesgo mínimo, responsabilidad reducida, un modelo de discapacidad social.

Aparecen los seres aferrados al rol de objeto. Fetichismo de la subjetividad basado en una ilusión.

Se tiende a sacar a la luz la similitud monosintomática, anulando la diferencia donde las partes tienen derecho a tratarse entre sí como tratan a los objetos de consumo.

Ya Barman nos decía que la sociedad actual es “ahorista”, radica en adquirir, acumular, eliminar, y reemplazar. Compre, disfrútelo y tírelo. Donde el consumismo no se dirige a la gratificación de deseos sino a un aumento del volumen y la intensidad de ellos. Potenciando la inestabilidad de los mismos, la insaciabilidad de las necesidades de una cultura acelerada cual encadenamiento de presentes.

La falta de dinero ha comenzado a competir con la falta de tiempo. La ilusión de dominar el tiempo, encapsular el “ahora”, tranquiliza. La cultura es “presentista” y pone el énfasis en la velocidad y la efectividad, no valora ni la paciencia ni la perseverancia.

El uso lingüístico de expresiones como “no tener tiempo”, “perder el tiempo”, “ganar tiempo”, denotan el grado de importancia que se invierte en las acciones individuales para igualar la velocidad y el ritmo del tiempo, convirtiéndose en la preocupación más frecuente del sujeto, desgastante y perturbadora. Sino se consigue igualar esfuerzo y recompensa se produce un “complejo de inadecuación” que es la grave dolencia de la vida moderna.

Este complejo sólo es superado por la sensación de “vivir intensamente”. Aquí la satisfacción experimentada sobrevive a la causa.

La causa se olvida y se recuerda el gusto de la alta intensidad y la confirmación de la capacidad personal de estar a la altura del desafío inmediato planteado.

La cultura consumista se caracteriza por la presión constante de ser alguien más. Cambiar la identidad, esforzarse por volver a nacer como si lo que fuimos ayer no pudiese impedirnos ser algo diferente hoy. Identidades renovables.

La eternidad no es valor ni objeto de deseo, sino la tiranía del momento. Durabilidad desvalorizada.

El sujeto vive en estado de fuga permanente y el pasado no tendrá la menor oportunidad de alcanzarle. Buscar el yo real, es pura diversión, a condición de que nunca lo encontremos. Porque si lo encontramos, la diversión terminaría.

El despilfarro consumista tapona el aburrimiento, “no aburrirse nunca” es un parámetro de vida exitosa. Ya Kierkegaard trató sobre “el hombre inmediato”, aquel cuya conducta era la de un buscador de placeres continuos y compulsivos, no sólo por el presentismo de una vivencia que necesita ser satisfecha ya, sino en el sentido de quien no es capaz de ganar distancia de perspectiva alguna de su vida, ni pasada ni futura. Experiencia de vértigo y de éxtasis, producida al salir  de sí la persona para trascenderse su propio yo. Difuminar las fronteras del yo, romper los límites de la conciencia, para entrar en un más allá por la vía rápida de la anulación personal e incluso de la muerte anticipada.

Pero el vértigo tiende una trampa existencial que devuelve al sujeto a la caverna desnuda de su realidad, una y otra vez, con dolorosa obstinación.

Despertar para volver a dormir, alargar el sueño artificial para volver a lo real, para volver a empezar un ciclo sin solución de continuidad.

Cuando en el círculo faltan los proyectos y la ausencia de ideales, todo ello hace que la persona se encierre en sí misma. Un día se descubre eliminando el malestar de su vida con una poderosa voluntad de ser feliz pero sin reconocerse a sí mismo, así como si el yo no fuera el propio yo, sino el yo de los otros.

Afirmar el yo mediante el acto libre de elegir ser dependiente, quiere ser yo pero lo destruye al hacerlo depender de algo o alguien que no es su yo.

Comienzan así las conductas dopantes como un anestésico contra la fatiga de vivir y una escapatoria para aplazar a un eterno mañana la asunción de las responsabilidades personales cotidianas.

La sociedad se acostumbra y acepta como políticamente correcto la muleta farmacológica para sobrellevar cualquier malestar físico o psíquico. Vivimos una “cultura adictiva al dopaje”. Las adicciones a las pastillas son la nueva esclavitud que tiene enganchada a media humanidad en el siglo XXI.

Si pensamos en las innumerables personas que se automedican sin prescripción médica o que solicitan a los médicos los fármacos que ellos desean ingerir, nos podremos hacer idea del enorme problema de falta de sentido de la vida que arrastran tantas personas en nuestra sociedad y sin apenas enterarnos. Como decía Paracelso, la diferencia entre medicina y veneno está en la dosis.

Podemos hablar de una mentalidad dopante ambiental, cuya finalidad es transformar la angustia en felicidad, en esperanza y dar un sentido existencial al vacío.

Los males más frecuentes de la sociedad de consumo son, la depresión, el cansancio depresivo, la falta de sentido vital, la hiperactividad y la incapacidad de mantener la identidad.

Los sufrimientos humanos más comunes en la actualidad suelen producirse a causa del exceso de posibilidades más que del exceso de prohibiciones.

La oposición entre lo posible y lo imposible ha reemplazado a la autonomía de lo permitido y lo prohibido.

La sociedad de consumidores ha transformado el motivo de las depresiones, antes las provocaban el terror a la acusación de inadaptación por transgredir reglas, en definitiva una depresión por neurosis causada por el horror a la culpa, hoy día es sustituida por una depresión provocada por el terror a ser inadecuado. Por cada “no debe” hay un “deber ser”.

Por todo ello, el nuevo espíritu del capitalismo nos fabrica unos héroes de la modernidad dopados para poder representar su función de bobos engatusados con promesas fraudulentas y engaños, seducidos, arrastrados y manipulados por fuerzas subrepticias, pero ajenas, con patrones de comportamiento a la medida de los mercados.

Hay tres mensajeros del bienestar, serotonina, noradrenalina y dopamina, que pueden ser incrementados con sustancias o con comportamientos. Producen un efecto de condicionamiento por vía dopaminérgica que asocian la sensación de placer/ ausencia de dolor al momento y al acto, entorno en el que se realiza la conducta, de forma que basta la simple presencia de una dificultad de ese entorno para disparar la necesidad incontrolable de autoadministrarse la conducta o el fármaco.

Vivir dopado crea la ilusión de un significado pero tiene un efecto de retorno, aparece el vacío y hay que rellenarlo de nuevo.

El psicoanálisis intenta cambiar la pastilla por la palabra, que el esclavo del fármaco y de sí mismo, se conozca más allá de su adicción. Que aprenda por la palabra a utilizar sus propias capacidades para existir. Poder atreverse a ser lo que se es.

Belén Rico

La violencia

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La violencia en nuestro mundo tiene una presencia constante, casi agobiante, aunque no lo parezca a primera vista.

Intentemos definir qué es violencia. Se trataría de la coacción física o moral ejercida sobre una persona o grupo de personas, mediante una fuerza desproporcionada y que intimida con el fin de doblegar su voluntad y/o inspirar temor relacionado con la propia persona, los bienes propios o seres allegados, y para obligar a seguir una conducta determinada. La OMS nos ofrece también una definición de violencia. Este organismo internacional explica que la violencia es el uso intencional de la fuerza física o el poder hacia otra persona, grupo o comunidades y que trae como consecuencias lesiones físicas, daños psicológicos, alteraciones del desarrollo, abandono y hasta la propia muerte.

La violencia ha sido una constante en la Historia y no hace falta que apuntemos ejemplos de tantos que existen. El marxismo ha interpretado la violencia en su análisis del capitalismo. Las relaciones entre los propietarios de los medios de producción y el proletariado tendrían una naturaleza o raíz coercitiva, que sería el origen de la violencia en la sociedad. Así pues, la violencia se relacionaría con el control social y con la violencia subliminal que ejercerían el poder y las clases dominantes. Es la represión, y que se manifiesta de diversas maneras: el uso de la violencia física, la eliminación de los disidentes o contestatarios, el dirigismo de conductas privadas o públicas y hasta la imposición de una cultura y/o moral oficial. Esta visión de la violencia chocaría con la que se tendría desde posicionamientos conservadores o desde el poder, siempre preocupado por el orden contra la violencia que se desataría en la protesta social. En este sentido, parece muy interesante aplicar las dos visiones distintas sobre la violencia en la Historia contemporánea de España. La derecha española siempre ha acusado al movimiento obrero y a la izquierda de fomentar la violencia y el desorden en las calles y en el campo, con la quema de Iglesias y el terrorismo anarquista y de otro signo. Pero, por otro lado, pensemos en la violencia que se ejercería con la represión del movimiento obrero o con la situación de miseria impuesta a amplios sectores obreros y entre los jornaleros del campo. ¿Y la violencia ejercida por la dictadura franquista durante tantas décadas?

¿Cuál sería, pues, el origen o naturaleza de la violencia? Trasladándonos a nuestro presente: ¿son violentos o no los escraches, las manifestaciones, la presión en la calle, o los desahucios, el paro, la elevación de las tasas universitarias, las cargas contra los inmigrantes en las vallas de nuestras fronteras, la penalización por manifestarse, el posible fin de la sanidad universal…?

Pero la violencia tiene otras facetas presentes en nuestra vida. La principal de todas ellas es la violencia de género, la que ejerce el hombre contra la mujer como un instrumento de dominación, discriminación, desigualdad y supremacía del varón. La violencia de género incluye las agresiones físicas, sexuales y psicológicas, así como las coacciones, y la privación de la libertad personal. Por otro lado, tenemos la violencia homófoba, en el puesto de trabajo y la violencia en el seno del ámbito escolar o infantil y juvenil. Todos estos tipos de violencias tienen que ver con graves problemas o carencias en la educación de valores de la sociedad y con el arraigo de comportamientos de dominación de épocas pasadas. Lamentablemente, estas últimas violencias han dejado de ser una prioridad para las administraciones controladas por nuestra derecha, con la excusa de los recortes económicos. Tampoco interesa mucho la violencia que se ejerce contra los más desfavorecidos. La única violencia que importa es la que estalla en la calle, una violencia, por cierto, bien moderada con lo que está ocurriendo cada día.

Eduardo Montagut

Doctor en Derecho

INTRANSIGENCIA Y CONTROL SOCIAL: FLAUBERT Y BAUDELAIRE EN EL BANQUILLO

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Las palabras son imágenes del espíritu de cada uno

Dionisio de Halicarnaso

Estamos viviendo el preludio de tiempos sombríos. En casi todas partes se experimentan retrocesos alarmantes. La denominada crisis de los refugiados dice mucho sobre la forma de no afrontar los problemas y sobre la pérdida de solidaridad y valores cívicos.

El triunfo de Donald Tramp, el auge de los populismos y de las soluciones y recetas fáciles a problemas complejos es un pésimo síntoma de lo que nos aguarda.

Vamos a hacer una incursión liviana a la Francia de Napoleón III. Podremos observar como determinados aspectos y coordenadas se repiten aunque con algunas variantes.

¿Qué ocurre cuando se pierden o se marginan los valores republicanos? Impera el miedo y están en retroceso las libertades. En esos momentos, que pueden durar décadas, son frecuentes las delaciones, se incrementa el control social y se crea un ambiente irrespirable y, en cierto modo, putrefacto.

¿Por qué molestan y a quiénes molestan los escritores, los creadores, los artistas, los periodistas? Aquellos que investigan sobre la realidad social y dan cuenta de lo que pasa, son con frecuencia sospechosos e incómodos al poder.  Quienes analizan y se atreven a exponer lo que  quieren  mantener oculto los representantes de poderes tanto explícitos como no visibles pero   que mueven muchos hilos y son la mano que mece la cuna. En cuanto a quienes molestan, la respuesta parece clara. A quienes aspiran a ejercer un férreo control social sin reparar en medios.

El delito de los que gritan su verdad,  con frecuencia no es otro que exponer,   y  dar forma a los miedos y represiones colectivas.

La despreocupación culpable  y la falta de información contrastada son un excelente caldo de cultivo para que surjan tentaciones totalitarias de quienes quieren, a toda costa, controlar la vida de los demás.

Cuando se discrimina, el siguiente paso es la persecución. Pensemos en el macartismo y en Arthur Miller que en sus “Brujas de Salem”  desveló, en forma metafórica y simbólica,   trasladando al pasado problemas del presente, cómo la ignorancia, el fanatismo y los intereses mezquinos envueltos en el manto hipócrita de la respetabilidad pueden  convertir en irrespirable la convivencia y erigirse en dictadores, más o menos, encubiertos.

Michel Winock, en “Las voces de la libertad” acierta a hacer visibles alguno de esos momentos y como se llega a lo más nauseabundo e inhumano.

Centrémonos en una página de la historia de Francia. La dictadura de Napoleón III. Sus plebiscitos y sus múltiples atentados contra los valores republicanos y contra las libertades, tanto cívicas como las vinculadas a la moral y a las costumbres.

La censura es una buena mano ejecutora para tapar bocas y para imponer el dogmatismo disfrazado de buenas costumbres en un ejercicio de hipocresía.

Gustave Flaubert se atreve a meter el bisturí en lo que no es conveniente: en las pasiones, en los ambientes sórdidos, en las duras consecuencias de trasgredir la moralidad vigente y en la simpleza y la maldad de quienes convierten el pecado en delito. En este ambiente irrespirable publicó “Madame Bovary” y tuvo que pagar un alto precio por ello. Fue denunciado, acosado y juzgado por inmoralidad.

Flaubert, a lo largo de su vida, no hizo otra cosa que escribir y viajar. Escrutaba la realidad y la describía con objetividad. En 1856, publica “Madame Bovary”, la historia de una mujer provinciana víctima de sus sueños románticos, que casada con un hombre mediocre, llega al adulterio. La mezquindad y la estupidez pequeño-burguesa confunden, una vez más, la causa con el mensajero y Flaubert sufre una campaña de descredito y un acoso que pasa por su procesamiento para que sirva de escarmiento a otros. Los supuestos moralistas se ceban en él. De ahí su conocida expresión “Madame Bovary, soy yo”.

La historia que narra la novela está basada en hechos reales. Flaubert recrea un asunto del que la prensa se hizo eco, que no es otro, que el adulterio de Delphine Couturier, cuyas ensoñaciones y visión alienada de la realidad la llevan primero a las transgresiones a la moral vigente y más tarde al suicidio. Todo ello en un ambiente lleno de chismorreos y tedio. Finalmente Flaubert fue absuelto pero, el mal, ya estaba hecho y, los franceses  de provincias, tomaron buena nota del precio que había que pagar por salirse del cauce establecido.

Baudelaire también fue enviado al banquillo de los acusados, al juzgarse peligroso para la moral el ataque a dogmas religiosos contenidos en el poemario “Las flores del mal”

Es  uno de los más lúcidos e inspirados poetas europeos. Se le considera el máximo exponente del simbolismo e incluso el creador que sienta las bases de la poesía moderna.

¿Por qué Baudelaire resultaba sospechoso a los bien pensantes? En primer lugar por su vida bohemia, sus costumbres desordenadas… pero, sobre todo, por su pasado revolucionario. Escribió espléndidos ensayos sobre Delacroix y Manet cuando estos eran denostados por vanguardistas y por seguir derroteros que se apartaban de la pintura realista.

Sin embargo, sus problemas se incrementaron con la publicación, en 1857, de “Las flores del mal”.  Los periódicos más conservadores lo acusaban de propalar monstruosidades y de ofensas a la moral pública y a las buenas costumbres.

Tuvo menos suerte que Flaubert y, también, menos apoyos y fue condenado a una fuerte sanción económica.

El control de la policía, el ejército y la iglesia pretendía ser total y totalizador. Podemos hablar de lo que Karl Marx en el “18 Brumario” califica como la alianza del sable y el hisopo. He querido hablar de Flaubert y de Baudelaire pero lo podría haber hecho de Víctor Hugo, que fue considerado un proscrito y un indeseable; o de Tocqueville que llegó a ser detenido. También fueron acosados y perseguidos los hermanos Goncourt o Eugène Sue que recibieron las consabidas acusaciones de “corruptores de la verdad y las buenas costumbres” y de ser un peligro por sus incitaciones a las transgresiones más diversas.

Los encargados de velar por la moral pública no soportan que alguien se atreva a hablar de lo que ellos consideran que no debe hablarse. La libertad de expresión ha de pasar por lo que estiman tolerable y asimilable. De ahí, sus hirientes ataques perpetrados contra los  libros que no coincidían con sus “devotos principios”  y eran considerados licenciosos y nocivos para la moral.

La concienzuda mirada de Flaubert es, en cierto modo, la del sociólogo y la del historiador.

Baudelaire tuvo que soportar a su vez  la prohibición de “las flores del mal” que por cierto estuvo vigente, nada menos que hasta 1946, tras la finalización de la II Guerra Civil Europea o Guerra Mundial.

El autor de la frase “hay que ser sublime sin interrupción” y traductor de Edgar Allan Poe fue estigmatizado por atentar contra la moral religiosa, insultar a la figura de San Pedro, tomar partido por Caín o incluir en su poemario las conocidas letanías de Satán.

Nuestra incursión, a vista de pájaro, toca a su fin. He querido compartir una honda preocupación. Cuando las libertades están amenazadas y en retroceso, cuando no hay ciudadanos exigentes, dispuestos a garantizar los principios democráticos y a denunciar su conculcación, cuando la posverdad y los hechos alternativos recuerdan insistentemente distopías, utopías negativas como las de Orwell o Huxley… si no sabemos reaccionar con presteza, podemos estar a las puertas de un periodo oscuro e inhumano.

Los voceros de turno nos meten en el cuerpo el miedo a los bárbaros… ¿Y si los barbaros fuesen ellos?

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

 

 

Todo Abel tiene su Caín

Cristina Arco

Cristina Jarque

Al revisar los textos freudianos nos encontramos con diversos desarrollos en torno a la violencia familiar que contrastan con los desarrollos lacanianos que evocan un más allá que subyace siempre en todo caso de violencia. En este artículo intentaré demostrar las relaciones que existen entre la teoría freudiana, la teoría lacaniana y la violencia. La violencia que abordaré en esta escritura es la que se gesta al interior de la familia. Con el propósito de citar ciertos ejemplos que puedan dar cuenta de mis reflexiones, comentaré una viñeta clínica y citaré una película española titulada Te doy mis ojos. Tanto la viñeta clínica que comentaré en este artículo, como la película, ponen de manifiesto muchos aspectos interesantes sobre este tema: tema complejo, tema complicado, tema tabú porque de eso no se habla, porque los trapos sucios se lavan en casa, porque avergüenza, porque culpabiliza, porque atemoriza… Porque hablar de violencia, es ya de por sí, violento.

En el diccionario de la Real Academia Española, la violencia se define como: Uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo.

Hoy en día, cuando hablamos de violencia decimos que se trata de un concepto complejo, puesto que no todo el mundo se posiciona igual frente a este concepto, es decir, que depende en muchas ocasiones de lo que llamamos las apreciaciones subjetivas. No obstante, aunque existan estas apreciaciones subjetivas que pueden ocasionar confusiones o incoherencias a la hora de precisar si un acto puede ser calificado o no, de violento, lo que sí voy a puntuar es que existen diferentes tipos de violencia como la violencia física, la sexual, la económica, la patrimonial, la psíquica y que estos actos de violencia pueden tener lugar en diferentes lugares como por ejemplo: en la escuela, en el trabajo, en las instituciones y también en la familia.

Mi propósito en este texto es demostrar la violencia que daña la dignidad y la integridad psíquica del sujeto, lo que deseo es que podamos ver a través de mi escritura, las heridas emocionales que tienden a propagarse a través de los llamados lazos familiares. Para ello, nos centraremos en escuchar a la violencia misma desde los sujetos concernidos (escucha que se realiza en el único dispositivo donde puede ser posible darle voz: en el dispositivo de la clínica psicoanalítica) para que a través de sus historias podamos dar cuenta de la teoría. Es decir, que mi propuesta y mi apuesta en esta escritura es demostrar la teoría a través de la clínica. En otras palabras: que en lugar de ir de la teoría a la clínica, propongo ir de la clínica a la teoría: que sea la voz de los analizantes quienes den veracidad a los conceptos teóricos.

Empiezo mi relato clínico con un analizante a quien llamaré Marcelo. La historia de Marcelo girará en torno a su hermana mayor (a quien llamaré Soco). En las primeras sesiones Marcelo me dice la frase Todo Abel tiene su Caín. El recorrido analítico de este sujeto va a estar sostenido en esta primera frase que nos va a permitir desarrollar el acto violento que da origen a su sufrimiento. Las asociaciones que hace el analizante durante su análisis van girando en torno a la historia del relato bíblico donde Caín, preso de celos, mata a su hermano Abel de una puñalada. Marcelo tiene pesadillas con estas imágenes, pesadillas que lo persiguen todas las noches como sombras obscuras que no lo dejan pegar ojo. Alguien viene a apuñalarlo, alguien quiere matarlo, alguien desea su muerte. A ratos se vuelve francamente paranoico y me dice que incluso hay momentos en los que tiene que mirar atrás para cerciorarse de que nadie lo sigue. En su imaginario viene alguien a por él, siempre provisto de un cuchillo, trae en la espalda la maldición de creer que hay un Caín que desea matarlo.

Marcelo nos dice que él es el hijo preferido, no sólo de la madre, sino también del padre. Soco la hermana queda de lado, parece que por ser mujer (nadie quiere a una hija mujer dice Marcelo, son muy liantas). En el recorrido analítico el analizante podrá descubrir que ha habido una huella importante en su psique alrededor de la hermana Soco. Hay amor pero también hay odio. La relación entre hermanos es muy tirante desde el inicio, marcada principalmente por los celos de Soco hacia su hermano. Estos celos son tan intensos que llegan a tomar dimensiones verdaderamente destructivas y desastrosas. Los hermanos se confrontan constantemente, se insultan y recurren al sarcasmo, la burla y la humillación partiendo básicamente de las ventajas y las desventajas que cada uno percibe en relación a su género.

Tanto para Marcelo como para Soco, comienza lo que podemos llamar una guerra de género, o en otras palabras lo que ahora se conoce como la violencia de género. No obstante, esta violencia se da de los dos lados porque no va únicamente de lo masculino a lo femenino, sino que la crueldad de Soco está presente constantemente y en este caso en concreto, podemos decir que es ella, la hermana, la que tiene los arrebatos más crueles hacia el hermano. Lo interesante de este caso en particular es el destino amoroso de Marcelo pues lo que trae a análisis a este sujeto son las relaciones amorosas (sumamente tormentosas) que establece con las mujeres. A lo largo de las sesiones Marcelo puede ir haciendo la conexión entre la hermana y las mujeres que él elige para relacionarse en el amor. Queda claro que el patrón escogido es la hermana Soco: Mujeres que entran en una dinámica de competencia con él donde parece primar el quién gana entre el hombre y la mujer. Todas las novias de Marcelo tienden a humillarlo, insultarlo, provocarlo, torturarlo… Poco a poco él va dándose cuenta de que estas mujeres son consideradas unos trastos en el núcleo de sus familias: son hijas problemas, hijas de las que los padres se quejan amargamente, es decir, en una palabra: Soco.

Cuando Marcelo comprende la necesidad que tiene de hacerse amar por su hermana algo empieza a cambiar en él pero el bucle pulsional de la violencia vivida lo mete nuevamente en el mismo camino. El mira las cosas, se da cuenta, pero no logra cambiar de elección de objeto de amor. La pregunta que él tiene es sencilla: ¿Puedo llegar a amar a una mujer que no me torture?.

La pregunta de Marcelo es muy importante porque es la clave para poder reflexionar en torno a lo que un psicoanálisis puede lograr y puede ofrecer a un sujeto. Cabe preguntarse junto con el analizante si es posible un cambio de posición en el amor, un cambio de elección de objeto de amor. ¿Es esto posible? ¿Acaso puede cambiar un sujeto que está inmerso en transmisiones inconscientes donde la violencia y la tortura se confunden con el amor? Es una apuesta. La apuesta que la clínica psicoanalítica nos muestra y nos demuestra en el caso por caso. Pero no es algo que se pueda aprender, no es algo que tenga que ver con una enseñanza en la conducta o la actitud del sujeto. Por ello el psicoanálisis no es una práctica de la conducta, sino una práctica dirigida al campo inconsciente, es decir, eso que precisamente no se gobierna a partir de la enseñanza conductual.

La enseñanza de la película Te doy mis ojos aclara muy bien este punto. ¿Cómo ver la violencia familiar? Hay quienes lo ven como una enfermedad que habría que extirpar. En la película que cito, el maltratador intenta curarse de esta enfermedad yendo a una terapia de grupo por métodos conductistas. Esto no funciona porque lo que se intenta es que el paciente cambie de conducta sin interrogar las causas. El psicoanálisis apunta precisamente a las causas. Lo importante es saber qué es lo que produce la violencia, de este modo, la violencia toma lugar de síntoma y no de enfermedad. Los protagonistas en esta película son Antonio y Pilar. Antonio es un hombre preso de una ira incontrolable. La ira lo habita y lo domina hasta el punto de obnubilar su entendimiento. En la terapia grupal el psicólogo trata de explicarle cómo debe controlar la ira. Le hace escribir un diario y le dice que cuando sienta la ira debe liberar su pensamiento y decirse a sí mismo la frase tiempo fuera para evitar golpear a su esposa Pilar. Estos consejos del psicólogo no ayudan a Antonio porque en realidad lo que se juega en la historia de él, es una huella psíquica que podemos articular con la frase que él mismo enuncia en una de las escenas. La frase es: “soy un gilipollas, soy un fracasado”. La escena clave (para reflexionar sobre las causas de la ira de este hombre) es cuando vienen en el coche después de haber ido a visitar al hermano de Antonio. Mientras conduce, Antonio empieza a recordar lo que pasó en la casa del hermano y de pronto golpea el volante del coche, grita enfurecido porque el hermano se ha burlado de él. Notamos la rivalidad que existe entre estos dos hermanos porque a uno le va mejor que al otro. Esa realidad pone a Antonio fuera de sí. Lo que desencadena la ira es la burla del hermano cuando dice “si, claro, Toñito el arquitecto con sus grandes ideas”. Esta frase trae mucha carga pues Antonio no ha estudiado, tiene un trabajo mediocre, gana poco dinero.

Estando en la casa del hermano, la esposa de éste, dice que desea construir una planta más en su casa para poder ver las vistas pero se queja de que llevaría mucho tiempo y sería muy caro. Entonces Antonio quiere sentirse útil, quiere ganarse el respeto de la cuñada y del hermano y comenta que quizá para que no gasten tanto dinero ni tiempo en otra planta podrían construir una torre. Apenas termina la frase, el hermano empieza a burlarse de él y le suelta esas palabras: “si, claro, Toñito el arquitecto con sus grandes ideas”. Cuando Antonio repite estas palabras en el coche voltea a ver a su mujer, ella está en silencio con una cara llena de miedo y entonces él revienta y le pregunta: “¿Qué piensa Pilar? ¿Qué estás pensando?”. Como Pilar no responde, él se descontrola, para el coche, se abalanza sobre ella como un energúmeno ante la cara horrorizada tanto de Pilar como del hijo que está en la parte trasera del coche). Al ver la cara de miedo de su esposa y de su hijo, Antonio sale del coche y comienza a patear los faros del automóvil hasta hacerlos pedazos.

La ira surge, fuerte, intensa, sin control. Pero ¿qué la ha causado? La causa es la burla del hermano que apunta a la herida más sensible de Antonio: el sentir que es un fracasado. Este sentimiento de ser un fracasado va a perseguirlo constantemente haciendo que sienta unos celos terribles cuando Pilar enuncia su deseo de trabajar, su deseo de tener algo para ella fuera de él. Las historias de violencia familiar son complicadas porque tienden a colocar etiquetas: por un lado está la víctima, en este caso Pilar, y por el otro está el verdugo, en este caso Antonio. Pero la clínica psicoanalítica nos demuestra que las cosas no son tan simples. Pilar tiene un sitio en esta relación de dos. Hay escenas donde vemos claramente el enganche tanto amoroso como sexual de la chica por Antonio. La hermana de Pilar, Ana, tiene también su sitio porque aún cuando trata de ayudar a la hermana, no hay manera. Mientras la hermana esté enganchada a este amor tormentoso, no hay manera. Es Pilar y sólo Pilar quien tiene que lograr salir de este enganche. La escena del cementerio nos ayuda a encontrar la repetición familiar: están las tres mujeres (la madre y las dos hijas) en el cementerio llevando flores al padre y la madre comenta cuánto ha amado a su marido. Entonces Pilar explota recordándole toda la violencia que esa madre aguantó. La madre dice que aguantó por ellas pero Pilar no lo acepta. Le dice a la madre que no es así, que no aguantó por sus hijas sino por ella misma. Que es lo que ella (la madre) quería. Ante esta respuesta la madre dice: “es lo mejor que yo supe hacer, espero que tú sepas hacerlo mejor que yo”. Todo indica que esta frase de la madre es lo que permite que Pilar vea de manera más profunda la repetición en la que está cayendo.

En el malestar de la cultura Freud se pregunta sobre la violencia y señala:

“… el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo” .

Cuando Lacan teoriza sobre la violencia lo hace evocando siempre ese más allá que apunta al enigma de lo femenino, enigma que convierte lo femenino en algo insoportable, de allí el surgimiento de la agresividad que se convierte en una violencia por el temor hacia lo desconocido.

Para concluir diré que hace poco en España escuchamos la terrible noticia de que una mujer maltratada por su marido había conseguido por fin la orden de alejamiento. Meses después al marido le diagnosticaron cáncer y la mujer decidió libremente ir a cuidarlo y el marido la degolló. Este tipo de noticias son las que nos confirman lo dicho en este artículo: que en los casos de violencia amorosa, los dos sujetos están enganchados y para poder salir de ese bucle pulsional destructivo es necesario que los sujetos descubran las causas por las que están en esa relación. El psicoanálisis logra echar luz a esas causas tal y como lo puede corroborar Marcelo, quien con el tiempo logró desengancharse y encontrar la manera de construir su deseo en torno a un objeto de amor diferente a Socorro.

 Por Cristina Jarque, Psicoanalista y Directora de la Asociación Psicoanalítica Lapsus de Toledo

 

 

MONOLOGOS EN FEMENINO

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En la foto las Directoras de Lapsus de Toledo, Lola Burgos y Cristina Jarque, “custodiadas” por el Presidente y el Vicepresidente de Arco, José Antonio García Regueiro y Alfonso Gómez Prieto (de izquierda a derecha).

 

Queridos amigos de Arco Europeo Progresista,

El pasado sábado, 24 de Septiembre, asistimos a un encuentro con el grupo de nuestras entrañables amigas de Lapsus de Toledo, colectivo psicoanalítico de indudable valía, en el que pudimos disfrutar de escuchar unos monólogos en femenino llenos de sentimiento, escenificados con rigor y con palabras que nos emocionaron. Felicidades a cada una de las participantes por un trabajo de tanta calidad y donde se pudo notar la huella del psicoanálisis como forma de pensamiento. Este proyecto, único, esta basado en la creación y dirección del mismo por una colega, amiga y psicoanalista de prestigio internacional que es Cristina Jarque, la fundadora y presidenta de la Asociación Lapsus de Toledo, y con el apoyo incondicional de la cofundadora Lola Burgos.

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Como se aprecia en la foto, no había un sitio libre (unos 100 asistentes al acto). En la foto de la derecha la Vicepresidenta de Cultura de Arco, Ana Pulido, con el jurista José Antonio García Campo (a la izquierda de la foto) y el periodista Eliseo Sánchez (a la derecha de la foto).

El sábado se consiguió la magia de que todos fuéramos tocados en nuestro inconsciente por una transferencia de trabajo de gran calidad; el lleno de la sala fue absoluto y se dio vida a diversos personajes en femenino, reales y míticos, a los que pusieron palabras y emociones todas las participantes, siendo cada una, en su estilo, un ejemplo de creatividad y profundidad intelectual.

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En la foto, dos de las “actrices” durante su intervención.

Desde la dirección del Arco de Estudios Psicoanalíticos es para mí un orgullo este tipo de eventos, me permite ilusionarme y sentir que el psicoanálisis, a pesar del rechazo que ha sufrido en España, sigue estando vivo en encuentros como el de este sábado.

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Cristina Jarque, impulsora e ideóloga de Feminástica.

En cualquier caso, nada de esto habría sido posible sin la apuesta valiente, de libertad y progresismo del Presidente de Arco Europeo Progresista, José Antonio García Regueiro, que siempre ha tenido la sensibilidad de posibilitar, dentro de Arco Europeo, un espacio de privilegio para el psicoanálisis. Es un orgullo en un país tan atacado por diversas fuerzas retrógradas contar con una persona que, como el presidente de Arco Europeo, mantiene firmes los postulados del librepensamiento.

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En las fotos de la izquierda posan, tras sus brillantes intervenciones, las chicas de Lapsus. En la foto de la derecha el Presidente de Arco con la socióloga Carmen Calvo y, entre los dos, la joven promesa de Arco Marina Gómez.

Espero que sea el inicio de nuevos actos y realizaciones de colectivos hermanos como Arco Europeo y Lapsus de Toledo. Ambos espacios, a los que pertenezco, creo que son un honor para todos los que esperamos que la creatividad como libertad tenga un lugar en nuestra sociedad.

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A la izquierda panorámica de nuestras amigas de Lapsus. A la derecha nuestro Vicepresidente, que nos escribe este emotivo recordatorio, con la Directora del Área Socio Política de Arco, Belén Rico, que también fue una de las participantes.

 

Alfonso Gómez Prieto

Director del Arco de Estudios Psicoanalíticos de AEP

Vicepresidente Institucional de AEP

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