Jaime Vera vuelve al Ateneo

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Para los ateneístas es un motivo de satisfacción el que el lunes 17 de junio de 2019, a las 19 horas, se celebre en el Ateneo de Madrid un homenaje al ateneísta, científico y socialista Jaime Vera López (1858-1918), en un acto presentado por José Antonio García Regueiro, moderado por el periodista Luis de Benito y con la intervención de Carmen Barahona, Francisco Cánovas,  Juan José Castillo, Antonio Chazarra, Carlos López Riaño y Aurora Ruiz.

Recordemos que el Jaime Vera ateneísta tuvo una relevante actividad en la Docta Casa, sin perjuicio de que el tiempo haya ido difuminando su recuerdo al ir desapareciendo los testigos que le vieron y no existir toda la documentación que sería deseable al respecto.

Pero si le podemos imaginar en el Ateneo en los años ochenta del siglo XIX defendiendo sus ideas científicas como médico alienista o hablando en algún rincón, por ejemplo, con el entonces Vicepresidente del Ateneo Manuel Pedregal y Cañedo, un prestigioso jurista que fue también Presidente de la Sección de Ciencias Morales y Políticas, Ministro de Hacienda durante la Primera República en el Gobierno de Emilio Castelar y que fundó, junto con Francisco Giner de los Ríos y otras personalidades, la Institución Libre de Enseñanza en 1876.

Un poco antes de los años ochenta, el 2 de mayo de 1879, Vera había protagonizado, probablemente sin sospechar su repercusión histórica, el acto por el cual es más recordado, esto es, la fundación, junto con Pablo Iglesias y otros compañeros, del Partido Socialista Obrero Español.

Este acto político fundacional, en cualquier caso, no debemos dejar que nos oculte a uno de los más brillantes ateneístas de su tiempo y a un profesional excepcional de la medicina española en el campo de las enfermedades nerviosas y psiquiátricas, lo que se advera por su nombramiento como director del departamento psiquiátrico del Hospital General de Madrid y por ser reconocido como el representante más emblemático de la tercera generación de neuropsiquiatras madrileños del siglo XIX, iniciada por Pere Mata i Fontanet (1811-1887) y seguida por José María Esquerdo Zaragoza (1842-1912), quien fue su maestro.

De sus más relevantes logros profesionales podemos recordar, por ejemplo: en 1886 el juicio celebrado contra el cura Galeote, acusado de asesinar al obispo de Madrid-Alcalá, donde el informe redactado por los doctores Bustamante, Simarro y Vera, presentado ante el tribunal por éste último, salvó la vida del acusado; o en 1888 el informe emitido por los doctores José María Escuder, Luis Simarro y Jaime Vera acerca del estado mental de Martín Larios, que  concluye que no padece enfermedad alguna que perturbe su inteligencia y le prive de su razón, lo que determinó que los tribunales dictaran sentencia favorable a Martín Larios.

Sus conocimientos prácticos y teóricos los difundió Vera en el Ateneo de Madrid, como socio nº 4.390, llegando a ser Secretario de su Sección de Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas de 1882 a 1884. En el curso 1883-84 se discutió su Memoria sobre el tema “¿Debe considerarse la psicología como ciencia natural?”.

Por último, debemos destacar que en el Ateneo hay una copia impresa de su tesis, presentada en junio de 1880, “Ligeras consideraciones clínicas sobre la parálisis general progresiva de los enajenados”; es un estudio sobre 32 pacientes del sanatorio privado del doctor Esquerdo cuyo original, escrito a plumilla, se conserva en la biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

José Antonio García Regueiro

Presidente de Arco. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid de junio de 2017 a junio de 2019

Artículo publicado en “Entreletras” el 11 de junio de 2019

La utopía de Tommaso de Campanella

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La utopía como género literario se desarrolló con la llegada de la edad moderna, coincidiendo con la era de los descubrimientos geográficos. Aunque las hay de muchos tipos, sin lugar a dudas, la Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Campanella no sólo son las más importantes y las que más han perdurado en la Historia, precisamente, no sólo por su calidad literaria, sino, sobre todo, porque suponen una fuerte crítica de la sociedad de su tiempo, planteando un mundo distinto donde imperarían unas nuevas relaciones sociales basadas en la igualdad y la comunidad de bienes. Ambas se inspiran en Platón, pero, mientras Moro es un claro defensor del humanismo, en línea con Erasmo de Rotterdam, Campanella tiene más conexiones religiosas medievales. En este trabajo nos acercamos a la obra del segundo.

Tommaso Campanella (1568-1639) escribió La Ciudad del Sol en 1602, aunque no viera la luz hasta el año 1623. Fue escrita en cautiverio, no siendo el primero, aunque antes por cuestiones teológicas. En 1599 se le abrió un proceso por herejía, pero también por rebelión porque fue acusado de preparar una rebelión contra el poder español en Calabria, donde se había retirado después de su experiencia con el Santo Oficio. Pretendía implantar algo parecido a lo que luego escribió. En 1602 fue condenado a cadena perpetua, y encerrado en Castel Nuovo en Nápoles, donde pasaría 27 años de su vida.

En Campanella influyeron varios factores para organizar su insurrección y su obra utópica que deben ser tenidos en cuenta. En primer lugar, es evidente la situación socioeconómica del sur italiano con un alto grado de corrupción y miseria en la segunda mitad del siglo XVI. Pero, por otro lado, esta situación caló en una sensibilidad compleja y tormentosa, en un hombre influido por la astrología, el milenarismo -llegó a predecir el fin del mundo para el año 1600-, y por un acusado misticismo. En ese sentido, como apuntábamos más arriba, su utopía no es de signo humanista, sino religioso y moral, una utopía que une el comunismo con lo teocrático, la comunidad de bienes con un tono milenarista, y hasta astrológico, como tendremos oportunidad de comprobar.

La Ciudad del Sol tendría un templo elevado y cerrado por siete círculos concéntricos con los nombres de los siete planetas. Las paredes del templo tendrían símbolos científicos, con un fin eminentemente pedagógico. En este sentido, el gobierno o el poder de la ciudad tendría un marcado carácter científico, algo que compartiría con otros utopistas, preocupados porque el gobierno no estuviera en manos del azar. El saber se asocia, por lo tanto, con el poder. Habría un jefe del Estado, el Metafísico, y tres especies de príncipes, ministros o magistrados: Pon (poder), Sin (Sabiduría) y Mor (Amor). Pero el saber debe ser enseñado, y para eso Campanella diseña un sistema educativo, donde tiene mucha importancia la experiencia, recogiendo la influencia de la filosofía antiaristotélica de Telesio. La educación y la cultura se convierten, además, en un instrumento contra los ricos, en una formulación que, sin lugar a dudas, influirá en el futuro. La ignorancia de las clases humildes es interpretada como un instrumento de la dominación de los poderosos. Pero, además, el desarrollo de la cultura sería fundamental para reducir la miseria y mejorar las condiciones de trabajo.

El régimen que se instaura en la utopía de Campanella es claramente comunista. El egoísmo particular es sustituido por un verdadero culto a la comunidad. En esta comunidad se destruye la familia, aunque no se trata de instaurar el amor libre, sino que las relaciones sexuales estarían pormenorizadamente regladas: 21 años sería la edad para poder tenerlas si se era hombre, y 19 para las mujeres, aunque habría excepciones para el caso de hombres con temperamentos muy ardientes, siempre según autorización de los más ancianos, que podrían tener relaciones sexuales con mujeres que no pudieran procrear por edad mayor o por esterilidad. Por otro lado, la castidad era considerada un valor en sí misma. El magistrado Mor era el encargado de organizar los emparejamientos donde ni el amor ni los afectos tuvieran nada que ver. Tampoco se pretendían uniones de larga duración. Lo que se busca es la multiplicación y propagación de la especie, por lo que las mujeres estériles o sin hijos no tendrían la misma posición que las mujeres con hijos. En realidad, estas ideas de Campanella prefiguran la futura eugenesia porque se quejaba de que el hombre ponía mucho interés en mejorar las razas de los animales domésticos y no ponía ninguno para su propia especie. Los solarianos aceptarían este sistema porque se basaría en la razón y la ciencia, principios fundamentales de la utopía.

Una vez establecida esta organización de las relaciones sexuales se podía montar la economía sobre el principio de la comunidad de bienes. Los solarianos tendrían todo en común. Los magistrados serían los encargados de reasignar el domicilio de cada habitante cada seis meses. La propiedad privada engendraba egoísmo y era la fuente de todos los conflictos.

Todo estaría minuciosamente organizado. La reglamentación es casi un principio universal de las utopías. La jornada laboral del trabajo colectivo sería de cuatro horas. También estaba muy regulada la educación en común, y los juegos. Los hombres y mujeres irían desnudos, intentando imitar el ideal espartano. Campanella pretendía acabar con la ociosidad, unos de los males endémicos del sur italiano. Pero también se conseguiría evitar el delito de todo tipo porque reinaría la virtud. Es evidente que estas reglas tenían un aire religioso. No olvidemos que, en esta utopía, además, se implantaría un sistema de confesión, medio para que el jefe del estado supiera conocer lo que ocurría en la ciudad. Pero en otros aspectos Campanella se aleja de la religión y moral religiosas: defiende el placer sexual, por ejemplo. En esta utopía sí habría religión, una suerte de deísmo, que no exigiría un culto muy exhaustivo al Creador.

Campanella fue un hombre complejo, porque al final de sus días, intentando conciliarse con el poder redactó algunos escritos que entraban en contradicción con su utopía, como su Monarquía del Mesías, donde defiende la teocracia pontificia, entre otras cosas. Pero, no cabe duda que, a pesar de varias cuestiones que nos crean confusión o alarma como la eugenesia o la confesión al jefe del estado, quizás en una suerte de “pre-gran hermano”, debemos contemplar la obra de este religioso italiano, que acabó sus días en París, como un intento de ordenar el caos de un sistema económico y social profundamente injusto, bajo principios racionales y de justicia en favor de los oprimidos.

En castellano contamos con ediciones de la utopía de Campanela: en Fondo de Cultura Económica, en Biblioteca Nueva, Tecnos, Akal, etc. En relación con su interpretación en la historia de las ideas socialistas, es imprescindible el trabajo clásico de Jacques Droz, “Las utopías socialistas en el albor de los tiempos modernos”, en el primer tomo de la Historia del Socialismo que dirigió, y que en España tradujo DestinoLibro en 1976, aunque nosotros empleamos la edición de 1984.

Eduardo Montagut

Socialismo y estética: William Morris

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La figura del británico William Morris (1834-1896) supone una figura fascinante por sus múltiples facetas, especialmente en el campo de la arquitectura y del diseño, al fundar el movimiento Arts and Crafts, que propugnaba la vuelta a la manufactura artesanal frente a la producción industrial despersonalizada. Desde el año 1861 se dedicó a diseñar y fabricar objetos decorativos, muebles y papeles pintados con una inigualable calidad estética. Sus ideas en este campo tendrían una clara influencia en el Modernismo y el diseño posterior. Pero, además, Morris fue un socialista convencido y entregado ferviente a la causa. En este trabajo hablaremos de sus ideas, que pueden definirse desde una especie de socialismo estético.

Para entender la figura de Morris en la historia del socialismo británico debemos comenzar por la fundación en 1881 de la Democratic Federation por parte de Henry Hyndman, aunque con el tiempo cambiaría su denominación por la de Social Democratic Federation Esta organización editaba Justice, el que puede ser considerado el primer periódico socialista británico. En la organización destacaron también sindicalistas muy activos, como Ton Mann y John Burns, que hicieron que se vinculara hacia el sindicalismo. Otra de sus características fue que se trató de la organización británica más cercana a las ideas marxistas. En el S.D.F. militó William Morris.

Pero en 1884 surgió una nueva organización la Socialist League, porque un grupo de militantes estaba descontento por el autoritarismo de Hyndman y por la estrategia seguida por la organización. El grupo estaba compuesto por el propio Morris, además de su amigo Walter Crane, el periodista Belfort Bax, con formación alemana y que aspiraba a liderar el grupo, Andres Scheu, Eleonor Marx Aveling, la hija menor de Marx y su compañero Eward Aveling. La nueva organización tenía un acusado sentido revolucionario. Editaron The Conmmonweal. El primer problema del grupo fue su heterogeneidad porque unos eran marxistas y otros tendían hacia el anarquismo, aunque, sin lugar a dudas, la figura más intensa era Morris. Se puede decir que insufló en ese momento en el socialismo británico una fuerte dosis de vuelta a la utopía, con idealismo e intenso humanismo. Pero, a diferencia de los anteriores utópicos, Morris estaba muy apegado a la realidad. El socialismo de Morris es peculiar porque parte de sus ideas estéticas vinculadas a la moral. Morris pertenecía a los hombres que detestaban la sucia realidad industrial de su país, y aborrecía el imperio del dinero que había corrompido a la sociedad. Había que construir una alternativa basada en la belleza. Morris unió, como ningún otro personaje, el arte con el socialismo. La sociedad futura debía conciliar la libertad, el bienestar y la belleza. Su defensa de la igualdad, como socialista que fue, iba pareja a la de la fraternidad, aunque con unos tintes estéticos medievalizantes por evidente influencia de Ruskin. Y a esta causa dedicó sus energías, siendo un personaje que se caracterizó por su entrega y su apelación a las masas, como atestigua sus Chants for Socialists, que publicó en The Commonweal. El texto aludía poéticamente al despertar del pueblo. Además, Morris impartió conferencias, organizó reuniones y comités, y elaboró discursos para difundir sus ideas socialistas.

Es evidente que esa sociedad futura con tintes comunistas y libertarios entroncaba con la utopía a la que hacíamos referencia anteriormente, pero también es cierto, y en la misma línea de lo que expresamos después, que Morris no era desconocedor de la realidad económica. Estudió las obras de Marx, aunque Engels fue muy crítico con los socialistas de la Liga al acusarlos de sentimentalismo. Morris intentó, pues, combinar lo utópico con lo científico. En este sentido es fundamental su obra News from Nowhere, del año 1890, donde realiza una profunda crítica del capitalismo industrial desde sus posiciones estéticas y antropológicas. Se trata de una novela utópica en donde se describe la sociedad futura del año 2000, cuando se ha llegado a la era comunista. Relata la vida en un Londres sin miseria y sin fealdad, las dos lacras de su tiempo, según el autor. Londres era una ciudad limpia y bella con excelentes edificios y campos. Se trataría de un nuevo urbanismo vinculado a la naturaleza, marco excelente para el trabajo alegre de todos, sin presiones y sin desigualdades de clase; en fin, estética y socialismo.

La Liga Socialista no terminó por cuajar claramente. Quedó muy vinculada exclusivamente a la ciudad de Londres y otras zonas en Escocia. Su capacidad de movilización no fue muy alta. Pero el principal problema, que ya intuíamos anteriormente, tendría que ver con la desunión interna. El propio Morris fue consciente del fracaso de la organización y en 1890 se retiró.

Un aspecto final a tener en cuenta en Morris es la contradicción que terminó por generarse entre sus ideas estéticas, muy importantes, sin lugar a dudas, en la Historia del arte y del diseño, con sus planteamientos socialistas. Los productos que diseñaba y realizaba, dados los meticulosos y creativos procedimientos de trabajo empleados y de su exquisita calidad, solamente podían ser adquiridos por una minoría de alto poder adquisitivo y no por los trabajadores.

Eduardo Montagut

Carta de la candidata al Ateneo Belén Rico

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Estimados ateneístas:

El próximo 30 de mayo volveremos a celebrar elecciones en nuestra Docta Casa con el propósito de llevar a buen fin todos los proyectos que tenemos en perspectiva y otros que, sin duda, irán surgiendo. Con este fin y plena de ilusiones, me presento como candidata a Secretaria Tercera de la Junta de Gobierno por la lista de Red Ateneísta, una candidatura que trae aire fresco, personas con formación y espíritu de diálogo.

Precisamente un grupo de ateneístas y de amigos del ateneo, que nos integramos en el colectivo Arco Ateneo, hace tiempo que entendimos imprescindible el conseguir un clima que permita llegar a acuerdos, que deje atrás las descalificaciones, la agresividad y los disparates que tan frecuentes han sido en los últimos años.

Y en esta línea de gestos positivos, se decidió que alguno de nosotros compartiera lista electoral con otros ateneístas que coincidieran en este propósito. Y afortunadamente esto ha sido posible con los compañeros con los que integro la lista de Red Ateneísta.

Por ello, os pido vuestro apoyo para todos los que integramos esta candidatura.

A continuación, os traslado unas palabras que le he pedido al actual Vicepresidente Segundo del Ateneo, José Antonio García Regueiro, amigo y compañero de Arco Ateneo, cuyo apoyo siempre he tenido para embarcarme en esta loable empresa.

Belén Rico García, candidata a Secretaria Tercera

Estimados ateneístas,

Le agradezco a Belén Rico que quiera que os transmita mi opinión, lo que, por supuesto, hago con especial agrado.

Como sabéis, salí elegido Vicepresidente Segundo del Ateneo en junio de 2017, por lo que ya llevo casi un año conociendo nuestra noble Casa desde la perspectiva de su Gobierno, lo que implica estar más cerca de sus problemas y tener una mayor responsabilidad.

Y el grado máximo de responsabilidad exige contribuir a que el Ateneo siga desempeñando un papel relevante en la formación de valores éticos en nuestro país y en la difusión literaria, científica y cultural, cometidos que viene cumpliendo, a pesar de todas las dificultades, desde hace ya casi doscientos años. Conozco a Belén desde hace más de 30 años por lo que sé con certeza que junto a su sólida formación, es Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas, hay también una plena integridad ética y una relevante preocupación por la difusión de la cultura.

Por otra parte, estoy seguro que coincidiréis conmigo en que es imposible realizar satisfactoriamente esta tarea y proyectarla fuera de nuestros muros, si no nos respetamos dentro del propio Ateneo, si no hay patrones constantes de conducta que se traduzcan en diálogo, en acuerdos, en no rebasar la libertad del otro, en cumplir las normas y, en definitiva, en el cumplimiento del bien común. Y para que esto sea posible necesitamos en la Junta de Gobierno a personas como Belén.

Y con satisfacción he podido constatar que ética y formación están también sólidamente presentes en el resto de los integrantes de la candidatura de Red Ateneísta.

En consecuencia, el próximo 30 de mayo Belén y los demás integrantes de Red Ateneísta tendrán mi voto.

José Antonio García Regueiro

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Las aportaciones ideológicas de Antonio Maura en el conservadurismo español

Daoiz y Velarde en la Moncloa entre los años 1902-1932

Daoiz y Velarde en la Moncloa entre los años 1902-1932

Personaje clave en la Monarquía de Alfonso XIII y en el Partido Conservador. En este artículo estudiaremos sus aportaciones ideológicas en el seno del universo conservador español de las primeras décadas del siglo XX.

Maura planteó una reorganización del sistema político de la Restauración partiendo de una lectura moderada del regeneracionismo, habida cuenta de su agotamiento y limitaciones en los inicios de la nueva centuria. Fue el protagonista de lo que se denominó “revolución desde arriba” sobre la base de la racionalización de la Administración del Estado, buscando el inicio de una cierta descentralización para superar el caciquismo. Este proyecto debía aplicarse también al propio Partido Conservador. Ya no valía el concepto de partido de cuadros propio del siglo XIX. Era necesaria la movilización política de las clases conservadoras para imbricarlas más en la política. Maura quería terminar con la denominada inercia de la “masa nacional”. Pero estas reformas en los dos ámbitos no buscaban cambiar el sistema político que había diseñado Cánovas en la Constitución de 1876. Lo que se pretendía era aumentar el apoyo social al mismo, al poder autoritario pero reformista que él mismo representaba casi a la perfección. Por eso necesitaba movilizar a los conservadores, es decir los componentes de las élites ilustradas para modernizar el país. No se trataba, ni mucho menos, de democratizar un sistema liberal que, a pesar del sufragio universal, tenía muy pocos elementos democráticos. En este mismo sentido, no se cuestionaba a la Monarquía, sino todo lo contrario, ya que debía reforzarse como pilar fundamental del orden.

Las realizaciones prácticas de Maura en este sentido fueron un fracaso, porque su reforma del poder local no terminó, ni mucho menos, con el caciquismo. En relación con el Partido, aunque no lo pudo cambiar, y quedó anquilosado, sí es cierto que los jóvenes mauristas plantearon un modelo moderno de organización política.

Las ideas de Maura informaron gran parte de las ideas y actuaciones de los conservadores, con la excepción del mayor interés en la reforma social de Eduardo Dato y los idóneos, enfrentados a Antonio Maura. Los jóvenes mauristas fueron herederos del magisterio de Antonio Maura, así como los núcleos de Acción Ciudadana. Se vería en la germanofilia en la Primera Guerra Mundial con una declarada admiración hacia el káiser, así como la deriva hacia posturas tradicionalistas de muchos mauristas, o claramente filofascista de otros. Estos sectores abogaban por un sistema político que definían como democrático, la “nueva democracia”, pero donde había un reforzamiento considerable del poder ejecutivo y la sustitución del sufragio universal por el “servicio obligatorio”.

Eduardo Montagut

El sistema de partidos en la España liberal

ISABEL

Durante el reinado de Isabel II, y con el consiguiente establecimiento del Estado liberal, se conformaron las dos grandes familias liberales españolas, es decir, la moderada y la progresista, herederas, en cierta medida, de la división ya iniciada en el Trienio Liberal, y que se fueron convirtiendo en partidos políticos más o menos organizados, aunque muy distintos a las organizaciones de masas del siglo XX, ya que eran partidos de cuadros. También aparecieron otros partidos, como el Demócrata y la Unión Liberal, aunque ésta última sería una combinación de moderados y progresistas.

El Partido Moderado estaba compuesto por políticos seguidores del liberalismo doctrinario francés. Sus miembros defendían la soberanía compartida entre la Corona y las Cortes, que la Corona tuviese el derecho de veto, la capacidad para nombrar y separar el gobierno y el poder de disolver las Cortes. El mantenimiento del orden público era una de sus principales objetivos, por lo que tendieron a restringir los derechos. Aplicaron el sufragio censitario más restrictivo. Su base social estaba compuesta por la aristocracia, la burguesía financiera y comercial y los altos cargos del Estado, la Iglesia y del Ejército. Contaron siempre con el apoyo de la Corona. Fue el partido político que más tiempo estuvo en el poder durante el reinado isabelino. Su época de mayor poder se dio en la Década Moderada (1844-1854). En ese momento la figura clave fue el general Narváez.

El Partido Progresista estaba integrado por los defensores de la soberanía nacional, el sufragio censitario, pero más amplio que el defendido por los moderados para atender a su base social, la milicia nacional y la extensión de los derechos individuales. Deseaban una Corona con un poder limitado aunque se le reconocía su facultad de disolver las Cortes. Los progresistas consiguieron apoyos entre la pequeña burguesía de comerciantes, artesanos y oficiales militares de baja graduación. Ejercieron la oposición en el Congreso y en la prensa, y dadas sus dificultades para acceder al poder por el monopolio moderado del mismo emplearon los pronunciamientos para poder acceder al mismo, destacando la Vicalvarada en 1854, que abrió el Bienio Progresista.

El Partido Demócrata surgió en 1849 como una escisión del ala radical del progresismo. Persiguió la instauración del sufragio universal, la extensión de los derechos y la intervención del Estado en algunas cuestiones, como la instrucción pública. Un sector importante de los demócratas derivaría hacia el republicanismo.

La Unión Liberal nació en 1854, y estuvo dirigida por el general O’Donnell. Aglutinó a sectores moderados y progresistas, en una especie de centro político. Pretendía armonizar el orden con la libertad con el objetivo de renovar el sistema político, aunque tendió hacia el moderantismo. Dominó la escena política entre 1858 y 1863.

Al margen del liberalismo seguirían los carlistas que, con el tiempo, organizarían sus propias formaciones políticas.

Pero estos partidos, organizados desde arriba, apenas tenían contacto con la realidad social. La escasa participación electoral hacía del pueblo un mero espectador de la vida política. Tenemos que tener en cuenta que el sufragio era censitario y que el porcentaje de votantes osciló entre el 0’1% y el 25% de los españoles de sexo masculino entre 1834 y 1868. Además, la maquinaria electoral estuvo siempre al servicio de los intereses del gobierno, gracias a las leyes electorales de 1837 y 1846, que daban mucho poder a los jefes políticos y a los notables locales, los conocidos en la época posterior de la Restauración como caciques, que organizaban y negociaban los resultados gracias a una amplia red clientelar de fidelidades, sin olvidar otras medidas de presión.

Por último, debemos insistir en la constante presencia de los militares en la política española isabelina. Los pronunciamientos continuaron y, en ocasiones, sustituyeron a la mecánica electoral para asegurar cambios políticos, como hemos apuntado anteriormente.

Eduardo Montagut

Educación y Revolución Francesa

Talleyrand

Talleyrand

La educación no fue, en principio, prioridad inmediata para los primeros revolucionarios franceses. En la Asamblea Nacional Constituyente no se trató de forma exhaustiva, ni con la importancia de otras cuestiones. Se encargó de la instrucción pública a un comité que debía preparar un informe, y que terminaría por ser elaborado por Talleyrand.

En el Título Primero de la Constitución de 1791 sobre las disposiciones fundamentales garantizadas por la Constitución se aludía a que se crearía y organizaría la instrucción pública, común a todos los ciudadanos. Por otro lado, también se establecía la necesidad de la creación de festividades nacionales con el fin de mantener la fraternidad entre los ciudadanos, vinculándoles a la patria y a las leyes, es decir, se estaba apostando por la educación cívica. Esta sería una de las primeras características del nuevo sistema educativo francés. En materia religiosa, la Revolución Francesa fue neutral. Lo que se pretendía era formar ciudadanos.

En la Asamblea Nacional Legislativa, el Comité de Instrucción Pública no planteó un plan de reforma de la enseñanza en Francia. Pero era necesario, y no tanto por las carencias heredadas del Antiguo Régimen, sino porque el 18 de agosto de 1792 se decidió que ninguno de los niveles de la enseñanza fuera confiado a las órdenes religiosas, que habían sido suprimidas. Todas las niñas y jóvenes recibían educación de congregaciones femeninas, y la mayoría de los chicos en las congregaciones masculinas.

La educación fue elevada a derecho en la Declaración de los Derechos del Hombre, incluida como preámbulo de la Constitución de 1793. En el artículo 22 se manifestaba que la instrucción era una necesidad común. La instrucción debía estar al alcance de todos los ciudadanos. Fue un principio fundamental que aportó la Revolución Francesa. Posteriormente, la Constitución de 1795 dedicó el Título X a la instrucción pública. En Francia debía haber escuelas primarias donde los alumnos aprendieran a leer, escribir, “elementos de cálculo y de moral”. La República mantendría a los profesores alojados en las escuelas. Además, debían existir escuelas superiores por todo el territorio, al menos una cada dos departamentos. Se reconocía la existencia de la enseñanza privada, ya que cualquier ciudadano tendría derecho a crear establecimientos educativos. También se incluyó la cuestión de las fiestas patrióticas. Así pues, se creaba la escuela pública pero se permitía la existencia de la privada, otro rasgo del nuevo sistema educativo que se estaba configurando.

Una vez establecida que la educación sería una prioridad para la Convención, como hemos visto en el Título X, el nuevo Comité de Instrucción Pública se puso a trabajar. Curiosamente, muchos de sus componentes habían pertenecido al Comité de la Asamblea Nacional. Por fin, en diciembre de 1793 la Convención aprobó una ley para desarrollar y garantizar lo dispuesto en el artículo 22 de la Constitución. Se instituyó la instrucción obligatoria y gratuita para todos los niños de 6 a 8 años. Los padres que no mandasen a sus hijos a la escuela podrían perder sus derechos cívicos. Sería responsabilidad municipal la selección, retribución y control de los maestros. En cambio, los libros de texto serían competencia nacional. El estado francés no renunciaba al control del currículo escolar.

En 1794, el Comité de Instrucción Pública presentó el balance sobre lo realizado en el curso 1793-1794. Aunque la investigación ordenada obligaba a todos los distritos a enviar la información a París, no llegaron muchos; pero lo más importante fue la constatación del fracaso de la política establecida, ya que solamente una minoría había abierto la escuela que se había previsto. En noviembre de ese mismo año se elevó un informe que planteaba una alternativa para la enseñanza primaria. Se suprimía la obligatoriedad, y ya no era obligatorio abrir escuelas en todos los municipios, solamente una por cada mil habitantes. Se estipulaba también la remuneración para los maestros y las maestras, siendo menor para éstas. La enseñanza sería segregada. En octubre de 1795 se suprimía la gratuidad de la enseñanza primaria. Los padres deberían sostener a los maestros. Parece evidente el giro conservador en materia educativa en el nivel de primaria. Imaginamos que la supresión de la obligatoriedad y la gratuidad pudieron incidir en los índices de escolaridad, aunque no tenemos datos para afirmar lo que exponemos. Presumimos que los niños eran necesarios en las tareas agrícolas, domésticas y en los talleres. Si no era obligatorio y, además, había que pagar la enseñanza, muchos no debieron ir a la escuela.

En la época del Directorio, además, se dio otra disposición muy importante con relación a la enseñanza, que podríamos definir como secundaria o media. El 25 de febrero de 1795 se aprobaba la creación de escuelas centrales en cada departamento. Se pretendía unificar la enseñanza en Francia. Si se había apostado por la unidad de la República, solamente podía haber unidad en la enseñanza, otro rasgo de la educación que nace de la Revolución francesa, y que se relaciona con la anterior cuestión relativa a los libros de texto. En octubre se publicó el plan de enseñanza de las escuelas centrales. Cada escuela tendría trece profesores que se encargarían de asignaturas específicas: matemáticas, física y química, historia natural (ciencias naturales), lógica, “análisis de las sensaciones y de las ideas”, economía política (el gran saber promocionado por la Ilustración), higiene, artes y oficios, artes y dibujo, gramática, literatura, lenguas vivas y antiguas. Los profesores serían seleccionados, examinados y fiscalizados por un Jurado Central de Instrucción, nombrado por el Comité de Instrucción Pública de la Convención.

Las escuelas tendrían tres secciones en función de la edad de los alumnos. La primera comprendería a los alumnos entre 12 y 14 años. En esta sección se cursaría dibujo, historia natural y las lenguas. Entre 14 y 16 años la formación se basaría en las matemáticas, física y química y lógica. Por fin, la tercera sección abarcaría a los alumnos entre 16 y 18 años, que estudiarían literatura, historia y legislación.

En relación con la enseñanza superior, la Convención estableció una serie de grandes escuelas. La Escuela de Central de Trabajos Públicos se creó en septiembre de 1795, aunque cambió su nombre por Escuela Politécnica, para la formación de ingenieros. El Conservatorio de Artes y Oficios estaba destinado para la formación de técnicos. Se creó también en septiembre de 1795. La Escuela Normal de París se creó para formar a los maestros.

Las Universidades fueron suprimidas por un decreto de 16 de septiembre de 1793. Al año siguiente se crearon, como alternativa en el área sanitaria y científica, tres escuelas de sanidad, en París, Montpellier y Estrasburgo. Estas escuelas contaban con laboratorios, colecciones de ciencias naturales y un hospital. Por su parte, la enseñanza de las humanidades se repartía entre la Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico, el Louvre y el Conservatorio de Música.

Por su parte, el Colegio Real no fue abolido, sino que fue transformado en Colegio de Francia. Las Academias creadas por la Monarquía en distintas épocas fueron reemplazadas por el Instituto Nacional de las Ciencias y Artes, con tres secciones: ciencias físicas y matemáticas, ciencias morales y políticas, y literatura y bellas artes. También estaría el Museo de Historia Natural, heredero del Jardín del rey, y se encargaba de impartir enseñanza superior en ciencias naturales.

Eduardo Montagut

Los padres en la escuela liberal española

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Como es sabido, los protagonistas indiscutibles en el proceso de enseñanza y aprendizaje son los docentes y los alumnos, pero los padres de los alumnos juegan, por su parte, un papel importante en dicho proceso. En este artículo pretendemos estudiar cómo planteó el sistema educativo liberal español la responsabilidad de los padres en relación con la educación de los hijos en primaria.

La Ley que planteó provisionalmente el Plan de Instrucción Primaria de 1838 estableció en su título VI los deberes de los padres o tutores de los alumnos. El artículo 26 dejaba muy claro que era obligación de los padres o tutores el procurar a los hijos o tutorados “aquel grado de instrucción que pueda hacerlos útiles á la sociedad y á sí mismos”. Pero, además, también involucraba en esta obligación a los poderes públicos, ya que ordenaba a las Comisiones locales de Educación que estableciesen cuantos medios estimasen oportunos para estimular a los padres y tutores legales con el fin de que cumpliesen con ese deber y para remover cuantos obstáculos lo impidiesen. Había que llevar un registro de las acciones emprendidas por estos organismos de la administración educativa, así como, de las amonestaciones impuestas a los padres y tutores. Si esa documentación existe, que no sabemos, sería harto interesante para conocer mejor el absentismo escolar decimonónico español.

La cuestión de las amonestaciones  se desarrolló en la Ley Moyano de 1857. En el artículo séptimo se establecía la obligatoriedad de la enseñanza elemental, y que los padres o tutores debían enviar a las escuelas públicas a sus hijos o pupilos entre los seis y nueve años de edad, a menos que recibiesen instrucción adecuada en casa o en escuelas particulares. El artículo octavo de esta disposición dictaminaba que los que no cumplieren con ese deber, habiendo escuela en el pueblo o una distancia prudencial, serían amonestados por la autoridad y sancionados con una multa de entre 2 y 20 reales.

Pero no basta con acercarnos a la legislación educativa para intentar comprender la cuestión de la responsabilidad de los padres en la educación de los hijos en la época que nos ocupa. El absentismo escolar fue muy alto durante todo el siglo XIX porque la realidad socioeconómica de muchas familias impidió que muchos niños y niñas de condición social humilde, tanto en el campo como en la ciudad, pudieran acudir a la escuela primaria o que permanecieran en la misma hasta el final de esta etapa educativa, aunque la primaria fuera gratuita, siempre que se demostrase la falta de recursos. No sabemos si se pusieron muchas multas o si, realmente, la Administración no se empeñó en hacer cumplir la ley; seguramente, dependió de cada maestro u organismo de control educativo local. Pero el Estado liberal fracasó a la hora de escolarizar a todos los niños y niñas en primaria. Las causas de ese fracaso, por tanto, no se encuentran en la falta de interés de los padres y madres de condición humilde por la educación de sus hijos ni en que, presumiblemente, no se persiguiese sistemáticamente ese absentismo; el problema estaba en otro lugar, como ya hemos señalado, es decir, en la difícil e insegura situación económica de la mayoría de las familias españolas del siglo XIX. Los niños y niñas a edades muy tempranas se incorporaban al mercado de trabajo o colaboraban en las tareas agrícolas. Sus salarios podían ser muy bajos pero eran vitales para que las familias sobreviviesen. No basta con establecer la obligatoriedad de la enseñanza primaria ni estipular multas por incumplimientos de lo dispuesto en la legislación educativa, hacían falta cambios socioeconómicos profundos para que todos los niños y niñas españoles pudieran acudir a la escuela.

Eduardo Montagut. Doctor en Historia.