Las potencias en el inicio de la Gran Guerra

CASCO

En este artículo estudiamos las fuerzas de las potencias en el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Comenzamos nuestro análisis con los Imperios Centrales. Alemania era, sin lugar a dudas, gracias al esfuerzo emprendido en la Segunda Revolución Industrial, una potencia económica que había alcanzado en muchos aspectos a Gran Bretaña, superando a ésta en otros. Contaba con otra ventaja, su peso demográfico. El gobierno alemán, por fin, dedicaba al gasto militar grandes cantidades de su presupuesto. Entre 1910 y 1913 se dieron disposiciones para mejorar y agilizar el reclutamiento y la movilización. El servicio militar alemán duraba entre dos y tres años con un programa muy intensivo de formación. Después de cumplir con el servicio militar, el alemán pasaba muchos años a disposición en la reserva. El ejército alemán podía movilizar unos ocho millones y medio de efectivos. Por otro lado, la formación de su oficialidad era ejemplar, contando con un muy profesional Estado Mayor.

En relación con el armamento, su poder era inmenso, especialmente en artillería pesada gracias a que tenía la mejor industria siderúrgica del mundo. En el campo de las ametralladoras no tenía rival. Otra gran ventaja alemana era el uso avanzado y estratégico del ferrocarril, como se demostró en la guerra franco-prusiana.

En cuestión naval es importante destacar que en 1905 el almirante Von Tirpitz, que comandaba la marina imperial desde fines del siglo anterior, obtuvo del gobierno más fondos para que se construyeran más barcos de guerra. Tirpitz era consciente de la dificultad de igualar la potencia naval británica, pero diseñó la denominada “teoría del riesgo”, por la cual se pensaba que los británicos no podrían concentrar todas sus fuerzas navales contra las alemanas y, aunque al final sí pudieran hacerlo y, por lo tanto, derrotarles, la Royal Navy saldría muy debilitada y ya no volvería a ser hegemónica. El problema es que esta teoría obviaba a otras dos potencias navales, la francesa y la norteamericana, que podrían ser fácilmente aliadas de la británica. Así pues, aunque la flota alemana era imponente y asustó en principio a los británicos, acostumbrados a su poderío marítimo incontestable, nunca tuvo la iniciativa. Por otro lado, una fuerza naval muy importante para los alemanes fue la de los submarinos.

En la Primera Guerra Mundial entró a servir un nuevo tipo de barco de guerra, el Dreadnought. Era el navío con mayor tonelaje hasta el momento y dotado de la más potente artillería del momento, un logro indudable de las ingenierías militares del momento. El primero de todos ellos entró en servicio en la Royal Navy Este hecho provocaría un cambio sustancial en la consideración de las fuerzas navales en los conflictos bélicos y desencadenó una infernal carrera naval.

En cuanto a la aviación, los alemanes tenían al comenzar la contienda unos 174 aparatos.

Si la potencia militar alemana era una realidad palpable, no podemos decir lo mismo de la austro-húngara. Su ejército era inferior en número y, sobre todo, en preparación, y sus unidades de combate no tenían mucho armamento. En primer lugar, el Imperio Austro-Húngaro no poseía la potencia económica del Imperio Alemán, y aunque era evidente su peso demográfico sufría el problema de la diversidad de nacionalidades, que hacía muy difícil la coordinación de sus fuerzas y la entrega en el combate por las rivalidades internas. Austria-Hungría siempre fue un aliado complicado para Alemania y fueron frecuentes las fricciones y los desencuentros entre sus respectivos Estados Mayores. Alemania siempre priorizó el frente occidental que interesaba menos a Austria-Hungría, volcada en los frentes oriental e italiano.

En el lado de la Triple Entente comenzamos con Francia, un país poderoso, pero, en comparación con Alemania, muy débil demográficamente. Su economía no estaba tan desarrollada y eso se notaba en su armamento, especialmente en el campo de la artillería pesada, ya que frente a los 2.000 cañones alemanes solamente podía presentar unos 308. En cuanto a su ejército, hubo una intensa polémica parlamentaria en 1913 para que se ampliara el servicio militar de dos a tres años. Contaba con menos efectivos humanos que Alemania. Por su parte, los soldados franceses estaban peor preparados que los alemanes. En cuanto al poder naval, sin lugar a dudas Francia tenía una gran flota, especialmente en el Mediterráneo, mucho más potente que la del Imperio Austro-Húngaro.

Gran Bretaña contaba con el ejército menos numeroso de los principales contendientes, aunque era muy profesional. No había servicio militar obligatorio, siendo voluntario, lo que obligó a intensas campañas publicitarias. En compensación, poseía un ejército colonial muy numeroso, dado su inmenso Imperio. Era el único país que había desarrollado una eficaz fuerza de Defensa Territorial. El poderío británico se encontraba en sus fuerzas navales. Unos años antes del comienzo de la guerra Churchill fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo, cambiando la estrategia naval británica hasta el momento, ya que abandonó la tradición del enfrentamiento directo en alta mar. Esta decisión tenía que ver con los cambios en la guerra moderna. Churchill temía una posible invasión. Era consciente de lo vital que era mantener el contacto marítimo con las colonias y con la fuerza expedicionaria británica cuando tuviera que acudir al frente occidental continental. Y sus preocupaciones tenían que ver con artefacto que podía distorsionar todo, el submarino, una de las apuestas más exitosas de los alemanes. Por lo tanto, la Royal Navy debía ser protegida como un seguro de vida para Gran Bretaña. La flota fue concentrada en la base de Scapa Flow, en Escocia, desde donde podía bloquear las costas alemanas y amenazar a la flota enemiga si decidía salir a alta mar. Y esta estrategia fue un éxito, porque los alemanes no se arriesgaron y su flota llegó casi intacta al final de la guerra. Todos estos factores explican el escaso protagonismo naval en la Primera Guerra Mundial, todo lo contrario de lo que ocurriría en la Segunda.

Las fuerzas aéreas conjuntas de los aliados eran superiores a las alemanas.

Por fin, Rusia aportó el mayor peso demográfico a la Gran Guerra, pero poco más, porque su ejército estaba muy mal preparado en cuanto a su formación militar, tanto de la oficialidad como de los reclutas. Además, al ser el país más atrasado industrialmente de las grandes potencias en conflicto, no poseía un armamento a la altura de las circunstancias.

En conclusión, las fuerzas humanas y militares estaban muy equilibradas al comenzar la guerra. La Triple Entente tenía más peso demográfico y mayor poderío naval. Pero los Imperios Centrales contaban con más potencia de fuego y mayor capacidad de movimientos. Los aliados –Francia y Reino Unido- contaban con sus imperios coloniales frente a los Imperios Centrales, factor que debe ser muy tenido en cuenta por la aportación constante de soldados y, sobre todo, porque disponían de inmensas reservas de materias primas y fuentes de energía. En contrapartida, la distancia entre los aliados de la Triple Entente y con sus colonias generó no pocos problemas logísticos y de coordinación, además de muchos y diversos esfuerzos, frente a los Imperios Centrales, que formaban un bloque territorial muy compacto.

Para Alemania lo fundamental al comenzar la guerra era la rapidez. El tiempo siempre fue un aliado de la Triple Entente.

Eduardo Montagut

Las tensiones balcánicas en el origen de la Gran Guerra

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Entre las causas que originaron el estallido de la Primera Guerra Mundial destaca, sin lugar a dudas, el complejo y largo conflicto de los Balcanes, que se inicia en la segunda mitad del siglo XIX.

Esta zona de Europa llevaba varios siglos bajo dominio del Imperio turco otomano. A la altura de 1830 solamente Grecia había obtenido la independencia después de una larga e intensa guerra. En los Balcanes, el nacionalismo eslavo comenzó a ser muy activo frente a Estambul, el centro del poder de un imperio que comenzaba a demostrar su decadencia. Los serbios protagonizaron los más duros e intensos enfrentamientos y muy pronto intentaron desempeñar un papel protagonista en la zona.

Pero además de la lucha nacionalista eslava frente a los turcos, actuaban dos fuerzas poderosas en el área balcánica. Austria, desde el noroeste, deseaba estar presente en el reparto del Imperio turco, controlando Bosnia. Y, en el otro lado, estaba el Imperio ruso, la gran potencia que se consideraba la protectora natural de los eslavos por razones étnicas y religiosas. Los rusos desarrollaron desde muy pronto una política agresiva en la zona contra los turcos, además de pretender una salida al Mediterráneo para su flota del Mar Negro. Esta política condujo a la guerra de Crimea (1853-1856), un conflicto que enfrentó a los rusos contra los turcos pero que terminó involucrando a austriacos, franceses, británicos y piamonteses en ayuda de los segundos, dispuestos a frenar las pretensiones rusas. La derrota rusa fue contundente. El Tratado de París reconoció de hecho la independencia de Rumanía y Serbia, el dominio austriaco sobre los pueblos eslavos del norte (eslovenos y croatas) y mantuvo el dominio turco sobre los territorios del sur de los Balcanes (Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Albania y Macedonia). Pero la Cuestión de Oriente no había hecho más que comenzar, porque las tensiones siguieron.

Entre 1877 y 1878 tuvo lugar la guerra ruso-turca, cuyo origen siguió estando en las pretensiones nunca satisfechas de los rusos de acceder al Mediterráneo y expansionarse en los Balcanes. La guerra estalló por la rebelión de algunos pueblos eslavos, apoyados por Rusia, contra los turcos en Bosnia y Bulgaria. Para solucionar el conflicto se celebró el Congreso de Berlín en 1878. En el Congreso se decidió que fueran independientes de derecho Serbia, Rumanía y Montenegro, y se estableció una región autónoma: Bulgaria. Gran Bretaña recibió Chipre y dejó claro que sostendría al Imperio turco. Los austriacos obtuvieron la administración de Bosnia-Herzegovina.

En 1908, el Imperio austro-húngaro proclamó la anexión de Bosnia-Herzegovina de forma unilateral. Esta decisión provocó que los rusos se movilizasen, tanto para intentar frenar a Austria como para aprovecharse de la debilidad turca. Así pues, Rusia promovió la creación de una coalición de pequeños estados de la zona. En 1912, serbios, búlgaros, griegos y montenegrinos crearon la Liga Balcánica. En octubre de ese año estalló la primera guerra balcánica entre la Liga y el Imperio turco. Fue una guerra corta y que acabó con la derrota de los turcos. Rusia había conseguido uno de sus objetivos, debilitar aún más al Imperio turco, y los miembros de la Liga ampliaron sus territorios respectivos a costa del derrotado, que perdió casi todos sus dominios europeos.

Pero los conflictos no terminaron con esta guerra. En 1913 la Liga se rompió por las profundas diferencias internas y estalló la segunda guerra balcánica. Aunque todos los miembros de la Liga compartían el mismo deseo de terminar con la presencia turca en los Balcanes, cada uno tenía sus intereses particulares que chocaban con los de sus vecinos. Bulgaria atacó a Serbia y Grecia. Los rumanos y los turcos decidieron apoyar a los atacados. Los búlgaros fueron derrotados. Por el Tratado de Bucarest, Bulgaria perdió las ganancias territoriales que habían conseguido en la guerra anterior, que pasaron a manos de Serbia, que se convirtió en un protagonista de los Balcanes. Serbia deseaba crear un Estado que agrupase a todos los serbios y eslavos que estaban bajo dominio austriaco. Las tensiones con Viena se acrecentaron a partir de entonces. Los austriacos estaban muy alarmados y concibieron la necesidad de que sería conveniente una guerra preventiva para impedir que se cumpliesen los sueños serbios. Eran conscientes, además, de que Rusia estaría detrás de Serbia, como terminaría ocurriendo. Por su parte, Berlín ya había decidido que apoyaría a Viena en caso de conflicto. El sector más belicista en Francia se inclinaba por apoyar claramente a Rusia, según lo establecido en la Triple Entente.

Eduardo Montagut

Del colonialismo al imperialismo

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En este artículo pretendemos comparar y diferencias entre el colonialismo de la época moderna con el imperialismo de la era industrial.

La industrialización en el siglo XIX y el enorme desarrollo tecnológico de Europa, especialmente en la época de la Segunda Revolución Industrial, provocaron la separación del mundo en dos grandes polos: los países industrializados y los no industrializados. Los primeros terminaron por imponerse sobre los segundos, que quedaron bajo su dependencia directa o indirecta. La Europa industrial, gracias a su vitalidad demográfica, su superioridad industrial, técnica, comercial y financiera impuso su modelo económico, sus valores e ideales, así como su cultura a gran parte del mundo.

El término de imperialismo comenzó a usarse en el vocabulario político y periodístico en la década de los años noventa del siglo XIX para designar un nuevo fenómeno. El imperialismo se definiría como el sistema en el que la política, la economía y la cultura de gran parte del mundo se organizan en función del dominio de unos países sobre otros, siendo la culminación del colonialismo iniciado en los siglos XV y XVI. Pero ambas formas de dominación colonial fueron muy distintas. Los viejos imperios coloniales estuvieron ubicados principalmente en América, mientras que los nuevos imperios coloniales del siglo XIX, se centraron en Asia y África. Las antiguas colonias habían sido de asentamiento y los emigrantes habían creado sociedades que pretendían ser similares a las europeas, frente a las nuevas colonias que fueron, sobre todo, territorios de ocupación, donde una minoría europea no se mezclaba con la autóctona y ejercía el control político y económico. Por otro lado, si el ritmo de ocupación había sido lento y limitado en el pasado, en el siglo XIX la rapidez fue la tónica general. Por último, las posesiones coloniales de la época moderna dieron lugar a escasos conflictos en comparación con los desarrollados con el imperialismo del siglo XIX, con guerras constantes, ya que la expansión colonial se había convertido en un objetivo fundamental de la economía y la política de los países industrializados.

Eduardo Montagut

¿Es moderado, conservador o reaccionario el PP?

Gil Robles y Franco

En este artículo nos preguntamos si el Partido Popular es moderado, conservador o reaccionario, partiendo del análisis de estos conceptos políticos nacidos en el siglo XIX y que han evolucionado posteriormente.

Según el Diccionario de la Real Academia la moderación es la acción o efecto de moderar o moderarse. También es sinónimo de cordura, sensatez o templanza en las palabras o en las acciones. En el sistema político decimonónico español era un término que se aplicaba a una de las familias del liberalismo, defensora de la soberanía compartida entre el rey y la nación, el bicameralismo, el sufragio censitario, la limitación de derechos y libertades, y la salvaguarda del orden. En el reinado de Isabel II fue el partido que más gobernó frente a la opción progresista del liberalismo. El concepto de moderación en política ha terminado por aplicarse, ya en nuestro tiempo, a partidos, sectores y líderes, tanto de la derecha como de la izquierda; de hecho, la Transición española terminó por hacerse por políticos que moderaron mucho sus planteamientos iniciales. El Partido Popular siempre ha hecho gala de ser el partido de la moderación en España, y la izquierda a la izquierda del PSOE achaca a este partido su supuesta excesiva moderación, especialmente cuando gobierna.

El conservadurismo se referiría a las personas, partidos, gobiernos, etc., favorables a la continuidad de estructuras políticas establecidas y contra los cambios que serían considerados como bruscos o radicales. El Partido Moderado isabelino, con otras aportaciones, terminó por convertirse en el Partido Conservador de Cánovas del Castillo, pilar fundamental de la Restauración. Gran parte del ideario moderado anterior fue incorporado a la nueva formación con la única novedad del pacto con el Partido Liberal –el antiguo progresista- para la alternancia pacífica en el poder, ideando un sistema electoral amañado que garantizaba la paz política, pero falseaba la realidad. En el anterior gobierno del PP se desarrollaron políticas económicas asentadas en la defensa del neoliberalismo, pero, por otro lado, muchas de sus otras políticas, como las relacionadas con la Iglesia, la cuestión del reconocimiento y garantía de derechos y libertades, la educación, la estructura del Estado, entre las principales, eran intensamente conservadoras

La reacción sería la tendencia tradicionalista en lo político, opuesta completamente a las innovaciones y con un talante autoritario e intolerante. En España, el franquismo era reaccionario, entre otras cosas. Esta tendencia, muy amortiguada por la UCD en la Transición, reapareció en el Partido Popular con José María Aznar y, al parecer, encontró un hueco cómodo en la actual Administración de Mariano Rajoy, en algunas de sus políticas, en determinados dirigentes y en ciertos talantes, formas y maneras, como vimos en su negativa a condenar el franquismo y aplicar la ley de memoria histórica, en su nulo intento de hacer un análisis sosegado y crítico del pasado, en la resurrección de simbologías franquistas entre sus juventudes, en su proyecto de ley del aborto, en la ley de seguridad ciudadana, o en los discursos despreciativos hacia la ciudadanía desfavorecida por la crisis y los recortes. Los reaccionarios, cuando son pocos o están fuera del juego parlamentario, son sólo relativamente preocupantes, pero cuando se instalan en las políticas, el discurso y en las formas de un partido fundamental del sistema político estaríamos ante el abandono de la moderación, del propio conservadurismo y derivando hacia derroteros inquietantes. Hoy parece que la renovación del Partido Popular, de la mano de Casado, incide más en lo reaccionario que en lo conservador.

Eduardo Montagut

Las Diputaciones Provinciales entre el XIX y el XX

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La Constitución de 1812 creó las Diputaciones Provinciales. En su artículo 325 se establecía que en cada provincia existiese una Diputación para promover la educación y la economía. La Diputación estaría presidida por el jefe superior. Estaría conformada por el intendente y siete miembros elegidos. Al parecer, el carácter de esta nueva institución generó cierto debate, estableciéndose al final una especie de dualidad o equilibrio entre lo estrictamente representativo y lo puramente gubernamental. La Diputación Provincial consagra el sistema uniforme y centralista de la Administración territorial del liberalismo español.

La Diputación Provincial se convirtió en un órgano consultivo para el liberalismo español. La legislación posterior así lo confirmó. La autoridad en la provincia era el jefe político, que podía solicitar de la Diputación informes y consultas sobre diferentes cuestiones de gobierno y fomento. La Ley de 1823, en el Trienio, dejó muy clara esta autoridad, que emanaba del Gobierno. También es cierto que la Diputación adquirió otras funciones más que las puramente consultivas y que tenían cierta importancia. Destacaría la de repartimiento de los cupos de la contribución entre los Ayuntamientos de su provincia, así como el establecimiento de los contingentes para cubrir el reemplazo del Ejército. Pero ir más allá era algo que los liberales españoles no deseaban establecer, dejando el poder siempre en el representante del Gobierno, reforzando el carácter centralista del nuevo Estado. Pero la realidad hizo que las Diputaciones fueran arañando competencias. En primer lugar, terminó por considerarse un órgano administrativamente superior al del Ayuntamiento, pero, sobre todo, comenzó a preocuparse de algunos servicios de cierta entidad y muy cercanos al ciudadano: algunas competencias en enseñanza, en la beneficencia y hasta en lo sanitario.

El liberalismo democrático, triunfante tras la Revolución de 1868, dio más importancia a las Diputaciones, aligerando el acusado centralismo previo. El artículo 99 (Título VIII) de la Constitución de 1869 definió claramente lo que debía ser esta corporación. Era una novedad importante porque los anteriores textos constitucionales, es decir, los de 1837 y 1845, remitían a leyes específicas. Ahora adquirían la dirección de los intereses de su provincia. Sus sesiones debían ser públicas, así como públicos serían sus presupuestos y acuerdos o decisiones que se tomasen. También es cierto que se les ponían límites. No podían extralimitarse en sus funciones y por eso podían intervenir tanto el legislativo como el ejecutivo para impedirlo, y tampoco podían establecer contribuciones que entraran en contradicción con los tributos generales. Pero el Sexenio no se conformó con la definición constitucional. En agosto de 1870 entró en vigor una Ley que dejaba bien delimitada lo que era una Diputación provincial. Se afirmaba su carácter representativo y surgía la figura del presidente de la Diputación. De ese modo, la Diputación dependería menos del jefe político, es decir, de la figura gubernamental. También habría que aludir a la creación de la Comisión Provincial como una especie de órgano permanente. Es importante destacar, por fin, que decenios antes de que se aprobase la Ley de Mancomunidades, se habría una tímida puerta a estas instituciones con el nombre de Juntas. El Proyecto Constitucional de 1873, con su modelo federal, solamente establecía Municipios y Estados.

La Restauración canovista supuso una vuelta al más puro centralismo al quitarle autonomía a la Diputación Provincial, como establecía la legislación aprobada en 1877 y 1882. El Gobierno central adquirió muchas facultades para poder intervenir estas corporaciones. En compensación, es cierto que casi se introduce el sufragio universal para elegir a sus miembros, porque podían votar los hombres mayores de edad que supieran saber leer y escribir.

La primera reforma importante de las Diputaciones provinciales se planteó en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, a partir del conocido como Estatuto Provincial de marzo de 1925. Las Diputaciones se convertirían en corporaciones representativas con determinados fines relacionados con la creación, conservación y mejora de los servicios e instituciones. Para ello, había que establecer la consabida financiación. La Diputación pasaría a estar presidida por un diputado. El gobernador civil no tendría voto en las sesiones de la Diputación, y solamente los tribunales de justicia podrían suspender cargos o revocar acuerdos. Pero quedaba un resquicio para la actuación del gobernador, instrumento del gobierno, ya que podía suspender actuaciones de la corporación provincial en caso de infracción manifiesta de las leyes que generasen una grave perturbación del orden público. El problema residía en que esto era a arbitrio del gobernador y, en última instancia del gobierno.

La reforma provincial de Primo de Rivera se inscribe en la general de la administración no central del Estado que se intentó aplicar, y que incluía la local con el Estatuto Municipal de 1924. Se pretendía acabar con el caciquismo y dinamizar la administración, aunque realmente lo que se buscaba era crear una estructura afín al nuevo régimen. En todo caso, bien es cierto que la reforma de las Diputaciones de la Dictadura dejó consagrada la provincia como circunscripción territorial fundamental.

La Constitución de 1931 estableció en su artículo décimo, dentro del Título I sobre la organización nacional, que las provincias se constituían por los municipios mancomunados conforme a una ley posterior que debía dedicarse monográficamente a desarrollar esta unidad administrativa. La gran novedad sería que provincias limítrofes, dentro de una serie de circunstancias y cumpliendo una variedad de requisitos, podrían organizarse en región autónoma. Pero, realmente, la Segunda República no planteó grandes novedades en relación con el gobierno de las provincias ni con las Diputaciones provinciales.

El franquismo suprimió taxativamente todos los elementos o caracteres democráticos de las Diputaciones provinciales. Por otro lado, las Diputaciones adquirían más competencias de control sobre los Ayuntamientos. Se puede afirmar que la provincia ganaba terreno frente a la localidad en la dictadura franquista, pero también es cierto que, en última instancia, la Diputación y la provincia perdían poder frente al Estado, dentro del acusado centralismo de esta etapa histórica. Y lo hacían porque se creó la Comisión Provincial de Servicios Técnicos que se hizo cargo de muchas atribuciones. Esta Comisión nació por la Ley de Bases del 17 de julio de 1945, desarrollada en la de Régimen Local de 16 de diciembre de 1950. Fue una creación novedosa porque anteriormente no hubo nada parecido. La Comisión Provincial estaba presidida por el gobernador civil y se dedicaba al estudio y resolución de planes para el desarrollo de la cooperación provincial con los servicios municipales. La legislación posterior fue dotando de más competencias a estas Comisiones, y se fue perfilando la diferenciación de las mismas con las propias de las Diputaciones. Por fin, la Ley sobre Régimen del Suelo y Ordenación Urbana de 1956 otorgaba las competencias urbanísticas provinciales a las Comisiones Provinciales de Urbanismo.

Eduardo Montagut

La soberanía de la militancia

Recuerdo a las víctimas

Que los partidos de la derecha hagan propuestas para su electorado conservador, disgustado ahora porque Franco puede ser irradiado fuera de Cuelgamuros, es lo normal. La dificultad está en encontrar puntos diferenciales de suficiente calado entre ambas formaciones, lo que cada vez se hace más improbable pues no se pierden de vista ni un momento, como almas gemelas.

En efecto, resulta divertida la necesidad que tienen de encontrar diferencias los dos grandes partidos en que se sustenta la derecha patria, PP y Ciudadanos, especialmente desde que Casado ha sustituido a Rajoy con un discurso que recuerda en el fondo y en la forma al Ribera más conservador, discurso que sin duda hace sin esfuerzo alguno pues coincide con lo que de él sabemos desde que apareció en política con el visto bueno de Aznar, azote de rojos y demás ralea progresista. Como se dice: encuentre Usted las siete diferencias (creo que con una nos conformaríamos).

Por su parte, que la izquierda también tiene ahora dos grandes núcleos, PSOE y Podemos, y una serie de piezas menores como Izquierda Unida, las Mareas o Compromís, resulta obvio. Lo que no es tan obvio es si han aprendido de errores pasados que les han pasado factura en sus electorados, ya cansados de unas divisiones que sólo favorecían a la derecha.

A Podemos le gusta explicarnos que gracias a ellos se capitalizó en votos una parte muy relevante del 15M y que llevaron a las urnas a esa izquierda ácrata que siempre se había negado a depositar su voto, para grata satisfacción de la derecha. Lo que no les gusta recordar es que podían haber puesto fin al Gobierno del PP mucho antes si hubieran tenido la generosidad de apoyar a Pedro Sánchez cuando este pactó con Ciudadanos obligado por los aristócratas de su Partido, esto es, Rubalcaba, Susana, Felipe, etc..

Le pudo a Podemos la vana ilusión de que podría comerse al PSOE; es verdad que el PSOE de la mano de Felipe, Zapatero y Rubalcaba fue acusando una lamentable deriva conservadora, de tal forma que muchos de sus dirigentes se sentían más cómodos con los poderes fácticos que con las ideas socialistas. Pero un análisis sosegado le habría llevado a Podemos a la conclusión de que no es fácil tumbar a un Partido centenario como el PSOE que tiene una brillante historia tanto reciente como anterior, repleta de logros para el bienestar de los ciudadanos, y con una militancia muy implicada debido a su convicción ideológica socialista, extendida y organizada por toda España.

En efecto, este rumbo hacia los acantilados fue frenado en seco por sus militantes volviendo a coronar como Secretario General al derrocado Pedro Sánchez. Esperemos que esta experiencia traumática haya conseguido hacer entender a los dirigentes del PSOE que el futuro político de este gran Partido no puede ser el de hacer de palmero de los poderes fácticos como ocurrió de forma notable con la modificación del artículo 135 de la Constitución.

Lo siento por Lambán pero para ser del PSOE hay que ser rojo.

Salud

ANA PULIDO.- AEP

Reflexiones sobre el surgimiento del fascismo italiano

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En este artículo realizamos algunas reflexiones sobre las causas o factores que propiciaron el surgimiento y triunfo del fascismo en Italia.

La Gran Guerra debe ser considerada un factor fundamental a la hora de entender el ascenso del fascismo y por varias razones. En primer lugar, porque generó un grupo social nuevo, el de los combatientes, que tuvieron serias dificultades para reintegrarse a la vida civil, al mundo cotidiano por las dificultades económicas de la posguerra, pero también por razones ideológicas y hasta psicológicas. Los combatientes habían sufrido una guerra muy dura, sentían nostalgia de la acción, del combate, de la camaradería de las trincheras y no entendían la vida burguesa y cotidiana. Estaban acostumbrados a las órdenes, a la disciplina, a mandar y obedecer, a lucir uniforme y a desfilar. Los combatientes se organizaron en milicias, en tropas de choque, en escuadras. El escuadrismo es un fenómeno muy importante para entender lo que estaba ocurriendo en Italia. Si los escuadristas no entendían la vida cotidiana burguesa tampoco comulgaban con la vida y la lucha de socialistas y anarquistas. Los escuadristas combaten las huelgas, participan en verdaderas batallas urbanas contra los miembros del movimiento obrero, suplantan, en fin al Estado en la conservación del orden y pueden, de ese modo, recuperar algunos elementos de su vida militar con sus acciones. Están desclasados y emplean la violencia para participar en la vida política y social italianas. A partir de 1922 serán muy fuertes, y las autoridades no sólo no les combaten, sino que les toleran y hasta alientan.

El auge de la violencia en la posguerra, consecuencia de la propia contienda y del desclasamiento social tiene, además, un apoyo en cierta intelectualidad y hasta en la vanguardia artística del futurismo. Se plantean nuevos valores que pasan por la demolición de los valores burgueses de la paz, la vida familiar, el afán del ahorro y de la adquisición de bienes y propiedades, pero sin optar por los valores del movimiento obrero porque se considera que sus reivindicaciones buscaban solamente el progreso material, un egoísmo de clase, que les alejaba del patriotismo. Deben plantearse nuevos valores, basados en la acción, la fuerza, la jerarquía y la obediencia.

El resultado de la guerra generó una sensación de frustración. Las promesas de la Entente para que Italia entrara en la guerra no se habían cumplido. Italia se siente la perdedora de los vencedores. Se genera un claro rencor fundamentalmente contra Francia y también contra la nueva Yugoslavia porque ocupa alguno de los territorios irredentos. En este clima se producirá la ocupación del Fiume por D’Annunzio, uno de los intelectuales más destacados del momento y que ejemplifica ese apoyo al uso de la acción y la violencia que hemos planteado anteriormente.

La economía es el otro gran factor explicativo. En realidad, la crisis económica es determinante, ya que empobrece a las clases medias y hunde en la miseria a los campesinos. En este universo medio social hay que encontrar los primeros apoyos al fascismo. Ya no sirven los partidos tradicionales que habían dominado el sistema político italiano desde la unificación, y esta pequeña burguesía no iba a abrazar la causa de socialistas y anarquistas. El miedo al desclasamiento entrega en brazos del fascismo a estos grupos sociales. Por su parte, el movimiento obrero se desarrolla con fuerza con un auge de las huelgas en respuesta a la crisis. Esta lucha obrera indigna a la pequeña burguesía que potencia un mayor sentimiento de frustración porque piensa que los obreros consiguen más del Estado y del poder que ella. Esa indignación también lleva a esa burguesía hacia el fascismo.

La industria italiana había experimentado un importante auge en la guerra por el considerable aumento de la demanda de productos. Los beneficios empresariales subieron de forma considerable, pero al terminar la contienda disminuyeron muy rápidamente por una crisis de superproducción, ya que la demanda se contrajo considerablemente. Para evitar los efectos de la crisis los patronos quieren frenar a los obreros, al potente movimiento obrero italiano, que como hemos visto desarrolla toda su actividad, espoleado, además, por el ejemplo de la Revolución Rusa, un fantasma que asusta al capital europeo y, por supuesto, al italiano. Para combatir al movimiento obrero ya no eran suficientes los instrumentos del Estado. Es el momento de recurrir a las milicias, a los escuadristas, a los fascios, en suma. En un primer momento se les financia, después se les entregará el poder.

Por fin, el aumento del paro generó otro grupo social, un proletariado o infraproletariado que creía que los partidos obreros y los sindicatos no atendían sus demandas. El fascismo les ofrece una alternativa porque les une, les ofrece un sueldo y, por fin, un sentido en la vida, un objetivo por el que luchar.

Eduardo Montagut

Las crisis económicas en la Historia

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Schumpeter

Las crisis económicas no obedecen a las mismas causas ni tienen las mismas características en la Historia. En este breve artículo intentamos realizar una comparación entre las crisis en el Antiguo Régimen, donde el sector agrícola era la base de la economía, con las crisis de las sociedades industriales capitalistas.

Las crisis económicas en las sociedades preindustriales se caracterizaron por ser de subsistencias, muy vinculadas con el sector agrario, que era el principal en aquellas economías, como ya hemos indicado. Las malas cosechas producidas por contingencias meteorológicas y por el escaso desarrollo tecnológico agrícola, dada la escasa inversión provocada por una estructura de la propiedad que no favorecía las mejoras porque no existían alicientes para los arrendatarios al tener que pagar elevadas rentas a los propietarios, generaban escasez de productos agrarios, especialmente de trigo, la base alimentaria occidental. Esa escasez iba acompañada, lógicamente, por un alza de precios, provocando hambre, que unida a los problemas de higiene y las carencias sanitarias solían producir mortalidades catastróficas. Estas crisis de subsistencias se veían favorecidas por las dificultades de transporte de la época de los lugares excedentarios de grano a los deficitarios para conseguir rebajar los precios y/o procurar alimento a la población. Además, era muy frecuente el fenómeno del acaparamiento del grano con fines especulativos. Los intentos por parte de las administraciones reales y/o municipales para paliar los efectos de estas crisis a través de los pósitos, que eran almacenes públicos del cereal con vistas a estos momentos, fueron muy poco efectivos.

Con la llegada de la Revolución Industrial y el capitalismo cambiaron las crisis económicas, que pasarían a ser de superproducción industrial. Las industrias producían más productos que podía absorber el mercado. La generación de stocks creaba muchos problemas a las empresas, los precios bajaban, descendían los beneficios, se producían cierres de fábricas, quiebras bancarias y, al final, aumentaba el paro.

La nueva economía capitalista estaría sometida a ciclos, alternándose períodos de expansión de la producción con otras etapas de depresión y crisis. A medida que el capitalismo se fue asentando y extendiéndose durante el siglo XIX, esos ciclos se hicieron más grandes. La mundialización de la economía, fruto de la Segunda Revolución Industrial, generó etapas insospechadas hasta el momento de crecimiento sostenido, pero también de crisis de gran magnitud. La primera gran depresión de la nueva época estalló en 1873 y no se superó hasta mediados de la década de los noventa del siglo XIX.

Los economistas han intentado medir y estudiar los ritmos cíclicos. Podemos comenzar con el economista francés Juglar, que midió unos períodos de ocho años, denominados ciclos medios o ciclos Juglar. Kitchin, por su parte, trató de ciclos menores, de tres y medio años. Por fin, Kondratieff habló más de grandes oleadas de medio siglo que comprenderían una etapa alta y otra de baja. Serían ciclos largos. Schumpeter, basándose en Kondratieff, dividió la nueva era del capitalismo en distintas fases: la Primera Revolución Industrial, entre 1789 y 1848, seguida por una etapa caracterizada por la expansión del ferrocarril y de la industria siderúrgica, entre 1848 y 1896; y la tercera, protagonizada por el automóvil, la electricidad y la industria química, a partir de la última fecha señalada.

Eduardo Montagut

ALGUNAS PRECISIONES

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La Ley 40/2015, de 1 de octubre, de Régimen Jurídico del Sector Público, al igual que la antigua LOFAGE, establece la obligación de que Subsecretarios y Secretarios Generales Técnicos sean funcionarios del subgrupo A1 y la posibilidad de eximir de esta condición a los Directores Generales, lo que ha permitido que el Decreto de estructura orgánica básica de los Departamentos ministeriales haya aprobado hasta trece excepciones, con la correspondiente crítica de algunos sectores políticos y sindicales por entender que han sido demasiadas singularidades.

Pero de todos los nombramientos realizados por el actual Gobierno probablemente el más criticado ha sido el de José Félix Tezanos como Presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que es un Organismo autónomo que tiene por finalidad el estudio científico de la sociedad española, regulado por la Ley 39/1995. La crítica se centra, evidentemente, en su adscripción ideológica, especialmente por los mismos que, por ejemplo, veían muy bien que Pilar del Castillo fuera Presidenta del CIS y Ministra de Educación de Aznar, a la par que miembro del Consejo de FAES. En cualquier caso, creemos que ha sido una buena decisión de Tezanos el dejar la Ejecutiva Federal del PSOE.

Por último, no queremos dejar de referirnos a la controvertida decisión del Tribunal Superior de Schleswig-Holstein negando la extradición de Puigdemont por el delito de rebelión pues ámbitos políticos y mediáticos, especialmente conservadores, consideran que  el Tribunal alemán ha ignorado, incluso humillado, al sistema judicial español.

Esta visión consideramos que no es jurídicamente correcta pues la clave es si los hechos que el juez español relató en sus escritos constituirían delito en Alemania y nadie mejor que un Tribunal alemán para interpretar si se da el tipo de alta traición contenido en el artículo 81 del Código Penal alemán.

En síntesis, fundamenta su decisión el Tribunal alemán en que “no se produjeron batallas callejeras de gran extensión, incendios ni saqueos suscitados de manera directa por el referéndum del 1 de octubre de 2017… No hubo uso de armas de fuego”, motivación que parece suficiente, se esté o no de acuerdo con ella.

Por otra parte, creemos que debería resaltarse más por los políticos y medios de comunicación españoles que en su Auto el Tribunal de Schleswig-Holstein manifiesta que en España no hay “presos políticos” y que los jueces españoles son independientes del Gobierno.

ARCO SOCIALISTA