Aproximándonos a Proudhon

TOSHIBA CAMCORDER

Proudhon es un personaje clave a caballo entre el socialismo y el anarquismo, con planteamientos muy sugerentes y que merecen nuestra atención, especialmente los relacionadas con el mutualismo y las cooperativas. En este breve trabajo realizaremos una aproximación a sus ideas.

Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) fue un pensador autodidacta francés que planteó profundas críticas de la realidad de su momento. En París se relacionó con los socialistas utópicos de la órbita de Fourier. Entre 1840 y 1842 publicó sus conocidas Memorias sobre la propiedad. En la primera de ellas planteó la pregunta sobre qué era la propiedad, y su consideración como un “robo”. La propiedad no se basaría en el trabajo, ni en el derecho natural ni en la ley, sino en la ocupación violenta. Su existencia obligaba, por tanto, a los hombres a realizar un trabajo por el que recibían una retribución, aunque parcial. Pero Proudhon no era contrario completamente a la propiedad. Respetaba aquella que nacía del trabajo. Lo ideal era que todos tuvieran la obligación de trabajar y, de ese modo, generalizar la propiedad, dejando fuera a los perezosos.

Pero su obra fundamental es su Sistema de las contracciones económicas, o Filosofía de la miseria (1846). Se trata de un texto donde se fusionan el socialismo utópico con elementos de la economía clásica liberal. En la obra se defiende el mutualismo, un sistema donde quedaría abolido el dinero y donde se establecería un intercambio justo de los productos, medio para construir una sociedad armónica. El concepto de autoridad quedaría sustituido por el del contrato libre. No serían necesarias las leyes ni las instituciones. Proudhon aborrecía la violencia como medio para transformar el orden. En contraposición se debía establecer una etapa intermedia con el establecimiento de un sistema de crédito sin intereses y la creación de cooperativas. Todo esto provocó la condena de Marx que le acusó de defender un tipo de socialismo pequeño burgués.

Proudhon participó en el proceso revolucionario de 1848 al ser elegido diputado de la Asamblea Nacional. Napoleón III condenó a nuestro protagonista a tres años de prisión por el delito de incitación al odio.

Las ideas de Proudhon se acercan al anarquismo por su fuerte crítica al estatismo socialista marxista. También fue muy crítico con la Iglesia, defendiendo el mantenimiento del concepto de familia. Del anarquismo evolucionó hacia una especie de federalismo democrático como solución al problema del Estado. También modificó su inicial ataque a los métodos violentos, al considerar en la obra La guerra y la paz (1861) que la guerra podía ser lícita en determinadas circunstancias.

Un aspecto más polémico es el relacionado con sus ideas sobre la mujer. Proudhon mantuvo una postura antigualitaria evidente al defender la idea de que no contemplaba el destino de la mujer fuera de la familia y el hogar.

En conclusión, Proudhon influyó mucho en el movimiento obrero francés y en los anarquistas, y en los socialistas defensores de fórmulas cooperativistas.

Eduardo Montagut

 

El Presidente del Gobierno en el Ateneo

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En la foto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, con el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 19 de marzo en el Ateneo de Madrid.

El martes 19 de marzo de 2019 el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hizo en el Ateneo de Madrid un llamamiento a la necesidad de proteger Europa para que Europa protegiera, a su vez, a sus ciudadanos. Recordó los riesgos que acechan a la Unión y la necesidad de que los europeos tomen conciencia de ello, especialmente de proteger a la Europa Social, a la que cohesiona, a la solidaria.

Presentó el acto el Vicepresidente del Ateneo, José Antonio García Regueiro, que recordó que proteger el ideal de Europa es también proteger el ideal de España, de la España progresista, avanzada e ilustrada, que siempre ha mirado hacia la Europa de los derechos y las libertades.

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Los socialistas ante el reconocimiento del sufragio femenino en la República

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El Socialista insertó un largo comentario sobre el reconocimiento del derecho del sufragio femenino en su número del 2 de octubre de 1931, y que nos permite comprobar cómo este histórico hecho influyó de forma evidente en el Partido Socialista. No podemos olvidar que el voto de la mujer suscitó un intenso debate en las izquierdas españolas entre partidarios sin fisuras de su reconocimiento y los que sin negar ese derecho no veían adecuado el momento porque pensaban que podía peligrar la República, ya que determinados sectores y personajes opinaban que sobre la mujer española pesaba el poderoso influjo de la Iglesia. El PSOE no se vio ajeno a esta polémica, aunque, al final votó a favor, un voto necesario para sacar adelante este reconocimiento en el proyecto constitucional, dado que era la principal minoría parlamentaria. En este artículo del periódico obrero podremos comprobar la ambivalente postura socialista ante el voto femenino. Por un lado, era un deber de justicia que el Partido no podía dejar de apoyar, pero se sentía que era una medida que, en un plazo no muy lejano, es decir, cuando hubiera elecciones, podría perjudicarle, y eso debía espolear al mismo porque se había duplicado el censo electoral.

La crónica comenzaba aludiendo al comentario que, al parecer, había realizado un diputado de la minoría vasco-navarra cercano al carlismo que se había dirigido a los socialistas afirmando que habían votado con ellos en relación con el sufragio femenino. El periódico se preguntaba si lo que se consideraba la “caverna” se estaba acercando a las ideas socialistas. No podía ser así. Si los socialistas habían votado a favor sin hacer cálculos sobre si esa decisión perjudicaba o no para las próximas elecciones, la minoría aludida sí habría realizado cálculos como otros grupos en las Cortes, especialmente la minoría radical. En este sentido, el periódico hablaba de cómo en el seno del Partido había habido quienes se oponían al reconocimiento de este derecho (se aludía a una “Agrupación Socialista del Norte”) porque los argumentos recordaban a los de una parte de la derecha, y tenían que ver con el poder de la Iglesia sobre las mujeres, mucho más numerosas que las mujeres trabajadoras. El propio periódico decía que, habiendo ganado en la votación, se había perdido en realidad, porque opinaba que la mujer emplearía ese derecho en contra de quienes lo habían defendido y votado en las Cortes. Había que esperar a nuevas generaciones de mujeres, con más conciencia política.

Ante el reconocimiento del voto a las mujeres, y según este análisis, los socialistas adquirían una responsabilidad política, partiendo de cierta autocrítica. El socialismo español no habría abandonado a la mujer obrera a su suerte, en alusión a la lucha a favor de todos los trabajadores, independientemente de su sexo, pero era cierto que no había desarrollado una labor de consejo a la misma, en un comentario con un evidente tono paternalista, y no lo había hecho porque no había sido necesario, ya que no había podido votar hasta entonces. Pero ahora el voto de la mujer era fundamental, era necesaria su cooperación, y que se incorporara al Partido. Este era el objetivo y lo que debía sacarse de la concesión del voto. Era un objetivo urgente para las próximas elecciones, porque había que ganarlas.

Eduardo Montagut

Hemos consultado el número 7066 de El Socialista.

Las socialistas en el primero de mayo de 1915

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En este artículo abordamos la presencia de las mujeres socialistas en la celebración del Primero de mayo de 1915, con el fin de comprobar la creciente posición femenina en esta celebración fundamental del movimiento obrero socialista en España, a pesar del protagonismo masculino evidente.

El Comité de la Agrupación Femenina Socialista Madrileña (Juana Taboada, María Ruedas, Dolores Fernández, María Rojo, Carolina Esteban, Elena Enhorabuena, Faustina García y María Merino) firmaron el 24 de abril un manifiesto, publicado en El Socialista en el número de ese mismo día, en el que se hacía un llamamiento a las mujeres para que acudieran a la manifestación en Madrid. En ese año se insistía en esta participación porque gran parte de las peticiones que se iban a elevar a las autoridades tenían mucho que ver con la carestía de la vida. La situación de profunda desigualdad existente en España debía ser motivo para que “todas las madres, todas las explotadas, todas las mujeres que sientan en su corazón las amarguras y el dolor ajeno se decidan venir a nuestro lado, cobijándose bajo nuestra roja bandera, que instaurará la paz en el mundo entero”. En el llamamiento, por tanto, se unía el problema de la elevación desmesurada de los precios que castigaba especialmente a los hogares de la clase trabajadora, con el de la guerra.

Otro aspecto fundamental del llamamiento tenía que ver con la propia emancipación de la mujer. Las socialistas madrileñas expresaban que luchaban para conseguir una sociedad donde la mujer fuese más considerada, menos explotada y escarnecida. Se recordaba el duro trabajo femenino en las minas, puertos, fábricas y en el campo. Además, muchas perdían sus hijos en la guerra (recordemos la presencia constante de la guerra de Marruecos, y no sólo la cuestión de la Gran Guerra), mientras que otras se veían abocadas a la prostitución y la miseria.

En el inicio de la manifestación madrileña las mujeres socialistas tuvieron un gran protagonismo. Mientras se iban concentrando los manifestantes, la Agrupación Femenina Socialista se dedicó a vender claveles y flores rojas a beneficio de El Socialista. Se calcula que se vendieron unos quinientos claveles rojos. Las mujeres socialistas se lamentaban porque se habían quedado muy pronto sin existencias al superarse las expectativas. El resto de flores se vendieron mientras transcurría la manifestación. Esta verdadera fiesta de la flor se convirtió en parte de las manifestaciones del Primero de Mayo en muchas localidades españolas.

Eduardo Montagut

El matrimonio según el socialismo a principios del siglo XX

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Una de las manifestaciones más evidentes del anticlericalismo del socialismo español tiene que ver con los actos y ceremonias de la vida, como los entierros y los matrimonios.

Muchos de los socialistas españoles quisieron tener sepelios no religiosos, y este hecho ocasionó no pocos conflictos con la Iglesia Católica, especialmente a fines del XIX y comienzos del XX. Pues bien, se dio el caso de socialistas que deseaban casarse solamente por lo civil, y en esa misma época tuvieron problemas para hacerlo en algunos lugares, por lo que algunos optaron por una tercera ceremonia. En El Socialista se pueden encontrar múltiples referencias, especialmente en relación con los sepelios, aunque también con algunas ceremonias de boda. En este artículo vamos a relatar una de ellas, acontecida en febrero de 1904 en Mieres, cuya crónica fue publicada en el periódico socialista en el número 938 del periódico obrero con el título de “Matrimonio popular”.

Al parecer, Martín Saénz había pretendido casarse civilmente con Pilar Álvarez, pero le pusieron muchas dificultades con el fin de que se casase por lo religioso, por lo que decidió casarse con su compañera ante el pueblo y bajo los auspicios de la Agrupación Socialista de Mieres. Tenemos que tener en cuenta que los inicios del socialismo en esta localidad asturiana no fueron fáciles por la hostilidad de las autoridades y poderes establecidos, como hemos tenido oportunidad de comprobar en un breve estudio que hemos realizado sobre la creación de dicha Agrupación, y que podemos consultar en El Obrero. La Agrupación se había creado unos pocos años antes, en 1897.

Así pues, el Centro Obrero de Mieres, el 12 de febrero de 1904, a las ocho de la tarde, se llenó de concurrentes (según el periódico había tres mil asistentes). Además de los protagonistas de la boda y sus familiares, estuvieron Manuel Vigil y Josefa Molines presidiendo la mesa, habiendo sido elegidos por los representantes de los contrayentes. Vigil fue un personaje muy importante del socialismo asturiano, como nos explica el Diccionario Biográfico del Socialismo Español, secretario de la Agrupación Socialista y del Ateneo Casino de Gijón, concejal en Oviedo, presidente de la Federación Socialista Asturiana, destacado sindicalista de la UGT, miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE, y que llegó a ser diputado en 1931. Se da la circunstancia, en relación con el tema de este trabajo, que fue condenado a prisión el año anterior a la boda que presidió en Mieres, aunque no entraría en la misma hasta agosto de 1904, por la publicación de un artículo considerado “escarnio a la religión católica”.

Vigil explicó el sentido del acto y preguntó a los contrayentes si ratificaban su deseo de contraer matrimonio, y a los padres si daban su correspondiente consentimiento. Preguntó a los asistentes sobre si había algún impedimento para que se celebrase el matrimonio. No hubo ninguno, por lo que se casaron, levantando acta de lo procedido. Pero, aunque la ceremonia se coronó con un aplauso general, el acto no terminó porque intervino el Orfeón Socialista, se leyeron versos y se hicieron algunos discursos. En este sentido destacaría el del propio Vigil porque aprovechó la ocasión para criticar el matrimonio burgués.

El Socialista opinaba que este nuevo tipo de matrimonio había producido una viva impresión entre los trabajadores de Mieres, y se esperaba que cundiera el ejemplo mientras el Juzgado Municipal siguiese poniendo tantas trabas a quiénes no querían casarse por la Iglesia.

Eduardo Montagut

La amnistía de febrero del 36

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El 19 de febrero de 1936, Portela Valladares presidía el que sería su último Consejo de Ministros. En la reunión se dio cuenta del deterioro del orden público porque se habían producido algunos motines en distintas cárceles españolas. Al parecer, en Zaragoza los disturbios en la calle habían sido de importancia. La manifestación que había ocupado unos días antes la Puerta del Sol madrileña había sido un grito por la amnistía. Portela creía que todo esto era obra de los líderes del Frente Popular, victorioso en las elecciones del 16 de febrero. Portela decidió que había que dimitir y no esperar al proceso legal, ni a los plazos para el relevo del poder. Así pues, Alcalá-Zamora se vio obligado a encargar a Azaña la formación de un nuevo Gobierno, aunque sabemos que éste hubiera preferido que se hubiera cumplido la legalidad. Era consciente de que las condiciones en las que se produjo el relevo no eran las más adecuadas.

Formado el nuevo Gobierno, se comenzó a actuar. En este trabajo nos referiremos a la amnistía aprobada a los pocos días.

La Diputación Permanente de las Cortes aprobaba el 21 de febrero de 1936 la amnistía de todos los condenados por los sucesos de la Revolución de octubre de 1934, por propuesta de Azaña, y que constituía uno de los puntos más destacados del programa político del Frente Popular para las elecciones:

“A conceder por una ley una amplia amnistía de los delitos políticos sociales cometidos posteriormente a noviembre de 1933, aunque no hubieran sido considerados como tales por los Tribunales. Alcanzará también a aquellos de igual carácter no comprendidos en la ley de 24 de abril de 1934. Se revisarán, con arreglo a la ley, las sentencias pronunciadas en aplicación indebida de la de Vagos por motivos de carácter político; hasta tanto que se habiliten las instituciones que en dicha ley se prescriben, se restringirá la aplicación de la misma y se impedirá que en lo sucesivo se utilice para perseguir ideales o actuaciones políticas. “

Debe tenerse en cuenta que esta amnistía fue demandada desde la calle desde el primer momento en el que se produjo la victoria electoral de la izquierda, como hemos señalado. Era evidente que el encarcelamiento de miles de personas a raíz de aquellos hechos había generado un intenso malestar social, muy agudizado en Cataluña con el encarcelamiento de sus principales autoridades.

El Decreto-ley fue aprobado por la Diputación Permanente, presidida por Santiago Alba. Se produjo por unanimidad. Constaba de un solo artículo, y se tuvo que debatir de forma muy rápida, con una convocatoria del día anterior hecha por telegrama, provocando que no pudieran acudir todos los diputados, aunque los no asistentes mandaron votos favorables. Al final, se reunieron dieciocho diputados, cumpliendo lo exigido por la ley, ya que se necesitaba un mínimo de catorce. Los propios diputados de la CEDA votaron favorablemente, animados por la necesidad de mantener el orden público, y porque era evidente que había sido una demanda que había ganado en las elecciones.

Por su parte, también tuvo que actuar el Tribunal de Garantías para aplicar el Decreto, habida cuenta de que esta alta institución había condenado a los consejeros de la Generalitat y a otras personalidades políticas.

Se calcula que la amnistía afectó a unas treinta mil personas, una cifra muy importante.

Pero, además, en el programa del Frente Popular se planteaba en un segundo punto:

“Los funcionarios y empleados públicos que hayan sido objeto de suspensión, traslado o separación, acordada sin garantía de expediente o por medio de persecución política, serán repuestos en sus destinos.

El Gobierno tomará las medidas necesarias para que sean readmitidos en sus respectivos puestos los obreros que hubiesen sido despedidos por sus ideas o con motivo de huelgas políticas en todas las corporaciones públicas, en las empresas gestoras de servicios públicos y en todas aquellas en que el Estado tenga vínculo directo.

Por lo que se refiere a las empresas de carácter privado, el Ministerio de Trabajo adoptará las disposiciones conducentes a la discriminación de todos los casos de despido que hubieran sido fundados en un momento político social y que serán sometidos a los Jurados Mixtos para que éstos amparen en su derecho, con arreglo a la legislación anterior a noviembre de 1933 a quienes hubieren sido indebidamente eliminados.”

Así pues, los alcaldes y concejales fueron repuestos en sus cargos en los consistorios. Muchos Ayuntamientos habían sido gestionados desde finales de 1934 por gestoras administradas por ediles de la derecha. Otro tanto se hizo con los Ayuntamientos vascos.

A finales del mes de febrero el gobierno decretó la readmisión de los trabajadores despedidos por los motivos señalados, y se ordenaba a las empresas que indemnizasen a los trabajadores por los salarios no recibidos. Esta medida generó el rechazo y la preocupación de la derecha y los empresarios.

Pues bien, la última de las medidas tomadas para terminar con los efectos de la represión ejercida hacia los protagonistas de los hechos de octubre de 1934, tenía que ver con Cataluña. Después de que salieran de la cárcel los miembros del gobierno de la Generalitat, en aplicación de la amnistía aprobada, el 1 de marzo un Decreto reponía las funciones del Parlament y a Companys en su puesto de presidente, así como a sus consejeros. Debemos recordar que había sido una de las principales reivindicaciones del programa político del Front d’Esquerres, que había triunfado en las circunscripciones electorales catalanas.

Eduardo Montagut

Las potencias en el inicio de la Gran Guerra

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En este artículo estudiamos las fuerzas de las potencias en el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Comenzamos nuestro análisis con los Imperios Centrales. Alemania era, sin lugar a dudas, gracias al esfuerzo emprendido en la Segunda Revolución Industrial, una potencia económica que había alcanzado en muchos aspectos a Gran Bretaña, superando a ésta en otros. Contaba con otra ventaja, su peso demográfico. El gobierno alemán, por fin, dedicaba al gasto militar grandes cantidades de su presupuesto. Entre 1910 y 1913 se dieron disposiciones para mejorar y agilizar el reclutamiento y la movilización. El servicio militar alemán duraba entre dos y tres años con un programa muy intensivo de formación. Después de cumplir con el servicio militar, el alemán pasaba muchos años a disposición en la reserva. El ejército alemán podía movilizar unos ocho millones y medio de efectivos. Por otro lado, la formación de su oficialidad era ejemplar, contando con un muy profesional Estado Mayor.

En relación con el armamento, su poder era inmenso, especialmente en artillería pesada gracias a que tenía la mejor industria siderúrgica del mundo. En el campo de las ametralladoras no tenía rival. Otra gran ventaja alemana era el uso avanzado y estratégico del ferrocarril, como se demostró en la guerra franco-prusiana.

En cuestión naval es importante destacar que en 1905 el almirante Von Tirpitz, que comandaba la marina imperial desde fines del siglo anterior, obtuvo del gobierno más fondos para que se construyeran más barcos de guerra. Tirpitz era consciente de la dificultad de igualar la potencia naval británica, pero diseñó la denominada “teoría del riesgo”, por la cual se pensaba que los británicos no podrían concentrar todas sus fuerzas navales contra las alemanas y, aunque al final sí pudieran hacerlo y, por lo tanto, derrotarles, la Royal Navy saldría muy debilitada y ya no volvería a ser hegemónica. El problema es que esta teoría obviaba a otras dos potencias navales, la francesa y la norteamericana, que podrían ser fácilmente aliadas de la británica. Así pues, aunque la flota alemana era imponente y asustó en principio a los británicos, acostumbrados a su poderío marítimo incontestable, nunca tuvo la iniciativa. Por otro lado, una fuerza naval muy importante para los alemanes fue la de los submarinos.

En la Primera Guerra Mundial entró a servir un nuevo tipo de barco de guerra, el Dreadnought. Era el navío con mayor tonelaje hasta el momento y dotado de la más potente artillería del momento, un logro indudable de las ingenierías militares del momento. El primero de todos ellos entró en servicio en la Royal Navy Este hecho provocaría un cambio sustancial en la consideración de las fuerzas navales en los conflictos bélicos y desencadenó una infernal carrera naval.

En cuanto a la aviación, los alemanes tenían al comenzar la contienda unos 174 aparatos.

Si la potencia militar alemana era una realidad palpable, no podemos decir lo mismo de la austro-húngara. Su ejército era inferior en número y, sobre todo, en preparación, y sus unidades de combate no tenían mucho armamento. En primer lugar, el Imperio Austro-Húngaro no poseía la potencia económica del Imperio Alemán, y aunque era evidente su peso demográfico sufría el problema de la diversidad de nacionalidades, que hacía muy difícil la coordinación de sus fuerzas y la entrega en el combate por las rivalidades internas. Austria-Hungría siempre fue un aliado complicado para Alemania y fueron frecuentes las fricciones y los desencuentros entre sus respectivos Estados Mayores. Alemania siempre priorizó el frente occidental que interesaba menos a Austria-Hungría, volcada en los frentes oriental e italiano.

En el lado de la Triple Entente comenzamos con Francia, un país poderoso, pero, en comparación con Alemania, muy débil demográficamente. Su economía no estaba tan desarrollada y eso se notaba en su armamento, especialmente en el campo de la artillería pesada, ya que frente a los 2.000 cañones alemanes solamente podía presentar unos 308. En cuanto a su ejército, hubo una intensa polémica parlamentaria en 1913 para que se ampliara el servicio militar de dos a tres años. Contaba con menos efectivos humanos que Alemania. Por su parte, los soldados franceses estaban peor preparados que los alemanes. En cuanto al poder naval, sin lugar a dudas Francia tenía una gran flota, especialmente en el Mediterráneo, mucho más potente que la del Imperio Austro-Húngaro.

Gran Bretaña contaba con el ejército menos numeroso de los principales contendientes, aunque era muy profesional. No había servicio militar obligatorio, siendo voluntario, lo que obligó a intensas campañas publicitarias. En compensación, poseía un ejército colonial muy numeroso, dado su inmenso Imperio. Era el único país que había desarrollado una eficaz fuerza de Defensa Territorial. El poderío británico se encontraba en sus fuerzas navales. Unos años antes del comienzo de la guerra Churchill fue nombrado Primer Lord del Almirantazgo, cambiando la estrategia naval británica hasta el momento, ya que abandonó la tradición del enfrentamiento directo en alta mar. Esta decisión tenía que ver con los cambios en la guerra moderna. Churchill temía una posible invasión. Era consciente de lo vital que era mantener el contacto marítimo con las colonias y con la fuerza expedicionaria británica cuando tuviera que acudir al frente occidental continental. Y sus preocupaciones tenían que ver con artefacto que podía distorsionar todo, el submarino, una de las apuestas más exitosas de los alemanes. Por lo tanto, la Royal Navy debía ser protegida como un seguro de vida para Gran Bretaña. La flota fue concentrada en la base de Scapa Flow, en Escocia, desde donde podía bloquear las costas alemanas y amenazar a la flota enemiga si decidía salir a alta mar. Y esta estrategia fue un éxito, porque los alemanes no se arriesgaron y su flota llegó casi intacta al final de la guerra. Todos estos factores explican el escaso protagonismo naval en la Primera Guerra Mundial, todo lo contrario de lo que ocurriría en la Segunda.

Las fuerzas aéreas conjuntas de los aliados eran superiores a las alemanas.

Por fin, Rusia aportó el mayor peso demográfico a la Gran Guerra, pero poco más, porque su ejército estaba muy mal preparado en cuanto a su formación militar, tanto de la oficialidad como de los reclutas. Además, al ser el país más atrasado industrialmente de las grandes potencias en conflicto, no poseía un armamento a la altura de las circunstancias.

En conclusión, las fuerzas humanas y militares estaban muy equilibradas al comenzar la guerra. La Triple Entente tenía más peso demográfico y mayor poderío naval. Pero los Imperios Centrales contaban con más potencia de fuego y mayor capacidad de movimientos. Los aliados –Francia y Reino Unido- contaban con sus imperios coloniales frente a los Imperios Centrales, factor que debe ser muy tenido en cuenta por la aportación constante de soldados y, sobre todo, porque disponían de inmensas reservas de materias primas y fuentes de energía. En contrapartida, la distancia entre los aliados de la Triple Entente y con sus colonias generó no pocos problemas logísticos y de coordinación, además de muchos y diversos esfuerzos, frente a los Imperios Centrales, que formaban un bloque territorial muy compacto.

Para Alemania lo fundamental al comenzar la guerra era la rapidez. El tiempo siempre fue un aliado de la Triple Entente.

Eduardo Montagut

Las tensiones balcánicas en el origen de la Gran Guerra

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Entre las causas que originaron el estallido de la Primera Guerra Mundial destaca, sin lugar a dudas, el complejo y largo conflicto de los Balcanes, que se inicia en la segunda mitad del siglo XIX.

Esta zona de Europa llevaba varios siglos bajo dominio del Imperio turco otomano. A la altura de 1830 solamente Grecia había obtenido la independencia después de una larga e intensa guerra. En los Balcanes, el nacionalismo eslavo comenzó a ser muy activo frente a Estambul, el centro del poder de un imperio que comenzaba a demostrar su decadencia. Los serbios protagonizaron los más duros e intensos enfrentamientos y muy pronto intentaron desempeñar un papel protagonista en la zona.

Pero además de la lucha nacionalista eslava frente a los turcos, actuaban dos fuerzas poderosas en el área balcánica. Austria, desde el noroeste, deseaba estar presente en el reparto del Imperio turco, controlando Bosnia. Y, en el otro lado, estaba el Imperio ruso, la gran potencia que se consideraba la protectora natural de los eslavos por razones étnicas y religiosas. Los rusos desarrollaron desde muy pronto una política agresiva en la zona contra los turcos, además de pretender una salida al Mediterráneo para su flota del Mar Negro. Esta política condujo a la guerra de Crimea (1853-1856), un conflicto que enfrentó a los rusos contra los turcos pero que terminó involucrando a austriacos, franceses, británicos y piamonteses en ayuda de los segundos, dispuestos a frenar las pretensiones rusas. La derrota rusa fue contundente. El Tratado de París reconoció de hecho la independencia de Rumanía y Serbia, el dominio austriaco sobre los pueblos eslavos del norte (eslovenos y croatas) y mantuvo el dominio turco sobre los territorios del sur de los Balcanes (Bosnia, Herzegovina, Montenegro, Albania y Macedonia). Pero la Cuestión de Oriente no había hecho más que comenzar, porque las tensiones siguieron.

Entre 1877 y 1878 tuvo lugar la guerra ruso-turca, cuyo origen siguió estando en las pretensiones nunca satisfechas de los rusos de acceder al Mediterráneo y expansionarse en los Balcanes. La guerra estalló por la rebelión de algunos pueblos eslavos, apoyados por Rusia, contra los turcos en Bosnia y Bulgaria. Para solucionar el conflicto se celebró el Congreso de Berlín en 1878. En el Congreso se decidió que fueran independientes de derecho Serbia, Rumanía y Montenegro, y se estableció una región autónoma: Bulgaria. Gran Bretaña recibió Chipre y dejó claro que sostendría al Imperio turco. Los austriacos obtuvieron la administración de Bosnia-Herzegovina.

En 1908, el Imperio austro-húngaro proclamó la anexión de Bosnia-Herzegovina de forma unilateral. Esta decisión provocó que los rusos se movilizasen, tanto para intentar frenar a Austria como para aprovecharse de la debilidad turca. Así pues, Rusia promovió la creación de una coalición de pequeños estados de la zona. En 1912, serbios, búlgaros, griegos y montenegrinos crearon la Liga Balcánica. En octubre de ese año estalló la primera guerra balcánica entre la Liga y el Imperio turco. Fue una guerra corta y que acabó con la derrota de los turcos. Rusia había conseguido uno de sus objetivos, debilitar aún más al Imperio turco, y los miembros de la Liga ampliaron sus territorios respectivos a costa del derrotado, que perdió casi todos sus dominios europeos.

Pero los conflictos no terminaron con esta guerra. En 1913 la Liga se rompió por las profundas diferencias internas y estalló la segunda guerra balcánica. Aunque todos los miembros de la Liga compartían el mismo deseo de terminar con la presencia turca en los Balcanes, cada uno tenía sus intereses particulares que chocaban con los de sus vecinos. Bulgaria atacó a Serbia y Grecia. Los rumanos y los turcos decidieron apoyar a los atacados. Los búlgaros fueron derrotados. Por el Tratado de Bucarest, Bulgaria perdió las ganancias territoriales que habían conseguido en la guerra anterior, que pasaron a manos de Serbia, que se convirtió en un protagonista de los Balcanes. Serbia deseaba crear un Estado que agrupase a todos los serbios y eslavos que estaban bajo dominio austriaco. Las tensiones con Viena se acrecentaron a partir de entonces. Los austriacos estaban muy alarmados y concibieron la necesidad de que sería conveniente una guerra preventiva para impedir que se cumpliesen los sueños serbios. Eran conscientes, además, de que Rusia estaría detrás de Serbia, como terminaría ocurriendo. Por su parte, Berlín ya había decidido que apoyaría a Viena en caso de conflicto. El sector más belicista en Francia se inclinaba por apoyar claramente a Rusia, según lo establecido en la Triple Entente.

Eduardo Montagut