Todo Abel tiene su Caín

Cristina Arco

Cristina Jarque

Al revisar los textos freudianos nos encontramos con diversos desarrollos en torno a la violencia familiar que contrastan con los desarrollos lacanianos que evocan un más allá que subyace siempre en todo caso de violencia. En este artículo intentaré demostrar las relaciones que existen entre la teoría freudiana, la teoría lacaniana y la violencia. La violencia que abordaré en esta escritura es la que se gesta al interior de la familia. Con el propósito de citar ciertos ejemplos que puedan dar cuenta de mis reflexiones, comentaré una viñeta clínica y citaré una película española titulada Te doy mis ojos. Tanto la viñeta clínica que comentaré en este artículo, como la película, ponen de manifiesto muchos aspectos interesantes sobre este tema: tema complejo, tema complicado, tema tabú porque de eso no se habla, porque los trapos sucios se lavan en casa, porque avergüenza, porque culpabiliza, porque atemoriza… Porque hablar de violencia, es ya de por sí, violento.

En el diccionario de la Real Academia Española, la violencia se define como: Uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo.

Hoy en día, cuando hablamos de violencia decimos que se trata de un concepto complejo, puesto que no todo el mundo se posiciona igual frente a este concepto, es decir, que depende en muchas ocasiones de lo que llamamos las apreciaciones subjetivas. No obstante, aunque existan estas apreciaciones subjetivas que pueden ocasionar confusiones o incoherencias a la hora de precisar si un acto puede ser calificado o no, de violento, lo que sí voy a puntuar es que existen diferentes tipos de violencia como la violencia física, la sexual, la económica, la patrimonial, la psíquica y que estos actos de violencia pueden tener lugar en diferentes lugares como por ejemplo: en la escuela, en el trabajo, en las instituciones y también en la familia.

Mi propósito en este texto es demostrar la violencia que daña la dignidad y la integridad psíquica del sujeto, lo que deseo es que podamos ver a través de mi escritura, las heridas emocionales que tienden a propagarse a través de los llamados lazos familiares. Para ello, nos centraremos en escuchar a la violencia misma desde los sujetos concernidos (escucha que se realiza en el único dispositivo donde puede ser posible darle voz: en el dispositivo de la clínica psicoanalítica) para que a través de sus historias podamos dar cuenta de la teoría. Es decir, que mi propuesta y mi apuesta en esta escritura es demostrar la teoría a través de la clínica. En otras palabras: que en lugar de ir de la teoría a la clínica, propongo ir de la clínica a la teoría: que sea la voz de los analizantes quienes den veracidad a los conceptos teóricos.

Empiezo mi relato clínico con un analizante a quien llamaré Marcelo. La historia de Marcelo girará en torno a su hermana mayor (a quien llamaré Soco). En las primeras sesiones Marcelo me dice la frase Todo Abel tiene su Caín. El recorrido analítico de este sujeto va a estar sostenido en esta primera frase que nos va a permitir desarrollar el acto violento que da origen a su sufrimiento. Las asociaciones que hace el analizante durante su análisis van girando en torno a la historia del relato bíblico donde Caín, preso de celos, mata a su hermano Abel de una puñalada. Marcelo tiene pesadillas con estas imágenes, pesadillas que lo persiguen todas las noches como sombras obscuras que no lo dejan pegar ojo. Alguien viene a apuñalarlo, alguien quiere matarlo, alguien desea su muerte. A ratos se vuelve francamente paranoico y me dice que incluso hay momentos en los que tiene que mirar atrás para cerciorarse de que nadie lo sigue. En su imaginario viene alguien a por él, siempre provisto de un cuchillo, trae en la espalda la maldición de creer que hay un Caín que desea matarlo.

Marcelo nos dice que él es el hijo preferido, no sólo de la madre, sino también del padre. Soco la hermana queda de lado, parece que por ser mujer (nadie quiere a una hija mujer dice Marcelo, son muy liantas). En el recorrido analítico el analizante podrá descubrir que ha habido una huella importante en su psique alrededor de la hermana Soco. Hay amor pero también hay odio. La relación entre hermanos es muy tirante desde el inicio, marcada principalmente por los celos de Soco hacia su hermano. Estos celos son tan intensos que llegan a tomar dimensiones verdaderamente destructivas y desastrosas. Los hermanos se confrontan constantemente, se insultan y recurren al sarcasmo, la burla y la humillación partiendo básicamente de las ventajas y las desventajas que cada uno percibe en relación a su género.

Tanto para Marcelo como para Soco, comienza lo que podemos llamar una guerra de género, o en otras palabras lo que ahora se conoce como la violencia de género. No obstante, esta violencia se da de los dos lados porque no va únicamente de lo masculino a lo femenino, sino que la crueldad de Soco está presente constantemente y en este caso en concreto, podemos decir que es ella, la hermana, la que tiene los arrebatos más crueles hacia el hermano. Lo interesante de este caso en particular es el destino amoroso de Marcelo pues lo que trae a análisis a este sujeto son las relaciones amorosas (sumamente tormentosas) que establece con las mujeres. A lo largo de las sesiones Marcelo puede ir haciendo la conexión entre la hermana y las mujeres que él elige para relacionarse en el amor. Queda claro que el patrón escogido es la hermana Soco: Mujeres que entran en una dinámica de competencia con él donde parece primar el quién gana entre el hombre y la mujer. Todas las novias de Marcelo tienden a humillarlo, insultarlo, provocarlo, torturarlo… Poco a poco él va dándose cuenta de que estas mujeres son consideradas unos trastos en el núcleo de sus familias: son hijas problemas, hijas de las que los padres se quejan amargamente, es decir, en una palabra: Soco.

Cuando Marcelo comprende la necesidad que tiene de hacerse amar por su hermana algo empieza a cambiar en él pero el bucle pulsional de la violencia vivida lo mete nuevamente en el mismo camino. El mira las cosas, se da cuenta, pero no logra cambiar de elección de objeto de amor. La pregunta que él tiene es sencilla: ¿Puedo llegar a amar a una mujer que no me torture?.

La pregunta de Marcelo es muy importante porque es la clave para poder reflexionar en torno a lo que un psicoanálisis puede lograr y puede ofrecer a un sujeto. Cabe preguntarse junto con el analizante si es posible un cambio de posición en el amor, un cambio de elección de objeto de amor. ¿Es esto posible? ¿Acaso puede cambiar un sujeto que está inmerso en transmisiones inconscientes donde la violencia y la tortura se confunden con el amor? Es una apuesta. La apuesta que la clínica psicoanalítica nos muestra y nos demuestra en el caso por caso. Pero no es algo que se pueda aprender, no es algo que tenga que ver con una enseñanza en la conducta o la actitud del sujeto. Por ello el psicoanálisis no es una práctica de la conducta, sino una práctica dirigida al campo inconsciente, es decir, eso que precisamente no se gobierna a partir de la enseñanza conductual.

La enseñanza de la película Te doy mis ojos aclara muy bien este punto. ¿Cómo ver la violencia familiar? Hay quienes lo ven como una enfermedad que habría que extirpar. En la película que cito, el maltratador intenta curarse de esta enfermedad yendo a una terapia de grupo por métodos conductistas. Esto no funciona porque lo que se intenta es que el paciente cambie de conducta sin interrogar las causas. El psicoanálisis apunta precisamente a las causas. Lo importante es saber qué es lo que produce la violencia, de este modo, la violencia toma lugar de síntoma y no de enfermedad. Los protagonistas en esta película son Antonio y Pilar. Antonio es un hombre preso de una ira incontrolable. La ira lo habita y lo domina hasta el punto de obnubilar su entendimiento. En la terapia grupal el psicólogo trata de explicarle cómo debe controlar la ira. Le hace escribir un diario y le dice que cuando sienta la ira debe liberar su pensamiento y decirse a sí mismo la frase tiempo fuera para evitar golpear a su esposa Pilar. Estos consejos del psicólogo no ayudan a Antonio porque en realidad lo que se juega en la historia de él, es una huella psíquica que podemos articular con la frase que él mismo enuncia en una de las escenas. La frase es: “soy un gilipollas, soy un fracasado”. La escena clave (para reflexionar sobre las causas de la ira de este hombre) es cuando vienen en el coche después de haber ido a visitar al hermano de Antonio. Mientras conduce, Antonio empieza a recordar lo que pasó en la casa del hermano y de pronto golpea el volante del coche, grita enfurecido porque el hermano se ha burlado de él. Notamos la rivalidad que existe entre estos dos hermanos porque a uno le va mejor que al otro. Esa realidad pone a Antonio fuera de sí. Lo que desencadena la ira es la burla del hermano cuando dice “si, claro, Toñito el arquitecto con sus grandes ideas”. Esta frase trae mucha carga pues Antonio no ha estudiado, tiene un trabajo mediocre, gana poco dinero.

Estando en la casa del hermano, la esposa de éste, dice que desea construir una planta más en su casa para poder ver las vistas pero se queja de que llevaría mucho tiempo y sería muy caro. Entonces Antonio quiere sentirse útil, quiere ganarse el respeto de la cuñada y del hermano y comenta que quizá para que no gasten tanto dinero ni tiempo en otra planta podrían construir una torre. Apenas termina la frase, el hermano empieza a burlarse de él y le suelta esas palabras: “si, claro, Toñito el arquitecto con sus grandes ideas”. Cuando Antonio repite estas palabras en el coche voltea a ver a su mujer, ella está en silencio con una cara llena de miedo y entonces él revienta y le pregunta: “¿Qué piensa Pilar? ¿Qué estás pensando?”. Como Pilar no responde, él se descontrola, para el coche, se abalanza sobre ella como un energúmeno ante la cara horrorizada tanto de Pilar como del hijo que está en la parte trasera del coche). Al ver la cara de miedo de su esposa y de su hijo, Antonio sale del coche y comienza a patear los faros del automóvil hasta hacerlos pedazos.

La ira surge, fuerte, intensa, sin control. Pero ¿qué la ha causado? La causa es la burla del hermano que apunta a la herida más sensible de Antonio: el sentir que es un fracasado. Este sentimiento de ser un fracasado va a perseguirlo constantemente haciendo que sienta unos celos terribles cuando Pilar enuncia su deseo de trabajar, su deseo de tener algo para ella fuera de él. Las historias de violencia familiar son complicadas porque tienden a colocar etiquetas: por un lado está la víctima, en este caso Pilar, y por el otro está el verdugo, en este caso Antonio. Pero la clínica psicoanalítica nos demuestra que las cosas no son tan simples. Pilar tiene un sitio en esta relación de dos. Hay escenas donde vemos claramente el enganche tanto amoroso como sexual de la chica por Antonio. La hermana de Pilar, Ana, tiene también su sitio porque aún cuando trata de ayudar a la hermana, no hay manera. Mientras la hermana esté enganchada a este amor tormentoso, no hay manera. Es Pilar y sólo Pilar quien tiene que lograr salir de este enganche. La escena del cementerio nos ayuda a encontrar la repetición familiar: están las tres mujeres (la madre y las dos hijas) en el cementerio llevando flores al padre y la madre comenta cuánto ha amado a su marido. Entonces Pilar explota recordándole toda la violencia que esa madre aguantó. La madre dice que aguantó por ellas pero Pilar no lo acepta. Le dice a la madre que no es así, que no aguantó por sus hijas sino por ella misma. Que es lo que ella (la madre) quería. Ante esta respuesta la madre dice: “es lo mejor que yo supe hacer, espero que tú sepas hacerlo mejor que yo”. Todo indica que esta frase de la madre es lo que permite que Pilar vea de manera más profunda la repetición en la que está cayendo.

En el malestar de la cultura Freud se pregunta sobre la violencia y señala:

“… el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo” .

Cuando Lacan teoriza sobre la violencia lo hace evocando siempre ese más allá que apunta al enigma de lo femenino, enigma que convierte lo femenino en algo insoportable, de allí el surgimiento de la agresividad que se convierte en una violencia por el temor hacia lo desconocido.

Para concluir diré que hace poco en España escuchamos la terrible noticia de que una mujer maltratada por su marido había conseguido por fin la orden de alejamiento. Meses después al marido le diagnosticaron cáncer y la mujer decidió libremente ir a cuidarlo y el marido la degolló. Este tipo de noticias son las que nos confirman lo dicho en este artículo: que en los casos de violencia amorosa, los dos sujetos están enganchados y para poder salir de ese bucle pulsional destructivo es necesario que los sujetos descubran las causas por las que están en esa relación. El psicoanálisis logra echar luz a esas causas tal y como lo puede corroborar Marcelo, quien con el tiempo logró desengancharse y encontrar la manera de construir su deseo en torno a un objeto de amor diferente a Socorro.

 Por Cristina Jarque, Psicoanalista y Directora de la Asociación Psicoanalítica Lapsus de Toledo