Marruecos a comienzos del siglo XX

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Marruecos representaba un territorio muy atractivo para las potencias coloniales por distintos motivos al comenzar el siglo XX, aspecto que iba unido a una situación interna de intensa inestabilidad política. Marruecos se encuentra en una posición estratégica muy importante, frontera norte de África con Europa y en el lado sur del Estrecho de Gibraltar, además de contar con recursos mineros en el Rif, es decir, en su zona norte, y ser un territorio donde se podían canalizar importantes inversiones de capital para montar las infraestructuras, como el ferrocarril, y emprender muchas obras públicas. España y Francia eran las potencias directamente interesadas. España tenía una larga relación tanto amistosa como bélica con Marruecos desde finales del siglo XV, y contaba con ciudades y plazas en el norte de África. Francia tenía importantes intereses en el norte de África, ya que dominaba Túnez y Argelia y le interesaba la salida hacia el océano Atlántico, dentro de su eje colonial africano este-oeste. Aunque Alemania no tenía intereses concretos en la zona, Marruecos se convirtió en una de las bazas de su estrategia de desgaste hacia Francia. Por su parte, los británicos decidieron ceder la zona a los franceses y españoles a cambio de que París les dejara las manos libres en Egipto.

El tratado hispano-francés de 1904 reparte la influencia de ambos países sobre Marruecos, pero Alemania no está dispuesta a aceptar la situación y el propio káiser Guillermo II desembarca en Tánger en 1905 para manifestar su apoyo a la independencia de Marruecos, frente a los intereses franceses en la zona. Ante la gravedad de la situación se convocó la Conferencia de Algeciras al año siguiente, celebrándose entre enero y abril. Gran Bretaña defendió los intereses franceses y españoles en la zona, pero también Italia, miembro de la Triple Alianza, ya que Roma y París habían acordado unos años antes un pacto por el que Francia no interferiría en los intereses italianos en Libia. Alemania quedó aislada y terminó por aceptar los planteamientos británicos de mantener Marruecos independiente, pero con varios puertos abiertos al comercio exterior bajo tutela franco-española, además de que ambos países adquirían el compromiso de ejercer un protectorado. Posteriormente, según los acuerdos firmados en noviembre de 1912 por Francia y España, Marruecos quedó dividido en dos protectorados, uno francés al sur y otro español en la zona del Rif y la Yebala.

La tensión internacional regresó a Marruecos en 1911. El sultán llamó a los franceses para que sofocaran unas revueltas internas, ocasión aprovechada para ocupar la ciudad de Fez. Esto conculcaba lo estipulado en Algeciras y Alemania expresó su disconformidad enviando un barco de guerra, el navío cañonero Panther, a Agadir, el principal puerto atlántico de Marruecos, con el pretexto de proteger a los comerciantes alemanes de la zona. Gran Bretaña apoyó a Francia y los alemanes tuvieron que retirarse y aceptar el poder francés sobre Marruecos, aunque consiguieron territorios en África como compensación. La alianza entre el Reino Unido y Francia se fortaleció, aspecto muy importante en el proceso hacia la Gran Guerra.

A partir de 1912 desaparecen los problemas diplomáticos en relación con Marruecos, pero se agudizan los militares internos en la zona del Rif, recrudeciéndose la denominada guerra de Marruecos, que tanta importancia tiene para entender parte de la crisis de la Monarquía de Alfonso XIII. Entre los episodios más terribles destacará el Desastre de Annual en 1921. Cuando el líder de los rifeños, Abd-el-Krim cometió el error de atacar a los franceses, la suerte de los insurrectos se selló, ya que Primo de Rivera, desde una íntima convicción de que había que terminar la guerra rápidamente, consiguió establecer una alianza militar con Francia que, a partir del Desembarco de Alhucemas en 1925, permitió terminar con el conflicto.

 

Eduardo Montagut

El reparto de África

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El continente africano fue ocupado y repartido entre las potencias europeas en el siglo XIX. A principios de dicho siglo los europeos solamente poseían factorías costeras o pequeñas colonias. Pero en la segunda mitad del siglo, exploradores y misioneros recorrieron África, aprovechando el curso de los grandes ríos: Níger, Nilo, Congo, Zambeze y se aventuraron por el Sahara.

A partir de 1870, las expediciones se multiplicaron y las potencias europeas se lanzaron a una verdadera carrera de conquista y colonización de territorios. Los británicos deseaban establecer un imperio de norte a sur, vertebrado por el ferrocarril El Cairo-El Cabo, dominando, a su vez, la fachada oriental del continente con vistas a controlar el Océano Índico. Gran Bretaña obtuvo territorios muy ricos en minerales (oro y diamantes), así como de gran valor estratégico, como el Canal de Suez, por el que controlaban el paso entre el Mediterráneo y el Mar Rojo hacia el Océano Índico.

Por su parte, los franceses pretendían levantar un imperio de este a oeste del continente africano. Comenzaron por dominar Argelia y desde allí fueron dominando gran parte del norte de África (Marruecos y Túnez), la costa occidental del continente y se extendieron hacia Sudán, punto de fricción con los británicos, ya que era la zona de choque con la línea norte-sur británica.

El rey de los belgas -Leopoldo II- encargó la exploración de la zona del Congo para levantar un imperio propio. Los alemanes se establecieron en África central. Así pues, muy pronto comenzaron a entrar en colisión los intereses de las grandes potencias. Ante esta situación, en el año 1885, Bismarck convocó una Conferencia Internacional en Berlín.

En la Conferencia se tomaron una serie de decisiones sobre la colonización de África: garantía de libre navegación por los ríos Níger y Congo, establecimiento de unos principios para ocupar los territorios por parte de las metrópolis, basados en el dominio efectivo con notificación diplomática al resto de las potencias del establecimiento de la nueva colonia. Pero la Conferencia no terminó con los enfrentamientos entre las potencias coloniales.

Posteriormente, los alemanes se establecieron en Togo, Camerún, África suroccidental y Tanganica, mientras que los portugueses se hacían con Angola, Mozambique y Guinea-Bissau. Italia estableció su imperio en Libia y Somalia. Por fin, España se estableció en lo que luego fue Guinea Ecuatorial, y el Sahara Occidental (Río de Oro).

 

En el sur de África dos pequeñas repúblicas vecinas –Transvaal y Orange- estaban en manos de los holandeses nacidos en el continente africano y conocidos como bóers, después de haberse marchado de la zona de El Cabo (habían llegado en el siglo XVII), huyendo de la expansión británica en la zona. Pero la noticia del descubrimiento de importantes minas en Transvaal motivó a los ingleses a invadir los territorios de los bóers, provocando el estallido de una guerra, que duró tres años, con un alto coste en vidas humanas. Al final, esos territorios fueron anexionados al Imperio británico.

 

Eduardo Montagut