¿QUIEN ES ANALIZABLE?

En mi experiencia son muy pocas las personas que cuando acuden en búsqueda de ayuda ante una situación de sufrimiento psíquico tienen una verdadera idea de lo que implica un proceso psicoanalítico. No es ya solo eso; en realidad para muchos profanos no hay distinción entre un psicólogo, un psiquiatra y mucho menos un psicoanalista. La mayoría ve el psicoanálisis como una disciplina médica. Es cierto que el psicoanalista debe saber localizar los síntomas de los pacientes, siendo en muchas ocasiones dichos síntomas huellas en el cuerpo que provienen del inconsciente. Ya sean psicólogos, psiquiatras, médicos u otros profesionales de distintas procedencias, solo podrán practicar psicoanálisis con la estricta condición de haber podido llevar a término un análisis personal. Inicialmente el paciente afirma con contundencia que desea ser aliviado de sus síntomas. La demanda de ayuda es en ocasiones masiva y dirigen sus quejas a una figura que para ellos puede representar la de un médico que les daría un remedio inmediato para su curación. Los psicoanalistas sabemos que los pacientes han mantenido mucho tiempo esos síntomas para dejar las cosas como estaban, a modo de lo que Freud llamaba “satisfacciones sustitutivas”. Es decir, en un plano inconsciente el paciente disfruta y goza de sus síntomas sin saberlo, a parte de los beneficios secundarios que estos síntomas aportan en la realidad material.

Los pacientes acuden a nuestras consultas y se quejan de diversas situaciones, siendo la mas extrema aquella en la que ya ni deseos de vivir quedan. El paciente, a menudo siente cuando llega a la consulta de un psicoanalista, muchas veces después de haber recorrido distintos profesionales de la salud mental, como cierta convicción de que ya nada puede hacerse por él.

¿Cuál sería en este caso el resorte inicial para el comienzo de un “algo nuevo” que pueda convertirse en un psicoanálisis personal?. Aquí es importante pensar en que lo que puede impulsar ese comienzo sería el deseo del analista, ya que en muchos casos y a partir casi de las primeras sesiones el paciente está buscando una excusa inconsciente para abandonar. Simplemente el “Mañana lo veré” dicho por un analista puede bastar para que un paciente retorne al proceso analítico. Pero ese deseo del psicoanalista debe estar centrado solo en el análisis; en que el análisis continúe. Y eso debe ser, en mi opinión, percibido por el paciente y debe de algún modo resonar en él.  No se trata, por supuesto de tener planes con relación al futuro de los pacientes, o esperar que el paciente se convierta en esto o en lo otro.

En general las personas van en búsqueda de ayuda en momentos de crisis. Es lo que técnicamente llamamos “crisis de goce”, porque los síntomas que aportaban goce inconsciente ya no funcionan o sobrepasan una capacidad de adaptación.

La demanda inicial que recibe el analista es la de poner parches y dejar los síntomas en un nivel como el anterior a la crisis, es decir, “que todo siga igual”. Sin embargo, el psicoanalista frustra esas demandas del paciente y procura hacer que el paciente mire allí donde no había mirado, que sienta curiosidad por los sueños, actos fallidos y otras formaciones del inconsciente. Que sea capaz de sentir que no hay un único plano de realidad. Que hay otro plano escondido, que es el de la realidad psíquica.

Para ser analizable, por tanto, es necesario que el paciente se comprometa de algún modo a trabajar por cambiar la satisfacción sustitutiva del síntoma por el desciframiento del inconsciente. Es decir, mirar otro escenario.

El paciente-analizante nos pedirá promesas de cara a un futuro con preguntas del tipo: “¿Tengo curación?” “¿Qué esperanzas tengo?” “¿Qué puedo esperar de esto?”. En ciertos casos será necesario por parte del analista sostener, sobre todo al principio, una expectativa para el analizante de que es posible un nuevo enfoque de las cosas, que aun no satisfaciendo plenamente las demandas del paciente, sí se abre la esperanza a una posibilidad de cambio.

El problema, en mi opinión, se presenta con los pacientes que acuden actualmente en búsqueda de ayuda cuando su situación estructural de base se acompaña de una descompensación de tipo depresivo. Es muy difícil, de inicio, involucrar a ciertos pacientes depresivos en un proceso analítico. El sujeto deprimido no puede darle al pasado un sentido nuevo en función de un porvenir. No puede, muchas veces, ni imaginar un porvenir. Se “engancha” a un tipo de repetición que él vive como un retorno de lo mismo y de un rechazo de toda posibilidad de cambio. Es un tiempo uniforme y monótono. Por tanto hay dificultades extremas para comprometerse en un análisis ya que no puede interrogar su historia en función de la posibilidad de un cambio real.

Pero vistas así las cosas podemos preguntarnos si el psicoanálisis es un método válido para todos. Esto corresponde al tema de la “analizabilidad” que fue muy discutido y aun lo es entre las distintas escuelas y corrientes psicoanalíticas. Ciertamente el psicoanálisis no es un método aplicable a todos. Pero el criterio de analizabilidad está mas allá de las categorías diagnósticas. Si aplicáramos ciertos criterios establecidos en distintos momentos cronológicos de la historia del psicoanálisis, las consultas psicoanalíticas de nuestra época actual quedarían prácticamente vacías.

El concepto de analizabilidad ha sido siempre estudiado desde la perspectiva del paciente. En ese sentido es cierto que para ser analizable es necesario transformar la demanda de supresión del dolor psíquico en otra cosa, como ya vimos. Para ello el sujeto, ciertamente, debe sufrir y quejarse, pero en mi opinión en los límites de lo tolerable. Es también importante que pueda llegar a cuestionarse “¿por qué sufro?” y tratar de darse una respuesta.

Un reto que siento  como psicoanalista en muchos casos y que no es inherente solo al paciente, es el conseguir, en el marco de un encuadre, que la persona que nos consulta por su dolor psíquico pueda tener la esperanza de encontrar en el análisis una salida a sus dificultades, porque esta experiencia será la que anime la cura y se deposita también a través de la transferencia en la figura del analista. Es lo que Lacan muy acertadamente llamaba “Sujeto Supuesto Saber”, es decir un analista al que creer de inicio lo suficientemente competente para ayudar en la solución de mi problema. Esto es, por supuesto, al inicio de la cura, puesto que luego el analizante verá que la autoridad final del proceso dimana de su propio inconsciente que es dónde se ubica el auténtico saber. El paciente espera una salvación de alguien en quien tiene confianza y eso es importante en los inicios del proceso.

Es, vuelvo a decir, un error pensar que aquellos que consultan piden explícitamente hacer un análisis. La demanda es de supresión del malestar, sin interesarles de inicio cuál es el método utilizado. He aquí el arte del psicoanalista para comprometer a un paciente en el proceso de la cura, entendiendo también que hacer análisis requiere un cierto tiempo para poder prestar atención a todas las manifestaciones del inconsciente.

Madrid Julio 2008

Alfonso A. Gómez Prieto

Director del Arco de Estudios Psicoanalítico de AEP

e-mail: algozpri@teleline.es    

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