Los pájaros microscópicos

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Por Adrián Jarque

Recuerdo una reflexión que tuve con un compañero tras visionar la famosa obra audiovisual “Los Pájaros” de Alfred Hitchcock. En esta reflexión, analizamos la brillante e innovadora técnica que Hitchcock utilizó para “engañar” a su audiencia. Durante el primer acto, pensamos que la historia va a seguir los tópicos del cine negro que el famoso director siempre utiliza, y que observamos en sus otras películas. Una misteriosa y atractiva mujer está a punto de sobrellevar una aventura romántica, envuelta en drama y suspense, con otro hombre que conoce. Una premisa bastante conocida y rutinaria en este género, eso sí, hasta que de repente los pájaros se vuelven locos, y comienzan a atacar a la gente. La historia queda interrumpida e inacabada por completo, ya que los personajes son puestos en confinamiento, y se declara el estado de alarma.

Este gran giro es casi una ruptura de la cuarta pared en naturaleza. Es casi como si los personajes supiesen que ese ataque no es parte del show principal, y no saben cómo reaccionar; como si por sus cabezas pensasen “Esto no estaba en el guión”.

Esa es la forma en la que me siento, tras verme atrapado en estas cuatro paredes y su techo, durante este mes y medio, el cual se asemeja más a año y medio en mi cabeza. Todos mis compañeros, al igual que yo, teníamos planes que llegaban a extenderse hasta el próximo invierno. Seguíamos nuestras vidas, día tras día, sin mayor conflicto; secuencia por secuencia, como el guión de una película. Nunca imaginamos que esta rutina podría verse tan brutalmente interrumpida por algo que no estaba si quiera contemplado en este “guión”.

Así como Hitchcock transmitió en su famosa película, la monotonía de nuestros calendarios, la cual a veces llegamos a despreciar, no es más que una mera ilusión sobre la que basamos nuestras vidas. La naturaleza puede revelarse en cualquier momento, y sin ningún tipo de aviso previo; poniendo fin a esa predecible rutina sobre la que girábamos. En este caso, en lugar de unos pájaros locos, se trata de un organismo tan simple que la ciencia no sabe si llamarlo vida, pero tan complejo que es capaz de paralizar las vidas de los demás, en el mejor de los casos, y en el peor de ellos, destruirlas por completo.

Es ahora cuando decido profundizar sobre este último punto que acabamos de mencionar: La destrucción de las vidas. He de admitir que alguien joven y sano como yo, no llegó a imaginarse la catastrófica pérdida de vidas que ha supuesto esta aflicción internacional. Incluso tras ver las noticias y escuchar el creciente número de bajas, dicho número no se llega realmente a procesar en la mente de uno mismo hasta que no llegas a ponerle un rostro. Ese número es casi abstracto en su naturaleza, hasta que alguien en tu círculo se vuelve parte de ese número. En mi caso, fue una profesora del centro en el que desarrollé mi educación secundaria. Todos los recuerdos, emociones y vivencias que dicha profesora ha compartido con mis compañeros y conmigo, así como aquellos que compartió con su familia y seres queridos, son parte de ese número ahora. Fue entonces cuando tras ver que una pequeña parte de todas estas personas que ella conocía (incluido yo) desapareció con ella que, en efecto, pude contemplar el número por lo que realmente significaba.

Disciplina, propósitos laborales, eventos sociales, trabajo sobre la salud y el bienestar, incontables planes y esquemas, todo ello que pertenecía al futuro construido en mi cabeza, perdido ante este conflicto mundial. Si antes pensaba tanto en el futuro, ahora que me hallo confinado no dejo de caer en el pasado y en cómo echo de menos mi vida cotidiana. Hoy en día, tan solo sacar la cabeza por la ventana y sentir el sol sobre mi ser es suficiente para sentirme mejor. Nunca antes he anhelado tanto el contacto humano como ahora. Las risas, conversaciones y compañía de los demás son esenciales para la salud mental. Miro por la ventana el mismo horizonte que vi ayer y que veré mañana, como si a nuestro alrededor nos envolviese una burbuja en la que el tiempo no avanza; y al final, lo que más ataca a mi alma es, evidentemente, en cómo será la gestión de mi vida cuando todo esto acabe. Me recuerda a la cómica e irónica situación de Gregor Samsa, en la que se pregunta cómo demonios va a conseguir ir a trabajar una mañana en la que se ve convertido en un insecto gigante.

El mundo seguirá girando, sin embargo. Es simplemente de esperar a que en uno de esos giros, pueda caminar sobre las calles de mi rutina otra vez.

Adrián Jarque es cineasta y técnico de post-producción por la TAI (Universidad Rey Juan Carlos) en España, miembro de Lapsus de Toledo España.

 

 

 

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