UNA SOCIEDAD TAXIDERMICA

TOSHIBA CAMCORDER

¿A qué sabe el sabor de los siglos quietos? A humanidad desdichada.

Con un poco de fantasía, gran dosis de conformismo  y el estómago lleno, se puede asegurar que se alcanza el punto álgido de la existencia humana, es muy popular, se engaña con la mentira de un poco de felicidad. Así, la pobre gente dócil y sometida a sus reflejos, casi condicionados, vive necesitando trampas de cartón que oculten la verdad. Mentir se ha hecho ya discursivamente imprescindible.

Es duro aceptar que no somos nadie para dominar nuestra tendencia al automatismo. Necesitamos de la sugestión. Los escaparates del mundo entero como las ventanas por donde asoman los fraudes que el ser humano ha producido y necesita. Todo está en venta, con lazos de colores, porque el desnudo de las cosas, y las cosas tal como son, no pueden ya resultar excitantes.

Así, la pobre gente acartonada, sometida a sus reflejos condicionados necesita con urgencia la mascarada, las mil engañifas publicitarias para continuar desempeñando su papel en la sociedad, para seguir siendo un seguro servidor del sistema. ¿Quién puede afirmar que es íntegramente libre y dueño de su voluntad? Todos, sólo porque nos lo creemos, pero no somos más que marionetas movidas por hilos invisibles. Por la calle sólo somos un paquete con un contenido de proteínas, hidratos de carbono, grasas minerales, y agua. Pero todos muy en orden para que la organización no entre en crisis.

Mantener el orden de cosas requiere un gasto de energía. Sabemos que algo conocemos porque nos enseñaron un saber. Pero no somos nada ni nadie sin la ayuda de las complejas informaciones que nos rodean.  Somos porteadores de archivos, de lo bueno y lo malo, lo moral y lo inmoral, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, el círculo y el cuadrado, lo blanco y lo negro.

Vivimos en una sociedad conformista habitada por seres taxidermizados. Estos seres disecados, con apariencia de vivos, sólo saben lo que han aprendido, que es, a ser beneficiosos para otros, a ser honrados para otros, trabajadores para otros, en definitiva, a ser las piedras angulares de una sociedad que como ladrillos bien encajados, conforman la maquinaria de la sociedad conformista del ahora.

Esclavos de la costumbre como ritmo de vida, son el freno a todo escándalo, a toda renovación, a toda innovación y a todo cuanto altere las reglas asimiladas desde que aprendieron a leer hasta nuestros días. Los débiles, siempre desean subirse al carro del triunfador aunque nada entiendan. Si por las manadas de fósiles fuera, no habría nunca cambios ni conflictos, ni renovaciones y la vida sería cero por cero igual a cero. Es decir, nada.

Los caquexizados son sólo su circunstancia y de la vida se van sin preguntarse nada. Han sido limitadamente informados desde el adiestramiento dirigido, conocen su tiempo y es cuanto necesitan para el tránsito de los cuatro días de la vida. El conocimiento cultural poco o nada influye en el comportamiento instintivo aunque éste condiciona las respuestas obligadas por cultura.

¿Acaso una gamba necesita aprender algo? Al parecer, no. Sale al mundo y se encuentra con una vida que tiene que defender. Nulo núcleo cerebral. Pero acumula experiencias.

Todos somos responsables de nuestras civilizaciones y no podemos acusarnos porque para la generalidad de los mortales, la civilización y el progreso son un bien. Se sufre menos y se vive más y más cómodo.

Las viejas sociedades, incapaces de rectificar los errores que les han sido casi grabados a fuego en su infancia, necesitan que el absurdo sobreviva como una permanencia de miles de millones de imágenes taxidérmicas. Son órdenes respetables para el niño que todo ciudadano adulto oculta en su interior, como imagen del mañana de la sociedad que lo contiene. Montañas de tópicos acumulados y presión social difícil de destruir.

Lo útil es conseguir un orden y una paz pendular para continuar el proceso de fosilización masiva, que tanto compensa a unos pocos, pero siempre adornado con un papel de regalo, el del discurso de moda del momento.

Lloremos como niños, porque lo que ha de ocurrir no lo sabemos y la falta de imaginación sólo conduce, a unos, a repeticiones de lo que se ha aprendido y a otros, a pataletas destructivas. Pero al acecho queda el falso discurso encapsulado, dispuesto para ser inoculado a todos, en  beneficio de unos pocos.

Lloremos por ese niño desconocido que se dirige indefectiblemente hacia su fosilización integral, indefenso, anestesiado y por los responsables del parón de una sociedad sin discurso ante el próximo e incierto  futuro.

 Belén Rico

Socióloga y Directora del Área de Sociología de AEP

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