Política de supermercado

Pacios

¿Quién no ha elegido un producto por los vivos colores de su envoltorio? ¿Quién se resiste a comprar la felicidad, cuando se ofrece envasada  en una lata roja al módico precio de 50 céntimos? ¿Cómo podemos dejar de comprar un yogur con sabor a fresa, que nos garantiza belleza y salud, o un coche con el que alcanzaremos la libertad y la seguridad que todos ansiamos?

Vivimos en una sociedad que adora al dios Consumo. Sus fieles y leales seguidores, los consumidores, ansiamos alcanzar la felicidad que nos promete comprando los milagrosos productos que nos ofrecen sus sumos sacerdotes. Profesamos una religión que ha modificado muy profundamente nuestras vidas, nuestra forma de pensar, de relacionarnos, de convivir. Exhibimos sus símbolos como elemento de distinción o pertenencia. Las redes sociales nos han permitido transformar nuestra vida también en un producto que exponemos en el gran escaparate de Internet, buscando la ganancia del “me gusta”, el retuit  o incrementando nuestra bolsa de seguidores.

Cuando hoy criticamos a la política por su frivolidad, efectismo y “postureo”; cuando desde algunos medios de comunicación se reprocha a nuestros políticos que se hayan convertido en una especie  de vendedores de promesas inconsistentes, me pregunto si lo que realmente ocurre no es más que una adaptación de la política a nuestro modelo consumista;  a un perfil del votante que cada vez se identifica más con el de un consumidor y menos con el de un ciudadano, obligando a los políticos, adaptándose a este nuevo perfil, a degradar su condición a la de meros proveedores que deben satisfacer a los votantes como si fueran consumidores o clientes.

Cuando el consumismo se ha convertido en la religión dominante,  es fácil caer en la tentación de convertir a la política en un producto más, de devaluarla  sometiéndola  a las reglas del mercado, de subyugarla al dictado de la propaganda. Las propuestas electorales se elaboran más para captar la atención del votante, atendiendo a estudios de mercado que a compromisos ideológicos. Lo complejo se simplifica y la realidad cede frente a la imagen que de ella se construye, en función de los intereses de la marca.

La razón se convierte en prisionera de la pasión. Alcanzar el corazón de los votantes pasa a ser objetivo prioritario en la campaña política. La emoción  no se utiliza al servicio  del mensaje político; es el  mensaje el que sirve para estimular emocionalmente a los votantes en beneficio de  nuestro candidato y para provocar un rechazo visceral hacia el contrario,  a quien se responsabiliza de todos los problemas que nos afectan.

Y como consumidores, aceptamos con agrado que se nos ofrezca la política como un producto edulcorado,  como un espectáculo de entretenimiento con el que disfrutar de nuestras horas de ocio. Premiamos con elevadas audiencias los programas televisivos en los que los políticos se someten a las preguntas de niños de Primaria; admitimos sin escándalo que se utilice el modelo de un catálogo comercial para trasladar las propuestas electorales; nos divierte que se someta a los candidatos a pruebas de habilidad o simpatía que nada tienen que ver con su aptitud, su experiencia, ni su capacidad política.

La gran complejidad y trascendencia de las relaciones económicas y sociales sobre las que interviene el poder político, dista mucho de la frivolidad con la que se aborda la información o la propaganda política. De nuestro comportamiento, exigencia y compromiso ciudadano también depende, en gran medida, que la política siga por la senda de la banalización o que sea tratada con una dignidad acorde con la importancia que tiene para el bienestar de nuestra sociedad. A veces, toda la culpa no la tienen los políticos.

José Ignacio García Pacios

2 pensamientos en “Política de supermercado

  1. Te tengo que dar la razón en todo lo que he leído pero sinceramente te digo que no cumplo ni la mitad de lo leído. Soy consumista y la mayoría de las veces sin ninguna necesidad. También culpo a los políticos de la mayoría de las cosas y me pregunto !que haría yo en su puesto!. Que tengáis unas felices vacaciones.

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