Los obreros de Madrid contra el nepotismo municipal en 1906

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Los obreros de Madrid contra el nepotismo municipal en 1906

Por Eduardo Montagut

El 10 de mayo de 1906 se discutió en sesión extraordinaria del Ayuntamiento de Madrid un dictamen que proponía una modificación del reglamento de empleados para que se suprimiera el reparto de los empleos entre los concejales, es decir, que se hiciera por oposición o concurso. Pero los contrarios al cambio el pensaban que se quitaba “soberanía” al Consistorio en esta materia. Los concejales socialistas pretendían dicha reforma. Al final no salió el cambio por dos votos, provocando que el Centro Obrero (precedente de la Casa del Pueblo) organizase un acto de protesta en el Teatro Variedades unos días después.

El primer orador fue Mariano García Cortés, que recordó las proposiciones presentadas en el Ayuntamiento por concejales socialistas y republicanos para que los cargos que dependiesen del mismo se proveyesen por concurso u oposición porque era el único procedimiento para garantizar la idoneidad y “moralidad” de los empleados. En este sentido, criticó duramente al alcalde y a los concejales que habían votado en contra de la reforma porque creía que no eran acreedores de la confianza del vecindario madrileño. García Cortés aprovechó para resaltar la importancia de los asuntos municipales para la clase trabajadora, siguiendo el tradicional municipalismo socialista. Recordemos que posteriormente, García Cortés sería concejal en dos ocasiones.

Santiago Pérez, en esa época redactor de El Socialista, siendo uno de los especialistas en información municipal, además de conserje del propio Centro Obrero, para luego tener un gran protagonismo en el Instituto de Reformas Sociales, y en el sindicalismo y cooperativismo madrileños, fue el segundo orador. Pérez fue muy duro con el alcalde, además de considerar que no le extrañaba el resultado de la votación porque consideraba que la mayoría de los concejales lo eran por su dinero y, por lo tanto, miraban por sus intereses, en una implícita alusión al sistema electoral corrupto de la Restauración.

Por fin, habló Pablo Iglesias, concejal en ese momento, y uno de los protagonistas del debate y votación. Iglesias comenzó aludiendo a que, con ese acto, como con otro celebrado unos meses antes, se pretendía, en primer lugar, estimular el interés obrero por los asuntos municipales. Para el líder socialista la oposición de los concejales al cambio se debía al hecho de que imperaba entre ellos la idea de que no existía opinión, y que la entrada de los concejales socialistas era obra de la casualidad, y que no se repetiría. Aludió al argumento de la pérdida soberanía o independencia del debate municipal que se esgrimió por los contrarios al cambio. Explicó que el principal defensor de esa supuesta independencia había sido designado por real orden y no por el Municipio.

Las oposiciones y los concursos no eran sistemas perfectos, siempre según Pablo Iglesias, porque existía el problema de las recomendaciones, pero ofrecían más garantías que la designación por parte de un concejal, como se estaba haciendo.

Iglesias dedicó parte de su intervención a ocuparse de la posición que la prensa observaba con los concejales socialistas, pero terminó leyendo una lista de nombramientos que demostraban el nepotismo municipal en Madrid, y nepotismo puro y duro porque todos eran parientes muy cercanos a los concejales.

Hemos consultado los números 1054 y 1056 de El Socialista. También hemos trabajado con el Diccionario Biográfico del Socialismo Español. Para las cuestiones municipales madrileñas es imprescindible acudir a los libros de Santiago de Miguel Salanova, Republicanos y Socialistas. El nacimiento de la acción municipal en Madrid (1891-1909), Madrid, 2017; y Madrid, un laboratorio de socialismo municipal, Madrid, 2019.

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Director: Eduardo Montagut

La posición socialista sobre la mendicidad en 1927

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La posición socialista sobre la mendicidad en 1927

Por Eduardo Montagut

En el momento que se publica este artículo se vive en España una nueva polémica sobre la mendicidad a cuenta de las medidas que se han aprobado en Alicante. Pues bien, en 1927 se vivió otro debate. En este artículo tratamos de la postura socialista en ese momento.

La opinión se publicó en febrero de 1927 en El Socialista porque se explicaba que el tema volvía estar “sobre la mesa”, del que siempre se discutía mucho, pero se hacía muy poco, volviendo a “verter sobre el papel las mismas vulgaridades de siempre”.

Lo principal desde el periódico obrero era determinar la causa que producía la mendicidad, que no podía achacarse a la vagancia, como explicaba Francisco García Molinas, el político encargado, en su día, por el gobierno de estudiar las medidas necesarias para extinguir la mendicidad (García Molinas -1858-1943- fue concejal, diputado y presidente de la Asociación Matritense de Caridad, además de desarrollar otras facetas relacionadas con el deporte, el turismo y los “exploradores de España”). Esa no era la causa, pues. Podía haber vagos profesionales, pero esos no eran los que “pordiosean en la vía pública; son de otra naturaleza, que tienen la culpa de que haya pobreza, miseria, y, como consecuencia, quien pida limosna”.

El mendigo era el último escalón al que iban a parar los pobres. La pobreza era la causa, y procedía de la gran acumulación de la riqueza. Nadie era vago profesionalmente, porque sí. Pero, es más, aunque existiesen personas enfermas física y “moralmente” (imaginamos que el texto se refería a cuestiones de tipo psicológico) eran consecuencia de la propia pobreza.

En conclusión, la mendicidad era consecuencia de la pobreza; de pobre a mendigo no había más que un paso.

En España había mucha gente parada, pero no era por vagancia, sino porque no tenían donde trabajar, por lo que muchos acudían a la plaza pública para buscar trabajo, regresando cada día a sus casas sin haberlo encontrado.

La solución no era la publicación de una ley de vagos ni la fundación de colonias de trabajo como defendía García Molinas. La cuestión estaba en remover todas las riquezas naturales del país, en abrir cauces nuevos a la producción de riqueza con el fin de facilitar trabajo a todos. Había que dar salida al capital paralizado. En España habría dinero, mucho dinero, y el país necesitaba de obras públicas, que generarían riqueza y trabajo.

La solución no pasaba por la limosna ni tampoco por encerrar a los mendigos. Los obreros querían trabajo para vivir con dignidad de su propio esfuerzo.

Hemos consultado el número 5633 de El Socialista, de 23 de febrero de 1927.

Sobre García Molinas en relación con la mendicidad, podemos consultar el trabajo de Alejandro Tiana Ferrer (1992), Maestros, misioneros y militantes: la educación de la clase obrera madrileña, 1898-1917, Ministerio de Educación.

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Director: Eduardo Montagut

La igualdad salarial entre hombres y mujeres en el ámbito de los servicios en 1931

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La igualdad salarial entre hombres y mujeres en el ámbito de los servicios en 1931

Por Eduardo Montagut

En los primeros días de noviembre de 1931 se produjo un cierto debate en la prensa a cuenta del acuerdo adoptado en el ámbito de los servicios en relación con el salario de las dependientas y oficinistas, ya muy numerosas en aquellos momentos. Al parecer, se había aprobado en la negociación del Comité Paritario correspondiente (La Ley de Jurados Mixtos salió en la Gaceta de Madrid el 28 de noviembre, al poco de esta polémica que explicamos), que la remuneración de las dependientas fuera inferior en un 10% de las de los dependientes en cada una de las escalas existentes. Desde nuestra perspectiva podríamos pensar que se trataba de una clara discriminación en función del sexo, pero, en realidad, era una conquista porque el sueldo de estas trabajadoras había sido tradicionalmente muy bajo. Este acuerdo era, por lo tanto, un paso en la equiparación salarial.

Pero en algún periódico se publicó que esta reforma no beneficiaría a las trabajadoras porque, según una interpretación de lo acordado, la patronal, ante la disminución considerable de la diferencia de la remuneración entre hombres y mujeres, contrataría a más hombres. Parecía evidente que muchos empresarios se habían aprovechado de esa gran distancia salarial para contratar tradicionalmente a más mujeres. Por su parte, El Socialista opinaba que no estaba claro que se produjera un cambio en la contratación. Podría haber casos, pero el periódico obrero opinaba que no se generalizaría este cambio en la contratación porque los puestos que desempeñaban las trabajadoras en comercios y oficinas estaban “en general en consonancia con sus aptitudes”, y, por lo tanto, parecía inconcebible, siempre según el periódico, que los empresarios cometieran la torpeza de cambiar a los trabajadores. No debemos olvidar que, a pesar de los avances que pudo acometer el movimiento obrero en relación con la mujer trabajadora, el sexismo no fue algo que desapareciera completamente, como lo demostraría esta idea de que había oficios en este sector servicios más propicios para mujeres.

Pero, por otro lado, el artículo del periódico socialista hacía una clara defensa de la igualdad salarial entre hombres y mujeres, en consonancia con el programa del Partido Socialista en relación con la igualdad entre los sexos en todos los campos. A iguales derechos políticos le correspondía una remuneración salarial igual. Aunque se valoraba el esfuerzo realizado en el Comité Paritario en favor del salario de las trabajadoras de este sector de los servicios, los socialistas consideraban que lo justo era la igualdad salarial.

Además, opinaban que la acordada “seminivelación” salarial entre hombres y mujeres tendía a evitar la explotación abusiva que padecían las segundas, pero si la mujer realizaba un trabajo equivalente al del hombre debía recibir el mismo salario. Pero, por otro lado, se hablaba de que en el caso del desempeño de tareas “peculiares del sexo” la mujer trabajadora debía percibir un “salario decoroso”, y no el que por su “debilidad física” le solía asignar la patronal, es decir, un salario digno, pero distinto al del trabajador hombre porque se mantenía la idea de trabajos más específicamente femeninos.

Por fin, para conseguir todo esto se insistía en uno de los principios fundamentales del movimiento obrero socialista, la necesidad de la organización, es decir, la necesidad de que el trabajador, en este caso, la trabajadora se organizase sindicalmente, una tarea complicada en el caso de la mujer por la conjunción de factores internos y externos al sindicalismo en sí, y que nos plantea el último de los trabajos que citamos en la bibliografía.

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Hemos consultado el número 7103 de El Socialista. Por otro lado, podemos consultar el trabajo de Borja Carballo Barral, “La participación de las mujeres en el mercado laboral madrileño del primer tercio del siglo XX (1905-1930)”, un trabajo que podemos consultar en la red, fruto del esfuerzo del grupo de investigación de la UCM Historia de Madrid en la Edad Contemporánea. También podemos acudir a A. Soto, “Cuantificación de la mano de obra femenina (1860-1930)”, en La mujer en la Historia de España (siglos XVI-XX), Actas de las 2ª Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, Madrid, UAM, 1984, págs. 279-298; Mary Nash, “Identidad cultural de género, discurso de la domesticidad y la definición del trabajo de las mujeres en la España del siglo XIX”, en G. Duby y M. Perrot, (dirs.) Historia de las mujeres. Vol. 4, Madrid, 1993, págs. 515-532. Aunque breve, también podemos acudir al trabajo de Rosa María Capel, “Mujer, trabajo y sindicalismo en la España de comienzos del siglo XX”, en el portal de la UGT, y que se puede consultar en la red.

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Director: Eduardo Montagut

 

El trato a los indigentes en el invierno de 1922

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El trato a los indigentes en el invierno de 1922

Por Eduardo Montagut

En este trabajo continuamos con nuestro interés en la cuestión de la mendicidad en la historia contemporánea española. En esta esta nueva entrega analizamos la situación en el Madrid del invierno de 1922 cuando estaba en marcha una campaña contra la mendicidad, una de las que, periódicamente, se daban, denunciándose el trato que recibían los ciegos e indigentes.

Al parecer, el gobernador de Madrid publicó una nota desmintiendo las denuncias realizadas por la prensa sobre el maltrato que se había dado a tres personas ciegas. El Socialista afirmaba que había más que eso porque tenía constancia de que parte del personal subalterno del Gobierno Civil y del Asilo de Yeserías daban un trato no muy adecuado a los “humildes y desvalidos”. Algunos de los procedimientos higiénicos que se aplicaban en dicho establecimiento no tenían en cuenta las circunstancias de salud de cada persona, empleando, por ejemplo, baños de agua fría.

Pero no solamente estaba el trato que se recibía, sino también estaba la cuestión de la queja de las personas ciegas contra el jornal de catorce reales.

Los ciegos tenían la exclusiva de la venta de participaciones de lotería, y se había formado una orquesta con jornal diario, pero no se sabía a cuanto ascendía dicho jornal, aunque el periódico obrero afirmaba que debía ser de catorce reales, además de señalar que los ciegos que vendían las participaciones eran detenidos cuando recibían limosnas del público, aunque no las pidiesen, siendo enviados a Yeserías. El periódico denunciaba que se pudiera ingresar a un ciego por tomar una limosna que no había pedido, y que se pudiera pensar que se podía vivir con catorce reales.

El periódico no criticaba que se intentar terminar con la mendicidad, pero no con esos procedimientos. En todo caso, se opinaba que resolver por completo el problema de mendicidad dentro del régimen en el que se vivía era imposible. Una ley de vagos no se podía aplicar en un país donde no había pleno empleo, sino mucho paro.

Se era consciente de las dificultades, pero, al menos, se pedía que se estableciesen normas más humanitarias y respetuosas con la libertad individual de ciegos e indigentes.

Hemos trabajado con el número 4069 de El Socialista, de 25 de febrero de 1922. En la hemeroteca de El Obrero encontrará el lector interesado distintas entradas sobre la preocupación de este autor sobre este particular tema.

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Director: Eduardo Montagut

María de Lluria y la defensa del sufragio universal

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María de Lluria y la defensa del sufragio universal

Por Eduardo Montagut

En el inicio del intenso y, en muchas ocasiones, mal interpretado debate parlamentario y de la opinión pública española sobre el reconocimiento del derecho del voto a las mujeres en el proceso de discusión para la elaboración y aprobación de la Constitución de 1931 nos acercamos a la postura de María de Lluria en relación con esta cuestión.

Previamente, creemos que debemos recordar la importancia de esta escritora en defensa de los derechos de la mujer en el seno del socialismo español. María Vinyals y Ferrés, es decir, María de Lluria, publicó en El Socialista un artículo con el título de “La mujer española” donde argumentó a favor del reconocimiento del sufragio femenino. María de Lluria, por lo tanto, pertenecía al sector de la izquierda claramente favorable a este reconocimiento

La autora atacaba desde el principio el tópico de que la mujer española no estaba en condiciones aún de poder disfrutar de las mismas libertades civiles y políticas que sí tenía el hombre. El argumento gravitaba en torno a la ignorancia femenina en España, pero para María de Lluria era un hecho que compartía con una mayoría masculina, dado el alto porcentaje de analfabetismo que se padecía. Aunque quería huir de tópicos admitía que dentro de la ignorancia general destacaban la “sutileza y avispamiento” naturales de las mujeres.

Nadie se había preocupado de la cultura media de la clase obrera cuando se estableció el sufragio universal masculino. Esa clase obrera había desarrollado por si sola una conciencia de su propia responsabilidad en relación con la cultura y la educación. Pero lo que había conseguido el hombre no hubiera sido posible si la mujer fuera ese “núcleo de oscurantismo y superstición” que se estaba divulgando. Era el momento de abandonar tópicos y lugares comunes. Lo que había realizado el hombre, podía hacerlo la mujer.

Prueba de su lucha por mejorar su formación se podía comprobar, siempre siguiendo la argumentación de la escritora, viendo la asiduidad con que las mujeres asistían a la Casa del Pueblo a todo tipo de conferencias educativas, un mérito mayor, si cabe, porque las trabajadoras tenían jornadas interminables entre su trabajo y las tareas domésticas, y por sus responsabilidades como madres. A pesar de todo eso, muchas obreras encontraban un hueco para asistir a esas conferencias y a los mítines. El segundo argumento que se empleaba para desconfiar del reconocimiento del sufragio femenino, y que era el más empleado por el sector de la izquierda española contrario a este reconocimiento por el momento, era el religioso. Se aludía al enorme poder del clero (los curas párrocos) sobre la mujer, especialmente la del medio rural. Si esa influencia existía era por falta de interés en haber promovido campañas educativas, pero, en todo caso, las enseñanzas del párroco se desvanecían cuando la mujer veía la realidad.

Hemos consultado el número 7018 de 7 de agosto de 1931 de El Socialista. Conviene consultar el Diccionario Biográfico del Socialismo Español para profundizar en la figura de nuestra protagonista, donde se incluye bibliografía monográfica sobre la misma.

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Director: Eduardo Montagut

 

Los ensanches urbanos del siglo XIX

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Eduardo Montagut

Los ensanches constituyen una de los medios fundamentales en la reordenación urbana en el siglo XIX. Los ensanches pretendían dar una solución a la escasez de suelo urbanizable en el momento en que las ciudades comenzaban a crecer por la inmigración rural. Pero, además, había que hacerlo de forma organizada a través de un plano geométrico. Por fin, los ensanches consolidaron la especialización socioeconómica de las ciudades, ya que segregaban la población en distintos espacios según su clase social.

El modelo de ensanche de las ciudades occidentales decimonónicas fue, sin lugar a dudas, el establecido por el barón Haussmann en el París del Segundo Imperio, aunque existieron otros modelos, como el vienés, por citar alguno. En España el principal ensanche fue elaborado por el ingeniero Ildefonso Cerdà para Barcelona, impuesto en 1860 por el gobierno frente al proyecto aprobado por el Ayuntamiento barcelonés. El ensanche de Cerdà es una extensa red cuadrangular, formada por una trama de manzanas en cuadrícula y grandes avenidas perpendiculares y diagonales.

En Madrid, en el año 1860 se aprobó el plan de ensanche de la capital, elaborado por el ingeniero Carlos María de Castro. La administración quería crear una ciudad moderna que sirviera como símbolo del Estado liberal. En este caso se conectaba más con el espíritu de los cambios urbanísticos parisinos. La parte más conocida del ensanche madrileño sería el barrio que promovió el marqués de Salamanca.

Otras ciudades que aprobaron ensanches fueron: Bilbao (1863), San Sebastián (1864), Valencia (1865) o Zaragoza (1894). Frente a este auge de algunas ciudades que tuvieron que aprobar ensanches, otras quedaron muy rezagadas, dentro de sus antiguas murallas y cascos históricos.

Los ensanches generaron un fortísimo negocio inmobiliario, fomentando la creación de grandes fortunas al revalorizarse el valor del suelo. El auge de la construcción favoreció también el mercado laboral, absorbiendo mucha mano de obra.

Los planteamientos teóricos de los ingenieros, arquitectos y planificadores, algunos de ellos muy novedosos, no fueron respetados en muchas ocasiones y sufrieron cambios. La especulación modificó los diseños originales, limitando equipamientos, espacios verdes y libres, elevando las alturas de los edificios, etc…, en beneficio del negocio de la construcción, y en detrimento de otras cuestiones relativas a la higiene, la estética y, en general con aquellas relacionadas con lo que hoy llamaríamos calidad de vida. Aún así, algunas de las realizaciones finales, como la de Barcelona, han pasado a la Historia del urbanismo y son estudiadas en todo el mundo.

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Director: Eduardo Montagut

Las crisis marroquíes en vísperas de la Primera Guerra Mundial

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Las crisis marroquíes en vísperas de la Primera Guerra Mundial

Eduardo Montagut

En una Europa dividida en dos grandes bloques, la Triple Entente y la Triple Alianza, cualquier incidente o conflicto podía implicar a los dos bandos y el riesgo de una guerra de escala internacional se fue haciendo una realidad evidente. Entre 1905 y 1914 distintas crisis fueron llevando a esa conflagración mundial. En este artículo nos detendremos en las crisis marroquíes que, además involucraron a España, dados sus intereses en la zona.

En 1905, el káiser Guillermo II desembarcó en Tánger para manifestar su apoyo a la independencia de Marruecos, frente a los intereses franceses en la zona. Ante la gravedad de la situación se convocó la Conferencia de Algeciras al año siguiente. Gran Bretaña defendió los intereses franceses y españoles en la zona, pero también Italia, miembro de la Triple Alianza, ya que Roma y París habían acordado unos años antes un pacto por el que Francia no interferiría en los intereses italianos en Libia. Alemania quedó aislada y terminó por aceptar los planteamientos británicos de mantener Marruecos independiente, pero con varios puertos abiertos al comercio exterior bajo tutela franco-española, además de que ambos países adquirían el compromiso de ejercer un protectorado. Posteriormente, según los acuerdos firmados en noviembre de 1912 por Francia y España, Marruecos quedó dividido en dos protectorados, uno francés al sur y otro español en la zona del Rif y la Yebala. El resultado de la crisis de 1905 fue contrario a los intereses alemanes y permitió comprobar que Italia se estaba alejando de la Triple Alianza. La Entente salió reforzada.

La tensión internacional volvió a Marruecos en el año 1911. El sultán llamó a los franceses para que sofocaran unas revueltas internas, ocasión aprovechada para ocupar la ciudad de Fez. Esto conculcaba lo estipulado en Algeciras y Alemania expresó su disconformidad enviando un barco de guerra, el navío cañonero Panther, a Agadir, el principal puerto atlántico de Marruecos, con el pretexto de proteger a los comerciantes alemanes de la zona. Gran Bretaña apoyó a Francia y los alemanes tuvieron que retirarse y aceptar el poder francés sobre Marruecos, aunque consiguieron territorios en Camerún como compensación. La alianza entre el Reino Unido y Francia se fortaleció.

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La táctica política socialista en el Congreso de Ámsterdam de la Segunda Internacional

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La táctica política socialista en el Congreso de Ámsterdam de la Segunda Internacional

Eduardo Montagut

 El Congreso de Ámsterdam, celebrado en el mes de agosto de 1904, planteó un intenso debate sobre la táctica política que debían seguir los partidos socialistas en relación con las otras fuerzas políticas, habida cuenta de la creciente presencia que estaban teniendo en sus parlamentos, sobre todo, alemanes, franceses, austriacos y belgas.

Esta cuestión fue analizada por la Comisión de Táctica y debatida en la séptima y octava sesiones del Congreso. La discusión fue abierta por el socialista Vandervelde de dicha Comisión haciendo un resumen. Intervino el francés Jaurès defendiendo la conducta seguida por los denominados “socialistas ministeriales”, y criticó el proyecto de resolución que se basaba en lo aprobado en el Congreso de Dresde de los socialistas alemanes sobre el proyecto autónomo socialista sin entrar en los gobiernos. Bebel le replicó defendiendo la posición alemana y criticando que el sector socialista francés de Jaurès hubiera abandonado la lucha de clases al apoyar a Alexander Millerand. El político socialista había entrado en 1899 en el Gobierno del radical Pierre Waldeck-Rousseau como ministro de Comercio, provocando, eso sí, la oposición de la parte del socialismo francés liderada por Jules Guesde. Bebel criticaba que se formara bloque con los partidos republicanos en perjuicio del proletariado. Por su parte, el austriaco Adler quería una resolución menos contundente, en la misma línea que planteaba Vandervelde. Ferri y Vaillant apoyaron el proyecto de resolución como estaba, frente a Anseele que defendió la postura de Jaurès. Curiosamente, Anseele opinó que los delegados de Polonia, Japón, Rusia, Bulgaria, Rusia y España no debían votar sobre esta resolución porque no les afectaba. Pablo Iglesias, en nombre de todas estas delegaciones, protestó enérgicamente contra lo defendido por Anseele, porque le parecía que su argumento era inexacto y antidemocrático, algo que vulneraba los principios del socialismo internacional. En esta posición de Anseele se pude aventurar que estas delegaciones censurasen a Jaurès. Los socialistas españoles seguían siendo muy críticos con los republicanos.

Se procedió a la votación y se aprobó la resolución que mantenía el espíritu de Dresde y no la más moderada de Adler-Vandervelde. Salió por veinticinco votos a favor, cinco en contra y doce abstenciones.

En la resolución se decía que la socialdemocracia no podía aspirar a ninguna participación en gobiernos burgueses, conforme a la resolución defendida por Kautsky en el Congreso de la Internacional de 1900, recogiendo casi fielmente lo aprobado en Dresde el año anterior.

Los dos delegados españoles votaron a favor de la resolución, en línea con su táctica política en España frente a los republicanos. Todavía faltaban unos años para que se produjera el acercamiento entre ambas fuerzas, a raíz del terremoto que se produjo por la Semana Trágica, para formar la Conjunción republicano-socialista.

Este debate debe enmarcarse en el producido a raíz del revisionismo, y de la defensa por parte de algunos sectores del socialismo, especialmente en una parte del francés, de comenzar a entablar relaciones con las fuerzas políticas republicanas y progresistas en parlamentos y gobiernos. En este sentido, podemos consultar el número 965 de “El Socialista”, y la parte de la obra dirigida por Jacques Droz, Historia del socialismo, De 1875 a 1918, en relación con la Segunda Internacional, y también del socialismo francés. Las resoluciones de Dresde y de Ámsterdam pueden consultarse directamente en la red en el Marxist Internet Archive. Por fin, parece muy sugestivo el análisis que Antonio Robles Egea emprende en “La Conjunción Republicano-Socialista: una síntesis de liberalismo y socialismo”, en Ayer (2004) porque enmarca el acercamiento entre socialistas y republicanos españoles en un contexto europeo de concertación de las fuerzas liberales-democráticas con las socialistas con la finalidad de culminar el proceso de democratización de los Estados liberales decimonónicos, siguiendo los planteamientos que el propio autor hizo en un trabajo anterior de 1990, titulado “Socialismo y democracia: las alianzas de izquierdas en Francia, Alemania y España en la época de la II Internacional”, en Historia Contemporánea.

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Director: Eduardo Montagut

Enseñando la Constitución de 1812: formando ciudadanos

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El Título IX de la Constitución de 1812 trataba de la instrucción pública, algo que no se volvería a repetir en un texto constitucional español hasta la Segunda República. En el artículo 368 se explicitaba la obligación de que se explicase la Constitución. El Proyecto de Decreto de 7 de marzo de 1814 especificaba que la enseñanza de la Constitución se inscribiría en la denominada segunda enseñanza. Este nivel educativo se organizó en tres áreas: la de las ciencias físicas y matemáticas, la de literatura y artes y la de ciencias morales y políticas. En esta última parte se impartirían un curso de “Moral y Derecho Natural”, otro de “Derecho Político y Constitución” y, por fin, uno de “Economía política y Estadística”. Pero, además, para poder acceder a la denominada tercera enseñanza había que certificar, entre otros, el haber superado el curso de “Derecho Político y Constitución”. En el Dictamen que se presentó sobre el Proyecto, los autores del mismo insistían en la necesidad que los alumnos aprendiesen los fundamentos del derecho político y que conociesen las “reglas de cuya observancia depende el justo régimen y la felicidad de las naciones; y que instruidos en los principios generales de esta ciencia, los apliquen después á su patria, y estudien las leyes fundamentales que la rigen, para ver su consonancia con los principios constitutivos de la sociedad, y amar por convencimiento propio lo que debe respetar por obligación”.

En el Trienio Liberal, el Reglamento de 1821 ordenaba que en las escuelas públicas de primeras letras los niños tenían que aprender las “máximas de buena moral y los derechos y obligaciones civiles”. En el siguiente nivel educativo –segunda enseñanza- debía establecerse en cada universidad de provincia (asimilable al Instituto, en la legislación educativa posterior), una cátedra de Derecho político y Constitución. Pero la legislación liberal no consideraba necesario que las mujeres tuvieran una educación igual a la de los hombres en esta cuestión de los valores, como tampoco en ninguna otra, ya que solamente se abrirían escuelas públicas para enseñar a leer, escribir y contar a las niñas, así como labores y habilidades “propias de su sexo” para las mujeres.

La inclusión del estudio de la Constitución en el sistema educativo que se comenzó a diseñar en Cádiz y se intentó desarrollar en el Trienio Liberal obedece, a nuestro juicio, a dos causas. En primer lugar, los liberales eran conscientes de que había que difundir la Constitución en toda España, una vez que había sido elaborada y aprobada en un Cádiz sitiado y aislado. Este era un medio que parecía eficaz y que se relaciona con otras iniciativas para crear cátedras o escuelas promovidas por distintas instituciones y corporaciones con el mismo fin. Se trataba de que el texto constitucional fuera conocido porque era la base de un nuevo Estado completamente distinto al anterior, ya que era la primera vez que, realmente, España tenía una Constitución, si exceptuamos el Estatuto de Bayona, más bien Carta Otorgada y que, salvo algunas importantes novedades, no planteaba cambios revolucionarios y sí más bien la culminación del programa reformista ilustrado.

En segundo lugar, y mucho más importante, los primeros liberales querían educar futuros ciudadanos, no súbditos, enseñar a los alumnos los derechos naturales, el ejercicio de los mismos y el sistema que los garantizaba para que los asimilaran como propios y no como algo impuesto.

Eduardo Montagut

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