Rodolfo Llopis y la reforma educativa en Austria en entreguerras

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Rodolfo Llopis y la reforma educativa en Austria en entreguerras

Por Eduardo Montagut

Rodolfo Llopis tradujo el libro de Robert Dottrens, La educación nueva en Austria, el Imperio a la República, que publicó en 1928, aunque hemos localizado una edición de 1929. Llopis realizó en la traducción castellana un prólogo donde reflexionaba sobre los importantes cambios educativos que se habían producido en Austria en la profunda transformación que vivió el país después de la Gran Guerra, y justo un año y medio antes de que él mismo accediera a una responsabilidad política que le permitiera emprender la reforma educativa en la España de la Segunda República. Este libro trata del prólogo.

Llopis comenzaba su texto relatando el profundo cambio que se había producido en Austria a partir de 1919. Austria había terminado la Gran Guerra con una experiencia revolucionaria que había transformado el Imperio en una República federal democrática. Por otro lado, la extensión del viejo Imperio se había reducido considerablemente, como la población del mismo. Llopis resaltaba mucho la importancia de Viena, como ciudad y estado, dentro de Austria porque representaba con su población de dos millones de personas una “cabeza enorme” dentro de un Estado “raquítico” de seis millones de habitantes. La situación del país era muy dura, la República tuvo que hacer frente a un país verdaderamente deshecho, que había perdido sus zonas más ricas. Había hambre y miseria. En ese contexto, en las elecciones de febrero de 1919 ganaron los socialistas que, al llegar al poder fueron conscientes que había que rehacer un pueblo, salvar la revolución y consolidar la República. Para ello había que transformar la mentalidad de los austriacos porque hasta entonces habían sido súbditos, “servidores ciegos, obreros dóciles”. Ahora se necesitaban ciudadanos libres, obreros conscientes. Y esos hombres debían salir de la escuela. Por eso, la escuela, los maestros y la educación tenían que impregnarse de los nuevos “sentimientos” e ideales, y funcionar como instrumentos eficaces para forjar las nuevas generaciones.

La figura clave en la reforma educativa sería el ministro de Instrucción Pública, Otto Glöckel, que había sido maestro de primera enseñanza, y que había padecido, como afirmaba Llopis, bastantes persecuciones por sus ideas socialistas, llegando a ser expulsado de su carrera.

Glöckel creó inmediatamente una comisión de reformas, integrada por expertos, a quienes confió la reforma educativa en el país. Durante los diecinueve meses en los que estuvo en el Ministerio se pusieron las bases del cambio educativo, realizándose los primeros ensayos y redactándose los primeros programas escolares. Pero, antes, el ministro se había encontrado, según Llopis, con una organización educativa que calificó de plutocrática. La enseñanza superior solamente estaba al alcance de las clases altas, y era una enseñanza, en general, al servicio de la burguesía. El ministro quería acabar con estos privilegios, aunque eso le originó una fuerte oposición de los conservadores y de parte de la propia Universidad. Pero implantó la escuela media común, abrió la primera y segunda enseñanza a la capacidad, la vocación, al talento, colocando los primeros pasos para la escuela única, por la que tanto lucharían los socialistas españoles, entre ellos Llopis, en apreciación nuestra.

Otro problema era la falta de maestros (como luego tuvo que hacer frente la República española), pero también existía el divorcio entre la escuela y la familia, sin olvidar la desigualdad existente entre maestros y maestras. Estos asuntos fueron tratados y solucionados. El ministro se planteó como un objetivo preferente la educación de la mujer, pero también la formación de los maestros y maestras, estableciendo la importancia que debían tener. Contactó con los padres, y todo con el fin de que la escuela adquiriera un papel social fundamental.

Con la victoria conservadora en octubre de 1920 la obra de Glöckel quedó paralizada. Pero como la legislación austriaca daba mucha autonomía a los estados, Viena, gobernada por los socialistas, pudo llevar a cabo las reformas planteadas. Entre los protagonistas de estos cambios en Viena estaría el propio autor del libro que tradujo Llopis, Robert Dottrens, que había sido director de escuelas en Ginebra, profesor en el Instituto J.J. Rousseau y presidente del Bureau Internacional de Educación. Dottrens pasó seis meses en las escuelas vienesas, y de esa experiencia salió el libro. Debemos recordar que, además de lo que explicaba Llopis, Dottrens (1893-1984) fue un eminente pedagogo suizo muy preocupado por la educación individualizada.

Llopis relataba en el prólogo cómo el suizo explicaba el proceso educativo del niño en Viena, que arrancaba desde el mismo nacimiento, para lo cual se había creado la obra del “Bien Nacer”, continuándose en los Jardines de Infancia, Escuelas primarias, medias elementales y superiores, y escuelas complementarias profesionales, en lo que calificaba como el ensayo más serio de escuela única en toda Europa.

Pero Dottrens también explicaba en su libro todo lo relacionado con la pedagogía, que era lo que Llopis consideraba más interesante del mismo. En Viena se respetaba la personalidad del niño, su actividad y trabajo personales, al constituirse en el centro del trabajo escolar. No había horarios ni asignaturas, sino concentración de materias, tomando como base el estudio del medio.

Llopis terminaba elogiando el esfuerzo desarrollado en Viena, a pesar de las grandes dificultades de la posguerra, y que había sido la obra de un partido político que habría sabido identificar sus intereses de partido, sus intereses de clase con los intereses de la nación.

Hemos consultado el prólogo en el número 6208 de El Socialista del día 2 de enero de 1929.

Director del Observatorio de Historia de Arco Europeo: Eduardo Montagut

Profesor de Historia

 

 

Palabra de médico…

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Palabra de médico…

Por Pilar Úcar

Nos recibe con su bata blanca y la mascarilla incrustada; detalle que hace más atronadora su voz tras el escudo facial.

Mucho se habla de pacientes agresivos, insultantes y ofensivos, del enfado y la rabia que escupen a los facultativos, y casi nunca o en muy raras ocasiones, nadie levanta el dedo para protestar por el trato recibido de quienes tienen como misión atender y sanar, en la medida de sus posibilidades y recursos, nuestra salud.

Sí, hoy escribo sobre la palabra de los médicos, sobre su forma (lingüística) de interactuar con el paciente. Me malicio que comunicación, casi nula.

Intentamos explicar los síntomas y: ”¡¡para esto no se viene a urgencias!!”, le largó el dermatólogo hace unos días a mi hijo, universitario, que pasmado pero muy educado le contestó: “perdón por las molestias y por ocupar su tiempo, pero en triaje me han dicho que esperara a que me viera el especialista”.

En otra ocasión describí l’esprit de l’escalier…vamos, que mi hijo se quedó mudo como el enanito de Blancanieves, sin capacidad de reacción in situ (eso sí, a la salida, redactó una queja dirigida a atención al paciente del hospital al que acudió).

Hay modos y formas de expresarse de los médicos que dejan mucho que desear: brusquedad y tajancia, rudeza y desprecio; más allá de los tecnicismos y la monosemia de su propio idiolecto, el doctor (¡¡ojo!!, así llamados pero en muchos casos sin un PhD) no refleja ni inteligencia emocional ni empatía (si en el plan de estudios universitario aparecían dichas materias, él faltó a clase esos días).

El lenguaje facilita el acercamiento… en este contexto necesario e imprescindible. Gestos, pausas, entonación, silencios y la consabida interrogación negativa: “¿no sabe usted que…?” Susto mayúsculo, ya nos han sentenciado: sentimos que nos diluimos.

(Continuará)

Observatorio de Filología y Lengua española de Arco Europeo

Directora: Pilar Úcar Ventura

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Los socialistas españoles de Buenos Aires ante la Segunda República

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Los socialistas españoles de Buenos Aires ante la Segunda República

Por Eduardo Montagut

En Buenos Aires existía una Agrupación de socialistas españoles, que se reunieron para realizar un conjunto de peticiones al Gobierno provisional de la República, a través de Largo Caballero, en los inicios del verano de 1931, en plenas elecciones a Cortes Constituyentes. Rescatamos las 19 propuestas en este artículo, destacando aquellas que tenían que ver con los emigrantes:

  1. Abolición de la pena de muerte.
  2. Separación de la Iglesia del Estado y confiscación de sus bienes.
  3. Supresión de las Tribuna es militares.
  4. Instrucción laica y racionalista gratuita y obligatoria para todos los niños hasta los catorce años de edad.
  5. Sufragio universal y secreto para ambos sexos desde los veintiún años de edad.
  6. Repatriación de los ciudadanos españoles que se encuentren en situación necesitada.
  7. Amnistía general y amplia para prófugos y desertores.
  8. Ciudadanía a los seis meses a los españoles que regresan a España.
  9. Municipalización de las tierras que estén dos años incultas y su entrega a Sociedades obreras y Cooperativas agrarias para su explotación.
  10. Agregados obreros a las Embajadas.
  11. Prohibición de cotos de caza y criaderos de reses bravas.
  12. Disolución del Cuerpo de la guardia civil.
  13. Formación de una guardia republicana democrática.
  14. Expulsión de todos los frailes y monjes y confiscación de sus bienes.
  15. Sustitución de la cédula personal por cartera de identidad gratuita y perpetua.
  16. Trabajo obligatorio para todos los ciudadanos españoles desde los dieciséis a los cincuenta y cinco años de edad.
  17. Impuesto fuertemente progresivo sobre la renta del suelo rural, con recargo a los propietarios que no la cultiven ellos directamente o por medio de sus familiares.
  18. Reducción gradual de les derechos de aduanas hasta su completa extinción.
  19. Impuesto progresivo sobre la herencia.

Fuente: El Socialista, número 6986 de 1 de julio de 1931.

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Observatorio de Historia de Arco Europeo

Director: Eduardo Montagut

 

Los obreros de Madrid contra el nepotismo municipal en 1906

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Los obreros de Madrid contra el nepotismo municipal en 1906

Por Eduardo Montagut

El 10 de mayo de 1906 se discutió en sesión extraordinaria del Ayuntamiento de Madrid un dictamen que proponía una modificación del reglamento de empleados para que se suprimiera el reparto de los empleos entre los concejales, es decir, que se hiciera por oposición o concurso. Pero los contrarios al cambio el pensaban que se quitaba “soberanía” al Consistorio en esta materia. Los concejales socialistas pretendían dicha reforma. Al final no salió el cambio por dos votos, provocando que el Centro Obrero (precedente de la Casa del Pueblo) organizase un acto de protesta en el Teatro Variedades unos días después.

El primer orador fue Mariano García Cortés, que recordó las proposiciones presentadas en el Ayuntamiento por concejales socialistas y republicanos para que los cargos que dependiesen del mismo se proveyesen por concurso u oposición porque era el único procedimiento para garantizar la idoneidad y “moralidad” de los empleados. En este sentido, criticó duramente al alcalde y a los concejales que habían votado en contra de la reforma porque creía que no eran acreedores de la confianza del vecindario madrileño. García Cortés aprovechó para resaltar la importancia de los asuntos municipales para la clase trabajadora, siguiendo el tradicional municipalismo socialista. Recordemos que posteriormente, García Cortés sería concejal en dos ocasiones.

Santiago Pérez, en esa época redactor de El Socialista, siendo uno de los especialistas en información municipal, además de conserje del propio Centro Obrero, para luego tener un gran protagonismo en el Instituto de Reformas Sociales, y en el sindicalismo y cooperativismo madrileños, fue el segundo orador. Pérez fue muy duro con el alcalde, además de considerar que no le extrañaba el resultado de la votación porque consideraba que la mayoría de los concejales lo eran por su dinero y, por lo tanto, miraban por sus intereses, en una implícita alusión al sistema electoral corrupto de la Restauración.

Por fin, habló Pablo Iglesias, concejal en ese momento, y uno de los protagonistas del debate y votación. Iglesias comenzó aludiendo a que, con ese acto, como con otro celebrado unos meses antes, se pretendía, en primer lugar, estimular el interés obrero por los asuntos municipales. Para el líder socialista la oposición de los concejales al cambio se debía al hecho de que imperaba entre ellos la idea de que no existía opinión, y que la entrada de los concejales socialistas era obra de la casualidad, y que no se repetiría. Aludió al argumento de la pérdida soberanía o independencia del debate municipal que se esgrimió por los contrarios al cambio. Explicó que el principal defensor de esa supuesta independencia había sido designado por real orden y no por el Municipio.

Las oposiciones y los concursos no eran sistemas perfectos, siempre según Pablo Iglesias, porque existía el problema de las recomendaciones, pero ofrecían más garantías que la designación por parte de un concejal, como se estaba haciendo.

Iglesias dedicó parte de su intervención a ocuparse de la posición que la prensa observaba con los concejales socialistas, pero terminó leyendo una lista de nombramientos que demostraban el nepotismo municipal en Madrid, y nepotismo puro y duro porque todos eran parientes muy cercanos a los concejales.

Hemos consultado los números 1054 y 1056 de El Socialista. También hemos trabajado con el Diccionario Biográfico del Socialismo Español. Para las cuestiones municipales madrileñas es imprescindible acudir a los libros de Santiago de Miguel Salanova, Republicanos y Socialistas. El nacimiento de la acción municipal en Madrid (1891-1909), Madrid, 2017; y Madrid, un laboratorio de socialismo municipal, Madrid, 2019.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut

La posición socialista sobre la mendicidad en 1927

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La posición socialista sobre la mendicidad en 1927

Por Eduardo Montagut

En el momento que se publica este artículo se vive en España una nueva polémica sobre la mendicidad a cuenta de las medidas que se han aprobado en Alicante. Pues bien, en 1927 se vivió otro debate. En este artículo tratamos de la postura socialista en ese momento.

La opinión se publicó en febrero de 1927 en El Socialista porque se explicaba que el tema volvía estar “sobre la mesa”, del que siempre se discutía mucho, pero se hacía muy poco, volviendo a “verter sobre el papel las mismas vulgaridades de siempre”.

Lo principal desde el periódico obrero era determinar la causa que producía la mendicidad, que no podía achacarse a la vagancia, como explicaba Francisco García Molinas, el político encargado, en su día, por el gobierno de estudiar las medidas necesarias para extinguir la mendicidad (García Molinas -1858-1943- fue concejal, diputado y presidente de la Asociación Matritense de Caridad, además de desarrollar otras facetas relacionadas con el deporte, el turismo y los “exploradores de España”). Esa no era la causa, pues. Podía haber vagos profesionales, pero esos no eran los que “pordiosean en la vía pública; son de otra naturaleza, que tienen la culpa de que haya pobreza, miseria, y, como consecuencia, quien pida limosna”.

El mendigo era el último escalón al que iban a parar los pobres. La pobreza era la causa, y procedía de la gran acumulación de la riqueza. Nadie era vago profesionalmente, porque sí. Pero, es más, aunque existiesen personas enfermas física y “moralmente” (imaginamos que el texto se refería a cuestiones de tipo psicológico) eran consecuencia de la propia pobreza.

En conclusión, la mendicidad era consecuencia de la pobreza; de pobre a mendigo no había más que un paso.

En España había mucha gente parada, pero no era por vagancia, sino porque no tenían donde trabajar, por lo que muchos acudían a la plaza pública para buscar trabajo, regresando cada día a sus casas sin haberlo encontrado.

La solución no era la publicación de una ley de vagos ni la fundación de colonias de trabajo como defendía García Molinas. La cuestión estaba en remover todas las riquezas naturales del país, en abrir cauces nuevos a la producción de riqueza con el fin de facilitar trabajo a todos. Había que dar salida al capital paralizado. En España habría dinero, mucho dinero, y el país necesitaba de obras públicas, que generarían riqueza y trabajo.

La solución no pasaba por la limosna ni tampoco por encerrar a los mendigos. Los obreros querían trabajo para vivir con dignidad de su propio esfuerzo.

Hemos consultado el número 5633 de El Socialista, de 23 de febrero de 1927.

Sobre García Molinas en relación con la mendicidad, podemos consultar el trabajo de Alejandro Tiana Ferrer (1992), Maestros, misioneros y militantes: la educación de la clase obrera madrileña, 1898-1917, Ministerio de Educación.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut

La igualdad salarial entre hombres y mujeres en el ámbito de los servicios en 1931

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La igualdad salarial entre hombres y mujeres en el ámbito de los servicios en 1931

Por Eduardo Montagut

En los primeros días de noviembre de 1931 se produjo un cierto debate en la prensa a cuenta del acuerdo adoptado en el ámbito de los servicios en relación con el salario de las dependientas y oficinistas, ya muy numerosas en aquellos momentos. Al parecer, se había aprobado en la negociación del Comité Paritario correspondiente (La Ley de Jurados Mixtos salió en la Gaceta de Madrid el 28 de noviembre, al poco de esta polémica que explicamos), que la remuneración de las dependientas fuera inferior en un 10% de las de los dependientes en cada una de las escalas existentes. Desde nuestra perspectiva podríamos pensar que se trataba de una clara discriminación en función del sexo, pero, en realidad, era una conquista porque el sueldo de estas trabajadoras había sido tradicionalmente muy bajo. Este acuerdo era, por lo tanto, un paso en la equiparación salarial.

Pero en algún periódico se publicó que esta reforma no beneficiaría a las trabajadoras porque, según una interpretación de lo acordado, la patronal, ante la disminución considerable de la diferencia de la remuneración entre hombres y mujeres, contrataría a más hombres. Parecía evidente que muchos empresarios se habían aprovechado de esa gran distancia salarial para contratar tradicionalmente a más mujeres. Por su parte, El Socialista opinaba que no estaba claro que se produjera un cambio en la contratación. Podría haber casos, pero el periódico obrero opinaba que no se generalizaría este cambio en la contratación porque los puestos que desempeñaban las trabajadoras en comercios y oficinas estaban “en general en consonancia con sus aptitudes”, y, por lo tanto, parecía inconcebible, siempre según el periódico, que los empresarios cometieran la torpeza de cambiar a los trabajadores. No debemos olvidar que, a pesar de los avances que pudo acometer el movimiento obrero en relación con la mujer trabajadora, el sexismo no fue algo que desapareciera completamente, como lo demostraría esta idea de que había oficios en este sector servicios más propicios para mujeres.

Pero, por otro lado, el artículo del periódico socialista hacía una clara defensa de la igualdad salarial entre hombres y mujeres, en consonancia con el programa del Partido Socialista en relación con la igualdad entre los sexos en todos los campos. A iguales derechos políticos le correspondía una remuneración salarial igual. Aunque se valoraba el esfuerzo realizado en el Comité Paritario en favor del salario de las trabajadoras de este sector de los servicios, los socialistas consideraban que lo justo era la igualdad salarial.

Además, opinaban que la acordada “seminivelación” salarial entre hombres y mujeres tendía a evitar la explotación abusiva que padecían las segundas, pero si la mujer realizaba un trabajo equivalente al del hombre debía recibir el mismo salario. Pero, por otro lado, se hablaba de que en el caso del desempeño de tareas “peculiares del sexo” la mujer trabajadora debía percibir un “salario decoroso”, y no el que por su “debilidad física” le solía asignar la patronal, es decir, un salario digno, pero distinto al del trabajador hombre porque se mantenía la idea de trabajos más específicamente femeninos.

Por fin, para conseguir todo esto se insistía en uno de los principios fundamentales del movimiento obrero socialista, la necesidad de la organización, es decir, la necesidad de que el trabajador, en este caso, la trabajadora se organizase sindicalmente, una tarea complicada en el caso de la mujer por la conjunción de factores internos y externos al sindicalismo en sí, y que nos plantea el último de los trabajos que citamos en la bibliografía.

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Hemos consultado el número 7103 de El Socialista. Por otro lado, podemos consultar el trabajo de Borja Carballo Barral, “La participación de las mujeres en el mercado laboral madrileño del primer tercio del siglo XX (1905-1930)”, un trabajo que podemos consultar en la red, fruto del esfuerzo del grupo de investigación de la UCM Historia de Madrid en la Edad Contemporánea. También podemos acudir a A. Soto, “Cuantificación de la mano de obra femenina (1860-1930)”, en La mujer en la Historia de España (siglos XVI-XX), Actas de las 2ª Jornadas de Investigación Interdisciplinaria, Madrid, UAM, 1984, págs. 279-298; Mary Nash, “Identidad cultural de género, discurso de la domesticidad y la definición del trabajo de las mujeres en la España del siglo XIX”, en G. Duby y M. Perrot, (dirs.) Historia de las mujeres. Vol. 4, Madrid, 1993, págs. 515-532. Aunque breve, también podemos acudir al trabajo de Rosa María Capel, “Mujer, trabajo y sindicalismo en la España de comienzos del siglo XX”, en el portal de la UGT, y que se puede consultar en la red.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut

 

El trato a los indigentes en el invierno de 1922

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El trato a los indigentes en el invierno de 1922

Por Eduardo Montagut

En este trabajo continuamos con nuestro interés en la cuestión de la mendicidad en la historia contemporánea española. En esta esta nueva entrega analizamos la situación en el Madrid del invierno de 1922 cuando estaba en marcha una campaña contra la mendicidad, una de las que, periódicamente, se daban, denunciándose el trato que recibían los ciegos e indigentes.

Al parecer, el gobernador de Madrid publicó una nota desmintiendo las denuncias realizadas por la prensa sobre el maltrato que se había dado a tres personas ciegas. El Socialista afirmaba que había más que eso porque tenía constancia de que parte del personal subalterno del Gobierno Civil y del Asilo de Yeserías daban un trato no muy adecuado a los “humildes y desvalidos”. Algunos de los procedimientos higiénicos que se aplicaban en dicho establecimiento no tenían en cuenta las circunstancias de salud de cada persona, empleando, por ejemplo, baños de agua fría.

Pero no solamente estaba el trato que se recibía, sino también estaba la cuestión de la queja de las personas ciegas contra el jornal de catorce reales.

Los ciegos tenían la exclusiva de la venta de participaciones de lotería, y se había formado una orquesta con jornal diario, pero no se sabía a cuanto ascendía dicho jornal, aunque el periódico obrero afirmaba que debía ser de catorce reales, además de señalar que los ciegos que vendían las participaciones eran detenidos cuando recibían limosnas del público, aunque no las pidiesen, siendo enviados a Yeserías. El periódico denunciaba que se pudiera ingresar a un ciego por tomar una limosna que no había pedido, y que se pudiera pensar que se podía vivir con catorce reales.

El periódico no criticaba que se intentar terminar con la mendicidad, pero no con esos procedimientos. En todo caso, se opinaba que resolver por completo el problema de mendicidad dentro del régimen en el que se vivía era imposible. Una ley de vagos no se podía aplicar en un país donde no había pleno empleo, sino mucho paro.

Se era consciente de las dificultades, pero, al menos, se pedía que se estableciesen normas más humanitarias y respetuosas con la libertad individual de ciegos e indigentes.

Hemos trabajado con el número 4069 de El Socialista, de 25 de febrero de 1922. En la hemeroteca de El Obrero encontrará el lector interesado distintas entradas sobre la preocupación de este autor sobre este particular tema.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut

María de Lluria y la defensa del sufragio universal

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María de Lluria y la defensa del sufragio universal

Por Eduardo Montagut

En el inicio del intenso y, en muchas ocasiones, mal interpretado debate parlamentario y de la opinión pública española sobre el reconocimiento del derecho del voto a las mujeres en el proceso de discusión para la elaboración y aprobación de la Constitución de 1931 nos acercamos a la postura de María de Lluria en relación con esta cuestión.

Previamente, creemos que debemos recordar la importancia de esta escritora en defensa de los derechos de la mujer en el seno del socialismo español. María Vinyals y Ferrés, es decir, María de Lluria, publicó en El Socialista un artículo con el título de “La mujer española” donde argumentó a favor del reconocimiento del sufragio femenino. María de Lluria, por lo tanto, pertenecía al sector de la izquierda claramente favorable a este reconocimiento

La autora atacaba desde el principio el tópico de que la mujer española no estaba en condiciones aún de poder disfrutar de las mismas libertades civiles y políticas que sí tenía el hombre. El argumento gravitaba en torno a la ignorancia femenina en España, pero para María de Lluria era un hecho que compartía con una mayoría masculina, dado el alto porcentaje de analfabetismo que se padecía. Aunque quería huir de tópicos admitía que dentro de la ignorancia general destacaban la “sutileza y avispamiento” naturales de las mujeres.

Nadie se había preocupado de la cultura media de la clase obrera cuando se estableció el sufragio universal masculino. Esa clase obrera había desarrollado por si sola una conciencia de su propia responsabilidad en relación con la cultura y la educación. Pero lo que había conseguido el hombre no hubiera sido posible si la mujer fuera ese “núcleo de oscurantismo y superstición” que se estaba divulgando. Era el momento de abandonar tópicos y lugares comunes. Lo que había realizado el hombre, podía hacerlo la mujer.

Prueba de su lucha por mejorar su formación se podía comprobar, siempre siguiendo la argumentación de la escritora, viendo la asiduidad con que las mujeres asistían a la Casa del Pueblo a todo tipo de conferencias educativas, un mérito mayor, si cabe, porque las trabajadoras tenían jornadas interminables entre su trabajo y las tareas domésticas, y por sus responsabilidades como madres. A pesar de todo eso, muchas obreras encontraban un hueco para asistir a esas conferencias y a los mítines. El segundo argumento que se empleaba para desconfiar del reconocimiento del sufragio femenino, y que era el más empleado por el sector de la izquierda española contrario a este reconocimiento por el momento, era el religioso. Se aludía al enorme poder del clero (los curas párrocos) sobre la mujer, especialmente la del medio rural. Si esa influencia existía era por falta de interés en haber promovido campañas educativas, pero, en todo caso, las enseñanzas del párroco se desvanecían cuando la mujer veía la realidad.

Hemos consultado el número 7018 de 7 de agosto de 1931 de El Socialista. Conviene consultar el Diccionario Biográfico del Socialismo Español para profundizar en la figura de nuestra protagonista, donde se incluye bibliografía monográfica sobre la misma.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut

 

Los ensanches urbanos del siglo XIX

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Eduardo Montagut

Los ensanches constituyen una de los medios fundamentales en la reordenación urbana en el siglo XIX. Los ensanches pretendían dar una solución a la escasez de suelo urbanizable en el momento en que las ciudades comenzaban a crecer por la inmigración rural. Pero, además, había que hacerlo de forma organizada a través de un plano geométrico. Por fin, los ensanches consolidaron la especialización socioeconómica de las ciudades, ya que segregaban la población en distintos espacios según su clase social.

El modelo de ensanche de las ciudades occidentales decimonónicas fue, sin lugar a dudas, el establecido por el barón Haussmann en el París del Segundo Imperio, aunque existieron otros modelos, como el vienés, por citar alguno. En España el principal ensanche fue elaborado por el ingeniero Ildefonso Cerdà para Barcelona, impuesto en 1860 por el gobierno frente al proyecto aprobado por el Ayuntamiento barcelonés. El ensanche de Cerdà es una extensa red cuadrangular, formada por una trama de manzanas en cuadrícula y grandes avenidas perpendiculares y diagonales.

En Madrid, en el año 1860 se aprobó el plan de ensanche de la capital, elaborado por el ingeniero Carlos María de Castro. La administración quería crear una ciudad moderna que sirviera como símbolo del Estado liberal. En este caso se conectaba más con el espíritu de los cambios urbanísticos parisinos. La parte más conocida del ensanche madrileño sería el barrio que promovió el marqués de Salamanca.

Otras ciudades que aprobaron ensanches fueron: Bilbao (1863), San Sebastián (1864), Valencia (1865) o Zaragoza (1894). Frente a este auge de algunas ciudades que tuvieron que aprobar ensanches, otras quedaron muy rezagadas, dentro de sus antiguas murallas y cascos históricos.

Los ensanches generaron un fortísimo negocio inmobiliario, fomentando la creación de grandes fortunas al revalorizarse el valor del suelo. El auge de la construcción favoreció también el mercado laboral, absorbiendo mucha mano de obra.

Los planteamientos teóricos de los ingenieros, arquitectos y planificadores, algunos de ellos muy novedosos, no fueron respetados en muchas ocasiones y sufrieron cambios. La especulación modificó los diseños originales, limitando equipamientos, espacios verdes y libres, elevando las alturas de los edificios, etc…, en beneficio del negocio de la construcción, y en detrimento de otras cuestiones relativas a la higiene, la estética y, en general con aquellas relacionadas con lo que hoy llamaríamos calidad de vida. Aún así, algunas de las realizaciones finales, como la de Barcelona, han pasado a la Historia del urbanismo y son estudiadas en todo el mundo.

Observatorio de Historia de Arco

Director: Eduardo Montagut