Ciento tres eventos de psicoanálisis y siete libros en un año

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En este difícil año 2020-2021 la pandemia ha causado grandes estragos, cobrándose en algunas ocasiones la vida de algún ser querido y entrañable. Estas experiencias que todos hemos vivido nos han confrontado a la muerte de una manera muy intensa, desde el registro de lo Real afectando nuestra vida y provocando consecuencias y movimientos en nuestro deseo. Hace trece años fundé en España la asociación Lapsus de Toledo. Actualmente Lapsus de Toledo ha tenido una reestructuración bajo el nuevo nombre de LaTE (Lapsus de Toledo España).

En este mes de septiembre, tenemos una nueva Mesa Directiva con un gran número de colegas dispuestos a trabajar por la difusión del psicoanálisis. En nuestro equipo de trabajo, hemos elegido enfrentar los tiempos convulsos trabajando con gran deseo y entusiasmo para paliar las adversidades. Para ello, nos hemos guiado por no ceder ni un ápice en el deseo que nos compromete.

De septiembre de 2020 a septiembre de 2021 (incluídos los meses de verano europeo, julio y agosto, que también hemos trabajado), hemos realizado 103 eventos de psicoanálisis vía online. LaTE ha sumado a su equipo de trabajo a 5 asociaciones hermanas: EnsoñArte, Psicoanálisis de ARCO EUROPEO (con vínculos con el Ateneo de Madrid), ESPACIO ABIERTO de Madrid, MONÓLOGOS FEMENINOS (Las voces de la violencia) y TERTULIA para DIVÁN. Trabajamos con varias universidades de México, Perú, Colombia y Ecuador, impartiendo cursos, conferencias, coloquios, jornadas de trabajo y múltiples eventos alrededor del psicoanálisis y haciendo vínculo con varios países de Europa: España, Francia, Italia y Grecia.

Nuestra nueva Mesa Directiva actual tiene como principal deseo establecer un puente laboral entre España y Francia (mis países adoptivos) y México (mi país de origen). Este puente laboral se ha ido extendiendo a otros países latinoamericanos y europeos. Trabajamos con tres editoriales (Ledoria en España y Ediciones LaTE y Diván Negro en México).

Hemos publicado siete libros en un año, entre ellos el de FEMINISMO Y PSICOANÁLISIS que se ha basado en los textos del evento que hicimos en noviembre de 2020 con la FEP. En LaTE hemos traducido estos textos del francés al español y los hemos publicado en este libro junto con otros textos de colegas de España y de Latinoamérica.

Hemos recibido con alegría la noticia de que uno de nuestros libros ha sido primer lugar en ventas durante varios meses en Amazon. Estamos por publicar otros cuatro libros que tienen previsto ver la luz en los próximos seis meses: MITOLOGÍA, ADICCIONES, RESISTIR EN LA PANDEMIA y SEXUALIDADES HOY.

En este último libro, introduciremos textos del evento de INCESTO que se llevará a cabo con la FEP en este mes de septiembre. Nuestro equipo de traducción trabaja arduamente para traducir los textos del francés al español para poder difundir el trabajo de varios colegas franceses, tanto de la FEP como de CRIVA. Colegas que no hablan español y que de otra manera no podrían ser escuchados en los países hispanohablantes.

Tenemos 42 eventos programados de septiembre a diciembre y ya estamos abriendo agenda para 2022, año en el que hemos recibido una invitación peculiar por original: Nos han pedido que demos una noche cultural en un crucero inglés sobre psicoanálisis y arte, presentando nuestros nuevos libros titulado LOS ARTISTAS Y EL PSICOANÁLISIS y RESISTIR.

También tengo el placer de informar que en breve saldrá a la luz mi segunda novela de corte psicoanalítico, llamada: ANTI-HERMANAS. Quiero agradecer a todos los colegas que nos apoyan porque ese apoyo y esa unión de grupo alrededor de nuestro amor por el psicoanálisis es lo que nos ayuda a estrechar lazos y a sostener nuestro deseo. Deseo por difundir nuestra praxis, que hoy por hoy, en nuestro equipo de trabajo ¡es más fuerte que nunca!.

Cristina Jarque (Fundadora y presidenta de LaTE, directora de psicoanálisis de ARCO EUROPEO, miembro de honor de Espacio Abierto).

 

 

EL PODER DE LA ESTUPIDEZ

Lola

Tenemos la tendencia humana a pensar que “los malos” son muy listos porque tejen tramas complejas para hacer el mal a los otros y así encontrar el propio beneficio. Esto está reforzado por el cine, en el que personajes como Hannibal Lecter nos fascinan con su brillante perversidad. Aunque también recuerdo una película española, basada en una novela de Antonio Muñoz Molina, ambas tituladas “Plenilunio”, en la que se echa por tierra el glamour del asesino en serie. Un autor italiano, historiador de la Economía, Carlo M. Cipolla escribió en 1988 un ensayo titulado “Las Leyes Básicas de la Estupidez Humana”. Voy a hacer un pequeño bosquejo de lo que esta teoría de la estupidez trae consigo en el ánimo de contrarrestar esta tendencia a magnificar la inteligencia de los “malos” y que en los tiempos de crisis, tanto colectivas como individuales en los que nos movemos, nos lleva a abrumarnos más si cabe.

Cualquier estudio cuidadoso de la historia o de los eventos actuales, lleva a la invariable conclusión de que la fuente más grande de malas decisiones o de terribles errores es la pura estupidez. Más que la malicia astuta o la megalomanía. En el libro de Cipolla se presenta las Cinco Leyes de la Estupidez:

-Primera Ley: Siempre subestimamos el número de gente estúpida.

-Segunda Ley: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la persona. Es decir, no influye la raza, la educación o el sexo, por ejemplo.

-Tercera Ley: Una persona estúpida es alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de personas, sin conseguir ventajas para ella misma, o incluso, resultando ella misma dañada.

-Cuarta Ley: La gente no estúpida siempre subestima el poder de causar daño de la gente estúpida. Constantemente se olvida que, bajo cualquier circunstancia, el asociarse con gente estúpida invariablemente constituye un error costoso.

-Quinta Ley: una persona estúpida es la persona más peligrosa que puede existir. El corolario importante de esta ley nos dice que una persona estúpida es más peligrosa que un bandido(canalla).

Este autor italiano distribuye las personas en cuatro tipos, resultantes de cruzar dos dimensiones: las ventajas ganadas por uno mismo, y las ventajas ganadas por otros, que mezcladas nos darían dieciséis categorías.

Estos cuatro tipos serían:

Desgraciado: alguien cuyas acciones tienden a generar autodaño, pero que también crean ventajas para otros.

Inteligente: alguien cuyas acciones tienden a generarle ventajas, al igual que ventajas para otros.

Bandido: alguien cuyas acciones tienden a generarle ventajas, y al mismo tiempo ocasionan daños a otros.

Estúpido: definido en la tercera ley, es decir, alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de personas, sin conseguir ventajas para ella misma, o incluso, resultando ella misma dañada.

Queda que cada uno piense, cómo se comporta en cada momento y qué resultado daría. A modo general, decir que por supuesto las personas inteligentes hacen la mayor contribución a la sociedad como un todo. Pero, tan feo como pueda parecer, los bandidos-inteligentes también contribuyen a una mejora en el balance de la sociedad al ocasionar más ventajas que daño, hablando en términos globales. Las personas desgraciadas-inteligentes, aunque de manera individual pierden, también pueden tener socialmente efectos positivos.

Sin embargo cuando la estupidez entra en escena, el daño es enormemente mayor que el beneficio a cualquiera. Esto comprueba por tanto el punto de partida: el único factor más peligroso en cualquier sociedad humana es la estupidez.

Como historiador, Cipolla señala que, en tanto el factor estupidez es constante a través del tiempo, al igual que es constante a través del espacio, una sociedad fuerte y/o en ascenso tiene un porcentaje mayor de gente inteligente, en tanto una sociedad que declina, tiene un alarmante porcentaje de bandidos con un fuerte factor de estupidez entre la gente en el poder, y un igualmente porcentaje de desafortunados entre aquellos que no están en el poder. El autor también observa que los inteligentes generalmente saben que lo son, los bandidos también son conscientes de su actitud, e incluso los desgraciados tiene una sospecha de que las cosas no les marchan. Pero las personas estúpidas no saben que son estúpidas y esta es una razón más de por qué son extremadamente peligrosos. Hay otra consecuencia a la primera ley de Cipolla: en cada uno de nosotros hay un factor de estupidez, que siempre es más grande de lo que suponemos.

Lo interesante de la definición de Carlo Cipolla sobre la estupidez, y sobre la inteligencia también, estriba en el hecho de que no está basada en un concepto abstracto sino en los resultados: una persona o un comportamiento es estúpido o inteligente dependiendo de lo que suceda. Esto tiene dos ventajas. La primera es que define a una persona, y al comportamiento de esa persona, como estúpida, inteligente, bandido o desafortunado, en base a los hechos, o, al menos en base a nuestro entendimiento y definición de los hechos. La segunda, y aun de mayor importancia, es que nos conduce a concentrarnos en el factor vital: no en la estupidez por sí misma, sino en los daños que ocasiona.

Puede haber incontables tipos de comportamientos que son, o parecen, “estúpidos” pero que son inocuos. Por ejemplo, el compartir una diversión alocada con los amigos y carcajearse puede parecer estúpido a los ajenos, pero de acuerdo con la teoría de Cipolla, tal comportamiento es probable que sea clasificado como inteligente, en tanto que la alegría compartida por las personas que están divirtiéndose sea más que los inconvenientes o aburrimiento ocasionado a los demás. Generalmente la inteligencia de tal comportamiento queda limitada a un momento de buen humor, pero muy a menudo puede conducir a efectos más relevantes, desencadenando ideas y cooperación en formas que no serían posibles en un ambiente aburrido. Lo ridículo o alocado puede ser notablemente inteligente, en tanto que lo serio puede ser bastante estúpido, a parte del hecho de que el pensamiento innovador sea visto a menudo como alocado o ridículo por las personas que no lo entienden.

Otros corolarios a la ley de Cipolla:

-Cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez de otras, el impacto crece de manera geométrica; no se suman, sino que se multiplican los factores individuales de estupidez.

-La combinación de la inteligencia en diferentes personas tiene menos impacto que la combinación de la estupidez, porque, según la cuarta ley de Cipolla, la gente no estúpida tiende a subestimar el poder de daño que tiene la gente estúpida.

La estupidez no tiene cerebro, no necesita pensar, organizarse o planear para generar un efecto combinado. En cambio la combinación de la inteligencia es un proceso mucho más complejo. Las personas estúpidas pueden combinarse instantáneamente en un grupo o masa súper-estúpida. Pero los inteligentes, para ser efectivos como grupo, solamente surge así cuando se conocen bien entre sí y tienen experiencia en el trabajo en equipo.

Todo este análisis es esencialmente diagnóstico, no terapéutico. La idea es que si nos damos cuenta de cómo funciona la estupidez, podríamos controlar un poco mejor sus consecuencias. No podemos derrotarla del todo, porque es parte de la naturaleza humana. Pero sus efectos pueden ser menos graves si sabemos que existen, entendemos cómo funciona, y de este modo, nos nos coge totalmente por sorpresa.

Otro elemento peligroso estriba en que el aparato del poder tiende a colocar bandidos-inteligentes en la punta de la pirámide, algunas veces bandidos-estúpidos, y ellos a su vez tienden a favorecer y proteger la estupidez y mantener fuera de su camino lo más que puedan la verdadera inteligencia. Y esto tiene unas consecuencias mucho más radicales. En teoría, todos estamos más o menos de acuerdo, en estas latitudes, sobre el hecho de que debería haber la menor cantidad posible de poder concentrado en unas solas manos; y que quien tiene poder debería estar sujeto al control de las demás personas. Este es el sistema al cual llamamos democracia, o lo que en las organizaciones llamamos repartición de tareas, colaboración, motivación, responsabilidad distribuida. Pero muchas son las personas que no desean una verdadera libertad. La responsabilidad es un peso. Es más cómodo ser secuaces, dejar la tarea de pensar y de decidir a los gobernantes, jefes, dirigentes, intelectuales, gurúes de todo tipo, personalidades televisivas, etc, y echarles a ellos la culpa si no estamos contentos.

Por otro lado, hay un tipo particular de personas que ama el poder, les da placer y gozo. Y como se dedican con más energía a los notables esfuerzos y sacrificios necesarios para tener más poder, a menudo estas personas llevan las de ganar. Debemos partir de la segunda ley de Cipolla, hay tantos estúpidos en el poder como en el resto de la humanidad, y son más numerosos de lo que creemos. Pero hay dos cosas que son diferentes: la relación y la actitud.

Una definición fundamental en el método de Cipolla establece que los resultados de un comportamiento no deben ser medidos desde el punto de vista de quien hace las cosas, o no hace lo que debiera, sino desde el punto de vista de quien sufre sus efectos. Por tanto, el daño o la ventaja son mucho más grandes, en base al número de personas involucradas y a la intensidad de las consecuencias de un acto o de una decisión. Si en una relación entre iguales, una persona consigue una ventaja equivalente al daño que inflige a algún otro, esta persona en la definición de Cipolla es un “bandido perfecto”, mientras el otro es un perfecto desafortunado, y el sistema, en general, permanece en equilibrio. Obviamente aquí no estamos hablando de una diferencia de poder.

Cuando el poder influye en un gran número de personas, se pierde todo equilibrio. Es mucho más difícil escuchar, entender, medir los efectos y las percepciones. Hay un desfase que aumenta el factor de estupidez. Por eso todos los estudios serios sobre los sistemas de poder ponen en evidencia la necesidad de separar los poderes, para evitar que se instaure un poder absoluto, es decir, un poder de extrema estupidez.

¿Por qué vemos menos ejemplos de “poder inteligente” de los que nos gustaría ver?

El motivo es que hay competencia. Competencia por el poder. Las personas que no buscan el poder como tal, sino que vigilan más el bien de los otros, tiene menos tiempo y energías para gastar en la conquista del poder, o incluso para tratar de conservar el que tiene. Las personas sedientas de poder, independientemente de sus efectos sobre la sociedad, se concentrar en la lucha por el poder.

También las personas que comienzan con las mejores intenciones, pueden ser constreñidas, con el tiempo, a dedicar más energías para mantener o acrecentar su poder, hasta perder de vista sus objetivos iniciales.

Otro elemento que empeora las cosas es la megalomanía. El poder es una droga. Las personas en el poder son inducidas a pensar que porque están en el poder son mejores, más capaces, más inteligentes, más sabias que el resto de los mortales. También están rodeados de cortesanos, secuaces y oportunistas que refuerzan continuamente esta ilusión. El poder es sexy. Hay una tendencia en la naturaleza de nuestra especie que hace sexualmente atractivo a quien tiene poder, o parece tenerlo. Pese a que las personas empeñadas en la lucha por el poder, usualmente tienen poco tiempo y pocas energías para una sana vida sexual o para ocuparse de emociones afectos o sentimientos.

Las personas que tiene o buscan el poder no son más inteligentes, ni más estúpidas que las otras. Pero si seguimos el método de Cipolla, que mide la estupidez y la inteligencia en base a los resultados vemos que hay un desfase. El deseo de poder aumenta el factor de estupidez. El efecto puede ser más o menos grande según la cantidad de poder, (es decir, la importancia de los hechos influidos por el poder y el número de personas que sufren sus consecuencias), y la intensidad de la competición por el poder. Esta es la más relevante excepción de la segunda ley de Cipolla. Sigue siendo verdad que la probabilidad de que una cierta persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Pero el poder, como sistema, es mucho más estúpido de cuanto puede serlo una solo persona. La cuestión es que el poder puede ser limitado, controlado y condicionado, pero no se puede eliminar. La humanidad necesita que alguien gobierne. Las organizaciones necesitan personas que asuman responsabilidades y esas personas tiene necesidad de un poco de poder para desarrollar su tarea.

Como conclusión, debemos convivir con el poder y con su estupidez. Pero eso no significa que debamos aceptarlo, tolerarlo o sostenerlo. Ni confiar en palabras, promesas o intenciones declaradas. El poder no merece ser admirado, reverenciado y ni siquiera respetado si no demuestra inteligencia práctica en lo que hace a nosotros y al mundo. Por supuesto no hay una solución universal y estandarizada que pueda resolver todos los aspectos que tiene este problema. Pero hemos hecho la mitad del camino si somos conscientes de su existencia y si no nos dejamos engañar o seducir por el falso y a menudo mentiroso esplendor del poder.

LOLA BURGOS

 Junio 2021.

CRISTINA JARQUE: LA FALTA

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Cristina Jarque, Fundadora y presidenta de LaTE. Directora de psicoanálisis de ARCO EUROPEO. (Fragmento del texto presentado en el evento LaTE con el apoyo de ARCO EUROPEO).

En el seminario VIII (el de La Transferencia de 1960-1961), Lacan dice que la falta («la manque» en francés) es lo que ocasiona el surgimiento del deseo, convirtiendo este concepto en el núcleo de la experiencia analítica. Lo que se intenta designar es la «falta en ser» (no la falta de algo). Es decir, que lo que el deseo se estructura a partir de la falta en ser y por ello lo que se desea es el ser en sí. En Escritos (la dirección de la cura y los principios de su poder) Lacan dirá que el deseo es la metonimia de la falta en ser (manque à être) y más adelante la va a contrastar con la falta de tener (manque à avoir) que va a estar relacionada con la posición femenina y la demanda.

En el seminario 4 (Relación de objeto) Lacan distingue tres tipos de falta: la castración simbólica cuyo agente es el padre y el objeto es el falo imaginario, la frustración imaginaria cuyo agente es la madre simbólica y el objeto es el seno de la madre y la privación real cuyo agente es el padre imaginario y el objeto es el falo simbólico. De estas tres, la más importante para la cura es la castración simbólica que se designa como la falta que constituye al sujeto. La falta es la falta del significante pues no hay significante que designe la falta y por ello la cadena de significantes siempre estará incompleta. De aquí surge el registro de lo Real porque siempre habrá algo que no se puede decir, algo que va a faltar.

En mi función de coordinadora de múltiples eventos de psicoanálisis a nivel internacional, quiero comentar algo interesante de lo que he sido testigo. Pienso que a veces algunos colegas suelen esconderse o quedarse solamente con la parte teórica sin aterrizar los conceptos. Es una pena porque varios asistentes a los eventos me comentan que estos colegas suelen perderse en la retórica lacaniana, y llega un momento en el que la escucha se cierra por tanto rizo. Cuando acudimos a ejemplos vividos en carne propia por la experiencia personal, los conceptos suelen aterrizarse y escucharse desde un sitio que alumbra a cada quien según su propia escucha y esto logra difundir nuestro quehacer y permite que llegue a ciertos sitios donde no había llegado. Es cierto que el precio a pagar es la exposición personal, pero considero que esta exposición es inevitable desde el mismo momento en el que se toma la palabra, incluso si lo que se usa es la retórica.

Lo que yo he visto es que cuando se hacen eventos, hay algunos colegas que no soportan que aparezca la falta. Yo siempre digo, cuando empieza un evento, que «la falta no falte». Pero la verdad es que cuando aparece, me encuentro con críticas, a veces feroces. Ahora que estamos haciendo muchos eventos online (debido a la pandemia), veo cómo se conecta algún colega y desde que entra empieza a preguntar si se le escucha, a veces de manera tan obsesiva, que da qué pensar. Si alguna intervención se entrecorta por problemas de conexión, algunos de los que escuchan inmediatamente apuntan a la falta, la falla, como si hubiera una insoportabilidad a asumir esas faltas, esas imperfecciones. Al terminar el evento, pocas veces hay una retroalimentación cálida. Personalmente puedo decir que antaño, en varios eventos presenciales, me he dejado la piel, literalmente (haciendo un trabajo titánico de traducciones y coordinación) y al final, en algunas ocasiones, he tenido como recompensa la crítica feroz de algunos colegas.

En una ocasión, incluso, hubo un colega que me maltrató, gritándome enfurecido porque no se le había dado la palabra al final del evento. Según ese colega, esa falta era tan terrible que merecía aquel maltrato, tanto a mi persona como a mi equipo de apoyo. Yo difiero, el maltrato es algo inaceptable. Entonces me pregunto: ¿qué pasa con la falta? ¿Qué pasa con la insoportabilidad ante esa falta? Incluso los psicoanalistas que se consideran «analizados» parece que a la hora de enfrentarse con la falta, pierden los papeles. Es curioso que lo que angustie sea que la falta, falte, pero la tendencia sea a una perfección ideal, imposible e inexistente.

 

SHAME: VERGÜENZA

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                         La fuga alcohólica o la compulsión sexual alivian  la vergüenza y al mismo tiempo la alimentan. En el film de Steve McQueen titulado Shame (2011) (traducido al español como Deseos Culpables),  se retrata a un personaje llamado Brandon, exitoso ejecutivo de una empresa, soltero y que vive en un lujoso apartamento en Nueva York, quien para evadir la monotonía del trabajo se dedica a buscar aventuras nocturnas con mujeres.  Adicto al sexo, Brandon es un hábil seductor de mujeres y un competente amante sexual, pero incapaz de establecer relaciones afectivas e íntimas. Un sujeto esclavizado por la cosa sexual en todas sus modalidades (masturbación, pornografía, relaciones con hombres o con mujeres) e incapaz de controlar sus impulsos, a quien cualquier vínculo emotivo le parece demasiado amenazante. De hecho, en el momento en que la relación con una mujer comienza a ser demasiada cercana y comprometedora, la impotencia sexual aparece como síntoma.

            La vergüenza aquí no deriva de la adicción al sexo en sí, sino de la mirada del otro, puesto que la inesperada irrupción de una hermana en su vida, mujer frágil y melancólica que se instala temporalmente en su casa, obligará a Brandon confrontarse con sus miserias y sus compulsiones. La incapacidad para responder a la demanda de ternura e intimidad de su hermana, quien tratará de suicidarse ante el rechazo de su hermano, le revelará así a Brandon la magnitud de su desorden interior y su estado de impotencia, abandono e indefensión frente a su compulsión sexual. 

                       Si bien en el lenguaje común pudor y vergüenza son sinónimos y en gran parte de los

textos aparecen trabajados indistintamente, desde el psicoanálisis no suponen exactamente lo mismo. El pudor lo podríamos situar ligado más intensamente a la presencia del cuerpo del otro, mientras que la vergüenza tiene un lazo más directo con lo más íntimo de cada sujeto.

            Freud en uno de los trabajos donde aborda la cuestión del pudor es en el texto El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905). Allí habla de la “pulla indecente”: lo que motivaría a estos dichos obscenos sería “el placer de ver desnudado lo sexual”. Esta inclinación a ver desnudo lo especifico del sexo, aparece como uno de los componentes originarios de la libido (mirar–ser

mirado). Freud ubica al pudor y la vergüenza como diques ante el desenfreno pulsional, aquello que se opone a la libido con carácter de resistencia. Lo que impide ese desenfreno es la represión. A su vez ubica aquello que queda reprimido como lo que va a ser correlativo de la existencia de lo inconsciente.

            A diferencia de la culpa, que remite a una posición subjetiva ligada a la transgresión y a lo prohibido, a la violación de los límites, a la ética del deber o la conciencia moral, la vergüenza se manifiesta en otro escenario. Este escenario está dominado por la tensión entre el yo actual y el ideal del yo, un ideal sobredimensionado y en función del cual el sujeto se ve llevado a una inevitable desvalorización, que se alimenta de auto-desprecio e inferiorización. El sujeto de la vergüenza experimenta un Yo destituido frente a las exigencias de su Ideal, sufre de una parálisis anímica que lo inhibe y le impide actuar, que lo desalienta y crea en él una conciencia fatalista. La vergüenza anestesia el imaginario, estrechando el horizonte de la proyección subjetiva e impidiendo al sujeto imaginarse otro.

De Gaulejac, sociólogo y psicoanalista francés en su ensayo sobre este tema (De Gaulejac, 2011), afirma que la vergüenza puede ser vista como un meta-sentimiento complejo y multidimensional en el que se articulan elementos dispares, depresión, odio, culpa, desprecio, ambición, rivalidad, agresividad, burla, resignación, humillación, impotencia. Y propone distinguir ocho rasgos que caracterizan a la vergüenza y al sujeto de la vergüenza:

  1. La ilegitimidad: el sentimiento de no ocupar o merecer el lugar que se posee al interior de la familia o en el deseo de los padres.
  2. La caída de los padres: experiencias de humillación por parte de los progenitores o de humillación a los progenitores.
  3. La inferioridad: desvalorización de si mismo como resultado del abismo insalvable entre el Yo actual y el Ideal del Yo.
  4. La violencia: real o simbólica, y asociada al padecimiento de injusticias, burlas, silencios o humillaciones.
  5. El desgarramiento o la ambivalencia: debilitamiento de las identificaciones del yo, sentimientos encontrados y paradójicos.
  6. La degradación: autodesprecio, repugnancia por uno mismo, sentimiento de ser un desecho o una nada.
  7. Lo no-dicho: represión y silenciamiento de lo vergonzoso, incapacidad para simbolizarlo.
  8. La inhibición: impotencia, parálisis, temor a desprestigiarse o a ser acusado de algo.

            Por otra parte, podemos decir que existen tres niveles en la vergüenza:

1-Vergüenza como sentimiento moral, que remite al ideal y al narcisismo.

            La ambición, entendida desde la perspectiva de la soberbia/orgullo, y la vergüenza son los dos polos alrededor de los que se organizan las respuestas a la humillación. La ambición lleva al deseo de superar a los demás. Moviliza, estimula, ayuda a producir obras visibles. Por otra parte, la vergüenza es inhibidora, el vergonzoso se esconde. Sin embargo, tanto una como la otra tienen sus raíces en el narcisismo: es la imagen de sí mismo la que esta en juego, la doble relación del sujeto consigo mismo y con el otro.

2-Vergüenza como sentimiento social, que concierne a la identidad del sujeto, a su necesidad de pertenecer a una comunidad y ser reconocido por ella. Posee efectos de control social.

            Podemos decir que si el  individuo no siente vergüenza es o porque rechaza las normas o porque se vuelve indiferente, no busca el reconocimiento del otro. Ahora bien, no es lo mismo ser un sinvergüenza que estar sin vergüenza. El individuo desvergonzado rompe el vínculo social.  Por otra parte, la vergüenza no dicha condena al aislamiento y a la separación. Pero una vez confesada, la vergüenza se traslada al otro.  Por tanto, el desprecio, la agresividad, la violencia son engendradas por una vergüenza que separa. En cambio, una vergüenza que une, puede engendrar compasión (vergüenza ajena). Al reconocer que su conducta es vergonzosa, el sujeto puede conservar su lugar en la comunidad social. En caso contrario, corre riesgo de desviarse hacia la locura o la inhumanidad . Esto resulta interesante para la lectura de las psicoanalistas, en la medida en que Sartre pone en la misma serie la falta de vergüenza ante el Otro social con la desubjetivación, es decir, con la locura o la inhumanidad. Siguiendo esta línea, la vergüenza humaniza, da un lugar subjetivo frente a los otros.

3-Vergüenza como sentimiento existencial,   que remite al sujeto puesto al desnudo, revela la intimidad de cada ser, su subjetividad profunda, su íntimo deseo.

            La vergüenza nos lleva a descubrir un aspecto de nuestro ser, que de otro modo no habríamos conocido: nos descubrimos como el objeto creado por la mirada del otro. Descubrimos lo que Sartre llama nuestro «ser-para-otros». Nos vemos forzados a juzgarnos como un objeto.

                       Hay un antes de la vergüenza, en el que el sujeto no tiene vergüenza porque no hay conciencia de tener o hacer algo vergonzoso. Es la mirada del otro lo que le pone en el lugar de la vergüenza. Y hay un después de la vergüenza, que es lo que el sujeto haga con esa vergüenza. Si la acepta, es decir, si el sujeto reconoce la falta, acepta su subjetividad, se desmorona su orgullo recalcitrante y baja su ideal del yo sobredimensionado, entonces se supera la impotencia, es decir, la inhibición, la ira, dando un giro a la situación y contemplándola desde otra perspectiva. Si no se acepta  esa vergüenza,  el sujeto cae bajo la desmentida, al creer que la imposibilidad de lo real se puede vencer, negando la evidencia, o dicho de otro modo, el sujeto cae en la estupidez.

LOLA BURGOS

ABRIL 2021