EL PODER DE LA ESTUPIDEZ

Lola

Tenemos la tendencia humana a pensar que “los malos” son muy listos porque tejen tramas complejas para hacer el mal a los otros y así encontrar el propio beneficio. Esto está reforzado por el cine, en el que personajes como Hannibal Lecter nos fascinan con su brillante perversidad. Aunque también recuerdo una película española, basada en una novela de Antonio Muñoz Molina, ambas tituladas “Plenilunio”, en la que se echa por tierra el glamour del asesino en serie. Un autor italiano, historiador de la Economía, Carlo M. Cipolla escribió en 1988 un ensayo titulado “Las Leyes Básicas de la Estupidez Humana”. Voy a hacer un pequeño bosquejo de lo que esta teoría de la estupidez trae consigo en el ánimo de contrarrestar esta tendencia a magnificar la inteligencia de los “malos” y que en los tiempos de crisis, tanto colectivas como individuales en los que nos movemos, nos lleva a abrumarnos más si cabe.

Cualquier estudio cuidadoso de la historia o de los eventos actuales, lleva a la invariable conclusión de que la fuente más grande de malas decisiones o de terribles errores es la pura estupidez. Más que la malicia astuta o la megalomanía. En el libro de Cipolla se presenta las Cinco Leyes de la Estupidez:

-Primera Ley: Siempre subestimamos el número de gente estúpida.

-Segunda Ley: La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la persona. Es decir, no influye la raza, la educación o el sexo, por ejemplo.

-Tercera Ley: Una persona estúpida es alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de personas, sin conseguir ventajas para ella misma, o incluso, resultando ella misma dañada.

-Cuarta Ley: La gente no estúpida siempre subestima el poder de causar daño de la gente estúpida. Constantemente se olvida que, bajo cualquier circunstancia, el asociarse con gente estúpida invariablemente constituye un error costoso.

-Quinta Ley: una persona estúpida es la persona más peligrosa que puede existir. El corolario importante de esta ley nos dice que una persona estúpida es más peligrosa que un bandido(canalla).

Este autor italiano distribuye las personas en cuatro tipos, resultantes de cruzar dos dimensiones: las ventajas ganadas por uno mismo, y las ventajas ganadas por otros, que mezcladas nos darían dieciséis categorías.

Estos cuatro tipos serían:

Desgraciado: alguien cuyas acciones tienden a generar autodaño, pero que también crean ventajas para otros.

Inteligente: alguien cuyas acciones tienden a generarle ventajas, al igual que ventajas para otros.

Bandido: alguien cuyas acciones tienden a generarle ventajas, y al mismo tiempo ocasionan daños a otros.

Estúpido: definido en la tercera ley, es decir, alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de personas, sin conseguir ventajas para ella misma, o incluso, resultando ella misma dañada.

Queda que cada uno piense, cómo se comporta en cada momento y qué resultado daría. A modo general, decir que por supuesto las personas inteligentes hacen la mayor contribución a la sociedad como un todo. Pero, tan feo como pueda parecer, los bandidos-inteligentes también contribuyen a una mejora en el balance de la sociedad al ocasionar más ventajas que daño, hablando en términos globales. Las personas desgraciadas-inteligentes, aunque de manera individual pierden, también pueden tener socialmente efectos positivos.

Sin embargo cuando la estupidez entra en escena, el daño es enormemente mayor que el beneficio a cualquiera. Esto comprueba por tanto el punto de partida: el único factor más peligroso en cualquier sociedad humana es la estupidez.

Como historiador, Cipolla señala que, en tanto el factor estupidez es constante a través del tiempo, al igual que es constante a través del espacio, una sociedad fuerte y/o en ascenso tiene un porcentaje mayor de gente inteligente, en tanto una sociedad que declina, tiene un alarmante porcentaje de bandidos con un fuerte factor de estupidez entre la gente en el poder, y un igualmente porcentaje de desafortunados entre aquellos que no están en el poder. El autor también observa que los inteligentes generalmente saben que lo son, los bandidos también son conscientes de su actitud, e incluso los desgraciados tiene una sospecha de que las cosas no les marchan. Pero las personas estúpidas no saben que son estúpidas y esta es una razón más de por qué son extremadamente peligrosos. Hay otra consecuencia a la primera ley de Cipolla: en cada uno de nosotros hay un factor de estupidez, que siempre es más grande de lo que suponemos.

Lo interesante de la definición de Carlo Cipolla sobre la estupidez, y sobre la inteligencia también, estriba en el hecho de que no está basada en un concepto abstracto sino en los resultados: una persona o un comportamiento es estúpido o inteligente dependiendo de lo que suceda. Esto tiene dos ventajas. La primera es que define a una persona, y al comportamiento de esa persona, como estúpida, inteligente, bandido o desafortunado, en base a los hechos, o, al menos en base a nuestro entendimiento y definición de los hechos. La segunda, y aun de mayor importancia, es que nos conduce a concentrarnos en el factor vital: no en la estupidez por sí misma, sino en los daños que ocasiona.

Puede haber incontables tipos de comportamientos que son, o parecen, “estúpidos” pero que son inocuos. Por ejemplo, el compartir una diversión alocada con los amigos y carcajearse puede parecer estúpido a los ajenos, pero de acuerdo con la teoría de Cipolla, tal comportamiento es probable que sea clasificado como inteligente, en tanto que la alegría compartida por las personas que están divirtiéndose sea más que los inconvenientes o aburrimiento ocasionado a los demás. Generalmente la inteligencia de tal comportamiento queda limitada a un momento de buen humor, pero muy a menudo puede conducir a efectos más relevantes, desencadenando ideas y cooperación en formas que no serían posibles en un ambiente aburrido. Lo ridículo o alocado puede ser notablemente inteligente, en tanto que lo serio puede ser bastante estúpido, a parte del hecho de que el pensamiento innovador sea visto a menudo como alocado o ridículo por las personas que no lo entienden.

Otros corolarios a la ley de Cipolla:

-Cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez de otras, el impacto crece de manera geométrica; no se suman, sino que se multiplican los factores individuales de estupidez.

-La combinación de la inteligencia en diferentes personas tiene menos impacto que la combinación de la estupidez, porque, según la cuarta ley de Cipolla, la gente no estúpida tiende a subestimar el poder de daño que tiene la gente estúpida.

La estupidez no tiene cerebro, no necesita pensar, organizarse o planear para generar un efecto combinado. En cambio la combinación de la inteligencia es un proceso mucho más complejo. Las personas estúpidas pueden combinarse instantáneamente en un grupo o masa súper-estúpida. Pero los inteligentes, para ser efectivos como grupo, solamente surge así cuando se conocen bien entre sí y tienen experiencia en el trabajo en equipo.

Todo este análisis es esencialmente diagnóstico, no terapéutico. La idea es que si nos damos cuenta de cómo funciona la estupidez, podríamos controlar un poco mejor sus consecuencias. No podemos derrotarla del todo, porque es parte de la naturaleza humana. Pero sus efectos pueden ser menos graves si sabemos que existen, entendemos cómo funciona, y de este modo, nos nos coge totalmente por sorpresa.

Otro elemento peligroso estriba en que el aparato del poder tiende a colocar bandidos-inteligentes en la punta de la pirámide, algunas veces bandidos-estúpidos, y ellos a su vez tienden a favorecer y proteger la estupidez y mantener fuera de su camino lo más que puedan la verdadera inteligencia. Y esto tiene unas consecuencias mucho más radicales. En teoría, todos estamos más o menos de acuerdo, en estas latitudes, sobre el hecho de que debería haber la menor cantidad posible de poder concentrado en unas solas manos; y que quien tiene poder debería estar sujeto al control de las demás personas. Este es el sistema al cual llamamos democracia, o lo que en las organizaciones llamamos repartición de tareas, colaboración, motivación, responsabilidad distribuida. Pero muchas son las personas que no desean una verdadera libertad. La responsabilidad es un peso. Es más cómodo ser secuaces, dejar la tarea de pensar y de decidir a los gobernantes, jefes, dirigentes, intelectuales, gurúes de todo tipo, personalidades televisivas, etc, y echarles a ellos la culpa si no estamos contentos.

Por otro lado, hay un tipo particular de personas que ama el poder, les da placer y gozo. Y como se dedican con más energía a los notables esfuerzos y sacrificios necesarios para tener más poder, a menudo estas personas llevan las de ganar. Debemos partir de la segunda ley de Cipolla, hay tantos estúpidos en el poder como en el resto de la humanidad, y son más numerosos de lo que creemos. Pero hay dos cosas que son diferentes: la relación y la actitud.

Una definición fundamental en el método de Cipolla establece que los resultados de un comportamiento no deben ser medidos desde el punto de vista de quien hace las cosas, o no hace lo que debiera, sino desde el punto de vista de quien sufre sus efectos. Por tanto, el daño o la ventaja son mucho más grandes, en base al número de personas involucradas y a la intensidad de las consecuencias de un acto o de una decisión. Si en una relación entre iguales, una persona consigue una ventaja equivalente al daño que inflige a algún otro, esta persona en la definición de Cipolla es un “bandido perfecto”, mientras el otro es un perfecto desafortunado, y el sistema, en general, permanece en equilibrio. Obviamente aquí no estamos hablando de una diferencia de poder.

Cuando el poder influye en un gran número de personas, se pierde todo equilibrio. Es mucho más difícil escuchar, entender, medir los efectos y las percepciones. Hay un desfase que aumenta el factor de estupidez. Por eso todos los estudios serios sobre los sistemas de poder ponen en evidencia la necesidad de separar los poderes, para evitar que se instaure un poder absoluto, es decir, un poder de extrema estupidez.

¿Por qué vemos menos ejemplos de “poder inteligente” de los que nos gustaría ver?

El motivo es que hay competencia. Competencia por el poder. Las personas que no buscan el poder como tal, sino que vigilan más el bien de los otros, tiene menos tiempo y energías para gastar en la conquista del poder, o incluso para tratar de conservar el que tiene. Las personas sedientas de poder, independientemente de sus efectos sobre la sociedad, se concentrar en la lucha por el poder.

También las personas que comienzan con las mejores intenciones, pueden ser constreñidas, con el tiempo, a dedicar más energías para mantener o acrecentar su poder, hasta perder de vista sus objetivos iniciales.

Otro elemento que empeora las cosas es la megalomanía. El poder es una droga. Las personas en el poder son inducidas a pensar que porque están en el poder son mejores, más capaces, más inteligentes, más sabias que el resto de los mortales. También están rodeados de cortesanos, secuaces y oportunistas que refuerzan continuamente esta ilusión. El poder es sexy. Hay una tendencia en la naturaleza de nuestra especie que hace sexualmente atractivo a quien tiene poder, o parece tenerlo. Pese a que las personas empeñadas en la lucha por el poder, usualmente tienen poco tiempo y pocas energías para una sana vida sexual o para ocuparse de emociones afectos o sentimientos.

Las personas que tiene o buscan el poder no son más inteligentes, ni más estúpidas que las otras. Pero si seguimos el método de Cipolla, que mide la estupidez y la inteligencia en base a los resultados vemos que hay un desfase. El deseo de poder aumenta el factor de estupidez. El efecto puede ser más o menos grande según la cantidad de poder, (es decir, la importancia de los hechos influidos por el poder y el número de personas que sufren sus consecuencias), y la intensidad de la competición por el poder. Esta es la más relevante excepción de la segunda ley de Cipolla. Sigue siendo verdad que la probabilidad de que una cierta persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Pero el poder, como sistema, es mucho más estúpido de cuanto puede serlo una solo persona. La cuestión es que el poder puede ser limitado, controlado y condicionado, pero no se puede eliminar. La humanidad necesita que alguien gobierne. Las organizaciones necesitan personas que asuman responsabilidades y esas personas tiene necesidad de un poco de poder para desarrollar su tarea.

Como conclusión, debemos convivir con el poder y con su estupidez. Pero eso no significa que debamos aceptarlo, tolerarlo o sostenerlo. Ni confiar en palabras, promesas o intenciones declaradas. El poder no merece ser admirado, reverenciado y ni siquiera respetado si no demuestra inteligencia práctica en lo que hace a nosotros y al mundo. Por supuesto no hay una solución universal y estandarizada que pueda resolver todos los aspectos que tiene este problema. Pero hemos hecho la mitad del camino si somos conscientes de su existencia y si no nos dejamos engañar o seducir por el falso y a menudo mentiroso esplendor del poder.

LOLA BURGOS

 Junio 2021.

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