Némesis ha bajado del Olimpo y habita entre nosotros…

BOSCO

Némesis ha bajado del Olimpo y habita entre nosotros…

Por Pilar Úcar

“Como suba, se va a enterar”… es lo que yo denomino: síndrome de la escalera y que tiene que ver con la expresión L’esprit de l’escalier, algo así como la necesidad de responder con cierto ingenio a tiempo sin que sea demasiado tarde para contestar. Muchas veces obedece a una sensación de arrepentimiento tardío y de conciencia poco tranquilizada.

Cuando nos han infligido daño (o así lo percibimos nosotros), a veces no reaccionamos a tiempo y nos vamos recociendo en nuestro propio jugo, rumiando el: “verás, la próxima vez no me callo y le canto las cuarenta…”, por ejemplo, y pensamientos de este tipo retumban en nuestra mente hasta hacer poso como en una falla tectónica, muy soterrada.

Solo hace falta un leve movimiento, una mínima sacudida para que el anticlinal y el sinclinal se desplacen de lo inconsciente a la conciencia y el magma explote en forma de venganza. Un resentimiento que latía adormecido y que estalla: herida que provoca un desquite, escarmiento y ajuste: normal y humano.

Si nos hieren en los afectos, en las relaciones sociales, laborales y familiares…aparece la venganza, como una chincheta clavada.

Y ahí llega Némesis inoculando a los mortales la dosis de la venganza…desde el Olimpo, a modo de trágica lección educativa, no se hace esperar.

Para los romanos aquella Envidia, hoy en la actualidad deviene en justicia retributiva, vamos “venganza justiciera” en román paladino.

La conocida Ramnusia, alada, coronada, blandiendo espada y sosteniendo rueda, luciendo antorcha y serpiente, llega con su velo y se cuela en La ley del amor de Laura Esquivel, en Cumbres borrascosas de Emily Brönte, Las moscas de Jean Paul Sartre, Las mil y una noches, El último encuentro de Sándor Marai, El túnel de Ernesto Sábato, El conde de Montecristo de Alejandro Dumas, El paraíso perdido de John Milton, El vencedor está solo de Paulo Coelho, Frankenstein de Mary Shelley o El baile de Irene Némirovsky, entre otros muchos títulos literarios que no pretendo agotar porque la lista se extiende desde la antigüedad clásica hasta nuestros días. Sirva este elenco de cuánto y cuánto se ha escrito acerca del tema que nos ocupa. Y en todos ellos aparece la hija de Nix, diosa de la noche -qué curiosa atribución y qué llamativo origen: Némesis, heredera de la noche con todo lo que comporta en el imaginario cultural- que despierta ensoñaciones y anhelos de venganza contra la soberbia y la desmesura.

Al ser humano le invade, por tanto, el deseo de restablecer el orden subvertido: comienza el repaso de su vida, recuerdos, memorias, agravios… que quedaron sin reparación en su momento y que el tiempo va horadando y que han permanecido en el subconsciente formando una capa en apariencia impermeable.

La literatura, las leyendas y fabulaciones, la mitología, los relatos y novelas, el teatro y el cine son ejemplos de la realidad palpable, de esa venganza semioculta, que acucia al hombre y a la mujer en algún momento según sea la solidez y la envergadura de la herida.

A partir de ahí el alcance y la proyección de la venganza comienzan a fraguarse: “ahora me toca a mí”… Aunque pueda parecer un acto de irreflexión e incluso extemporáneo, la venganza calma esa voz interior, esa conciencia de Pepito Grillo que necesita gritar: ocupar la mente en el diseño del plan, en su proceso y su desarrollo parece que tranquiliza y hasta matiza, incluso aminora el daño y el dolor.

Ahora bien, conviene medir las fuerzas y compensar la energía porque en esa hoja de ruta “vengativa”, el “justiciero” acabará desgastado. Oiremos consejos, admoniciones y sentencias de este calibre: “no se puede tener todo en esta vida… la vida es injusta, el tiempo coloca a cada uno en su sitio…”; pero el “vengador” siente que no tienen mucho tiempo y se ve acuciado por el anhelo de imprimir su resquemor; le domina una sensación de convencimiento a la vez que se cruzan atisbos de conveniencia por olvidar, no porque  piense que carece de razón, sino por propia supervivencia; algo de egoísmo resulta aconsejable en este tótum revolútum, un batiburrillo de vaivenes desde lo escondido a lo perceptible.

El causante del sufrimiento merece un escarmiento y ahí estamos para la revancha y para represaliar. Ha llegado la hora del resarcimiento: nos tropezamos con el masoquismo moral primario acuñado por Freud.

La venganza resulta desgastante al fin y a la postre, aflore a la realidad o quede petrificada en el inconsciente: no aporta mucho sentido y sí dolor, poco regusto y un sabor amargo.

Quizá es ejemplo de cicatería personal y poca proyección humana. Quizá nos quede el consuelo de que nadie escapa a su tentación: una huella de rabia y de cólera a veces incontenidas. Una sarta de recriminaciones y reproches enjaretados hacia el otro…

Tal vez sea el lenitivo imprescindible, el bálsamo necesario para calmar las ansias que están empujando desde el inconsciente, que pugnan por emerger como el pez que boquea en la línea de la pecera…luego ya veremos si escuchamos o no a la conciencia (mordiente en muchos casos).

Simulamos cruzar el plano de la ejecución, en el acierto o desatino de llevar a cabo la venganza literaria o activa, ficticia o real. Los motivos que la generan pueden ser tan variados como variopintos, tan ¿legítimos? como personales y subjetivos; entran en juego los espejos cóncavo y convexo, la distorsión del hecho que provoca la venganza y la puesta en escena de la propia venganza.

Si paseamos por el callejón de Álvarez Gato en el centro de Madrid, de la mano de Valle Inclán, nos vemos reflejados en los espejos de una de las paredes y es entonces donde tomamos conciencia de la realidad: nos vemos deformados, abultados, desmedidos… en cualquier caso, desfigurados.

Y al margen del humor con que nos observamos, deseamos salir de esa imagen porque algo nos dice que no somos nosotros, los auténticos y genuinos, y sin embargo no dejamos de ser humanos. El cierto placer que se deriva de esa nueva realidad nos gusta solo momentáneamente.  Me malicio que con la némesis nos ocurre algo similar. Más allá de la sonrisa sardónica y perversa, el resultado final viene siendo el agotamiento.

La venganza anida en nuestras entretelas y no nos sorprende porque la hemos interiorizado, la hemos cultivado de forma más o menos consciente más o menos inconsciente a través de la dialéctica infantil y juvenil, con el paso del tiempo y con el devenir propio y vital, conocemos sus estrategias y sus consignas.

Somos una amalgama de tics y de pulsiones que marcan nuestro día a día. Y además resulta certera la identificación con el vengador de uno mismo y de otros, esa parcela de otredad y de mismidad.

Tanto en la proyección “vengadora” social y colectiva como en la personal se adivina cierto deleite, cierto placer.

Permítanme terminar mi intervención con algunos versos de Lope de Vega sobre la venganza:

Dulce desdén, si el daño que me haces

De la suerte que sabes te agradezco,

Qué haré si un bien de tu rigor merezco,

Pues solo con el mal me satisfaces

Dame algún bien, aunque con él me prives

De padecer por ti, pues por ti muero,

Si a cuenta dél mis lágrimas recibes

Amor y… ¡venganza! como la vida misma.

Este artículo va dedicado a Cristina Jarque por su acogida a LaTE.

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Observatorio de Filología y Lengua española de Arco Europeo

Directora: Pilar Úcar Ventura

 

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