Validez de las clases de Literatura

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Validez de las clases de Literatura

Por Rosa Amor

Una premisa básica en el momento de plantearnos la utilidad de las clases de literatura es no ahorrar nunca las remisiones hacia el pasado o el presente de la historia literaria, si ello consigue que los alumnos entiendan mejor el periodo o los autores que estamos tratando. Así, por ejemplo, no podemos tratar de la Generación del 27 sin recuperar las formas y los temas de la lírica tradicional y las formas literarias del Siglo de Oro. También hay que señalar de qué manera las características estéticas del Barroco han incidido en la obra de Miguel Hernández, o cómo la obra de los trovadores provenzales ha marcado la de Ezra Pound o tantos otros autores universales. Es necesario, por estos medios, que los alumnos se den cuenta de que cualquier historia o actividad humana creativa es como un artesonado que solo puede ser entendido y valorado justamente de manera global si somos capaces de aprender y entender sus conexiones, a la vez más subterráneas, pero también más sustantivas y vitales.

Por otro lado, cada clase más teórica debe ir precedida, o inmediatamente apoyada o sustentada, por una serie de estrategias pedagógicas. En primer lugar, el uso de breves y efectivos comentarios de textos que ejemplifiquen los aspectos teóricos. Así, por ejemplo, quizás antes de hablarles de las ideas más abstractas de la estética barroca, puede ser más eficaz para introducirlos, el comentario de “Y ríase la gente” y “Déjame en paz, amor tirano” de Góngora o “Es amarga la verdad” de Quevedo, que ilustran las vertientes humorísticas y caricaturescas, el primero, y la más académica, el segundo.

No obstante, estos comentarios tienen que estar complementados, siempre que sea posible, con audiciones de los poemas musicalizados o de los textos leídos o interpretados por profesionales de la escena. En el caso de “Es amarga la verdad”, disponemos de una musicalización de Paco Ibáñez. Cuando los alumnos, gracias al profesor, descubren el sentido profundo del poema, se sienten mucho más próximos a lo que se les cuenta, a la complejidad vital que generó estas expresiones literarias.

El problema esencial que se nos plantea muchas veces en las clases no es tanto el disponer de más o menos horas lectivas, sino el saber rentabilizarlas adecuadamente en los distintos terrenos. Con más horas, operando con los mismos criterios y las mismas estrategias poco sugestivas para el alumnado, no haríamos más que aumentar su desinterés y aburrimiento. Por lo tanto, vale más una hora bien aprovechada con las estrategias adecuadas que cuatro más a la semana mal dispuestas y con contenidos innecesarios.

Hay que saber condensar las dosis imprescindibles de conceptos y de comprensión lectora con el fin de que la historia de la literatura que les damos, no se transforme en un peso insoportable. Y que estos mínimos que les damos les sean útiles para interpretar otros aspectos de la historia y la evolución del pensamiento y el arte humano o para, más adelante, ampliar conocimientos y aplicaciones sobre el mismo tema u otros que le sean subsidiarios.

Si convenimos en que la literatura es la manifestación artística de una sensibilidad que estuvo o que está condicionada por múltiples factores personales y colectivos (históricos, sociales, ideológicos, etc.), hay, pues, que enmarcar al máximo, y con mucha precisión y mucho cuidado, los autores y las obras que queramos tratar con un mínimo detalle.

Por ejemplo, es indispensable que, para entender a fondo las transformaciones impuestas por el Romanticismo, los alumnos tengan un buen conocimiento de la Revolución francesa, de la Revolución industrial, de las ideas y reflexiones de los pensadores ilustrados y de los idealistas alemanes (complementación con las clases de sociales). Y, aún, para entender mejor la dependencia de las distintas manifestaciones artísticas habrá que establecer las conexiones pertinentes entre el poema escrito por Garcilaso de la Vega (“A Dafne ya los brazos le crecían”, 1530, y la plasmación plástica de la misma escena en mármol por el escultor G. L. Bernini (1622-1625)).

Recursos retóricos

Los distintos recursos retóricos imprescindibles para entender un texto, sea de la época que sea, se deben explicar en profundidad una vez, y, después, como si fuera un “juego”, ir ejercitándolos y hacer que, progresivamente, los alumnos los sepan aplicar en los distintos textos analizados. Por otro lado, tenemos que evitar hacernos pesados en la repetición estéril, ya que habrá estudiantes que serán incapaces de adquirir el método por mucho que repitamos la teoría y hay que, sin lugar a duda, evitar que aborrezcan la asignatura por un simple mecanismo de análisis de texto que no tiene por qué ser determinante en la comprensión del poema o de la prosa.

A los alumnos les tenemos que comunicar voluntad de aprender, ganas de saber, por las sendas que les sean más asimilables, las otras hay que dejarlas, de momento, en vía muerta. Ya llegará la coyuntura adecuada para explotarlas. Por otro lado, los docentes tenemos que ser conscientes de que los estudiantes solamente conservarán una parte de las enseñanzas que les impartimos. Cada vez más, son selectivos por muchas y distintas razones, sobre todo cuando lo que se les explica no les interesa casi nada. Por eso, tiene que haber, por parte del profesorado, una hábil dosificación de lo que más les puede interesar, ya que del resto se van a olvidar en cuanto cerremos el libro al terminar la clase o cuando hayan acabado de vomitar lo que se les pregunte en el tópico examen. Otros intereses más motivadores le llaman fuera del aula.

Una de las palabras clave, ahora más que nunca, en el mundo de la enseñanza en general y en el de la literatura en particular, es motivar. Primero, y decisivamente, es necesario que los profesores estemos lo más motivados posible para impartir la asignatura de literatura, y saber, hábilmente, transmitir esta motivación a nuestros discentes. Y en este proceso es básica la elección de estrategias didácticas que utilizamos según el grupo clase y el día y la hora en los que les tenemos que suministrar unos determinados conocimientos. Glosando el giro popular, podemos decir: “cada clase es un mundo y cada alumno, un misterio”. Así pues, debemos tener claro que las propuestas y los instrumentos didácticos que nos funcionan en un curso tienen que ser substancialmente otros en el momento de impartir el mismo tema en otro curso. Los enseñantes debemos tener una gran capacidad de maniobra y de replanteamiento, de adaptabilidad, en el día a día del aula.

DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN 

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Directora: Rosa Amor del Olmo

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