El IVA de “los chuches”

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“Este Gobierno va a subir hasta el IVA de “los chuches”, decía Rajoy durante un mitin en Dos Hermanas en septiembre de 2009 mientras, de manera oportuna y absolutamente “espontánea”, se colaba un niño de escasa edad en el escenario, reforzando la emotividad de la frase y la crítica hacia aquel cruel Presidente de Gobierno que impedía que los niños pudiesen comer golosinas a su antojo.

Sé que no tiene nada que ver con el tema (o sí), pero por casualidad me vino a la cabeza esta imagen, hace escasos días, cuando la Organización Mundial de la Salud recomendó, nuevamente, la reducción de los niveles de azúcar en la composición de determinados alimentos y bebidas. La OMS proponía, otra vez, “la aplicación de políticas fiscales dirigidas a los alimentos con un alto contenido en azúcares libres”. Vamos, que venía a recomendar el “IVA de los chuches” como medida para proteger la salud de nuestros niños. Curioso, la misma recomendación que para evitar el abuso del tabaco.

La verdad es que la recomendación de la OMS no es nueva; ya en 2013, en el  Plan de acción contra enfermedades como las afecciones cardiovasculares, el cáncer o la diabetes crónica, instó a las autoridades nacionales a estudiar posibles impuestos a las comidas o bebidas perjudiciales para la salud; la misma propuesta  que figuraba en la Estrategia Mundial de la Organización Mundial de la Salud sobre Régimen Alimentario, Actividad Física y Salud que fue aprobada en mayo de 2004, por la 57ª Asamblea Mundial de la Salud.

Ante la curiosidad que me ha provocado esta propuesta de la OMS, además de decidir que, a partir de hoy, voy a tomar el café un poco más amargo, he dedicado unos minutos a indagar en el motivo de esta recomendación. ¿Será que la OMS quiere amargarnos la vida? ¿Será que está en contra de la “chispa de la vida”? ¿Estarán influidos por aquel malvado Presidente que quería fastidiar a los niños subiendo el precio de “los chuches”?

Pues parece que no; dice la OMS en su nota de prensa, que las investigaciones científicas  demuestran que los niños con los niveles más altos de consumo de bebidas azucaradas tienen más probabilidades de padecer sobrepeso u obesidad que aquellos con un bajo nivel de consumo de este tipo de bebidas, que el consumo de azúcares libres se debería de reducir a menos del 10% (50 gramos) de la ingesta calórica total, y  que, una reducción por debajo del 5% (25 gramos) produciría, además, beneficios adicionales para la salud.

La verdad es que me alarmó la referencia expresa que hace la OMS en la nota de prensa a las bebidas azucaradas e inmediatamente fui a buscar un refresco para leer su composición: 35 gramos de azúcar en una lata de 330 mililitros; ¡el 70% de la cantidad máxima recomendada! Ahora entiendo por qué se me pegan los zapatos en el cine cuando alguien derrama la bebida.

Me seguí informando sobre el contenido en azúcar añadido en otro tipo de alimentos procesados. Descubrí, con sorpresa, que unos 150g. de algunos yogures 0% grasa pueden contener hasta 20g. de azúcar (que, paradójicamente, el hígado transforma inmediatamente en grasa); que las latas de tomate frito de unos 150 g. pueden llegar a tener más de 13 g. de azúcar; o que el azúcar promedio presente en una rebanada de pan procesado es de 3g. En resumen, que si habitualmente empleo alimentos procesados, estoy ingiriendo elevadas cantidades de azúcar sin ser consciente de ello y, a las que se añaden los hidratos de carbono que, de forma natural, contienen los alimentos.

Es curioso, si la información de la OMS sobre la relación entre el sobrepeso de los niños y las bebidas azucaradas la hubiera conocido mi abuela hace cuarenta años, en lugar de interminables bocatas de jamón me habría dado de merendar varios litros de Fanta y Coca-Cola. Para ella, que los niños estuviéramos gorditos, era un síntoma de salud. Supongo que esa idea la provocó el hambre que pasaron en la postguerra. Hoy ya sabemos que esa relación no es cierta.

La misma OMS califica la obesidad en la infancia y la adolescencia como uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI por las peligrosas consecuencias que tiene tanto a corto como a largo plazo. Hay  más de  42 millones de niños con sobrepeso en todo el mundo, de los que cerca de 35 millones viven en países en desarrollo y a los que la obesidad puede provocar enfermedades cardiovasculares, diabetes, trastornos del aparato locomotor o ciertos tipos de cáncer.

Y yo que premiaba a mis hijos invitándoles a un refresco… a partir de ahora les compraré cromos e intentaré que, si tienen sobrepeso, sea como consecuencia del cocido madrileño, del gazpacho manchego o del botillo de El Bierzo.

 

José Ignacio García Pacios

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