ESPACIO ABIERTO: SOLIDARIAS CON LA SALUD MENTAL

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Las monologuistas femeninas Mayte Pedraza y Cristina Jarque han visitado la sede del Hospital de Día Lajman para representar a La Cigarrera y a Lisbeth Salander (saga Millennium), respectivamente, con el fin de llevar estas excelentes interpretaciones a los pacientes.

Mayte Pedraza ha realizado su programa de radio «27 letras, un libro y algo más» invitando a Cristina Jarque a conocer la radio social labarandilla.org

 

«Y el Verbo fue al principio…»

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«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios», reza la cita bíblica…

Todo era una utopía. La noche se echaba encima y las conversaciones continuaban. La falta de luz no impedía continuar la charla, sin tiempo. El instante se dilataba entre copas y palabras animadas. Compartíamos un espacio común en un jardín, en Maroua. Un grupo de académicos –después de impartir sus correspondientes cursos de doctorado a futuras generaciones de cameruneses ávidos de conocimientos–, nos reunimos en un bar, al aire libre, alrededor de una mesa baja y con varias 33, la cerveza imbricadora durante mi estancia en ese país. El paso de las horas se difuminaba, luz mortecina y voz persistente. Siempre la palabra: puente entre gentes variopintas.

«Y al principio fue el Verbo…». Durante uno de mis viajes a La Habana, invitada como profesora de Lengua, me mezclé con personas oriundas de ese país, consciente del hableteo inconmensurable, de la cantaleta que se oía a diestro y siniestro.

Era verdad: la palabra se constituía en eslabón de diferentes; aquí la cerveza cedía al mojito y a todos nos hacía más locuaces, más dicharacheros.  Nos gustaba hablar y hablar de todo; los cubanos y los cameruneses arreglan el mundo, su mundo, hablando. Buscando el “esplendor en la hierba” que canta el grupo Pink Martini, tal vez, animando al regreso del campo, de la paz idílica en una forma de ‘beatus ille’.

Advertía en todos nosotros una mezcla de fantasía y realidad, magia, sueño, ilusiones y anhelos igual que si estuviéramos bajo el baobab, contando leyendas y cuentos de nuestra propia cultura, unas narraciones que configuraban nuestro ser y nuestro estar.

Siempre la palabra, inspiradora y prometedora. Tan potente con ese carácter fundacional… (Continuará)

Pilar Úcar

EL OLOR DE LA CRUELDAD

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“Los olores conmueven las fibras del corazón con más seguridad que los colores o los sonidos”.
Rudyard Kipling

«El olor es crueldad» me dice un analizante al recordar el perfume del amante que lo ha abandonado. Cuando escuché esta frase pensé que el olfato es algo muy poco trabajado en psicoanálisis. ¿Por qué no se trabaja la pulsión olfativa? El olor está muy presente en los recorridos analíticos, aunque se habla muy poco de eso. No obstante, se sabe que los hijos reconocen a sus madres por el olor, lo mismo que los animales. El olfato es algo muy presente en la vida de los sujetos. Cuando mi analizante recuerda entre lágrimas al amante perdido lo hace a partir del perfume que huele en otra persona en una fiesta y que le evoca aquel amor que lo maltrató cruelmente. Por eso asocia el aroma con la crueldad. Mientras escucho, pienso que el olfato es atemporal. Los aromas te transportan a momentos del pasado en un instante. Mi analizante asocia ese aroma a la crueldad porque su «partenaire» era cruel con él, no obstante, dice seguir amándolo. En este caso estamos frente a uno de esos amores que entran en el bucle del tormento donde la crueldad es la invitada principal, lo que llamamos el bucle de las torturas del amor sádico que se repite en bucle eternamente.

La crueldad «Grausamkeit» tiene un vínculo con lo ominoso, lo «Unheimlich» en el sentido de la extrañeza siniestra de algo que es familiar. Dentro de las familias y dentro de las instituciones observamos una crueldad que es compartida por todos los sujetos, probablemente porque las instituciones son creadas precisamente para evitar que surja la crueldad sin límites. Decimos que la crueldad es un exceso de la relación entre el poder y la violencia pero que no se asimila.

Freud en 1932 su texto «¿Por qué la guerra? dice:

«El entrelazamiento de las aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción».

Es decir que habla de tres aspiraciones para que surja la crueldad; aspiraciones destructivas, eróticas e ideales. Freud observó que estas tres aspiraciones van entrelazadas por ejemplo la libido (deseos eróticos) entrelazada con la pulsión de muerte da lugar al sadismo que da paso a la crueldad (como en el caso de mi analizante que habla del olor de la crueldad).

En «Psicología de las masas» 1921, Freud muestra que un niño odiado puede pasar a ser un niño amado. Ocurre por medio de la identificación con un líder de grupo porque este se transforma en el hermano amado con el que se identifica en la masa. La angustia de perder el amor del líder sostiene la alienación en el deseo del Otro.

Podemos preguntarnos si el psicoanálisis tiene una vertiente cruel. Lo pienso en el sentido de que cuando una verdad se revela, puede sentirse como algo cruel porque la verdad siempre incomoda. Un sujeto que hace un recorrido analítico va a subvertir su verdad, haciéndole ver que allí donde creía que estaba la verdad, no está, sino que está en otra parte. Esto lleva al sujeto a volver a revisar sus valores y por ello muchos sujetos cambian su forma de vivir, se posicionan de otra manera ante su goce y ante el deseo del Otro. Por eso decimos que es un antes y un después y que quien entra a análisis no será el mismo que salga. El psicoanálisis saca a la luz los engaños, no se conforma ni se adapta, no es un quehacer donde prime la esperanza ni las promesas de felicidad. Algunas personas sienten que eso puede ser cruel. No hay psicoanálisis sin cambio, sin duelo, sin abandono. No hay psicoanálisis fácil. El paciente hablará de «lo duro del proceso» de «todo lo que cuesta» y no se refieren a lo económico sino al esfuerzo psíquico y doloroso. ¿Eso lo hace cruel? Yo pienso que el psicoanálisis no es cruel pero se alía con esa dureza cruel ya que invita a no cerrar los ojos, invita a soportar la incomodidad. La promesa del psicoanálisis es conocer un poco más el proceso propio del campo inconsciente para saber cómo hacer con nuestra particular manera de sufrir.

No es cruel, es valiente. Pero hay mucho que hablar sobre la crueldad desde el psicoanálisis.

Yo diría que durante el recorrido analítico se atraviesa por la crueldad y pienso que también el mismo concepto de crueldad se subvierte. Para el psicoanálisis no hay otra posibilidad que ver con otros ojos la verdad, aunque pueda resultar cruel. Como diría Nietzsche «¿Qué dosis de verdad puede soportar una persona?». Si se logra atravesar esos procesos que pueden ser crueles y dolorosos, se tendrá un deseo desenganchado de las esclavitudes del goce. Un deseo que incorpora un proyecto trascendente, humano, en un devenir incesante que aúna la imaginación radical y el principio de realidad. La experiencia analítica contiene en su seno, una promesa de alegría. Pero una alegría que incluye la muerte como final.

Hace poco vi una serie alemana llamada «El Perfume». Está basada en la película del mismo nombre. Estas historias me permitirán comentar más detalles sobre el olor y su vínculo, por un lado, con el amor y por otro lado, con la crueldad. La mayor parte de los sujetos crecen con frases donde el olor está presente, casi siempre en sus extremos, o huele bien o apesta. En ocasiones es el aroma lo que delata lo sexual. El asco y la vergüenza están presentes en el acto olfatorio con frases como «¿A qué te huelen los dedos? o ¿qué haces oliéndote ahí?». Hay muy pocas referencias en la literatura psicoanalítica al olfato. No obstante, muchas veces he tenido en supervisión a colegas que me hablan del aroma de los consultorios de psicoanálisis o de alguna escena que es recordada por el olor.

En la serie alemana llamada «El perfume», los protagonistas están influenciados por el personaje de Grenouille y deciden hacer perfumes. En la trama observamos una escena aterradoramente cruel. Elena está en un internado y quiere ser adoptada por una madre. Mira a una mujer que viene a recoger a su hijo y lo abraza con un amor muy intenso. Ayudada por un personaje llamado «desdentado» decide secuestrar al hijo y matarlo. Acto seguido le extirpa el área de las axilas y los genitales y extrae un perfume con el aroma del cuerpo del hijo. Cuando la madre llega al internado y le dicen que su hijo ha desaparecido, pasa delante de Elena y al olerla se acerca a ella con embeleso. El aroma que desprende la chica le hace inconscientemente recordar a su hijo y por esa causa decide adoptarla. Ese momento, marcado por un olor, aunque la madre no lo sabe, es verdaderamente «el olor de la crueldad».

Recordemos que el personaje de la novela «El Perfume» un chico llamado Grenouille muere devorado por una muchedumbre sedienta de su sangre y de su carne. No lo engullen por lo que dice (lo invocante) ni por su físico (lo escópico). Tampoco lo engullen porque sea un asesino. Lo devoran por su olor. El se ha rociado de una fragancia compuesta por 25 mujeres vírgenes. Hay algo que el olor nos dice y que hasta ahora casi no se ha trabajado. La madre percibe el olor y lo asocia a su hijo desaparecido sin saber qué es lo que ocurre. El olor está allí, provocando asociaciones inconscientes sin que el sujeto lo sepa. Los psicoanalistas hablamos de la pulsión escópica, invocante, oral, fálica y anal. Se habla de todos los orificios y bordes del cuerpo: pezones, ano, boca, vulva, pene, oído, ojo. Pero las fosas nasales parecen olvidadas. ¿Por qué no se habla de la pulsión olfativa? Será porque como dice mi analizante, ¿hay olores que huelen a crueldad?

Cristina Jarque

Directora de psicoanálisis de ARCO EUROPEO

«NUEVOS TIEMPOS, NUEVOS RETOS EN EL ATENEO”

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El próximo 20 de diciembre los Presidentes de las Agrupaciones Ateneísticas Agustín Argüelles y Ángel Garma iniciamos un debate sobre cuestiones de actualidad del Ateneo de Madrid, bajo el título “Nuevos tiempos, nuevos retos”. Un debate que esperamos que ayude al proyecto que el actual Presidente Luis arroyo está impulsando para modernizar y optimizar el Ateneo en su organización, estructura y rendimiento económico, a la par que recupera el espíritu del primer Ateneo, el cual, no debe olvidarse, nació durante el trienio liberal de 1820 a 1823, momento político en que tuvo un papel destacado precisamente Agustín Argüelles.

Durante este año 2021 debe destacarse la contundente victoria en las elecciones de mayo a la Junta de Gobierno del Grupo 1820, la elección como Presidente de Luis Arroyo y las disputadas elecciones a Secciones de octubre que han visualizado dos grandes bloques: el de los que apoyamos el programa de la actual mayoría de Gobierno y el de una coalición compuesta de heterogéneos grupos y motivaciones diversas.

Esta fuerte polarización hace necesaria una reflexión serena que permita afrontar sin crispación los principales problemas de nuestra Institución y facilite el entendimiento entre las distintas fuerzas. El pensamiento opuesto no sólo es compatible con el diálogo, también lo exige.

Por ello, entendemos muy positiva la conducta abierta al diálogo que en todo momento tiene el Presidente Luis Arroyo, lo que ha permitido, lo queremos subrayar, que tras las elecciones de mayo nos hayamos sumado a su proyecto.

Voy en este artículo a tratar, a título personal, uno de los puntos de la posible reforma del Reglamento, verdadera norma constitucional de la Docta Casa que a pesar de sus diferentes modificaciones sigue teniendo una fragancia ilustrada y levantando pasiones hasta el punto de haberse convertido en un punto de choque entre 1820 y la referida coalición, la cual acudió a las elecciones a Secciones denominándose significativamente “En defensa del Reglamento”.

Se encuentra pendiente que la Comisión que se nombró para la reforma del Reglamento haga una o varias propuestas. No cabe duda de que no es una misión sencilla pero tampoco es imposible. Como cualquier proyecto de calado requiere de reflexión y trabajo.

Una postura, sin duda legítima, es dejar el Reglamento como está por entender que es perfecto, que no es el momento o que limitaría las expectativas personales o de grupo. Pero también es legítimo querer cambiarlo. ¿Qué modificaciones pueden mejorarlo?.

En relación a ello, me voy a limitar ahora a analizar el sistema electoral que el Reglamento establece para elegir a la Junta de Gobierno:

Comencemos por las listas abiertas. En principio, podemos admitir que es el sistema más democrático. Ahora bien, sería infantil no tener en cuenta sus efectos más controvertidos; en primer lugar, si un grupo es notoriamente mayoritario y presenta candidatos a todos los puestos lo normal es que si hay una cierta disciplina de voto entonces cope su totalidad, quedándose sin representación las minorías (produce un sistema radicalmente mayoritario, que se puede visualizar en el Senado español); y, en segundo lugar, si ningún grupo es claramente mayoritario habrá cruces de votos que busquen neutralizar a un candidato concreto, normalmente del propio grupo, es decir, favorece los ajustes de cuentas internos.

Pasemos a la otra característica de este sistema electoral, esto es, que todos los años se somete a votación la mitad de la Junta de Gobierno, de forma que puede cambiar el Presidente cada dos años. Al igual que las listas abiertas, tiene la votación anual una indudable apariencia de plenitud democrática pero también consecuencias no deseables. La principal es la inestabilidad si van cambiando cada año o dos años las mayorías en la Junta de Gobierno; proyectos relevantes se iniciarán y quedarán después parados. Un gobierno sin cohesión interna, sin estabilidad suficiente, se convierte en un desgobierno.

Según lo expuesto, considero que un sistema de listas cerradas con elecciones cada tres o cuatro años, acompañado de un sistema proporcional d,hont, tendría indudables ventajas para el Ateneo: habría gobiernos más homogéneos y estables, se podrían hacer proyectos a largo plazo, se evitaría que se utilizara el voto cruzado para las “vendettas” y las minorías tendrían su presencia en proporción a sus votos, sin llegar a hacer inviable la gobernabilidad.

Se cumple aquí el clásico aforismo: “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

No obstante, caben otras posibilidades, otros modelos. El debate está abierto.

José Antonio García Regueiro

Letrado del Tribunal de Cuentas. Ex Letrado del Tribunal Constitucional.

Presidente de la Agrupación Ateneística Agustín Argüelles. Ex Vicepresidente del Ateneo.

La palabra de los jóvenes, hoy

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Escuché a mi hijo, en el coche, de la universidad a casa, llamar “¡¡cerda!!” por el móvil a una compañera suya y casi frené en seco del susto. Pasmada esperé a que terminara el mensaje, siempre en un tono afectivo y cariñoso a su amiga Irene a la que yo también conozco. Y él, veinteañero “power tranquilito”, me explicó el modo de empleo de dicho apelativo: se dirige así a su amiga de manera afectuosa, porque son “best friends”; muda todavía, pensé qué palabra emplearía para algún compañero o compañera que no fueran santos (ni santas) de su devoción. Paradojas del idioma.

Dando vueltas al tema, y atenta a las canciones que escuchan nuestros jóvenes, con letras que lucen agresividad, melodías vejatorias e insultantes, al margen de ritmos, me malicio que a fuerza de repetirlas, cubata en mano y a puro brinco desarticulado durante el ocio vespertino y nocturno, el cerebro interioriza y el lenguaje reproduce: léxico soez, música desalmada, palabras malsonantes, expresiones provocativas… Todo un cuadro peyorativo, un hilo narrativo muy derogativo. Tout à fait normal. Su comunicación pertenece a un nuevo universo, marcado por la inmediatez. Si algo se tiene que explicar, mal.

Parece que el meollo de la cuestión radica en estar en el ajo, es decir, formar parte del lío y dominar las condiciones y requisitos que impone el uso de ese microlenguaje, todo un idiolecto, en apariencia propio y privativo de la juventud, ¡divino tesoro!, cuyos códigos lingüísticos se han de conocer para pertenecer al grupo.

Si no, vas de cráneo. De ahí mi sorpresa mayúscula ante el insulto, que pensé, le estaba propinando mi hijo a su amiga.

Y yo me planteo: ¿qué me estoy perdiendo? ¿Qué se me escapa? Como madre, como profesora…Dejo las preguntas abiertas  (Continuará).

Pilar Úcar

El socialismo español frente a los títulos nobiliarios en la Segunda República

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La abolición de los títulos nobiliarios se ha producido en varias ocasiones y en distintos países en la época contemporánea. En realidad, las revoluciones liberales, en una interpretación completa del principio de igualdad, no contemplarían estas distinciones hereditarias, aunque se mantuvieron como un ejemplo más la alianza entre la burguesía y la nobleza, especialmente en los regímenes que siguieron siendo monárquicos, aunque fuesen constitucionales o parlamentarios. Solamente en la antigua América hispánica, al calor de la independencia, las nuevas republicas abolieron unánimemente los títulos. En Argentina lo fueron en 1813 por la Asamblea del Año XIII, cuatro años después ocurría lo mismo en Chile. La Constitución de la desaparecida República Federal de Centro América del año 1824 no reconocía título alguno, y el ordenamiento constitucional de El Salvador posterior confirmó la prohibición de cualquier distinción hereditaria. En México hubo que esperar a la Constitución de 1854, confirmando lo allí estipulado en la de 1917. La Constitución uruguaya de 1830 confirmó lo establecido en la Asamblea del Año XIII. El caso peruano fue el más complejo, ya que era el país que más títulos tenía, dada su vinculación con el Virreinato. José de San Martín pensó en sustituir los títulos de origen español por otros nuevos, pero la llegada de la república desbarató esta pretensión. Bolívar daría la puntilla final a cualquier intento de establecer una nueva nobleza.

En Francia, los títulos no fueron abolidos hasta 1790. Pero Napoleón fomentó la creación de una nueva nobleza, con la concesión de más de dos mil títulos, con una nueva jerarquía. La Revolución de 1848 volvería a abolir los títulos, que fueron restaurados por Napoleón III en 1852.

El período de entreguerras fue otro momento de auge de aboliciones de los títulos de la nobleza por las Revoluciones rusas, por el desplome de los antiguos Imperios centrales y el establecimiento de nuevas repúblicas. Después de lo establecido en Rusia, habría que citar el caso de Austria en 1919, ya desaparecido el Imperio austro-húngaro, aunque Hungría los permitió hasta después de la Segunda Guerra Mundial, ya que mantuvo la condición de reino. La República de Weimar tampoco reconoció los títulos.

En este contexto habría que enmarcar lo que dispuso la Constitución de la Segunda República, y la crítica socialista a los títulos nobiliarios. Efectivamente, los títulos fueron abolidos por la Constitución de 1931. En su artículo 25, dentro del Capítulo Primero de Garantías individuales y políticas del Título III, referido a Derechos y deberes de los españoles, se establecía que no podrían ser fundamentos de privilegio jurídico la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas, por lo que, a continuación, se decía que el Estado no reconocía distinciones ni títulos nobiliarios. Pero antes, el Gobierno Provisional habría decretado que no se reconocerían los títulos nobiliarios, y no se podrían utilizar en documentos públicos.

Los socialistas comentaron este decreto en El Socialista del 3 de junio de 1931. El PSOE enmarcaba esta disposición dentro del objetivo general de democratizar el país. En este sentido, se seguía la política emprendida en otros estados, como el alemán citado, buscando nivelar las jerarquías sociales. Aunque este decreto pudiera parecer algo secundario, los socialistas pensaban que poseía una gran carga moral. Acabar con los títulos suponía terminar también con los “lacayos y con las libreas”. Un criado era menos criado en casa de un rico que en la de un noble, aunque fuera pobre. Y eso era así, siempre, según el artículo de opinión, porque los títulos habían creado una especie de “superpersonaje” ante el cual la gente temblaba. Los títulos eran el penúltimo vestigio del feudalismo porque el último era la tierra, aunque también desaparecería con la anunciada reforma agraria. Cuando a la nobleza se le quitasen sus cotos de caza y sus títulos, como lo que se estaba haciendo en ese momento, desaparecería una “institución milenaria”. En un régimen republicano los títulos nobiliarios suponían una ofensa porque constituían un resto monárquico, un anacronismo. Ahora los nobles comprenderían que España era una República.

El texto periodístico aludía con tintes ácidos a los títulos concedidos recientemente por el rey Alfonso XIII por considerarlos un verdadero chiste. Así era calificado el título de duque concedido a Gabriel Maura, hijo de Antonio Maura, y que se habría dado supuestamente para halagarle. También se aludía al título concedido a Berenguer. El rey creía que dando títulos conservaría partidarios, es decir, fidelidad y apoyos a cambio de prebendas, según la interpretación socialista.

Al respecto, nos parece muy recomendable la consulta del trabajo de Miguel Artola Blanco, “Los años sin rey. Imaginarios aristocráticos durante la Segunda República y el primer franquismo (1931-1950)”, en Historia y Política. Ideas, procesos y movimientos sociales (2016).

Eduardo Montagut

La palabra que hostiga

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Mi anterior colaboración acababa muy inquietante…hoy quiero describir algo que ocurre a nuestro alrededor, un cerco presente, una especie de asedio lingüístico reflejo de otro social, perverso, acuciante y dañino, con preferencia hacia colectivos “vulnerables”, como se denominan ahora: un eufemismo que no esconde la cruda realidad identificadora del grupo desfavorecido, débil, indefenso…de todo eso, algo sabemos las mujeres: “pobrecitas desvalidas y abandonadas” mascullan algunos con sarcasmo e ironía, con resabios de creencia digerida e interiorizada durante décadas. Me refiero al acoso verbal, al que se ejerce con la palabra. Público y privado. En la calle, en el trabajo, en el ámbito doméstico, en los colegios, en las instituciones públicas. Ha de ser desterrado por completo y para siempre: sin rastro del daño que ocasiona a sus víctimas: un hostigamiento que adquiere diferentes formas léxicas a modo de piropo, por ejemplo.

Sobre todo si el que lo profiere pertenece a un rango jerárquico superior de la persona que lo recibe. Palabra asediante de machirulos que compadrean acerca de una compañera en su ámbito laboral, sin ella pedirles su opinión sobre su físico, apariencia… ese “trato” verbal acompañado de un “tonillo”  sospechoso, con elementos extralingüísticos que añaden caza y cañoneo. Palabras, actitudes y comportamientos tan frecuentes, tan “sociales” que suponen una regresión al primate, al modo carpetovetónico de tantos referentes conocidos.  A quienes ejercen el “acoso verbal”, los retrata.

No resulta raro suponer que estos adultos obedecen a patrones aprendidos de niños, porque así lo han vivido en el núcleo familiar a lo largo de los años de crecimiento escolar y afectivo.

Conviene, pues, proteger y salvaguardar los derechos individuales, escuchar a aquellas personas que se sienten acosadas, perseguidas con la palabra ajena, ofensiva y vejatoria.

Qué interesante va a resultar prestar oídos a nuestros jóvenes… (Continuará)

Pilar Úcar

Sobre la defensa del Reglamento

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Hace unos días se celebraron las elecciones para elegir las mesas de las Secciones del Ateneo de Madrid, con resultados muy igualados pues casi todos los candidatos rondaron los 200 votos. Fundamentalmente había dos grupos, en concreto el 1820 y el que se denominó “En defensa del Reglamento”, aunque este último es una alianza de varios, muy dispares entre sí.

Tiene especial mérito que el Grupo 1820 en el poco tiempo que lleva constituido haya conseguido ganar las elecciones a la Junta de Gobierno del pasado mayo (6 puestos de 6) y varias Secciones el pasado octubre. Todo un récord que indica la satisfacción de sus votantes con su programa, tanto de socios veteranos como recientes.

Sin duda los votantes de 1820 también hemos tenido en cuenta que partimos de una situación crónica de desmotivación que se ha visto reflejada durante los últimos años en la pérdida de varios miles de socios y que ha permitido la monopolización de la institución por grupos de 50 o, a lo sumo, 100 socios. Véase en este sentido los resultados electorales de los últimos años.

Respecto de la coalición “En defensa del Reglamento” llama la atención que algunos de sus principales líderes no hayan ganado la presidencia de las Secciones a las que se presentaban, lo que indica una significativa desviación de una parte del voto que en teoría debería haberles respaldado. ¿Fuego amigo?.

En cuanto a la denominación utilizada por esta coalición, esto es, “En defensa del Reglamento”, su utilización como título y cartel electoral parece un intento de monopolizar las esencias del motor jurídico del Ateneo y, por ende, del Ateneo mismo. Me recuerda a los que quieren monopolizar la bandera española por entender que los que no piensan como ellos no son verdaderos españoles.

Desde Arco siempre hemos defendido, y seguimos defendiendo, que cualquier reforma del Reglamento debe hacerse sin alterar los valores y principios que son propios de la Docta Casa desde su fundación en 1820. Y tras analizar los programas y discursos de los diferentes colectivos que campean por el Ateneo, hemos llegado a la conclusión de que el que mejor puede garantizar el respeto de esos valores y principios del Reglamento, tanto si se modifica como si no, es el Grupo 1820.

Sin embargo, no caemos en el error de pensar que sólo nosotros queremos defender esos valores y principios, pues esa concepción exclusivista denotaría una preocupante carencia democrática. Por ello mismo, rechazamos a los que demonizan, insultan o descalifican a los adversarios. Quienes así actúan no son dignos de llamarse ateneístas ni de invocar el Reglamento.

Las ateneístas que nos hemos reunido en torno al Grupo 1820 apostamos por la tolerancia, por el respeto a los demás, defendemos los valores ilustrados y favorecemos todo impulso que permita abrir a la sociedad civil un Ateneo con un amplio abanico de ofertas políticas, culturales, científicas y literarias.

Ana Pulido Benito es Vicepresidenta de Arco y Socia del Ateneo

SUPREMO CONSEJO DE HAGION

Palabra y emociones

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Los humanos somos seres emocionales. Acudo a Tomás Moro para añadir, que somos emoción “a todas las horas”. Dueños o no de ese sentimiento intenso que nos invita a pensar, aprender, querer y aborrecer. Emoción como sinónimo de afecto. Lo contrario, insensibilidad. Gracias a la palabra conectamos, emocionalmente, con los demás. Agasajamos al prójimo si lo hacemos partícipe de palabras y de esta manera formamos una cadena de eslabones que se engarzan como las emociones… a flor de piel. Es la palabra, pues, la que consigue plasmar silencios contenidos, pasiones experimentadas, intimismo e intimidad, sin bravuconería, ni intimidación…

Según Oatley, el concepto de ‘emoción’, resulta un término relativamente nuevo, empleado en ciencia y literatura para distintos contextos comunicativos; a través del lenguaje se accede a las emociones.

Si nos detenemos en revisar su etimología, encontramos que emoción viene del latín emotĭo: «movimiento o impulso», «aquello que nos mueve hacia”; sabedores también de que las emociones actúan como depósito de influencias innatas y aprendidas, de alguna manera podemos afirmar que poseen características invariables, y otras que muestran cierta variación entre individuos, grupos y culturas, parafraseando a Levenson.

Por otro lado, el lenguaje, reflejo de la mente humana y canal de transmisión del pensamiento, se nos ofrece como un modo de hacer tangibles las emociones y así lograr  un reconocimiento familiar y cálido, un premio que nos llega de la voz del otro como una mano tendida al corazón.

El idioma crea y dirige sentimientos y emociones, de ahí que la mejor forma de trabar conocimiento con el otro, con los demás, próximos o no, es con el lazo de la palabra. Toda una suerte y un lujo poder y querer usar las palabras.

Alejemos, entonces, el hostigamiento y el acoso; solo exhibición afectiva y afectuosa. Mucha emoción.

(Continuará…)

Pilar Úcar