¿Es moderado, conservador o reaccionario el PP?

Gil Robles y Franco

En este artículo nos preguntamos si el Partido Popular es moderado, conservador o reaccionario, partiendo del análisis de estos conceptos políticos nacidos en el siglo XIX y que han evolucionado posteriormente.

Según el Diccionario de la Real Academia la moderación es la acción o efecto de moderar o moderarse. También es sinónimo de cordura, sensatez o templanza en las palabras o en las acciones. En el sistema político decimonónico español era un término que se aplicaba a una de las familias del liberalismo, defensora de la soberanía compartida entre el rey y la nación, el bicameralismo, el sufragio censitario, la limitación de derechos y libertades, y la salvaguarda del orden. En el reinado de Isabel II fue el partido que más gobernó frente a la opción progresista del liberalismo. El concepto de moderación en política ha terminado por aplicarse, ya en nuestro tiempo, a partidos, sectores y líderes, tanto de la derecha como de la izquierda; de hecho, la Transición española terminó por hacerse por políticos que moderaron mucho sus planteamientos iniciales. El Partido Popular siempre ha hecho gala de ser el partido de la moderación en España, y la izquierda a la izquierda del PSOE achaca a este partido su supuesta excesiva moderación, especialmente cuando gobierna.

El conservadurismo se referiría a las personas, partidos, gobiernos, etc., favorables a la continuidad de estructuras políticas establecidas y contra los cambios que serían considerados como bruscos o radicales. El Partido Moderado isabelino, con otras aportaciones, terminó por convertirse en el Partido Conservador de Cánovas del Castillo, pilar fundamental de la Restauración. Gran parte del ideario moderado anterior fue incorporado a la nueva formación con la única novedad del pacto con el Partido Liberal –el antiguo progresista- para la alternancia pacífica en el poder, ideando un sistema electoral amañado que garantizaba la paz política, pero falseaba la realidad. En el anterior gobierno del PP se desarrollaron políticas económicas asentadas en la defensa del neoliberalismo, pero, por otro lado, muchas de sus otras políticas, como las relacionadas con la Iglesia, la cuestión del reconocimiento y garantía de derechos y libertades, la educación, la estructura del Estado, entre las principales, eran intensamente conservadoras

La reacción sería la tendencia tradicionalista en lo político, opuesta completamente a las innovaciones y con un talante autoritario e intolerante. En España, el franquismo era reaccionario, entre otras cosas. Esta tendencia, muy amortiguada por la UCD en la Transición, reapareció en el Partido Popular con José María Aznar y, al parecer, encontró un hueco cómodo en la actual Administración de Mariano Rajoy, en algunas de sus políticas, en determinados dirigentes y en ciertos talantes, formas y maneras, como vimos en su negativa a condenar el franquismo y aplicar la ley de memoria histórica, en su nulo intento de hacer un análisis sosegado y crítico del pasado, en la resurrección de simbologías franquistas entre sus juventudes, en su proyecto de ley del aborto, en la ley de seguridad ciudadana, o en los discursos despreciativos hacia la ciudadanía desfavorecida por la crisis y los recortes. Los reaccionarios, cuando son pocos o están fuera del juego parlamentario, son sólo relativamente preocupantes, pero cuando se instalan en las políticas, el discurso y en las formas de un partido fundamental del sistema político estaríamos ante el abandono de la moderación, del propio conservadurismo y derivando hacia derroteros inquietantes. Hoy parece que la renovación del Partido Popular, de la mano de Casado, incide más en lo reaccionario que en lo conservador.

Eduardo Montagut

Las Diputaciones Provinciales entre el XIX y el XX

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La Constitución de 1812 creó las Diputaciones Provinciales. En su artículo 325 se establecía que en cada provincia existiese una Diputación para promover la educación y la economía. La Diputación estaría presidida por el jefe superior. Estaría conformada por el intendente y siete miembros elegidos. Al parecer, el carácter de esta nueva institución generó cierto debate, estableciéndose al final una especie de dualidad o equilibrio entre lo estrictamente representativo y lo puramente gubernamental. La Diputación Provincial consagra el sistema uniforme y centralista de la Administración territorial del liberalismo español.

La Diputación Provincial se convirtió en un órgano consultivo para el liberalismo español. La legislación posterior así lo confirmó. La autoridad en la provincia era el jefe político, que podía solicitar de la Diputación informes y consultas sobre diferentes cuestiones de gobierno y fomento. La Ley de 1823, en el Trienio, dejó muy clara esta autoridad, que emanaba del Gobierno. También es cierto que la Diputación adquirió otras funciones más que las puramente consultivas y que tenían cierta importancia. Destacaría la de repartimiento de los cupos de la contribución entre los Ayuntamientos de su provincia, así como el establecimiento de los contingentes para cubrir el reemplazo del Ejército. Pero ir más allá era algo que los liberales españoles no deseaban establecer, dejando el poder siempre en el representante del Gobierno, reforzando el carácter centralista del nuevo Estado. Pero la realidad hizo que las Diputaciones fueran arañando competencias. En primer lugar, terminó por considerarse un órgano administrativamente superior al del Ayuntamiento, pero, sobre todo, comenzó a preocuparse de algunos servicios de cierta entidad y muy cercanos al ciudadano: algunas competencias en enseñanza, en la beneficencia y hasta en lo sanitario.

El liberalismo democrático, triunfante tras la Revolución de 1868, dio más importancia a las Diputaciones, aligerando el acusado centralismo previo. El artículo 99 (Título VIII) de la Constitución de 1869 definió claramente lo que debía ser esta corporación. Era una novedad importante porque los anteriores textos constitucionales, es decir, los de 1837 y 1845, remitían a leyes específicas. Ahora adquirían la dirección de los intereses de su provincia. Sus sesiones debían ser públicas, así como públicos serían sus presupuestos y acuerdos o decisiones que se tomasen. También es cierto que se les ponían límites. No podían extralimitarse en sus funciones y por eso podían intervenir tanto el legislativo como el ejecutivo para impedirlo, y tampoco podían establecer contribuciones que entraran en contradicción con los tributos generales. Pero el Sexenio no se conformó con la definición constitucional. En agosto de 1870 entró en vigor una Ley que dejaba bien delimitada lo que era una Diputación provincial. Se afirmaba su carácter representativo y surgía la figura del presidente de la Diputación. De ese modo, la Diputación dependería menos del jefe político, es decir, de la figura gubernamental. También habría que aludir a la creación de la Comisión Provincial como una especie de órgano permanente. Es importante destacar, por fin, que decenios antes de que se aprobase la Ley de Mancomunidades, se habría una tímida puerta a estas instituciones con el nombre de Juntas. El Proyecto Constitucional de 1873, con su modelo federal, solamente establecía Municipios y Estados.

La Restauración canovista supuso una vuelta al más puro centralismo al quitarle autonomía a la Diputación Provincial, como establecía la legislación aprobada en 1877 y 1882. El Gobierno central adquirió muchas facultades para poder intervenir estas corporaciones. En compensación, es cierto que casi se introduce el sufragio universal para elegir a sus miembros, porque podían votar los hombres mayores de edad que supieran saber leer y escribir.

La primera reforma importante de las Diputaciones provinciales se planteó en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, a partir del conocido como Estatuto Provincial de marzo de 1925. Las Diputaciones se convertirían en corporaciones representativas con determinados fines relacionados con la creación, conservación y mejora de los servicios e instituciones. Para ello, había que establecer la consabida financiación. La Diputación pasaría a estar presidida por un diputado. El gobernador civil no tendría voto en las sesiones de la Diputación, y solamente los tribunales de justicia podrían suspender cargos o revocar acuerdos. Pero quedaba un resquicio para la actuación del gobernador, instrumento del gobierno, ya que podía suspender actuaciones de la corporación provincial en caso de infracción manifiesta de las leyes que generasen una grave perturbación del orden público. El problema residía en que esto era a arbitrio del gobernador y, en última instancia del gobierno.

La reforma provincial de Primo de Rivera se inscribe en la general de la administración no central del Estado que se intentó aplicar, y que incluía la local con el Estatuto Municipal de 1924. Se pretendía acabar con el caciquismo y dinamizar la administración, aunque realmente lo que se buscaba era crear una estructura afín al nuevo régimen. En todo caso, bien es cierto que la reforma de las Diputaciones de la Dictadura dejó consagrada la provincia como circunscripción territorial fundamental.

La Constitución de 1931 estableció en su artículo décimo, dentro del Título I sobre la organización nacional, que las provincias se constituían por los municipios mancomunados conforme a una ley posterior que debía dedicarse monográficamente a desarrollar esta unidad administrativa. La gran novedad sería que provincias limítrofes, dentro de una serie de circunstancias y cumpliendo una variedad de requisitos, podrían organizarse en región autónoma. Pero, realmente, la Segunda República no planteó grandes novedades en relación con el gobierno de las provincias ni con las Diputaciones provinciales.

El franquismo suprimió taxativamente todos los elementos o caracteres democráticos de las Diputaciones provinciales. Por otro lado, las Diputaciones adquirían más competencias de control sobre los Ayuntamientos. Se puede afirmar que la provincia ganaba terreno frente a la localidad en la dictadura franquista, pero también es cierto que, en última instancia, la Diputación y la provincia perdían poder frente al Estado, dentro del acusado centralismo de esta etapa histórica. Y lo hacían porque se creó la Comisión Provincial de Servicios Técnicos que se hizo cargo de muchas atribuciones. Esta Comisión nació por la Ley de Bases del 17 de julio de 1945, desarrollada en la de Régimen Local de 16 de diciembre de 1950. Fue una creación novedosa porque anteriormente no hubo nada parecido. La Comisión Provincial estaba presidida por el gobernador civil y se dedicaba al estudio y resolución de planes para el desarrollo de la cooperación provincial con los servicios municipales. La legislación posterior fue dotando de más competencias a estas Comisiones, y se fue perfilando la diferenciación de las mismas con las propias de las Diputaciones. Por fin, la Ley sobre Régimen del Suelo y Ordenación Urbana de 1956 otorgaba las competencias urbanísticas provinciales a las Comisiones Provinciales de Urbanismo.

Eduardo Montagut

La soberanía de la militancia

Recuerdo a las víctimas

Que los partidos de la derecha hagan propuestas para su electorado conservador, disgustado ahora porque Franco puede ser irradiado fuera de Cuelgamuros, es lo normal. La dificultad está en encontrar puntos diferenciales de suficiente calado entre ambas formaciones, lo que cada vez se hace más improbable pues no se pierden de vista ni un momento, como almas gemelas.

En efecto, resulta divertida la necesidad que tienen de encontrar diferencias los dos grandes partidos en que se sustenta la derecha patria, PP y Ciudadanos, especialmente desde que Casado ha sustituido a Rajoy con un discurso que recuerda en el fondo y en la forma al Ribera más conservador, discurso que sin duda hace sin esfuerzo alguno pues coincide con lo que de él sabemos desde que apareció en política con el visto bueno de Aznar, azote de rojos y demás ralea progresista. Como se dice: encuentre Usted las siete diferencias (creo que con una nos conformaríamos).

Por su parte, que la izquierda también tiene ahora dos grandes núcleos, PSOE y Podemos, y una serie de piezas menores como Izquierda Unida, las Mareas o Compromís, resulta obvio. Lo que no es tan obvio es si han aprendido de errores pasados que les han pasado factura en sus electorados, ya cansados de unas divisiones que sólo favorecían a la derecha.

A Podemos le gusta explicarnos que gracias a ellos se capitalizó en votos una parte muy relevante del 15M y que llevaron a las urnas a esa izquierda ácrata que siempre se había negado a depositar su voto, para grata satisfacción de la derecha. Lo que no les gusta recordar es que podían haber puesto fin al Gobierno del PP mucho antes si hubieran tenido la generosidad de apoyar a Pedro Sánchez cuando este pactó con Ciudadanos obligado por los aristócratas de su Partido, esto es, Rubalcaba, Susana, Felipe, etc..

Le pudo a Podemos la vana ilusión de que podría comerse al PSOE; es verdad que el PSOE de la mano de Felipe, Zapatero y Rubalcaba fue acusando una lamentable deriva conservadora, de tal forma que muchos de sus dirigentes se sentían más cómodos con los poderes fácticos que con las ideas socialistas. Pero un análisis sosegado le habría llevado a Podemos a la conclusión de que no es fácil tumbar a un Partido centenario como el PSOE que tiene una brillante historia tanto reciente como anterior, repleta de logros para el bienestar de los ciudadanos, y con una militancia muy implicada debido a su convicción ideológica socialista, extendida y organizada por toda España.

En efecto, este rumbo hacia los acantilados fue frenado en seco por sus militantes volviendo a coronar como Secretario General al derrocado Pedro Sánchez. Esperemos que esta experiencia traumática haya conseguido hacer entender a los dirigentes del PSOE que el futuro político de este gran Partido no puede ser el de hacer de palmero de los poderes fácticos como ocurrió de forma notable con la modificación del artículo 135 de la Constitución.

Lo siento por Lambán pero para ser del PSOE hay que ser rojo.

Salud

ANA PULIDO.- AEP

Reflexiones sobre el surgimiento del fascismo italiano

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En este artículo realizamos algunas reflexiones sobre las causas o factores que propiciaron el surgimiento y triunfo del fascismo en Italia.

La Gran Guerra debe ser considerada un factor fundamental a la hora de entender el ascenso del fascismo y por varias razones. En primer lugar, porque generó un grupo social nuevo, el de los combatientes, que tuvieron serias dificultades para reintegrarse a la vida civil, al mundo cotidiano por las dificultades económicas de la posguerra, pero también por razones ideológicas y hasta psicológicas. Los combatientes habían sufrido una guerra muy dura, sentían nostalgia de la acción, del combate, de la camaradería de las trincheras y no entendían la vida burguesa y cotidiana. Estaban acostumbrados a las órdenes, a la disciplina, a mandar y obedecer, a lucir uniforme y a desfilar. Los combatientes se organizaron en milicias, en tropas de choque, en escuadras. El escuadrismo es un fenómeno muy importante para entender lo que estaba ocurriendo en Italia. Si los escuadristas no entendían la vida cotidiana burguesa tampoco comulgaban con la vida y la lucha de socialistas y anarquistas. Los escuadristas combaten las huelgas, participan en verdaderas batallas urbanas contra los miembros del movimiento obrero, suplantan, en fin al Estado en la conservación del orden y pueden, de ese modo, recuperar algunos elementos de su vida militar con sus acciones. Están desclasados y emplean la violencia para participar en la vida política y social italianas. A partir de 1922 serán muy fuertes, y las autoridades no sólo no les combaten, sino que les toleran y hasta alientan.

El auge de la violencia en la posguerra, consecuencia de la propia contienda y del desclasamiento social tiene, además, un apoyo en cierta intelectualidad y hasta en la vanguardia artística del futurismo. Se plantean nuevos valores que pasan por la demolición de los valores burgueses de la paz, la vida familiar, el afán del ahorro y de la adquisición de bienes y propiedades, pero sin optar por los valores del movimiento obrero porque se considera que sus reivindicaciones buscaban solamente el progreso material, un egoísmo de clase, que les alejaba del patriotismo. Deben plantearse nuevos valores, basados en la acción, la fuerza, la jerarquía y la obediencia.

El resultado de la guerra generó una sensación de frustración. Las promesas de la Entente para que Italia entrara en la guerra no se habían cumplido. Italia se siente la perdedora de los vencedores. Se genera un claro rencor fundamentalmente contra Francia y también contra la nueva Yugoslavia porque ocupa alguno de los territorios irredentos. En este clima se producirá la ocupación del Fiume por D’Annunzio, uno de los intelectuales más destacados del momento y que ejemplifica ese apoyo al uso de la acción y la violencia que hemos planteado anteriormente.

La economía es el otro gran factor explicativo. En realidad, la crisis económica es determinante, ya que empobrece a las clases medias y hunde en la miseria a los campesinos. En este universo medio social hay que encontrar los primeros apoyos al fascismo. Ya no sirven los partidos tradicionales que habían dominado el sistema político italiano desde la unificación, y esta pequeña burguesía no iba a abrazar la causa de socialistas y anarquistas. El miedo al desclasamiento entrega en brazos del fascismo a estos grupos sociales. Por su parte, el movimiento obrero se desarrolla con fuerza con un auge de las huelgas en respuesta a la crisis. Esta lucha obrera indigna a la pequeña burguesía que potencia un mayor sentimiento de frustración porque piensa que los obreros consiguen más del Estado y del poder que ella. Esa indignación también lleva a esa burguesía hacia el fascismo.

La industria italiana había experimentado un importante auge en la guerra por el considerable aumento de la demanda de productos. Los beneficios empresariales subieron de forma considerable, pero al terminar la contienda disminuyeron muy rápidamente por una crisis de superproducción, ya que la demanda se contrajo considerablemente. Para evitar los efectos de la crisis los patronos quieren frenar a los obreros, al potente movimiento obrero italiano, que como hemos visto desarrolla toda su actividad, espoleado, además, por el ejemplo de la Revolución Rusa, un fantasma que asusta al capital europeo y, por supuesto, al italiano. Para combatir al movimiento obrero ya no eran suficientes los instrumentos del Estado. Es el momento de recurrir a las milicias, a los escuadristas, a los fascios, en suma. En un primer momento se les financia, después se les entregará el poder.

Por fin, el aumento del paro generó otro grupo social, un proletariado o infraproletariado que creía que los partidos obreros y los sindicatos no atendían sus demandas. El fascismo les ofrece una alternativa porque les une, les ofrece un sueldo y, por fin, un sentido en la vida, un objetivo por el que luchar.

Eduardo Montagut

Los avales en el franquismo

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En este artículo nos aproximamos al estudio de un mecanismo propio de dictaduras y sistemas totalitarios para el control de la población. Nos referimos a los avales sobre la conducta política de los ciudadanos y ciudadanas, y en el caso español en los primeros tiempos de la dictadura cuando arreciaba la represión.

Los avales en la primera etapa del franquismo eran una especie de recomendaciones por las que una persona afín al nuevo régimen respaldaba el comportamiento político pasado y presente de otro ciudadano o ciudadana que, o no se había significado por su adhesión al Movimiento Nacional, o estaba en una situación personal difícil ante las autoridades. Constituyen un claro ejemplo de cómo funcionan las relaciones de un poder dictatorial con la sociedad. En una democracia es impensable que un ciudadano pueda o tenga que avalar a otro sobre su ideología o conducta política. Estos avales podían servir para conseguir un empleo o para evitar un despido por cuestiones políticas, adjuntarse como parte de la defensa en un proceso de depuración, para ayudar a que se disiparan sospechas ante la policía en una detención, en un expediente para conseguir la libertad condicional, en un juicio, o en cualquier ocasión en la que muchos españoles se vieron obligados a demostrar que no se habían significado en cuestiones políticas contrarias a las defendidas por el bando vencedor en la guerra.

Como ejemplo de aval incluimos el siguiente:

“D. Manuel Butiñá Vila, de 32 años de edad, de estado soltero, de profesión Perito Industrial, vecino de Bañolas y con domicilio en esta, calle Consejo de Ciento 255 y con carnet de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S nº 8614 de Pamplona:

CERTIFICO: Que Don Fernando Javaloyes Luengo de 27 años de edad, casado y domiciliado en esta, por los muchos años de amistad que nos unen, y por los buenos antecedentes que tengo de su comportamiento, puedo acreditarlo como persona adicta al Glorioso Movimiento Nacional, y de hondos sentimientos religiosos, como lo prueba el hecho de haber contraido matrimonio católico durante el periodo de dominación marxista.

Dado en Barcelona a 20 de junio de 1939

Año de la victoria

(Firma autógrafa)”

Comprobamos como un ciudadano de probada adhesión al régimen, como demostraba su carnet de falangista, certificaba el comportamiento y la fidelidad al Movimiento de otro ciudadano. Se ponían como pruebas la amistad, el conocimiento de su persona y el que se hubiera casado por la Iglesia en tiempos de la “dominación marxista”. Este aval pretendía ayudar en el intento de Fernando Javaloyes por conseguir la libertad condicional, ya que estaba preso en la Cárcel Modelo de Barcelona.

(El aval ha sido consultado en: http://www.xtec.es/~jrovira6/franco/aval.htm)

 

Eduardo Montagut

Marruecos a comienzos del siglo XX

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Marruecos representaba un territorio muy atractivo para las potencias coloniales por distintos motivos al comenzar el siglo XX, aspecto que iba unido a una situación interna de intensa inestabilidad política. Marruecos se encuentra en una posición estratégica muy importante, frontera norte de África con Europa y en el lado sur del Estrecho de Gibraltar, además de contar con recursos mineros en el Rif, es decir, en su zona norte, y ser un territorio donde se podían canalizar importantes inversiones de capital para montar las infraestructuras, como el ferrocarril, y emprender muchas obras públicas. España y Francia eran las potencias directamente interesadas. España tenía una larga relación tanto amistosa como bélica con Marruecos desde finales del siglo XV, y contaba con ciudades y plazas en el norte de África. Francia tenía importantes intereses en el norte de África, ya que dominaba Túnez y Argelia y le interesaba la salida hacia el océano Atlántico, dentro de su eje colonial africano este-oeste. Aunque Alemania no tenía intereses concretos en la zona, Marruecos se convirtió en una de las bazas de su estrategia de desgaste hacia Francia. Por su parte, los británicos decidieron ceder la zona a los franceses y españoles a cambio de que París les dejara las manos libres en Egipto.

El tratado hispano-francés de 1904 reparte la influencia de ambos países sobre Marruecos, pero Alemania no está dispuesta a aceptar la situación y el propio káiser Guillermo II desembarca en Tánger en 1905 para manifestar su apoyo a la independencia de Marruecos, frente a los intereses franceses en la zona. Ante la gravedad de la situación se convocó la Conferencia de Algeciras al año siguiente, celebrándose entre enero y abril. Gran Bretaña defendió los intereses franceses y españoles en la zona, pero también Italia, miembro de la Triple Alianza, ya que Roma y París habían acordado unos años antes un pacto por el que Francia no interferiría en los intereses italianos en Libia. Alemania quedó aislada y terminó por aceptar los planteamientos británicos de mantener Marruecos independiente, pero con varios puertos abiertos al comercio exterior bajo tutela franco-española, además de que ambos países adquirían el compromiso de ejercer un protectorado. Posteriormente, según los acuerdos firmados en noviembre de 1912 por Francia y España, Marruecos quedó dividido en dos protectorados, uno francés al sur y otro español en la zona del Rif y la Yebala.

La tensión internacional regresó a Marruecos en 1911. El sultán llamó a los franceses para que sofocaran unas revueltas internas, ocasión aprovechada para ocupar la ciudad de Fez. Esto conculcaba lo estipulado en Algeciras y Alemania expresó su disconformidad enviando un barco de guerra, el navío cañonero Panther, a Agadir, el principal puerto atlántico de Marruecos, con el pretexto de proteger a los comerciantes alemanes de la zona. Gran Bretaña apoyó a Francia y los alemanes tuvieron que retirarse y aceptar el poder francés sobre Marruecos, aunque consiguieron territorios en África como compensación. La alianza entre el Reino Unido y Francia se fortaleció, aspecto muy importante en el proceso hacia la Gran Guerra.

A partir de 1912 desaparecen los problemas diplomáticos en relación con Marruecos, pero se agudizan los militares internos en la zona del Rif, recrudeciéndose la denominada guerra de Marruecos, que tanta importancia tiene para entender parte de la crisis de la Monarquía de Alfonso XIII. Entre los episodios más terribles destacará el Desastre de Annual en 1921. Cuando el líder de los rifeños, Abd-el-Krim cometió el error de atacar a los franceses, la suerte de los insurrectos se selló, ya que Primo de Rivera, desde una íntima convicción de que había que terminar la guerra rápidamente, consiguió establecer una alianza militar con Francia que, a partir del Desembarco de Alhucemas en 1925, permitió terminar con el conflicto.

 

Eduardo Montagut

El reparto de África

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El continente africano fue ocupado y repartido entre las potencias europeas en el siglo XIX. A principios de dicho siglo los europeos solamente poseían factorías costeras o pequeñas colonias. Pero en la segunda mitad del siglo, exploradores y misioneros recorrieron África, aprovechando el curso de los grandes ríos: Níger, Nilo, Congo, Zambeze y se aventuraron por el Sahara.

A partir de 1870, las expediciones se multiplicaron y las potencias europeas se lanzaron a una verdadera carrera de conquista y colonización de territorios. Los británicos deseaban establecer un imperio de norte a sur, vertebrado por el ferrocarril El Cairo-El Cabo, dominando, a su vez, la fachada oriental del continente con vistas a controlar el Océano Índico. Gran Bretaña obtuvo territorios muy ricos en minerales (oro y diamantes), así como de gran valor estratégico, como el Canal de Suez, por el que controlaban el paso entre el Mediterráneo y el Mar Rojo hacia el Océano Índico.

Por su parte, los franceses pretendían levantar un imperio de este a oeste del continente africano. Comenzaron por dominar Argelia y desde allí fueron dominando gran parte del norte de África (Marruecos y Túnez), la costa occidental del continente y se extendieron hacia Sudán, punto de fricción con los británicos, ya que era la zona de choque con la línea norte-sur británica.

El rey de los belgas -Leopoldo II- encargó la exploración de la zona del Congo para levantar un imperio propio. Los alemanes se establecieron en África central. Así pues, muy pronto comenzaron a entrar en colisión los intereses de las grandes potencias. Ante esta situación, en el año 1885, Bismarck convocó una Conferencia Internacional en Berlín.

En la Conferencia se tomaron una serie de decisiones sobre la colonización de África: garantía de libre navegación por los ríos Níger y Congo, establecimiento de unos principios para ocupar los territorios por parte de las metrópolis, basados en el dominio efectivo con notificación diplomática al resto de las potencias del establecimiento de la nueva colonia. Pero la Conferencia no terminó con los enfrentamientos entre las potencias coloniales.

Posteriormente, los alemanes se establecieron en Togo, Camerún, África suroccidental y Tanganica, mientras que los portugueses se hacían con Angola, Mozambique y Guinea-Bissau. Italia estableció su imperio en Libia y Somalia. Por fin, España se estableció en lo que luego fue Guinea Ecuatorial, y el Sahara Occidental (Río de Oro).

 

En el sur de África dos pequeñas repúblicas vecinas –Transvaal y Orange- estaban en manos de los holandeses nacidos en el continente africano y conocidos como bóers, después de haberse marchado de la zona de El Cabo (habían llegado en el siglo XVII), huyendo de la expansión británica en la zona. Pero la noticia del descubrimiento de importantes minas en Transvaal motivó a los ingleses a invadir los territorios de los bóers, provocando el estallido de una guerra, que duró tres años, con un alto coste en vidas humanas. Al final, esos territorios fueron anexionados al Imperio británico.

 

Eduardo Montagut

 

 

Las crisis económicas en la Historia

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Schumpeter

Las crisis económicas no obedecen a las mismas causas ni tienen las mismas características en la Historia. En este breve artículo intentamos realizar una comparación entre las crisis en el Antiguo Régimen, donde el sector agrícola era la base de la economía, con las crisis de las sociedades industriales capitalistas.

Las crisis económicas en las sociedades preindustriales se caracterizaron por ser de subsistencias, muy vinculadas con el sector agrario, que era el principal en aquellas economías, como ya hemos indicado. Las malas cosechas producidas por contingencias meteorológicas y por el escaso desarrollo tecnológico agrícola, dada la escasa inversión provocada por una estructura de la propiedad que no favorecía las mejoras porque no existían alicientes para los arrendatarios al tener que pagar elevadas rentas a los propietarios, generaban escasez de productos agrarios, especialmente de trigo, la base alimentaria occidental. Esa escasez iba acompañada, lógicamente, por un alza de precios, provocando hambre, que unida a los problemas de higiene y las carencias sanitarias solían producir mortalidades catastróficas. Estas crisis de subsistencias se veían favorecidas por las dificultades de transporte de la época de los lugares excedentarios de grano a los deficitarios para conseguir rebajar los precios y/o procurar alimento a la población. Además, era muy frecuente el fenómeno del acaparamiento del grano con fines especulativos. Los intentos por parte de las administraciones reales y/o municipales para paliar los efectos de estas crisis a través de los pósitos, que eran almacenes públicos del cereal con vistas a estos momentos, fueron muy poco efectivos.

Con la llegada de la Revolución Industrial y el capitalismo cambiaron las crisis económicas, que pasarían a ser de superproducción industrial. Las industrias producían más productos que podía absorber el mercado. La generación de stocks creaba muchos problemas a las empresas, los precios bajaban, descendían los beneficios, se producían cierres de fábricas, quiebras bancarias y, al final, aumentaba el paro.

La nueva economía capitalista estaría sometida a ciclos, alternándose períodos de expansión de la producción con otras etapas de depresión y crisis. A medida que el capitalismo se fue asentando y extendiéndose durante el siglo XIX, esos ciclos se hicieron más grandes. La mundialización de la economía, fruto de la Segunda Revolución Industrial, generó etapas insospechadas hasta el momento de crecimiento sostenido, pero también de crisis de gran magnitud. La primera gran depresión de la nueva época estalló en 1873 y no se superó hasta mediados de la década de los noventa del siglo XIX.

Los economistas han intentado medir y estudiar los ritmos cíclicos. Podemos comenzar con el economista francés Juglar, que midió unos períodos de ocho años, denominados ciclos medios o ciclos Juglar. Kitchin, por su parte, trató de ciclos menores, de tres y medio años. Por fin, Kondratieff habló más de grandes oleadas de medio siglo que comprenderían una etapa alta y otra de baja. Serían ciclos largos. Schumpeter, basándose en Kondratieff, dividió la nueva era del capitalismo en distintas fases: la Primera Revolución Industrial, entre 1789 y 1848, seguida por una etapa caracterizada por la expansión del ferrocarril y de la industria siderúrgica, entre 1848 y 1896; y la tercera, protagonizada por el automóvil, la electricidad y la industria química, a partir de la última fecha señalada.

Eduardo Montagut

ETICA POLITICA Y PSICOANALISIS

Villanueva libro PSICOSIS

 ¿Por qué se perdona la corrupción en las urnas?. Es como mantener la podredumbre política.

 Octave Mannoni, psicoanalista, acuña la frase.”Ya lo se, pero aun así…”.

 Las personas muchas veces se sienten atraídas por lo prohibido, por lo que ellos no llegarían a hacer, lo  que fantasean, otros lo hacen, la neurosis como negativo de la perversión.

 La frase de Mannoni se aplica a la política también, que en el fondo es una manifestación humana como otras.

 Hay una línea muy fina que pasa por obviar cualquier limitación y llegar a encubrir tramas corruptas, ocultar delitos o hacer oídos sordos a aquellos que atraviesan los límites legales, entendiendo los límites legales como la función del Padre, la del que dice NO. Es aquí cuando la clínica psicoanalítica habla de Perversión.

 Quero comentar tres características del perverso, que acabamos de ver en la situación política de España y que ha llevado a que fuerzas políticas de ideologías distintas se unieran para realizar una moción de censura y poderse configurar un gobierno del PSOE.

 El perverso tiene una particular relación con la ley. La transgresión es la regla por excelencia y las leyes comunes a todos son vistas como un obstáculo que trata de evadir, pero fingiendo que las respeta. La ley que prima es la de su deseo.

  • El otro es visto como un ser desechable y no es visto como semejante. Esto es necesario para dañarlo sin sentir culpa.
  • El saber que cuenta es solo al que está al servicio de la voluntad del goce perverso.

 Ha sido aire fresco por tanto esta moción de censura. Freud decía que el primer requisito de la civilización es la justicia.

¿Y qué era la justicia hasta ahora para el partido en el gobierno hasta la moción de censura? Poder dirigirla, maniobrarla, mangonearla, adulterarla, falsificarla y viciarla a su antojo. El mas grave de todos los síntomas antidemocráticos que se pueden diagnosticar. Esto se estaba convirtiendo en una olla de grillos y creo que ha sido un magnífico tratamiento de limpieza la moción de censura.

 Recuerdo una reflexión del psiquiatra Henry Ey según la cual las enfermedades mentales, a su parecer, habían de ser consideradas una patología de la libertad. ¿Y qué más ligado a la política y el psicoanálisis que la problemática de la libertad?.

 Si la política es aquella actividad y pensamiento que se plantearía, en principio como encaminada al logro del mejor gobierno del bien común, no cuesta entender por qué alusiones a la misma, directa o indirectamente, aparecen en los escritos de numerosos autores psicoanalíticos, empezando por el mismo Freud.

Pienso en un ensayo de Freud del año 1930 sobre el malestar en la cultura en un momento especialmente difícil en el que apunta la subida de Hitler y el antisemitismo en Alemania y Austria. Y de nuevo en los albores del siglo XXI me acerco a este texto cuando los esquemas y equilibrios del mundo en los que estaba inmersa nuestra generación se deshacen al derrumbarse el muro de Berlín y la destrucción de las Torres Gemelas viene a decirnos de manera espantosa y cruda que las cosas ya no son lo que eran. Entramos en un mundo desconocido, donde las reglas e incógnitas han cambiado.

 Pero algo no cambia y es la agresividad que existe en cada uno de nosotros y cuya existencia supimos también con razón en el prójimo y que es el factor que perturba la relación con nuestros semejantes imponiendo a la cultura una serie de preceptos. Debido a esta hostilidad primordial la sociedad se ve constantemente al borde de la desintegración.

 En el malestar en la cultura, Freud constata lo difícil que es para el hombre alcanzar en la cultura su felicidad, por los duros sacrificios que esta le impone en cuanto a la sexualidad y también a las tendencias agresivas.

 ¿Qué esperan los hombres de la vida?, se pregunta. Quieren la felicidad, quieren llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo. Pero enumera tres fuentes del sufrimiento humano. Las dos primeras son la supremacía de la naturaleza, que jamás llegaremos a dominar y los límites de nuestro cuerpo, que forma parte de ella y siempre será perecedero y limitado en su posibilidad de adaptación y rendimiento.

Freud destaca nuestra actitud frente a la tercera fuente de sufrimiento, la de origen social. ”¿Por qué las instituciones que nosotros mismos hemos creado no habrían de representar mas bien protección y bienestar para todos?. Sin embargo si consideramos cuan pésimo resultado hemos obtenido, precisamente en este campo de la prevención contra el sufrimiento, comenzamos a sospechar que también en este caso podría ocultarse una porción de la indomable naturaleza, tratándose esta vez de nuestra propia constitución psíquica”.

Entonces viene la definición de lo que hay que entender como “cultura”: “Designa la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí”

 Ochenta y cinco años mas tarde estas reflexiones son actuales aunque suena como si hubieran tenido poco eco en las mentes.  La vida humana en común se torna posible cuando llega a formarse una mayoría más poderosa que cada uno de los individuos y que puede mantenerse unida frente a cualquiera de estos. El poder de tal comunidad se enfrenta entonces en cuanto “Derecho”, al poder del individuo que se tacha de “fuerza bruta”. La sustitución del poder individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la cultura, cuyo primer requisito es el de la justicia. Buen numero de luchas en el seno de la humanidad giran alrededor del fin único de hallar un equilibrio adecuado, es decir que produzca felicidad para todos, entre las reivindicaciones individuales y las colectivas. Uno de los problemas del destino humano es si este equilibrio puede ser alcanzado en determinada cultura o si el conflicto en si es irreconciliable.

 ¿Podrá lograr la humanidad controlar definitivamente esta inquietud y dualismo, este desgarro del alma?.

 Hay épocas históricas de mucha conmoción, temor, confusión e incertidumbre, épocas, como la actual en que para las grandes mayorías de la población habría de producirse un cambio profundo del sistema social, pero en las que todavía no se vislumbra claramente la forma y el sentido en que debería hacerse.

 Son épocas, pues, en las que a nivel de la conciencia individual buena parte de la población se siente conducida y abocada a vivir experiencias muy perturbadoras de las que no sabe quién es el responsable ni de donde se producen ¿El Mercado?. La sensación es de alienación, viviendo y sintiendo de una manera ajena a la conciencia individual y el deseo propio y en un contexto de afectación colectiva

 El discurso psicoanalítico pienso que adquiere en este punto una legitimidad que va más allá del individuo y se inscribe en la propia sociedad.

 La crisis actual demuestra la constante amenaza para la estabilidad del planeta del discurso capitalista, que sería una voluntad de goce técnicamente instrumentalizada. Dispone como ejercicio soberano de poder el “estado de excepción”. Y aquí vemos la intervención de un complejo militar financiero que ningún organismo mundial puede regular en su voluntad de goce.

 El ciudadano deja de serlo, se vuelve defensor de la preciosa  burbuja que lo aísla y protege a modo de baluarte narcisista. Las reglas de juego democrático no metabolizan el miedo y por otro lado la gestión, administración y producción de miedo está presente en la política del llamado occidente desarrollado.

 Ahora han desaparecido los bloques, estamos en el triunfo total de la globalización y de la ideología subyacente al capitalismo: Es la ideología del beneficio a cualquier precio, que durante años fue un poco vertiginosa en si misma, pero que ya no lo es y parece no tener límites porque es una ideología idealizada en nuestra cultura donde se admira a la gente que rápidamente obtiene mas beneficio que los demás.

 La crisis de la que os hablo es el reconocimiento de que la ciencia y el capital mandan.

 En mi opinión, el psicoanálisis y los psicoanalistas estamos emplazados a la recuperación y dignificación de un nuevo humanismo que priorice los valores comunitarios.

  Recuperar el concepto de persona como ente o sujeto de compleja naturaleza, bio-neuro-psico-socio-cultural y contrario al reduccionismo biomedicomentalizante al que se adhiere una ideología política y social que tiende a la fragmentación de lo humano, ideología facilitadota de una manipulación al servicio de un pensamiento y de intereses insolidarios. Vivimos una medicalización de la sociedad, de psiquiatralización de la vida, de atribución de un mercado del sufrimiento a una profesión que intenta manejar el malestar en la cultura con drogas producidas por las compañías farmacéuticas.

 La empresa clasificadora esta servida con la publicación en mayo del 2013 del DSM 5, redactado por especialistas de la asociación psiquiátrica de EEUU. Es la llave maestra para uniformar a los psiquiatras y estimular en ellos el sueño de explicar las dificultades de los sujetos como efectos de factores biológicos, como si pudiera comprenderse una polonesa de Chopin estudiando el ADN del músico.

 ¿Qué problema afronta la izquierda en nuestros días?

 El neoliberalismo convierte al ciudadano en consumidor. La libertad del ciudadano cede ante la pasividad del consumidor. El votante en cuanto consumidor no tiene interés real por la política por la configuración activa de una comunidad. No está dispuesto ni se siente capacitado para la acción política común. Solo reacciona de forma pasiva a la política refunfuñando y quejándose. Igual que el consumidor ante las mercancías y los servicios que le degradan. Los políticos y los partidos también siguen esta lógica del consumo. Tienen que proveer, de este modo se degradan a proveedores que han de satisfacer a los votantes como clientes consumidores.

 La transparencia que hoy se exige de los políticos es todo menos una reivindicación política. No se exige transparencia frente a los procesos políticos de decisión, por los que no se interesa ningún consumidor.

 El imperativo de la transparencia sirve solo para desnudar a los políticos, para desenmascararlos, para convertirlos en objeto de escándalo, ante un espectador que se escandaliza. No es la reivindicación de un ciudadano con iniciativa, sino la de un espectador pasivo.

 La participación como reclamación y queja. Por tanto es una democracia de espectadores.

 Entramos en la psicopolítica digital con un control activo de la vigilancia a través del Big data que permite una nueva forma de dominación sobre la psique en un nivel prerreflexivo. La persona misma se positiviza en cosa, que es cuantificable, mensurable y controlable. Sin embargo ninguna cosa es libre. Sin duda la cosa es más transparente que la persona. El Big data anuncia el fin de la persona y voluntad libre.

 Todo dispositivo, toda técnica de dominación, genera objetos de devoción que se introducen con el fin de someter. Materializan y estabilizan el dominio. Devoto significa sumiso.

 El smatphone es un objeto digital de devoción, incluso un objeto de devoción de lo digital en general. En cuanto aparato de subjetivación, funciona como el rosario, que es también, en su manejabilidad una especie de móvil. El Me gusta es el amén digital.

 Cuando hacemos clic en ese botón de Me gusta nos sometemos a un entramado de dominación. El smatphone es también un confesionario móvil. Facebook es la Iglesia, la sinagoga global de lo digital

 Dr. Alfonso A. Gómez Prieto

Médico- Psicoanalista, Director del Área de Psicoanálisis de A.E.P. Vicepresidente de ARCOATENEO