LA SOCIEDAD MONOSINTOMÁTICA DE SUJETOS DOPADOS

evitar-el-consumismo-en-navidadEn la sociedad de consumo, nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de ser un artículo vendible. Esta es la materia de la que están hechos los sueños y los cuentos de hadas de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado.

Se conforman así individuos malcriados por el facilismo del mercado de consumo, donde de cada elección se hace una transacción única, sin obligaciones a futuro, un gesto no vinculante, riesgo mínimo, responsabilidad reducida, un modelo de discapacidad social.

Aparecen los seres aferrados al rol de objeto. Fetichismo de la subjetividad basado en una ilusión.

Se tiende a sacar a la luz la similitud monosintomática, anulando la diferencia donde las partes tienen derecho a tratarse entre sí como tratan a los objetos de consumo.

Ya Barman nos decía que la sociedad actual es “ahorista”, radica en adquirir, acumular, eliminar, y reemplazar. Compre, disfrútelo y tírelo. Donde el consumismo no se dirige a la gratificación de deseos sino a un aumento del volumen y la intensidad de ellos. Potenciando la inestabilidad de los mismos, la insaciabilidad de las necesidades de una cultura acelerada cual encadenamiento de presentes.

La falta de dinero ha comenzado a competir con la falta de tiempo. La ilusión de dominar el tiempo, encapsular el “ahora”, tranquiliza. La cultura es “presentista” y pone el énfasis en la velocidad y la efectividad, no valora ni la paciencia ni la perseverancia.

El uso lingüístico de expresiones como “no tener tiempo”, “perder el tiempo”, “ganar tiempo”, denotan el grado de importancia que se invierte en las acciones individuales para igualar la velocidad y el ritmo del tiempo, convirtiéndose en la preocupación más frecuente del sujeto, desgastante y perturbadora. Sino se consigue igualar esfuerzo y recompensa se produce un “complejo de inadecuación” que es la grave dolencia de la vida moderna.

Este complejo sólo es superado por la sensación de “vivir intensamente”. Aquí la satisfacción experimentada sobrevive a la causa.

La causa se olvida y se recuerda el gusto de la alta intensidad y la confirmación de la capacidad personal de estar a la altura del desafío inmediato planteado.

La cultura consumista se caracteriza por la presión constante de ser alguien más. Cambiar la identidad, esforzarse por volver a nacer como si lo que fuimos ayer no pudiese impedirnos ser algo diferente hoy. Identidades renovables.

La eternidad no es valor ni objeto de deseo, sino la tiranía del momento. Durabilidad desvalorizada.

El sujeto vive en estado de fuga permanente y el pasado no tendrá la menor oportunidad de alcanzarle. Buscar el yo real, es pura diversión, a condición de que nunca lo encontremos. Porque si lo encontramos, la diversión terminaría.

El despilfarro consumista tapona el aburrimiento, “no aburrirse nunca” es un parámetro de vida exitosa. Ya Kierkegaard trató sobre “el hombre inmediato”, aquel cuya conducta era la de un buscador de placeres continuos y compulsivos, no sólo por el presentismo de una vivencia que necesita ser satisfecha ya, sino en el sentido de quien no es capaz de ganar distancia de perspectiva alguna de su vida, ni pasada ni futura. Experiencia de vértigo y de éxtasis, producida al salir  de sí la persona para trascenderse su propio yo. Difuminar las fronteras del yo, romper los límites de la conciencia, para entrar en un más allá por la vía rápida de la anulación personal e incluso de la muerte anticipada.

Pero el vértigo tiende una trampa existencial que devuelve al sujeto a la caverna desnuda de su realidad, una y otra vez, con dolorosa obstinación.

Despertar para volver a dormir, alargar el sueño artificial para volver a lo real, para volver a empezar un ciclo sin solución de continuidad.

Cuando en el círculo faltan los proyectos y la ausencia de ideales, todo ello hace que la persona se encierre en sí misma. Un día se descubre eliminando el malestar de su vida con una poderosa voluntad de ser feliz pero sin reconocerse a sí mismo, así como si el yo no fuera el propio yo, sino el yo de los otros.

Afirmar el yo mediante el acto libre de elegir ser dependiente, quiere ser yo pero lo destruye al hacerlo depender de algo o alguien que no es su yo.

Comienzan así las conductas dopantes como un anestésico contra la fatiga de vivir y una escapatoria para aplazar a un eterno mañana la asunción de las responsabilidades personales cotidianas.

La sociedad se acostumbra y acepta como políticamente correcto la muleta farmacológica para sobrellevar cualquier malestar físico o psíquico. Vivimos una “cultura adictiva al dopaje”. Las adicciones a las pastillas son la nueva esclavitud que tiene enganchada a media humanidad en el siglo XXI.

Si pensamos en las innumerables personas que se automedican sin prescripción médica o que solicitan a los médicos los fármacos que ellos desean ingerir, nos podremos hacer idea del enorme problema de falta de sentido de la vida que arrastran tantas personas en nuestra sociedad y sin apenas enterarnos. Como decía Paracelso, la diferencia entre medicina y veneno está en la dosis.

Podemos hablar de una mentalidad dopante ambiental, cuya finalidad es transformar la angustia en felicidad, en esperanza y dar un sentido existencial al vacío.

Los males más frecuentes de la sociedad de consumo son, la depresión, el cansancio depresivo, la falta de sentido vital, la hiperactividad y la incapacidad de mantener la identidad.

Los sufrimientos humanos más comunes en la actualidad suelen producirse a causa del exceso de posibilidades más que del exceso de prohibiciones.

La oposición entre lo posible y lo imposible ha reemplazado a la autonomía de lo permitido y lo prohibido.

La sociedad de consumidores ha transformado el motivo de las depresiones, antes las provocaban el terror a la acusación de inadaptación por transgredir reglas, en definitiva una depresión por neurosis causada por el horror a la culpa, hoy día es sustituida por una depresión provocada por el terror a ser inadecuado. Por cada “no debe” hay un “deber ser”.

Por todo ello, el nuevo espíritu del capitalismo nos fabrica unos héroes de la modernidad dopados para poder representar su función de bobos engatusados con promesas fraudulentas y engaños, seducidos, arrastrados y manipulados por fuerzas subrepticias, pero ajenas, con patrones de comportamiento a la medida de los mercados.

Hay tres mensajeros del bienestar, serotonina, noradrenalina y dopamina, que pueden ser incrementados con sustancias o con comportamientos. Producen un efecto de condicionamiento por vía dopaminérgica que asocian la sensación de placer/ ausencia de dolor al momento y al acto, entorno en el que se realiza la conducta, de forma que basta la simple presencia de una dificultad de ese entorno para disparar la necesidad incontrolable de autoadministrarse la conducta o el fármaco.

Vivir dopado crea la ilusión de un significado pero tiene un efecto de retorno, aparece el vacío y hay que rellenarlo de nuevo.

El psicoanálisis intenta cambiar la pastilla por la palabra, que el esclavo del fármaco y de sí mismo, se conozca más allá de su adicción. Que aprenda por la palabra a utilizar sus propias capacidades para existir. Poder atreverse a ser lo que se es.

Belén Rico

El derecho de resistencia

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Nuestro sistema político se sustenta en el postulado de los derechos naturales que deben ser reconocidos y garantizados por el Estado. A lo largo de dos siglos el número de los derechos ha ido aumentando y haciéndose más complejo el asunto de las garantías de los mismos, especialmente, de los de carácter social.  Estos reconocimientos y garantías podrían resultar claramente insuficientes si los conflictos en las sociedades llegasen a un punto que no pudieran ser canalizados por las estructuras existentes. Estaríamos hablando de un asalto al poder a través de una revolución o de un golpe de estado, según sean las fuerzas asaltantes. Los ejemplos históricos en la historia contemporánea son abundantes y no hace falta mencionarlos. Los conflictos llevaron a las primeras Declaraciones de Derechos a abordar la cuestión del derecho de resistencia. En los nacientes Estados Unidos se articuló a través de la justificación del empleo del recurso a levantarse contra un gobierno considerado despótico, como queda patente en su Declaración de Independencia. El pueblo tendría derecho a cambiar o abolir y a implantar un nuevo gobierno si cualquier forma de gobierno existente fuera contraria a las verdades consideradas evidentes (postulados): igualdad entre los hombres, los derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, así como que el poder debe derivar de la aprobación de los gobernados.

En Europa la cuestión fue más compleja porque no se trataba, en principio, de legitimar una independencia, aunque, posteriormente, los nacionalismos centrífugos sí emplearían ese argumento, sino de derribar a unas autoridades y de destruir un sistema considerado injusto, algo que ya era caduco, el Antiguo Régimen, de ahí esta denominación, en principio peyorativa, desde la perspectiva de los revolucionarios franceses. El derecho a la resistencia aparece en la Declaración de 1789, cuando, en el artículo segundo se expresan los “derechos naturales e imprescriptibles” del hombre. Entre ellos, estaría el de la “resistencia a la opresión”. Pero serían los jacobinos quienes elaborasen la formulación más acabada del derecho de resistencia. Fue desarrollada en tres artículos de la Declaración de Derechos de la Constitución de 1793. En el artículo 33 se establecía que el derecho de resistencia a la opresión era la consecuencia de los demás derechos del hombre. La opresión contra la sociedad existiría, según lo expresado en el siguiente artículo, cuando uno solo de sus individuos era oprimido y, a la vez, habría opresión hacia cualquier persona cuando la sociedad estaba oprimida. Por fin, en el artículo nº35 se enunciaba claramente el derecho de resistencia, al expresar que cuando un gobierno violaba los derechos del pueblo, la insurrección sería para el pueblo y para cada parte del mismo, “el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”.

Pero las formulaciones jacobinas no se encuentran en más Declaraciones ni Constituciones. A lo sumo, el primer liberalismo y de signo progresista orientó este derecho hacia la defensa de la Constitución contra sus enemigos en el proceso revolucionario y de asentamiento del estado liberal. Para ello, se estableció el instrumento de la garde nationale o la milicia nacional, para el caso español. La milicia nacional se instituyó en la Constitución de 1812. Estaba integrada por todos los ciudadanos con la función de hacer preservar el nuevo orden liberal. La milicia nacional siempre se alineó con los pronunciamientos, levantamientos e insurrecciones de signo progresista y fueron combatidas por los moderados que la disolvían siempre que recuperaban el poder, y vuelta a ser restablecida con gobiernos progresistas. Al final, desapareció definitivamente en la Restauración canovista. Estos grupos armados fueron disueltos como consecuencia del giro conservador que el liberalismo europeo emprendió en la segunda mitad del siglo XIX. Las nuevas fuerzas que se fueron creando, como la guardia civil española, debían servir para mantener el orden público y reprimir cualquier intento revolucionario o insurreccional.

Eduardo Montagut

 

Del tiranicidio

Harmodio y Aristogitón tyrannicidesEn la época arcaica griega el tyrannos designaba ocasionalmente al basileus o rey, pero generalmente, aludía al hombre que, sin ser el heredero legítimo, se apoderaba del poder de una ciudad y lo ejercía de forma personal sin contar con las instituciones legales. En principio, el término no tenía connotaciones negativas. Tenemos que tener en cuenta el contexto histórico en el que aparecieron los tiranos. La tiranía se extendió como fórmula política entre los siglos VII y VI a. C. en relación con el deseo de cambio de los campesinos helenos afectados por la crisis agraria. El tirano encarnó la figura del hombre que abolía el régimen aristocrático. Una vez obtenido el poder, los tiranos emprendían reformas y perseguían a los aristócratas, que sufrían prisión, exilio y confiscaciones. Entre los tiranos destacó, sin lugar a dudas, Pisístrato, que se empleó en la mejora de los campesinos atenienses. En Corinto, Cípselo acuñó las primeras monedas e implantó un sistema fiscal. Otro de los aspectos a destacar del régimen que establecieron los tiranos fue el fomento del urbanismo, con el ornamento de las ciudades y la construcción de infraestructuras, especialmente las relacionadas con el agua. Pero en la época clásica el tirano comenzó a adquirir otras connotaciones. La constatación del comportamiento de algunos tiranos, como Fálaris de Agrigento, hizo que los pensadores comenzaran a condenar la tiranía. Los tiranos pasaron a ser déspotas crueles que utilizaban el terror y envilecían a los ciudadanos. Para Platón era el más vil de los seres humanos.

En Atenas, la muerte de Hiparco, tirano junto con su hermano Hipias, fue vista como una liberación y sus autores elevados a la categoría de héroes. La legitimidad del hecho de acabar con los tiranos comenzó a elaborarse teóricamente por algunos autores romanos como Cicerón, Plutarco y Polibio. En el siglo XII el obispo de Chartres, Juan de Salisbury, realizó la primera formulación clara del tiranicidio en Europa, pero Santo Tomás condenó esta práctica en el siglo siguiente, aunque contemplaba la posibilidad de que el tirano pudiera ser castigado por las autoridades. La Iglesia terminó por condenar el tiranicidio en el Concilio de Constanza (1414-1418) por considerarlo herético.

En el Renacimiento terminó por perfilarse la teoría del tiranicidio, concebido como la muerte del tirano en defensa de la legitimidad política. Los príncipes debían ejercer el poder para el bien de los súbditos y éstos tenían derecho a la resistencia, pero, además, aquel monarca que hubiera violado las leyes divinas y el pacto implícito con sus súbditos se convertía en un tirano y era lícito terminar con él. En esta defensa del tiranicidio se destacaron los monarcómacos. El relativo éxito de la teoría del tiranicidio en la época moderna tiene mucho que ver con los planteamientos de la teoría contractualista del poder, ya que la tiranía corrompería el pacto entre gobernantes y gobernados.

Sin lugar a dudas, el teórico más destacado sobre el tiranicidio fue el jesuita español Juan de Mariana con su obra De rege et regis institutione (Toledo, 1599). Algunos contemporáneos acusaron a Mariana de ser uno de los instigadores morales del asesinato de Enrique IV en Francia. Pero, los defensores del tiranicidio en esta época no contemplaban las reacciones individuales o de grupos particulares a la hora de defender el tiranicidio; éste debía contar con el beneplácito o consenso tácito del pueblo.

A finales del siglo XVII Locke defendió la legitimidad del principio de resistencia frente a un gobierno injusto y al derecho de cualquier ciudadano de acabar con el criminal que violaba la ley y la naturaleza que Dios había establecido para mantener la armonía social. Es importante destacar que el derecho de resistencia, aunque no exactamente el tiranicidio, estuvo en la base de la revolución americana, de las revoluciones liberales europeas y se incorporó a algunas de las declaraciones de derechos que se elaboraron en ese momento histórico.

El tiranicidio terminó por desaparecer en el pensamiento y en los sistemas políticos occidentales ante los reparos morales que generaba la pena de muerte. Los sistemas democráticos establecen en sus constituciones mecanismos que regulan y limitan los poderes para evitar la tiranía. Pero en el mundo actual ha habido casos evidentes de tiranicidio en determinados regímenes políticos y, sobre todo, en situaciones de profundas crisis. En la mente de todos están los casos de Nicolás Caeucescu, Sadam Hussein o Gadafi, tiranicidios cometidos por nuevas autoridades autóctonas, por otras tuteladas por poderes extranjeros o por linchamiento popular.

En conclusión, el concepto de tirano ha evolucionado en la historia y ha ido adquiriendo un perfil notoriamente negativo, mientras que, de forma paralela, ha generado la teoría del tiranicidio. Terminemos con las definiciones que nos ofrece el Diccionario de la Real Academia Española sobre lo que es un tirano. El término se aplica a quien obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, y principalmente al que lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. También se refiere a quien abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia y, por último, un tirano es quien impone ese poder y superioridad en grado extraordinario. No cabe duda que si aplicamos estas definiciones nos saldrían muchos tiranos en la historia contemporánea mundial y española. Que cada uno elija los suyos. Otra cosa es que, como seres civilizados, hoy no aboguemos por el tiranicidio y sí más por la defensa y el desarrollo del derecho de resistencia.

Eduardo Montagut

EL CAUDILLAJE

Reyes Católicos

En este trabajo nos acercamos al fenómeno de los caudillos, de tanta trascendencia en la historia contemporánea de Sudamérica y de España.

Por caudillo se entiende el jefe, cabecilla militar y/o político de un grupo, partido o comunidad. Los caudillos exigen obediencia y lealtad y, a cambio, ofrecen protección y dádivas. El caudillaje es una variante de los sistemas de relaciones personales clientelares del poder, no muy alejado del caciquismo, especialmente como se entendía en algunas zonas de América Latina. Aunque ha habido caudillos desde la Antigüedad, aquí nos interesan más los que han pertenecido a la historia contemporánea. Como decíamos, en Hispanoamérica abundaron en el siglo XIX. Participaron en los procesos de independencia, pero, sobre todo, adquirieron protagonismo en la época postcolonial. Muchos terratenientes decidieron intervenir en política, fundamentándose en su poder económico. Levantaron ejércitos y movilizaron a la población de sus extensas propiedades para hacerse con el poder en las recién creadas repúblicas. Existen varios ejemplos que se pueden citar. El uruguayo José Artigas destacó en la zona rioplatense al reunir bajo su mando a muchos caudillos locales en la década de los veinte del siglo XIX. En Paraguay, los caudillos rurales del Partido Blanco fueron muy activos. Por fin, en Argentina brilló entre todos los caudillos la figura de Juan Manuel de Rosas, que dominó la vida política del país entre 1820 y 1852. Cuando Argentina consiguió cierta estabilidad institucional a partir de la década de los sesenta, los caudillos argentinos se incorporaron al sistema, pero a través de los partidos políticos.

El caudillismo no desapareció con la llegada del siglo XX. En la propia Argentina, Perón y el peronismo remozaron el concepto, fomentando el desarrollo de las relaciones clientelares en política, aspecto que llega hasta hoy en día. Pero para los españoles el caso más importante de caudillo, por su trascendencia histórica, ha sido el de Francisco Franco. Cuando el bando sublevado contra la Segunda República fue consciente del fracaso del golpe y de que, en consecuencia, había que afrontar una guerra y elegir un jefe, elección que recayó en Franco en el otoño de 1936, comenzó a funcionar un potente aparato de propaganda que generó el único culto a la personalidad que ha habido en la historia contemporánea española. Entre los múltiples títulos y atributos que recibió Franco hubo dos fundamentales: generalísimo y caudillo. El título de caudillo casaba con el interés del franquismo en convertir a Franco en el heredero de una saga de homónimos que, desde la época antigua, pasando por la medieval, habían luchado y hasta salvado, supuestamente a España de poderosos enemigos, como los musulmanes, entre otros, haciendo una interpretación muy sesgada de la Historia y cometiendo anacronismos evidentes. Franco sería el moderno caudillo que, enviado por la Divina Providencia, venía a salvar a España de los enemigos de los años treinta, tanto internos –los “malos españoles”-, como externos. Franco pasó a ser “caudillo de España, por la gracia de Dios”.

Bajo el aparato institucional que organizó la dictadura franquista, funcionaron las características propias del caudillaje. Las relaciones clientelares se basaron en el principio de la conocida como la “adhesión inquebrantable” hacia Franco, así como a los principios del Movimiento Nacional. Esa fidelidad al caudillo garantizaba el acceso a distintas parcelas del poder. Aún hoy, los nostálgicos del franquismo, en pleno auge, rememoran a Franco, anhelando la llegada de otro caudillo salvador ante lo que consideran la desmembración de España.

Eduardo Montagut

PATEANDO MADRID: EL TRIDENTE BARROCO IV . LA ESTACIÓN DE ATOCHA Y SU ENTORNO (II)

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En el artículo anterior de esta serie, que titulaba la Estación de Atocha y su entorno (I), hablaba de la Estación de Atocha, del Grupo Escolar Menéndez Pelayo y el antiguo Hospital Ferroviario. En este voy a continuar con el entorno de la Estación de Atocha pero hacia la Avenida Ciudad de Barcelona ya que allí se encuentran los edificios administrativos de la Estación, la Basílica de Atocha, la Real Fábrica de Tapices y el Panteón de Hombres Ilustres.

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Muy próximo a la estación se ubica el primer edificio administrativo de la antigua estación, el pabellón del arquitecto francés Bonoist V. Lenoir. Se trasladó desde la estación original en 1883, ubicándose en la actual Avenida Ciudad de Barcelona, y se le acompañó de tres edificios similares, siguiendo la estética francesa que se unen entre si por corredores elevados de estructura metálica.

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El primer y segundo edificio presenta la particularidad de incluir sobre las ventanas metopas con relieves alusivos al transporte ferroviario y a las ciudades conectadas por el ferrocarril respectivamente.

A continuación nos encontramos con un conjunto histórico-artístico que suele pasar desapercibido a muchos madrileños. Se trata de la Basílica de Atocha, el Panteón de Hombres Ilustres y de la Real Fábrica de Tapices. Habitualmente pasamos por la zona bajo tierra en la línea 1 de metro, o circulamos por las calles Avda. Ciudad de Barcelona y paseos de la Infanta Isabel y de la Reina Cristina, sin percatarnos de que en esta zona se encuentran algunos de los edificios con más historia de Madrid.

Real Fábrica de Tapices

IMG_20170730_110708_713 IMG_20170730_112422_154Fundada en 1721 por Felipe V, esta Real Fábrica, creada a semejanza de los talleres reales establecidos en Francia a principios del siglo XVII, ha sobrevivido sin cambiar su uso durante tres siglos, lo que la convierte en una de las manufacturas de tapices mas longevas de la historia.

Su objetivo era crear una industria nacional para que España no dependiera de las importaciones de productos franceses o flamencos.

Tras su primer director, el maestro tapicero de Amberes Jacobo Vandergoten, la fábrica vive un periodo de esplendor en el siglo XVIII, bajo la dirección artística de Mengs, y en el que destacan los tapices tejidos según los cartones pintados por Goya.

Durante el siglo XIX y principios del XX, recibe encargos por todo el mundo. En 1996, la regia manufactura se convierte en la actual Fundación Real Fábrica de Tapices, entidad sin ánimo de lucro destinada a garantizar la transmisión de los oficios y la divulgación de su legado histórico.

El edificio que ocupa en la actualidad, diseñado por el Arquitecto Mayor de Palacio José Segundo de Lema con un estilo neomudejar bastante sobrio y ladrillo visto, fue construido entre 1884 y 1889 sobre la antigua huerta y olivar del convento de Atocha. Con un cuerpo central noble y cuerpos laterales para los telares, el solar alberga en uno de sus ángulos una elevada chimenea de ladrillo. En 2006 fue declarado Bien de interés cultural.

Basílica de Atocha

IMG_20170730_113010_866Su historia tiene su origen en la devoción a una pequeña imagen de la Virgen traída desde Antioquia según la leyenda.

Hacia el siglo XI se edifico una primitiva ermita que con el paso del tiempo se fue deteriorando hasta que en el siglo XVI se crea una gran iglesia y un convento de dominicos. Su impulsor fue fray Juan Hurtado de Mendoza, confesor del emperador Carlos V. Desde entonces, la familia real española sintió predilección por la Virgen de Atocha convirtiéndose incluso en un talismán para las victorias bélicas de Felipe II.

Felipe V la proclamó en 1643 protectora de la monarquía española y de la realeza.

Tras el saqueo de las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX se restaura  el conjunto  y después de la desamortización el convento de los dominicos se transforma en un cuartel de inválidos. A causa del estado ruinoso que llegó a alcanzar hacia 1890, la reina Mª Cristina encarga el proyecto de una nueva Basílica de Atocha en estilo romano oriental y se ordeno la construcción de un Panteón de Hombres Ilustres.

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La Guerra Civil haría mella en la iglesia pues fue incendiada perdiéndose todas las obras de artes excepto la imagen de la Virgen de Atocha. No sería hasta una década después cuando se iniciasen los trabajos de restauración aprovechando parte de los muros prexistentes pero eliminando cualquier vestigio de decoración bizantina.

Hacia la década de los 60 del siglo XX se construye el colegio de la Virgen de Atocha presidiendo la torre campanile exenta y los patios de recreo.

Esta basílica tiene nave única, capillas laterales y galerías entre contrafuertes, bóveda rebajada con lunetas y camarín semicircular en la cabecera. La fachada a los pies, de corte clasicista, está rematada con frontón triangular y flanqueado por dos torres con chapitel de pizarra al “estilo de los Austrias”. La zona conventual, de plata en “L” se adosa a la cabecera formando un claustro de planta cuadrada.

Panteón de Hombres Ilustres

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Responde a dos de las constantes de fines de siglo: la arquitectura historicista y la escuela funeraria.

En el siglo XIX, dentro de la clase política, surgió la idea de crear un gran Panteón que acogiese los restos mortales de grandes personajes de nuestra historia, a similitud de la abadía de Westminster en Londres donde reposan los restos de reyes.

En noviembre de 1837, las Cortes aprobaron la creación de un Panteón Nacional en la Basílica de San Francisco el Grande que acogería los restos mortales de personas consideradas de especial relevancia. Los restos mortales de los elegidos, serían propuestos por las Cortes con la condición que deberían haber pasado cincuenta años desde su fallecimiento. El 20 de junio de 1869 quedó inaugurado el Panteón en una capilla de San Francisco el Grande, pero el proyecto no cuajo y el proyecto quedó en el olvido. Hasta que la reina regente María Cristina, tomo la decisión como ya he comentado anteriormente de realizar una nueva construcción sobre los restos de la Basílica  de Atocha y retomo la vieja idea del Panteón de San Francisco, el proyecto contemplaba construir un anexo que realizara las funciones de Panteón.

El concurso público realizado entre los años 1888 y 1890. Se trataba de un conjunto de estilo neobizantino, incluía un campanil italiano, que albergaba un reloj de cuatro esferas y tres campanas, el panteón, tenía carácter de claustro de la basílica y estaba inspirado en el camposanto del Campo dei Miracoli de Pisa. El proyecto era muy ambicioso ya que la basílica estaba destinada a ser el templo de la Corte. En 1891 comenzaron las obras del conjunto arquitectónico, pero los problemas económicos obligaron a suspender las obras en 1899, solo se había construido el panteón y el campanil.

En cuanto a su estructura, el panteón es de planta cuadrada, con tres galerías con arcadas y vidrieras y dos cúpulas semiesféricas en las esquinas. El arquitecto Arbos fue un innovador en la utilización de los materiales y las técnicas de montaje, las fachadas son de ladrillo recubiertos con losas, tanto el tejado como la cúpula están cubiertos por planchas de zinc pintado en rojo. Otros materiales utilizados fueron, la piedra de granito para zócalos y sillares. Las losas que recubren las fachadas montadas en bandas negras y blancas son de piedra caliza. Los frontones son decorados con mármol negro y los fustes de las columnas que adornan puertas y ventanas son de mármol blanco. La entrada del edificio y los pavimentos están decorados con mosaicos.

 

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El Panteón, consta de dos espacios principales. En el patio del claustro se encuentra el Mausoleo conjunto que es obra de Federico Aparici, Ponciano Ponzano y Sabino Medina se le ha denominado Monumento a la Libertad, está formado por un cuerpo cilíndrico cubierto por un tejado cónico, rematado por una alegoría de la Libertad. Tres estatuas, representando la Pureza, el Gobierno y la Reforma, se apoyan sobre los sarcófagos de Mendizabal, Argüelles y Calatrava, para cuyos restos estaba destinado el monumento .

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En el segundo espacio del Panteón en su interior se encontraban enterradas personalidad de la vida política de finales del siglo XIX y principios del XX: Sagasta, Eduardo Dato, Rio Rosas, Cánovas del Castillo, Canalejas……Actualmente sólo se conservan los restos de Canalejas.

Entre los años 30 y finales de los 80 del pasado siglo, el panteón estuvo en un estado de abandono por los que los restos que quedaban los reclamaron sus ciudades de origen. A finales de los 80 Patrimonio Nacional procedió a la restauración y apertura al público.

Es muy llamativo que el Panteón tenga muy pocos visitantes y sobre todo teniendo en cuenta las magnificas obras funerarias que atesoran sus paredes y su entorno con la Basílica de Atocha y la Real Fábrica de Tapices.

Para terminar nuestro recorrido por el Panteón, voy a exponer algunos datos de los monumentos funerarios que permanecen en las galerías.

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El sepulcro de Canalejas, fue realizado en 1913 por Mariano Benlliure en mármol blanco y se inauguró en noviembre de 1915. Lo componen dos hombres y una mujer que descienden el cuerpo del político hacia la entrada de la tumba. Un bajorelieve de Jesús con los brazos abiertos recibe el cadáver.

 

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Los restos de Eduardo Dato fueron trasladados al Panteón en junio de 1922. El sepulcro fue realizado por Benlliure y está compuesto por la figura yacente de Eduardo Dato, el monumento realizado en mármol, dispone en su cabecera una figura femenina realizada en bronce y portando una cruz, a sus pies, se encuentran las figuras de dos niños realizados también en bronce escoltando a un gran Escudo Nacional. En el sarcófago se puede leer: “Eduardo Dato, vivió para la patria, murió por ella”

 El mausoleo de Mateo Sagasta es también obra de Mariano Benlliure, realizado en mármol, el IMG_20170730_111251_545sepulcro lo componen tres figuras: la efigie yacente de Sagasta, portando levita y el Toisón de Oro. En la cabecera, la Historia, representada por una mujer con un libro y a los pies del sepulcro, el Pueblo, representado por un obrero apoyado sobre los Evangelios, en la mano derecha porta una espada representando a la justicia con una rama de olivo como símbolo de la paz.

IMG_20170730_111406_040El monumento funerario de Cánovas, es obra de Agustín Querol, se realizó a petición de los sobrinos del político y fue inaugurado en mayo de 1906. Realizado en mármol blanco, está compuesto por el sarcófago con seis hornacinas que albergan las efigies de la Sabiduría, la Prudencia, la Constancia, la Templanza, la Justicia y la Elocuencia, sobre el sarcófago aparece la figura del difunto derramando lágrimas por la Patria. El mausoleo se completa con un lienzo con dos figuras femeninas, representando una a la Historia y con la cabeza baja, y la otra el Arte, situada a la izquierda. En el centro, Cristo resucitado, rodeado de plañideras y figuras admirando a Cristo. El conjunto se encuentra coronado por una cruz entre dos ángeles sumidos en la tristeza.

El mausIMG_20170730_111337_682oleo de Río Rosas es obra del escultor Pedro Estany. El proceso de construcción fue largo, ya que se inició en el año 1883 inaugurándolo finalmente en junio de 1905. Se encuentra adosado a la pared sobre una base de mármol, se sitúa el sarcófago elaborado en bronce damasquinado, dispone de una efigie, y un genio alado que le ofrece una rama de laurel, una mujer que llora abrazada al féretro.

 

 

El sepulcro IMG_20170730_111604_156mural de Manuel Gutiérrez de la Concha, Marqués del Duero fue realizado en mármol por Arturo Mélida y Elías Martín. El sepulcro se encuentra flanqueado por dos cañones a modo de columnas, bajo un arco de medio punto en el que figuran inscritas las batallas en las que participó, Marte el dios de la guerra, sostiene un medallón con el busto en relieve del difunto. El sepulcro fue realizado en 1890 quedando ubicado en el cementerio primitivo del Cuartel de Inválidos. En el año 1902, fue trasladado al interior del nuevo Panteón.

 

 

Ana Pulido.- AEP

 

 

¿Qué entendemos por Derecha?

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¿Qué se entiende por derecha?, ¿es una única ideología o abarca, en la Historia contemporánea varias concepciones ideológicas?, ¿es un término peyorativo?, ¿todos los que, en teoría, pudieran estar encuadrados en la derecha se reconocen en este término? No pretendemos dar respuestas a todas estas preguntas, pero sí plantear algunas reflexiones sobre este concepto político entre los márgenes de un artículo

Por derecha se puede entender el conjunto de posturas, ideas y actitudes políticas que tienen que ver con la preferencia por la defensa de la tradición y el mantenimiento de las jerarquías sociales. Esta última idea puede traducirse, tanto por una defensa de los privilegios heredados, como por el exclusivo reconocimiento de los méritos personales, en relación con el concepto de meritocracia. La derecha es contraria a la intervención del Estado en la economía a través de las políticas fiscales progresivas que redistribuyen la renta. También critica la extensión del reconocimiento de derechos sociales y de minorías discriminadas. La derecha abomina de estas políticas por igualitaristas. La derecha defiende la existencia de un Estado fuerte en relación con el uso de la fuerza, y tiende a un acusado nacionalismo. Es firme partidaria del orden frente al reconocimiento, extensión y garantía de las libertades, en línea con lo explicado anteriormente, porque son interpretadas como provocadoras de desorden e inestabilidad. La derecha valora la importancia de la religión, y no es partidaria de una clara y definida separación entre la Iglesia y el Estado. Por fin, defiende un modelo tradicional de familia como único posible.

El término de derecha nace en la Revolución Francesa y por algo, aparentemente muy anecdótico relacionado con el lugar en el que se sentaban unos y otros en el legislativo. A partir de la consolidación del Estado liberal en el siglo XIX, la derecha pasa a identificarse con la burguesía triunfante y defensora del nuevo orden, en ese momento ya cuestionado desde abajo por las crecientes corrientes democráticas y por el movimiento obrero.

La derecha abarca varias manifestaciones en la Historia contemporánea en un abanico amplio: desde posturas populistas hasta el propio fascismo, pasando por partidos o movimientos autoritarios o con conexiones con el liberalismo en su versión más conservadora, hasta su aceptación del juego democrático, terminando por abrazar la causa del neoliberalismo económico. Es, pues, un concepto o término amplio, siendo necesario conocer el contexto histórico en el que nos encontremos. Pensemos en la propia historia de España en el siglo XX. El concepto de derecha puede ser aplicado al maurismo, a las ideas imperantes en la dictadura de Primo de Rivera y la Unión Patriótica, a la CEDA, al falangismo, a las ideas de Acción Católica, al conjunto de ideas y familias políticas del franquismo, a la UCD o al Partido Popular, y como vemos, existen importantes diferencias y no solamente en el tiempo sino, también, entre formaciones contemporáneas.

En la actualidad, el término se suele usar por sus adversarios como algo peyorativo, y algunas derechas tienden a autodenominarse centro-derecha, quizás por influencia de esa concepción no positiva que se genera desde la izquierda. En todo caso, en España Aznar revalorizó el concepto de derecha, tan denostado en los años ochenta, además de conseguir englobar en un solo partido casi todas las tendencias de las derechas españolas, algo impensable en la Transición; otra cuestión es si esta unidad no estaría comenzando a resquebrajarse con la irrupción de Ciudadanos en el panorama nacional.

Eduardo Montagut

La contrademocracia: beneficios y peligros

TOSHIBA CAMCORDER

Se entiende por contrademocracia la forma de control popular de la actuación de las instituciones y administraciones públicas. En las democracias es ejercida por ONGs, organizaciones sociales, ideológicas o religiosas, grupos de presión, etc. a través de manifestaciones, firmas de peticiones, expresiones colectivas de solidaridad y otros medios de acción pública. La contrademocracia no debe ser entendida como un ataque a la democracia. Se trata, en realidad, de un ejercicio democrático que surge de los miembros de donde parte el poder en una democracia, es decir, de la población, de la gente, aunque pueda ser canalizada por esas organizaciones que hemos mencionado anteriormente. La contrademocracia parte, pues, de una enorme desconfianza popular, aunque plantea problemas importantes porque puede ser alimentada por un debate político de escasa altura, en parte muy frívolo, gracias a algunos medios de comunicación, aficionados a los titulares fáciles, las encuestas manipuladas y a la demagogia. Pero ese no es el único riesgo de la contrademocracia, ya que el permanente estado de movilización puede llevar a menoscabar la legitimidad de los representantes elegidos mediante el sufragio universal. Se corre el peligro de la estigmatización de los representantes, los políticos y las autoridades.

En nuestra democracia actual hemos tenido dos grandes momentos de contrademocracia con sus particulares características y consecuencias. El primero de ellos se vivió en tiempos de la última administración socialista. Se produjeron constantes manifestaciones públicas antigubernamentales contra determinadas políticas establecidas por los gobiernos de Zapatero. Por un lado, se dieron movilizaciones en la calle contra la política antiterrorista, organizadas por una parte de las víctimas del terrorismo. Las reformas del Código Civil para el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo, así como las cuestiones del aborto y de la asignatura de Educación para la Ciudanía, movilizaron a la Iglesia y asociaciones afines católicas integristas. Por otro lado, la derecha mediática se movilizó contra la victoria electoral socialista del año 2004, considerándola ilegítima por la supuesta manipulación de la población española ante los atentados de Atocha. Estos ejercicios de contrademocracia ejercieron una gran presión, e intentaron deslegitimar al gobierno y al presidente con una presión constante, y fueron instrumentalizados por el Partido Popular en su estrategia de erosión, crispando la vida política.

El siguiente momento de contrademocracia surgió en mayo de 2011 y se desarrolló en los años siguientes. En este caso, numerosos sectores de la población han reaccionado ante la gravedad de la situación por el paro, la corrupción, y lo que consideran ataques intolerables de la derecha a los pilares del Estado del Bienestar y a las libertades y derechos, así como contra la supuesta inacción o connivencia de la izquierda clásica. Por un lado, la contrademocracia actual ha sido una reacción ante una situación general de crisis en todos los ámbitos, y ha permitido plantar cara a la corrupción del sistema democrático. Pero también ha tendido a la estigmatización total de los políticos y autoridades.

La evidente crispación que vivimos se está canalizando a través de fórmulas políticas como Podemos o las distintas Mareas, que están entrando en el juego político de la democracia, y que están formulando sus propuestas e ideas para presentarlas electoralmente a la sociedad española. Precisamente, ese proceso es necesario para evitar los riesgos de quiebra democrática por mucho que a la derecha le asuste y tienda a enfangar el debate político con su inveterada costumbre a insultar al contrario político, y a la izquierda clásica le produzca pánico por pérdida de apoyo electoral. El debate ya se está desarrollando, y ahora ya están aflorando las grandezas y miserias del programa de la nueva formación política. Ahora se está haciendo política, que es lo que hay que hacer, pero sería deseable sin dramas, sin sustos, con serenidad y con inteligencia. Luego, los ciudadanos y ciudadanas de este país harán lo que estimen oportuno en las urnas, que son la que mandan y no los sondeos. Y las urnas españolas son propicias a dar sorpresas de vez en cuando.

Eduardo Montagut, Doctor en Historia

¿Qué es una dictadura?

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La fórmula política que conocemos por dictadura tiene su origen en Roma. La dictadura era una magistratura en el sistema político de la República. El dictador era escogido e investido por el cónsul, ya que solamente un magistrado cum imperium podía transmitir este poder a otro, aunque, eso sí, con la aquiescencia del Senado. El imperium era el poder originario y soberano de vida y muerte. Solamente tenían este máximo poder las más altas magistraturas: cónsules, pretores y dictadores. La dictadura era, realmente, un recurso temporal de seis meses de duración para momentos complicados. Era la única magistratura romana no colegiada. Pero la naturaleza de la dictadura cambió con la crisis de la República romana, con Sila y con César: se amplió su duración y sus ya muy amplias atribuciones. En ese momento, estos personajes emplearon la magistratura para cumplir sus ambiciones políticas personales, desvirtuando el sentido primigenio de la misma.

En la época moderna las dictaduras se dieron en las formas política republicanas europeas, siendo el caso más notorio el de Cromwell en Inglaterra cuando triunfó la primera Revolución inglesa.

En los albores de la edad contemporánea la primera dictadura fue, sin lugar a dudas, la establecida por los jacobinos entre 1793 y 1794. Pero no solamente lo fue por cuestiones cronológicas, sino también porque estableció algunas características de las dictaduras posteriores: el control a través de un estado centralizado, concentración del poder en el ejecutivo frente a los otros poderes y el contar con apoyos populares. A lo largo del siglo XIX se produjeron más ejemplos. En nuestro país el caso más notorio fue la dictadura de Serrano en el año 1874 entre la disolución de las Cortes de la Primera República y el pronunciamiento de Martínez Campos que permitió el comienzo de la Restauración borbónica. Pero, sin lugar a dudas, el siglo XX ha sido la época dorada de las dictaduras en todo el mundo.

Definir una dictadura no es tarea fácil porque existe una gran variedad de tipos, aunque podemos encontrar rasgos comunes en todas ellas: la negación del estado de derecho, la no existencia de la separación de poderes y el rechazo a la democracia representativa. Se pueden establecer tipologías de dictaduras atendiendo a diversos criterios, teniendo en cuenta, por otro lado, que no son excluyentes entre sí. Los criterios comunes a todas las dictaduras nos permiten caracterizar a las mismas como sistemas políticos contrarios a las democracias donde no hay división de poderes, inexistencia de derechos básicos o, sobre todo, aunque se proclamen, sin garantías para su ejercicio, ausencia de pluralidad política, sindical y asociativa, tendencia al ejercicio del poder de forma arbitraria a favor del dictador, grupo, clase o minoría que sostiene y se beneficia de la dictadura. Las dictaduras no se basan en el consentimiento libre de los gobernados, aunque los dictadores tienden a insistir en que dicha aquiescencia sí existe, ya que se utilizan métodos populistas como los plebiscitos para buscar su legitimación popular, a pesar de que dichas consultas no son, realmente libres, al impedirse la propaganda política contraria. Pero, también, conviene señalar que las dictaduras no pueden permanecer largos períodos de tiempo si no tienen ciertos apoyos sociales. Los métodos represivos no pueden ser los únicos que permitan su permanencia.

Las dictaduras suelen estar muy vinculadas a un concepto muy personalista del poder y suelen vincularse a la ambición política de los dictadores. Los dictadores emplean un sistema de propaganda para su enaltecimiento. Se impide que los opositores puedan expresar, libremente, sin menoscabo de su integridad física o de sus libertades, el rechazo a la misma. Si el grado de represión es muy alto, y con un sistema de ideas que lo apoya, la dictadura se tiñe de totalitaria.

La dictadura suele estar muy vinculada a un concepto muy personalista del poder, a la ambición de quien detenta el mismo. Se enaltece al dictador, jefe, líder o caudillo a través de la propaganda. Es un personaje que ejercería el poder con grandes sacrificios personales, un jefe que renuncia a los placeres de la vida privada por la patria o el país. Puede llegar a ser presentado como un estadista dispuesto a darlo todo por el pueblo, hasta la vida, y sin pedir nada a cambio, bueno, sí la obediencia al mismo, precisamente por esos sacrificios. Muchas dictaduras tienen, pues, un marcado carácter paternalista.

Las dictaduras suelen buscar la justificación de su existencia en la necesidad de la misma, apelando a una situación extraordinaria o terrible y que se solucionaría con este ejercicio del poder. Es la legitimación de la dictadura y de su permanencia durante un tiempo, o de forma indefinida, al menos hasta la muerte del dictador. Se tiende, además, a que el sistema sobreviva a la muerte de su creador o impulsor.

En la teoría marxista se trata de un sistema político temporal, como paso previo para la instauración de la sociedad comunista. Fue promulgada por Marx, aunque el gran teórico de la misma sería, realmente, Lenin. Cuando triunfa la revolución se hacía necesario un estadio intermedio antes de llegar a la sociedad comunistas sin clases ni opresiones. La dictadura serviría para eliminar al estado, sus instituciones y estructuras, así como todos los poderes económicos y sociales existentes, y en manos de la burguesía.

La primera y más importante dictadura del proletariado de la Historia fue la instaurada por Lenin y los bolcheviques cuando triunfaron en la Revolución de Octubre. Se instauró una estructura política totalitaria que creó un nuevo estado, con una clase dirigente y unos fuertes resortes del poder. El carácter transitorio de la dictadura del proletariado, enunciada por Marx, terminó por convertirse en permanente.

Eduardo Montagut, Doctor en Historia.

Felipe Juan Froilán de todos los Diablos

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Todos los que nos sentimos en cierta manera algo republicanos, unos más y otros menos, pero al fin y al cabo republicanos, y manifestamos nuestra constante defensa de que en el siglo en el que vivimos, el sistema monárquico es un modelo de Estado totalmente anacrónico, privilegiado e injusto, ya que ningún ciudadano puede ostentar legítimamente con ello la Jefatura del Estado, aparte de otras injusticias de todo tipo que produce esta situación. Nos ha vuelto a indignar, ya por decir algo suave, la imagen de uno de los vástagos de esta estirpe fumándose un puro después de un “ritual graduatorio” en uno de los centros más elitistas y caros de los Estados Unidos. Un incompetente integral – para lo que él quiere, porque parece ser que es único repartiendo flyers en las puertas de las discotecas -, que en España no fue capaz de superar el segundo curso de la educación secundaria y que ha recurrido al pago de cerca de 90000 euros, 42500 por curso, para ser más exactos – no se preocupen, pagados por sus abuelos, o sea, por nosotros – para poder acceder a la universidad.

A estas alturas de la Historia, los españoles ya no vivimos en esa ignorancia perpetua que se creen que seguimos teniendo. Ya dejamos hace tiempo de ser súbditos de esta familia y el ciudadano Felipe de Borbón tendría que tener más en consideración estos comportamientos familiares de cara a la opinión pública. Pero parece ser que tampoco les importa mucho, como pudimos comprobar después de la fatídica, para el ciudadano Juan Carlos, caza del elefante africano, que solucionó con un “lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”, mientras ponía cara de no haber roto un plato nunca. Pues es evidente que sigue ocurriendo.

No tenemos a una familia real ejemplar. Ni defienden la sanidad pública –una de las mejores del mundo- ni la educación pública – en la que todo niño y niña de este país tiene asegurado un aprendizaje gratuito, en iguales condiciones y de calidad. Por ello, cuando se ponen enfermos, van a hospitales privados, de lujosas habitaciones, con un “todo incluido”, como si se tratara de un lujoso hotel del Caribe, mientras otros, los españoles de a pie, se amontonan en pasillos de hospitales por la mala gestión de los recursos que hacen algunos que se parecen a ellos, vamos, los del PP, para que quede claro. La misma situación se da cuando tienen hijos, su principal objetivo en esta vida: la perpetuación de la saga. Y cuando les da por estudiar, estudian en prestigiosos colegios de pago, confesionales, por supuesto, que parece que a veces fallan y no otorgan el privilegio de aprobar, ni cuando se trata del vástago primogénito de la ciudadana Elena. Parece ser que los religiosos de SAFA de Sigüenza no tragaron esta vez. Me gustaría ver los exámenes que le han hecho al ciudadano Froilán en Estados Unidos para titular. Y encima, nos tenemos que ir preparando para el próximo curso, donde estudiará ADE (Administración y Dirección de Empresas), carrera “humanista” como todos saben, en la elitista universidad estadounidense del CIS The College for International Studies, en Madrid. No se preocupen, los 20000 euros anuales que cuesta, también lo pagarán su familia – vamos, nosotros.

Cuando la gran mayoría de los españoles, de esa España más humilde que se levanta todos los días para conseguir un jornal para poder vivir, ha sufrido en sus propias carnes, cinco largos años de terribles recortes en los derechos sociales adquiridos, viendo como en educación, uno de los pilares del Estado del Bienestar, se ha producido un aumento del ratio de alumnos por clase, una reducción considerable de becas y ayudas para libros, el cierre de bibliotecas, el repago de la FP, la subida del precio de las tasas en la universidad – que han provocado que muchas familias humildes no puedan dar una educación universitaria a sus hijos- o la reducción de la plantilla de profesores, entre otras, que ahora veamos cómo el ciudadano Felipe Juan Froilán de todos los Diablos celebre su título, previo pago, con un puro en la boca, en esa manera tan campechana que tiene esta familia, es para que se les cayera a todos ellos la cara de vergüenza.

Por todo esto y todo lo que llevamos trillado, cada vez estoy más convencido de que es más necesario, tal y como escribió en el diario El Sol el maestro Ortega aquel 15 de noviembre de 1930, que “Delenda est Monarchia”.

Ricardo Marchand

La legitimidad

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La legitimidad define la cualidad que tiene un poder o sistema político para que su autoridad emane del consenso social articulado en un compromiso tácito entre los que gobiernan y los gobernados, sin tener que recurrir a la coacción o amenaza del empleo de la fuerza.

El concepto nació en plena época de la Restauración después de la derrota de Napoleón en la segunda década del siglo XIX. En ese momento histórico se vinculaba a la necesidad de devolver el poder a los monarcas absolutos, por lo que se declaraban ilegítimos los sistemas políticos sustentados en la soberanía nacional, fruto de las primeras revoluciones. Posteriormente, Max Weber estudió el concepto de la legitimidad y consideró que había tres tipos. La primera era la establecida con la Restauración. La segunda era la carismática y se daría en los sistemas políticos donde los gobernados se entregarían a una persona por sus capacidades excepcionales. La tercera legitimidad sería la que calificaba de racional. Esta legitimidad se basaría en motivaciones objetivas o impersonales, en la legalidad.

El positivismo estableció la diferencia entre legitimidad y legalidad. La primera era previa y la segunda era el único concepto capaz de ofrecer criterios racionales y científicos. La principal garantía de la legalidad sería que contara con el requisito moral de la legitimidad. En la actualidad, evidentemente, la legitimidad estaría ligada a los sistemas democráticos con un escrupuloso respeto a los procedimientos para alcanzar el poder y para ejercerlo. La legalidad existiría en sistemas dictatoriales, como en el franquismo, pero éstos serían ilegítimos, precisamente por su origen, fruto de la violencia y por su forma de ejercer el poder, que no es democrática.

En vista de los argumentos expuestos, evidentemente, nuestro sistema político es legítimo porque se trataría de una democracia y por las formas de acceder al poder y de ejercerlo, pero, no cabe duda que hay una serie de problemas graves que podemos plantear. En primer lugar, estaría el origen de nuestra democracia al no haberse establecido a partir de una ruptura clara con el sistema anterior. ¿Hubiera sido mejor esa ruptura, como en principio pretendió la izquierda, aunque luego cediera?, y dicho esto, ¿hubiera sido posible esa ruptura? En segundo lugar y, creemos más determinante, ¿no estamos asistiendo a una profunda crisis del consenso social y del compromiso tácito subsiguiente necesario para que el sistema sea legítimo?, ¿la destrucción del estado del bienestar no está minando ese consenso?, ¿la corrupción no es un disolvente aún más poderoso de dicho consenso?, ¿la tensión entre los nacionalismos no españolistas y el rebrote del centralismo no están dinamitando ese consenso?

Creemos que es necesaria una intensa e ineludible reflexión en nuestro país que derive en una reforma constitucional que aborde claramente un cambio en la articulación de los distintos poderes de nuestro sistema político, del sistema de partidos y de su financiación, así como en relación con la efectiva garantía de los derechos sociales y que aborde una nueva estructura territorial del estado. Creemos, en fin, que la izquierda con responsabilidad de gobierno debe liderar con valentía este proceso frente a una derecha fundamentalista de la Constitución actual, a unos nacionalismos lanzados a la aventura o a movimientos que, aunque expresen un malestar evidente, no están articulados para estructurar y efectuar cambios. Se hace necesario, pues, recuperar el consenso y el compromiso tácito para superar la crisis de legitimidad que estamos padeciendo.

Eduardo Montagut. Doctor en Historia.