El moderado Rohaní

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El moderado Rohaní desborda todas las previsiones en las elecciones presidenciales de Irán

El moderado Hasan Rohaní ha sido reelegido, en primera vuelta, presidente de la República Islámica de Irán en las elecciones del pasado viernes, gracias a 23,54 millones de votos (57%) frente a los 15,77 millones de votos (38,5%) que ha conseguido el candidato conservador Ebrahim Raisi.

Se trata de una gran victoria para Rohaní que ensancha su base de apoyo al conseguir siete millones de votos más que en las elecciones presidenciales de 2013 en las que la facción conservadora se presentó dividida. Ni siquiera la unión ahora del bando conservador en torno al clérigo Ebrahim Raisi, muy próximo al Líder Supremo, el Ayatolá Ali Jamenei, ha logrado frenar la marea pro Rohaní.

Los iraníes han revalidado el “gobierno de prudencia y esperanza” del centrista Rohaní con el que prometió en 2013 resolver el conflicto nuclear y mejorar la situación económica. Han respaldado su principal logro en cuatro años: el Acuerdo Nuclear de 2015 que se ha traducido en el levantamiento de las sanciones económicas a Irán a cambio de la implantación de limitaciones al programa nuclear iraní y el despegue meteórico de las exportaciones de petróleo. Los iraníes también han avalado las políticas económicas prudentes del gobierno actual que han rebajado sustancialmente la inflación y reactivado sectores no vinculados al petróleo como el turismo.

El triunfo de Hasan Rohaní es incluso más meritorio cuando tenemos en cuenta que el pueblo iraní apenas ha percibido todavía los beneficios del Pacto Nuclear (el 72% de los iraníes indica que éste no ha mejorado sus condiciones de vida), un asunto, la economía y el desempleo que fueron las principales armas arromadizas que utilizó el candidato conservador Ebrahim Raisi contra Hasan Rohan.

No se debe entender el éxito de Hasan Rohaní como un voto en contra del establishment porque el mismo Rohaní es un hombre que ha sido todo en el régimen iraní excepto Líder Supremo. No olvidemos que su candidatura fue permitida por el Consejo de los Guardianes, representante de la ortodoxia revolucionaria, brazo ejecutor del Ayatolá Ali Jamenei y con derecho de veto de los candidatos a las elecciones. Si Rohaní no gozara del favor de éste último, su apuesta por un segundo mandato hubiese sido bloqueada al igual que lo fue la candidatura de Mahmoud Ahmadinejad.

En este sentido se puede entender el tweet del columnista de The Guardian, Saeed Kamali Dehghan, cuando señala que los resultados de estas elecciones significan un compromiso entre el Establishment y el electorado iraní. Ambos han demostrado un raudal de madurez política. Es un voto a favor del cambio tranquilo, sin estridencias que desemboquen en el caos que viven sus vecinos.

Los resultados refuerzan a la facción moderada liderada por Hasan Rohaní como una bisagra imprescindible en la gobernanza iraní a la hora de arbitrar entre la facción reformista, apartada del poder desde el movimiento verde de 2009, y la facción conservadora o principalista que pierde unas elecciones por tercera vez consecutiva (presidenciales de 2013 y legislativas y a la Asamblea de Expertos de 2016).

Quizás más importante, el triunfo moderado sitúa a esta facción y a su líder Hasan Rohaní en una posición ventajosa en la carrera sucesoria del Ayatolá Ali Jamenei (77 años), aquejado de problemas de saludad desde hace años. El Líder Supremo de la Revolución tiene la última palabra en todos los asuntos y se reserva la dirección de la política exterior, de seguridad, inteligencia y defensa.

En política exterior el éxito electoral del moderado Hasan Rohaní significa el mantenimiento del compromiso iraní con el Acuerdo Nuclear de 2015 y la continuidad de su proyecto de normalización de relaciones con Occidente. Significa la apertura del país a la inversión extranjera frente a la autarquía preconizada por los conservadores.

Un presidente moderado, que cuenta con el beneplácito del Líder Supremo y con el apoyo indiscutible del pueblo iraní, constituye una oportunidad histórica para alumbrar una nueva relación de Irán con el mundo. Occidente no debería desaprovecharla. Sin embargo, no parece que vaya a existir sintonía del régimen iraní con la nueva administración del presidente Trump que demoniza a Irán y exagera la amenaza que representa para la región y Occidente.  De hecho, mientras Rohaní se declaraba vencedor en las elecciones presidenciales, el presidente Trump visitaba Riad para anunciar un nuevo acuerdo estratégico con Arabia Saudí que incluía la venta multimillonaria de armas a Riad para contener la amenaza de Irán a las Monarquías Árabes del Golfo, según afirmó el Secretario de Estado Rex Tillerson.

José Luis Masegosa

@lamiradaaoriente

Reflexiones sobre el bipartidismo

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El bipartidismo es un término que procede de bipartitus, es decir, dos partidos. Se trataría de un sistema político en el que solamente dos formaciones políticas estarían en condiciones de luchar por el poder y de turnarse en el ejercicio del mismo. Los casos más acabados de bipartidismo se dan en los sistemas políticos democráticos anglosajones: EEUU y Reino Unido. El bipartidismo encuentra defensores y críticos. Los primeros opinan que otorga estabilidad política porque marginaría a los más radicales de la posibilidad de ejercer el poder. Pero los detractores de este sistema político consideran que falsea la realidad política de un país, que distorsiona la representación y, en consecuencia, supone una merma democrática.

El bipartidismo nace cuando se estabilizan los Estados liberales en Europa, cuando el liberalismo se divide en dos familias o partidos. Por un lado, estarían los partidos moderados y/o conservadores, defensores del sufragio censitario, el bicameralismo, la soberanía compartida y la asignación del poder ejecutivo a la Corona. También eran partidarios de la limitación del reconocimiento de los derechos, primando el orden sobre las libertades. Por otro lado, se encontrarían los partidos liberales progresistas y/o democráticos, partidarios de extender el sufragio y/o de llegar a hacerlo universal, siendo menos amigos del bicameralismo, pero sí de la soberanía nacional y de la extensión de los derechos. Es evidente que hemos descrito las líneas generales, y que luego habría que ver los casos concretos de cada país.

El bipartidismo de corte liberal se transformaría después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se estabilizó la democracia en Europa occidental, en un bipartidismo entre partidos de centro-derecha o derecha y partidos socialdemócratas o socialistas, con algunas variantes. También es cierto que en otros países el bipartidismo nunca cuajó por su realidad compleja y/o por el sistema electoral. Por fin, se dieron sistemas con un bipartidismo especial por la existencia de partidos bisagras.

El sistema electoral es un factor clave, aunque no el único, para entender el bipartidismo. El sistema D’Hont prima las candidaturas más votadas. También es importante comprobar cómo el sistema electoral establece las circunscripciones electorales, si es un sistema político propenso a la creación de coaliciones y alianzas políticas, y la exigencia o no de un porcentaje mínimo para poder entrar en el parlamento.

Otro aspecto a tener muy en cuenta es la existencia del denominado voto útil, que los ciudadanos emiten cuando consideran que la formación política más cercana a sus ideas no tiene posibilidad de llegar al gobierno y conceden su voto a la más próxima ideológicamente.

En España, el bipartidismo decimonónico fue muy evidente en el régimen isabelino entre el partido moderado y el progresista, y en la Restauración, entre el partido conservador y el liberal. La diversidad ideológica y la agitada vida política de la época de la Segunda República, así como su sistema electoral, favorecieron la creación de parlamentos muy plurales y complejos. Quizás esto hizo que, renacida la democracia, el sistema electoral favoreciera el bipartidismo para fomentar la estabilidad parlamentaria. Pero también es cierto que hay otros factores que propiciaron el bipartidismo. El voto útil ha sido muy claro en la izquierda, en detrimento de IU y a favor del PSOE. En el caso de la derecha, se aprendió la lección de la UCD, una coalición hecha muy deprisa y con mimbres muy poco estables, y se optó por aglutinar férreamente todos los sectores, desde los menos democráticos a los más liberales y democristianos, en una formación con estructuras sólidas y muy controladas desde arriba para recoger todo el voto de derechas y centro-derecha, poniéndolo muy fácil al electorado conservador español, que no ha tenido otras opciones para elegir, con la excepción de las Comunidades Autónomas con fuertes formaciones nacionalistas conservadoras.

Pero ahora las cosas están cambiando. La crisis ha llegado al sistema de partidos, como a casi todo en este país, aunque no se haya transformado el sistema electoral, y ahora ese bipartidismo ha desaparecido.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia

INTRANSIGENCIA Y CONTROL SOCIAL: FLAUBERT Y BAUDELAIRE EN EL BANQUILLO

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Las palabras son imágenes del espíritu de cada uno

Dionisio de Halicarnaso

Estamos viviendo el preludio de tiempos sombríos. En casi todas partes se experimentan retrocesos alarmantes. La denominada crisis de los refugiados dice mucho sobre la forma de no afrontar los problemas y sobre la pérdida de solidaridad y valores cívicos.

El triunfo de Donald Tramp, el auge de los populismos y de las soluciones y recetas fáciles a problemas complejos es un pésimo síntoma de lo que nos aguarda.

Vamos a hacer una incursión liviana a la Francia de Napoleón III. Podremos observar como determinados aspectos y coordenadas se repiten aunque con algunas variantes.

¿Qué ocurre cuando se pierden o se marginan los valores republicanos? Impera el miedo y están en retroceso las libertades. En esos momentos, que pueden durar décadas, son frecuentes las delaciones, se incrementa el control social y se crea un ambiente irrespirable y, en cierto modo, putrefacto.

¿Por qué molestan y a quiénes molestan los escritores, los creadores, los artistas, los periodistas? Aquellos que investigan sobre la realidad social y dan cuenta de lo que pasa, son con frecuencia sospechosos e incómodos al poder.  Quienes analizan y se atreven a exponer lo que  quieren  mantener oculto los representantes de poderes tanto explícitos como no visibles pero   que mueven muchos hilos y son la mano que mece la cuna. En cuanto a quienes molestan, la respuesta parece clara. A quienes aspiran a ejercer un férreo control social sin reparar en medios.

El delito de los que gritan su verdad,  con frecuencia no es otro que exponer,   y  dar forma a los miedos y represiones colectivas.

La despreocupación culpable  y la falta de información contrastada son un excelente caldo de cultivo para que surjan tentaciones totalitarias de quienes quieren, a toda costa, controlar la vida de los demás.

Cuando se discrimina, el siguiente paso es la persecución. Pensemos en el macartismo y en Arthur Miller que en sus “Brujas de Salem”  desveló, en forma metafórica y simbólica,   trasladando al pasado problemas del presente, cómo la ignorancia, el fanatismo y los intereses mezquinos envueltos en el manto hipócrita de la respetabilidad pueden  convertir en irrespirable la convivencia y erigirse en dictadores, más o menos, encubiertos.

Michel Winock, en “Las voces de la libertad” acierta a hacer visibles alguno de esos momentos y como se llega a lo más nauseabundo e inhumano.

Centrémonos en una página de la historia de Francia. La dictadura de Napoleón III. Sus plebiscitos y sus múltiples atentados contra los valores republicanos y contra las libertades, tanto cívicas como las vinculadas a la moral y a las costumbres.

La censura es una buena mano ejecutora para tapar bocas y para imponer el dogmatismo disfrazado de buenas costumbres en un ejercicio de hipocresía.

Gustave Flaubert se atreve a meter el bisturí en lo que no es conveniente: en las pasiones, en los ambientes sórdidos, en las duras consecuencias de trasgredir la moralidad vigente y en la simpleza y la maldad de quienes convierten el pecado en delito. En este ambiente irrespirable publicó “Madame Bovary” y tuvo que pagar un alto precio por ello. Fue denunciado, acosado y juzgado por inmoralidad.

Flaubert, a lo largo de su vida, no hizo otra cosa que escribir y viajar. Escrutaba la realidad y la describía con objetividad. En 1856, publica “Madame Bovary”, la historia de una mujer provinciana víctima de sus sueños románticos, que casada con un hombre mediocre, llega al adulterio. La mezquindad y la estupidez pequeño-burguesa confunden, una vez más, la causa con el mensajero y Flaubert sufre una campaña de descredito y un acoso que pasa por su procesamiento para que sirva de escarmiento a otros. Los supuestos moralistas se ceban en él. De ahí su conocida expresión “Madame Bovary, soy yo”.

La historia que narra la novela está basada en hechos reales. Flaubert recrea un asunto del que la prensa se hizo eco, que no es otro, que el adulterio de Delphine Couturier, cuyas ensoñaciones y visión alienada de la realidad la llevan primero a las transgresiones a la moral vigente y más tarde al suicidio. Todo ello en un ambiente lleno de chismorreos y tedio. Finalmente Flaubert fue absuelto pero, el mal, ya estaba hecho y, los franceses  de provincias, tomaron buena nota del precio que había que pagar por salirse del cauce establecido.

Baudelaire también fue enviado al banquillo de los acusados, al juzgarse peligroso para la moral el ataque a dogmas religiosos contenidos en el poemario “Las flores del mal”

Es  uno de los más lúcidos e inspirados poetas europeos. Se le considera el máximo exponente del simbolismo e incluso el creador que sienta las bases de la poesía moderna.

¿Por qué Baudelaire resultaba sospechoso a los bien pensantes? En primer lugar por su vida bohemia, sus costumbres desordenadas… pero, sobre todo, por su pasado revolucionario. Escribió espléndidos ensayos sobre Delacroix y Manet cuando estos eran denostados por vanguardistas y por seguir derroteros que se apartaban de la pintura realista.

Sin embargo, sus problemas se incrementaron con la publicación, en 1857, de “Las flores del mal”.  Los periódicos más conservadores lo acusaban de propalar monstruosidades y de ofensas a la moral pública y a las buenas costumbres.

Tuvo menos suerte que Flaubert y, también, menos apoyos y fue condenado a una fuerte sanción económica.

El control de la policía, el ejército y la iglesia pretendía ser total y totalizador. Podemos hablar de lo que Karl Marx en el “18 Brumario” califica como la alianza del sable y el hisopo. He querido hablar de Flaubert y de Baudelaire pero lo podría haber hecho de Víctor Hugo, que fue considerado un proscrito y un indeseable; o de Tocqueville que llegó a ser detenido. También fueron acosados y perseguidos los hermanos Goncourt o Eugène Sue que recibieron las consabidas acusaciones de “corruptores de la verdad y las buenas costumbres” y de ser un peligro por sus incitaciones a las transgresiones más diversas.

Los encargados de velar por la moral pública no soportan que alguien se atreva a hablar de lo que ellos consideran que no debe hablarse. La libertad de expresión ha de pasar por lo que estiman tolerable y asimilable. De ahí, sus hirientes ataques perpetrados contra los  libros que no coincidían con sus “devotos principios”  y eran considerados licenciosos y nocivos para la moral.

La concienzuda mirada de Flaubert es, en cierto modo, la del sociólogo y la del historiador.

Baudelaire tuvo que soportar a su vez  la prohibición de “las flores del mal” que por cierto estuvo vigente, nada menos que hasta 1946, tras la finalización de la II Guerra Civil Europea o Guerra Mundial.

El autor de la frase “hay que ser sublime sin interrupción” y traductor de Edgar Allan Poe fue estigmatizado por atentar contra la moral religiosa, insultar a la figura de San Pedro, tomar partido por Caín o incluir en su poemario las conocidas letanías de Satán.

Nuestra incursión, a vista de pájaro, toca a su fin. He querido compartir una honda preocupación. Cuando las libertades están amenazadas y en retroceso, cuando no hay ciudadanos exigentes, dispuestos a garantizar los principios democráticos y a denunciar su conculcación, cuando la posverdad y los hechos alternativos recuerdan insistentemente distopías, utopías negativas como las de Orwell o Huxley… si no sabemos reaccionar con presteza, podemos estar a las puertas de un periodo oscuro e inhumano.

Los voceros de turno nos meten en el cuerpo el miedo a los bárbaros… ¿Y si los barbaros fuesen ellos?

Antonio Chazarra

Profesor de Historia de la Filosofía

 

 

POR UN PSOE SOCIALISTA

Igualdad[1]

El próximo domingo 21 de mayo los militantes del PSOE no sólo deberán elegir a su Secretario General sino también decidir si quieren que su formación política siga siendo el principal referente del socialismo en nuestro país, pues tras el examen de los respectivos programas de las candidaturas y de las manifestaciones de sus líderes principales, resulta fácil llegar a la conclusión de que estamos ante un duelo entre el llamado “social liberalismo” y el “socialismo o socialdemocracia”, dos ideologías que merecen nuestro máximo respeto pero que es necesario diferenciar.

Los principios del socio liberalismo europeo son, en síntesis, la libertad, la laicidad y la democracia liberal, con una visión de la economía que aboga por crecer primero para distribuir después, lo que en la práctica, según las experiencias acumuladas, impide combatir a la desigualdad eficazmente. Su triunfo el próximo domingo facilitaría el entronque del PSOE en la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa que conforma un grupo en el Parlamento Europeo. Evidentemente tendría el PSOE en este caso que compartir espacio político con Ciudadanos y con la menguada UPyD.

La candidatura de Pedro Sánchez, al ser genuinamente socialista, presenta una especial sensibilidad ante cuestiones como la distribución del producto social y la tendencia hacia su concentración en pocas manos. Por ello propone reducir desigualdades mediante la distribución equitativa del producto social, en un marco de solidaridad que favorezca la ayuda pública. Considera que el crecimiento es necesario pero garantizando la inclusión de los más desfavorecidos, la solidaridad y la equidad, elementos básicos para un adecuado reparto del producto social.

La socialdemocracia de Pedro Sánchez aboga por una fiscalidad progresiva que permita crear una sólida red de protección social, así como por un mejor y más transparente control del gasto público; también se decide por un incremento de la vigilancia de los mercados con instituciones independientes, así como por una defensa de la sanidad pública y de la educación pública y laica.

En conclusión, se percibe que la candidatura de Pedro Sánchez descansa en el triángulo constituido por la libertad, la igualdad y la fraternidad, y no sólo en la libertad como ocurre con el social liberalismo.

Estas razones, junto con las que expresé ayer en el artículo “Recuperemos al PSOE”, me llevan a apoyar plenamente a la candidatura de Pedro Sánchez.

José Antonio García Regueiro

Secretario General de la Agrupación Socialista de Villanueva de la Cañada

Presidente de Arco Europeo Progresista, Coordinador del Foro de debate Arco Socialista. Ex Letrado del Tribunal Constitucional.

RECUPEREMOS AL PSOE

Pablo Iglesias Fundador PSOE

Con los desastres socialdemócratas en Grecia (el PASOK pasó del 43,94% de los votos en 2009 al 4,75% en 2015) y Holanda (PvdA de 38 escaños a 9 en las elecciones de 2017), así como con los desalentadores resultados del SPD alemán de Schulz, que ha perdido en tres elecciones regionales, entre ellas la de la progresista Renania del Norte-Westfalia, no es difícil colegir que algo está fallando.

Ese “fallo”, sin embargo, no se da en Portugal pues el socialista Antonio Costa gobierna desde 2015 con el apoyo del Partido Comunista y del Bloco de Esquerda con un programa que ha puesto fin a las políticas de ajuste, con excelentes datos también en las cifras macro económicas y consiguiendo situar el desempleo en un excelente 10,5%.

En España el futuro de la socialdemocracia está pendiente de los tres candidatos a la Secretaría General del PSOE, de los cuales sólo uno será ungido el próximo 21 de mayo como Secretario General, tras la expresión soberana y democrática de los militantes del Partido más relevante de la historia de España.

A nadie se le escapa que estamos en un mano a mano entre Pedro Sánchez y Susana Díaz pues el reducido número de avales de Patxi López así lo confirman. En consecuencia, el militante socialista tendrá que elegir entre dos modelos claramente diferenciados:

Un modelo es el que representa Susana Díaz y que trae causa del  Comité Federal del 23 de octubre de 2016, en el que 139 votos contra 96 dieron lugar a la dimisión del Secretario General Pedro Sánchez y, unos días después, a la abstención del PSOE que facilitó la continuidad de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno; este modelo, además, descarta coaliciones a su izquierda para gobernar España, lo que en la práctica supone perpetuar a la derecha en el poder pues resulta poco realista pensar que en los próximos años el PSOE va a volver a tener mayoría absoluta.

El otro modelo es el que encabeza Pedro Sánchez y que, por lo que parece, se encuentra más cercano a la manera de pensar de los votantes socialistas, tal y como puede deducirse, por ejemplo, de las interesantes conclusiones, recogidas en el diario El Mundo, de Sigma 2, tras realizar a primeros de mayo 1.200 entrevistas telefónicas: con Sánchez el PSOE conseguiría 600.000 o más votos que con Díaz.

Pedro Sánchez apuesta por un PSOE de izquierdas fundamentado en dar el poder efectivo a los militantes frente a los “notables” del partido, en reducir al mínimo los acuerdos con el PP y en no descartar acuerdos con otras fuerzas de izquierdas para recuperar el poder a nivel nacional, aceptando así el modelo portugués.

Todo ello, entiendo, es más acorde con los principios socialistas, con el pensamiento del fundador Pablo Iglesias y con una tradición que resiste orgullosa aunque haya sufrido duros golpes como la modificación del artículo 135 de la Constitución, símbolo de la claudicación de una parte del Partido ante el modelo económico neoliberal.

En consideración a lo expuesto, apoyo, sin duda alguna, el modelo de Partido socialista que defiende la candidatura de Pedro Sánchez. Es el mejor camino para recuperar al PSOE.

José Antonio García Regueiro, Presidente de Arco Europeo Progresista y Coordinador del Foro de debate Arco Socialista. Ex Letrado del Tribunal Constitucional.

PRIMARIAS

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Me siento en cierta forma un privilegiado, ya que en las tertulias de café soy el único que con su voto puede modificar el rumbo del PSOE. He explicado a mis amigos, que más allá de los “postdebates” que utilizan los tertulianos, había tres cuestiones que éstos no habían tratado después de las intervenciones de Patxi López, y que a mí me han resultado muy molestas.

La primera de ellas es la de haberse callado cuando Susana le reprochó que le habían dejado sus colaboradores “te lo tienes que mirar Pedro”. Patxi, es que ¿no tuviste nada que decir al compañero que te había hecho presidente del Parlamento?

La segunda cuestión que me preocupó fue la justificación de su abstención alegando la falta de libertad que se asume cuando uno se afilia al partido. No ha entendido ni lo que es la militancia ni lo que es la libertad.

Y la tercera, que ha respondido, como siempre brillantemente Borrell (artículo en sistema digital) es la pregunta que le lanzó a Pedro ¿sabes lo que es una nación? A mi juicio era una crítica velada al documento de 245 propuestas, en el que se hace la definición de España como una “nación de naciones”.

La pregunta es especialmente dolorosa si parte de un miembro del PSE, que en su acuerdo de investidura con el PNV, en el documento “Pilares para construir una Euskadi con más y mejor…..” en el apartado sobre el debate de la ponencia institucional se dice explícitamente “reconocimiento de Euskadi como nación”.

Este documento que fue aprobado por la Gestora no ha provocado en los llamados “barones territoriales” ningún escándalo. Ahora mismo estoy leyendo el libro del importante compañero González Casanova, “Cataluña, federación o independencia” y me estoy dando cuenta de los impedimentos permanentes que se han puesto por parte de ese nacionalismo español (también lo hay en PSOE) para resolver el llamado “tema catalán”. Casanova, que también tiene un libro titulado “memorias de un socialista indignado”, analiza los cuarenta años de federalismo socialista catalán, y los fallidos intentos de construir, no un estado propio catalán, sino un Estado español apropiado y apropiable para Cataluña.

Yo votaré a Pedro Sánchez, no por ser sanchista, eso me parece un reduccionismo, sino por haber leído y participado en las 245 propuestas que contiene el documento “POR UNA NUEVA SOCIALDEMOCRACIA”. Si algún tertuliano lo quiere tener, estoy a su disposición.

Félix Alonso, Presidente del Colectivo Rousseau y Miembro de Honor de Arco Europeo Progresista

 

Sobre los mítines

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En este breve trabajo estudiaremos los mítines, uno de esos medios tradicionales más empleados por los partidos políticos en el fragor político, y que, a pesar de cuestionarse, se resiste a desaparecer.

La palabra “mitin” es un término que procede del inglés, meeting, que significa encuentro. Los mítines son reuniones públicas en torno a una causa política común. Son espectáculos estáticos en los que un orador o varios dan discursos y reciben el apoyo entusiasta de un auditorio compuesto de personas predispuestas hacia dichos oradores y sus mensajes políticos. Tienen, pues, una doble dimensión: transmitir ideas, mensajes o discursos, pero también sirven para reforzar los liderazgos y las lealtades. Una tercera función tendría que ver con el contrincante político o con la opinión pública general: mostrar la fuerza de una formación política y/o de sus líderes.

Los mítines surgieron en el seno del movimiento obrero y con el nacimiento de los partidos de masas, al entrar en decadencia los partidos tradicionales del sistema liberal, más bien clubs políticos con poca o nula presencia en las calles. Los partidos de izquierdas comenzaron a emplear los mítines, aunque luego los partidos fascistas y de derechas terminarían por emplearlos con asiduidad. Los partidos de izquierdas comprendieron que el mitin era un instrumento muy eficaz para difundir ideas entre un público con escasa formación, como era el compuesto por los obreros. Los partidos fascistas transformaron los mítines en grandes exaltaciones de sus líderes con una parafernalia muy bien estudiada, como pusieron en práctica los fascistas italianos y el nazismo alemán.

Los mítines terminaron por ser un instrumento de socialización política en las democracias, y uno de los medios más empleados en las campañas electorales. En nuestra Transición fueron uno de los elementos más llamativos de la recobrada democracia, destacando los primeros que se autorizaron, y los protagonizados por Felipe González en la campaña electoral de 1982. Pero, en la actualidad, la mayor formación general de la población, así como los nuevos medios de comunicación y transmisión de ideas han hecho perder su primigenia función formativa y de socialización política. La crisis actual de los partidos, de nuestro sistema político y el auge del movimiento asambleario también tienen algo que ver con la pérdida de importancia de los mítines. Hoy se usan en las campañas electorales como un instrumento para demostrar el gran número de seguidores, de unión entre los militantes y los líderes, esperando, además, los minutos en los que las cadenas de televisión retransmiten una parte breve del acto.

Eduardo Montagut. Doctor en Historia.

A vueltas con la Izquierda

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¿Qué ha sido y es la izquierda? Contestar en un artículo a esta pregunta es temerario, pero ante el auge de discursos que defienden la superación de la dicotomía entre derecha e izquierda, conviene reflexionar sobre esta cuestión y aportar algunos elementos históricos. Curiosamente los que critican estos dos conceptos políticos vienen de formaciones y grupos con propuestas harto distintas entre sí, lo que hace que podamos estar ante algunos posicionamientos actualizados del sempiterno populismo. Y, sin lugar a dudas, estaríamos ante populismos de derecha y populismos de izquierda, aunque ellos abominen de todas estas denominaciones. En este artículo solamente nos referiremos a los segundos. Un breve repaso sobre lo que ha sido y es la izquierda podría ayudarnos a ver las cosas con más perspectiva.

La izquierda es un concepto político que tiene un curioso origen, como el de la derecha. Al parecer, el término nació en  la Revolución Francesa. Los miembros que defendían los principios republicanos, de extensión de los derechos, y la igualdad se sentaban en la parte izquierda de la Asamblea. Como una tradición, con el tiempo la mayoría de las izquierdas occidentales siguen ubicándose en esa zona de sus respectivos parlamentos.

En el siglo XIX, cuando se terminó con el Antiguo Régimen, la sociedad estamental y la monarquía absoluta, el concepto de izquierda pasó a designar a los sectores liberales más radicales o democráticos que luchaban contra el liberalismo conservador o doctrinario, defendiendo el establecimiento del sufragio universal. Pero muy pronto el término se aplicó al naciente socialismo y al anarquismo, a las fuerzas que cuestionaban el nuevo orden imperante burgués de forma más clara y contundente. En ese momento nació una característica de la izquierda, su heterogeneidad interna, ya que solamente uniría a todas estas fuerzas su voluntad transformadora, pero con fines y, sobre todo, medios muy distintos. Eso provocó ya en el siglo XIX y durante todo el XX grandes enfrentamientos en su seno. En primer lugar, se produjo la división entre los socialistas utópicos y los marxistas. Los primeros querían llegar al cambio a través de fórmulas y modelos paralelos que cambiarían de forma pacífica las estructuras de explotación a través de la supuesta imitación de estos ejemplos, mientras que los segundos consideraban estos métodos una pérdida de tiempo y basados en imposibles altruismos. El marxismo hacía un análisis científico de la realidad y la historia a través del concepto de lucha de clases y de la revolución como conquista del poder para transformar completamente la sociedad. Pero, una vez superado este conflicto, con la victoria de los segundos, muy pronto estallaría uno de mayor calado, entre los socialistas reformistas o revisionistas y los revolucionarios. Los primeros postulaban la participación en los sistemas políticos que iban evolucionando de liberales a democráticos para transformar el sistema y arrancarle conquistas sociales, frente a los segundos que hablaban de traición a la ortodoxia marxista porque se abandonaba la revolución como instrumento fundamental de transformación. Con el tiempo esta disputa se transformaría en la que tendrían los socialistas con los comunistas, nacidos a partir del éxito de la Revolución Rusa.

Mientras estas controversias se dirimían tenía lugar otro intenso debate entre el socialismo y el anarquismo, ya que éste abominaba de la lucha política y consideraba, además, que no sólo el proletariado era el protagonista exclusivo de la lucha transformadora, frente a la importancia que los socialistas de uno y otro signo daban a la política y al proletariado. Pero también había diferencias profundas en el seno de los libertarios, entre el anarcosindicalismo, el anarcomunismo y los defensores de las ideas de Bakunin, así como con aquellos anarquistas que tendieron hacia la práctica de la violencia y el terrorismo.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, el socialismo en Occidente abandonó definitivamente todas las pretensiones revolucionarias por la aceptación plena del juego democrático, caracterizándose por la defensa de las libertades pero, sobre todo por la lucha por la igualdad, a través del establecimiento del Estado del Bienestar. Este nuevo Estado se financiaría a través de políticas fiscales progresivas, que transferirían parte de los beneficios de un sistema capitalista, que no era abolido, hacia servicios fundamentales para todos: sanidad, educación, pensiones, subvenciones, etc… El éxito de este modelo hasta la crisis de los años setenta convirtió a la socialdemocracia europea en la izquierda hegemónica en Occidente. La izquierda al otro lado del muro de Berlín construyó un sistema político totalitario bajo el paraguas de la denominación de “democracia popular”, con una economía fuertemente vinculada a la URSS, dotando de servicios básicos a toda la población. El espíritu revolucionario de la izquierda se esfumó de Europa y recaló en muchos movimientos de liberación en el Tercer Mundo, con especial protagonismo en América latina. La caída del Muro de Berlín terminó con el modelo comunista. China inventó un modelo propio de capitalismo salvaje y totalitarismo político.

La crisis de los años setenta desbancó a la izquierda de su hegemonía en Europa  occidental. Las posteriores décadas han producido una fuerte crisis en la misma, porque terminó por adoptar algunos presupuestos económicos neoliberales, aunque mantuvo o potenció su encendida defensa de los derechos de los grupos que sufrían algún tipo de discriminación (mujeres, gays, dependientes, tercera edad…). En los momentos de auge económico, como el que tuvo lugar en la primera mitad de la década inicial del siglo XXI, esa izquierda gestionó parte de los beneficios obtenidos a favor de la financiación del Estado del Bienestar y de los más desfavorecidos. El problema llega con la última crisis, que aún no hemos superado, porque la socialdemocracia europea no puede o no sabe plantear una firme defensa de dicho Estado del Bienestar y es barrida del poder por un discurso neoliberal basado en los argumentos sobre lo supuestamente caro que es dicho Estado y sobre el derroche de las cuentas públicas, cuando la raíz de los problemas reside en otros lugares como son los relacionados con la especulación, la desregulación salvaje o las no emprendidas reformas fiscales progresivas.

Las políticas neoliberales actuales desde la Unión Europea y los gobiernos, y la constatación de una socialdemocracia desorientada o angustiada entre su alma de cambio y su respeto escrupuloso a las reglas del juego, han provocado no el resurgir del comunismo sino la explosión de movimientos de protesta que plantean de forma muy clara los vicios del sistema y denuncian las consecuencias brutales entre los desfavorecidos por la austeridad salvaje y sin contemplaciones. Esos movimientos se están transformando en nuevas estructuras para competir en la política frente a los partidos tradicionales. Sus discursos calan porque hacen denuncias muy certeras y plantean alternativas muy nítidas. Lo que no está tan claro es si todas las propuestas son realizables y si parte del discurso no parece un tanto populista. En todo caso, legítimo es su concurso en la política y las descalificaciones hacia sus miembros y propuestas no son el camino a seguir. Esa es la estrategia que gran parte de la derecha ha emprendido, dada su inveterada carencia de educación democrática, pero esa no puede ser, bajo ningún concepto, una opción que deba seguir la izquierda. En primer lugar, porque no han surgido por ningún experimento mediático, ni han sido inducidos por supuestas malévolas conspiraciones internas o externas, sino por el egoísmo de unos y el ensimismamiento de otros, ante una situación intolerable para muchos. Y partiendo de ese análisis, y con serenidad, está muy claro y es muy legítimo que sus propuestas pueden ser debatidas y criticadas, sin ningún temor a nada, especialmente aquellas que hablan de la supuesta superación de la derecha y la izquierda o de la casta, latiguillo y ya casi un lugar común que se aplica a todo sin un análisis riguroso de cada situación o caso. Es la hora de que el socialismo siga planteando sus alternativas y establezca un claro y enriquecedor discurso polémico con aquellos que, al parecer, han decidido que no son de derechas ni de izquierdas.

Eduardo Montagut

Sobre la demagogia

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En las sociedades democráticas donde es tan importante conquistar a la opinión pública la demagogia constituye un factor que aparece con frecuencia, con mucha frecuencia en los últimos tiempos. En este artículo intentaremos acercarnos a este concepto que, como todos, adquiere distintos significados en la Historia.

En Atenas, la demagogia se consideraba como la forma de conducir o guiar al pueblo. El demagogo era el político que conseguía que se votaran favorablemente sus propuestas en las asambleas, ya que tenía esa capacidad, considerada como una virtud. Este sería el aspecto positivo del concepto, pero ya en la misma Grecia adquirió una consideración negativa, como aparece formulada en la clasificación aristotélica de las formas de gobierno. La demagogia sería aquella forma de gobierno en la que el ejercicio del poder se realizaría por la mayoría dirigente en beneficio propio, pero sin preocupación alguna por el interés general. Aristóteles consideraba que no había demagogia en las democracias donde imperaba la ley, pero si el pueblo se hacía con el poder afloraban los demagogos dedicados a adularlo.

En nuestro sistema político la demagogia está asociada a la capacidad de engañar a la opinión pública con técnicas persuasivas de dudosa legitimidad. Viene muy asociada al populismo, es decir, a aquella práctica política que pretende, aparentemente, atender a los intereses del pueblo. Los líderes populistas intentarían ganarse a un sector amplio de los votantes o de la población por medio de oratorias hiperbólicas, algo muy evidente en gran parte del siglo XX y de lo que llevamos del XXI, y con argumentaciones simples que no ahondarían en la complejidad de un asunto o de un problema que afectaría a la colectividad o parte de la misma. En el discurso demagógico suele apelarse a las emociones, bajas pasiones y prejuicios sociales. En nuestro país, atendiendo al siglo que hemos dejado atrás, podemos recordar los discursos anticlericales del primer Lerroux como “emperador del Paralelo”, entre varios ejemplos que podríamos citar.

Creemos que en la actualidad prima más la cuestión de los argumentos populistas que el encendido verbo en sí, quizás porque hay cierta prevención debida a la experiencia histórica del pasado siglo, lleno de líderes políticos de exaltada oratoria. Ahora existen hábiles políticos y comunicadores que plantean las cuestiones de forma parcial e interesada y que conectan claramente con amplios sectores sociales. No dan cabida a sosegados debates donde se puedan analizar las distintas facetas de los asuntos y problemas porque se desmontarían sus “medias verdades” y los atajos argumentativos. La cuestión de la demagogia puede conectarse, también, con el grado de cultura política de un país, con la diversidad y calidad de sus medios de comunicación, así como con la relación de éstos con los poderes políticos y económicos.

La demagogia ha interesado a muchos teóricos por las consecuencias que puede generar su extensión, como es el deterioro del sistema político democrático y que puede conducir a amplias capas sociales hacia la tentación violenta o autoritaria. En este sentido, el interés de los historiadores del mundo contemporáneo es, lógicamente, evidente.

Eduardo Montagut